LAS
GEMELAS Y UN CRIMEN… ¿PERFECTO?
Antonio Mora Plaza
Llevaba varios días Laurita jugando a
las cartas con Galapa, la tortuga
sabia, cuando… Pero primero habría que narrar un extraordinario acontecimiento.
Mejor aún, una extraordinaria coincidencia. Pero antes de llegar a esa
coincidencia debería el lector saber un diálogo que sostuvieron las gemelas,
diálogo pertinente para situar al lector ante tan singulares hermanas, para
saber de la madurez que habían alcanzado a pesar de su corta edad. Decía Laurita:
- ¿Te das cuenta Valentina que para
nosotras no existía nada antes de nacer? Es como si el mundo hubiera nacido con
nosotras. Pero no es verdad, porque al menos nuestros padres existieron antes.
¿Me haces caso, Valentina?
- Perdona, Laurita, pero es que estaba
anotando un sueño que he tenido y si no lo hago se me olvida luego. Y es que
apenas puedo recordar sueños de nuestra infancia –contestó Valentina mientras
se levantaba de su butaca de aire.
- En esta cueva, Valentina, creemos que
nada nos envejece, ¿pero cómo podemos estar seguras de que no envejecer
equivale a la inmortalidad? Aunque leo menos que tú, he leído que el Universo
también desaparecerá. Entonces, ¿qué será de nosotras? ¿Podremos sobrevivir al
Universo? Si no es así, ya no será verdad que somos inmortales. ¿Todo esto no
te preocupa, Valentina?
- No, porque ya hace un par de años que
he pensado todo esto y me contesté con una pregunta: ¿recordamos acaso cuando
aún no existíamos, Laurita?
- Eso es imposible, Valentina.
- Cierto, luego la conclusión es que…
siempre existiremos aunque seamos… mortales.
- No lo entiendo, Valentina.
- Piénsalo y verás que es lógico. La
única inmortalidad pasa por la muerte, Laurita.
- Ahora te entiendo menos, pero será
mejor que dejemos el tema porque me estás deprimiendo. ¿Qué es ese sueño tan
especial que has tenido?
- Verás, sueño que voy en un coche de
caballos y que me persigue otro. Creo que el conductor del otro eres tú, pero
no estoy segura. Entonces ocurre que me caigo por la ladera. Tú bajas con el
tuyo y me sacas de entre las ruedas. Luego, subimos la ladera riendo por lo
ocurrido como si nada hubiera pasado pero, antes de llegar al camino desde
donde me despeñé, un personaje viene de tu carruaje y dice lo siguiente:
“¿Perdonad, soy el Sr. Freud y querría saber si el Sr. Holmes viajaba en el
carruaje estrellado?” Luego me despierto.
- ¿Y quién es ese señor Freud? Por
cierto, ¿mi carruaje baja tranquilamente por la ladera y no se estrella y el
tuyo sí? ¿Cómo es posible?
- Verás Laurita, los sueños no tienen
lógica, pero es así como soñé lo que soñé.
Y en esta discusión estaban las gemelas
cuando una carta salía del Arcón de los
Sueños. Tomó al vuelo la carta Laurita, siempre más presta y decidida que
su hermana, y comenzó a leerla en voz alta. Decía:
“Espero
que estéis ahí, en la Cueva de los Sueños, y felices como siempre con vuestros amigos los animalitos que os
acompañan y distraen. Os escribo porque sé de vuestra inteligencia y
predisposición. Tiene –mejor, tenemos– un caso de posible asesinato que le trae
de cabeza a Holmes. Os pondré en antecedentes. En las montañas de Mungrisdale se ha encontrado un coche de caballos
estrellado, despeñado por una de sus laderas. A pocos metros del carruaje
también se ha encontrado muerto a su posible ocupante, el Sr. Schefold, Peter
de nombre. Tenía muchas contusiones en el cuerpo y un golpe en la cabeza que se
supone que es el que le ha causado la muerte. Lo normal sería pensar que se ha
golpeado contra algún elemento metálico o duro del propio carruaje, contra una
piedra o contra un árbol. El problema es que no se han encontrado restos de
pelo o sangre ni en el carruaje ni ninguna piedra u obstáculo que le hubiera
producido el fallecimiento por traumatismo. El carruaje lleva algunos
cinturones de cuero en la cabina de los pasajeros que no son habituales. El Sr.
Schefold era juez en Londres y se supone que debía tener muchos enemigos,
muchos condenados por él que desearían matarle. Tenemos un candidato, pero
tiene coartada. Es decir, en realidad no tenemos nada. Holmes no para de darle
vueltas al asunto y no llega a nada. Incluso ha consultado a su hermano Mycroft
y de nada le ha servido. Quizá sería abusar de vuestra amabilidad, pero si
pudierais echarnos una mano ambos os estaríamos aún más agradecidos si ello
fuera posible. Ya sabéis que Holmes es muy orgulloso y no requiere vuestra
ayuda, pero yo, que el orgullo lo tengo mucho más menguado, sí os la pido. Para
Holmes sólo hay dos salidas: o la resolución del caso o la locura. Si pudierais
viajar al lugar de los hechos os quedaría eternamente agradecido”.
- La carta va firmada por Watson, como
te habrás imaginado. Le contesto que allí estaremos, ¿te parece, Valentina?
Quedaron las gemelas atónitas por el
parecido entre el sueño de Valentina y la carta de Watson, pero tanta fue su
estupefacción que nada comentaron de hecho tan singular.
- Espera, Laurita. Hasta ahora el Sr.
Holmes nos requiere porque somos capaces de viajar atrás en el tiempo y con
ello se supone que podremos ver lo que pasó. Pero en el fondo eso demuestra
cierta desconfianza hacia nosotras.
- Ahora tampoco te entiendo. Hoy está
visto que, o yo no te entiendo, o tú no te explicas –contestó Laurita algo
malhumorada.
- Quiero decir, Laurita, que el Sr.
Holmes no cree en nuestras capacidades detectivescas porque cree que lo que él
no resuelva no habrá nadie capaz de hacerlo. Pues bien, vamos a demostrarle lo
equivocado que está. ¿Te parece, Laurita?
- De acuerdo, pero entonces tu padeces
del mismo pecado que el Sr. Holmes: crees poder resolver aquello que nadie
puede hacerlo, ni siquiera el mismísimo Sr. Holmes. ¿Me equivoco, Valentina?
- Tienes razón. Pero elige, hermana: o
me guardo la soberbia o una nueva aventura.
- ¡Valentina, la aventura por encima de
todo! Dejamos tu soberbia a Galapa
hasta la vuelta y que te la guarde. No creo que la pierda –replicó Laurita y
ambas rieron y todos sus amigos animales rieron a la vez y cantaron a coro:
“Soberbia maldita
sal de la cueva
y que no se repita
que Adán y Eva
mortales fueron
por la manzanita”.
- Te propongo aceptar el reto pero como
lo hace el Sr. Holmes: método deductivo, sin viajar a esas montañas británicas.
¿Te parece, Laurita?
Y Laurita asintió mientras seguía con
sus amigos cantando la canción. Viajaron de la manera que ya es sabida al 221B
de Baker Street. Allí les esperaba Watson, su esposa y la dueña de la casa.
- Bienvenidas. Estáis en vuestra casa
–dijo la dueña-. Tenéis pastas y leche caliente en la mesa. También algo hay
para vuestros amigos del bosque, aunque veo que sólo habéis venido con Ojazos, la rana saltarina, y con Marni, la simpática urraca.
Saludaron las gemelas a Watson y
besaron a su esposa y a la dueña. Entonces Valentina les dijo:
- Seguiremos esta vez, Sr. Watson, el
método del Sr. Holmes. Y lo primero es más información, porque la que tenemos
apenas da para nada. Habláis en la carta de un sospechoso pero con coartada, lo
cual es una contradicción. ¿Hay más sospechosos?
- Creo que es ambas cosas. Aconteció el
supuesto accidente el 19 de noviembre a partir de las 5 de tarde. Sabemos que
fue a las 5 de la tarde porque se encontró roto el reloj de bolsillo del juez.
Tenemos no uno, sino tres personas relacionadas con la víctima, pero ninguna
prueba concluyente de que fuera uno de los tres. El primero es el Sr. Steedman,
matemático y profesor de universidad. La mujer de Steedman, Emily Robinson, fue
condenada por el juez Schefold a diez años de cárcel por un crimen que, según
su esposo, no cometió. Y por la información que me ha proporcionado Holmes parece
que la Sra. Robinson era inocente. Además, Emily Robinson no llegó a salir de
la cárcel: fue asesinada un mes antes de su liberación. Parece ser que la Sra.
Robinson es una de las pocas conquistas frustradas del juez. Es de imaginar el
sufrimiento de ambos con esa condena injusta. Motivos tenía, desde luego, para
asesinar al juez. Sin embargo tiene coartada porque ese día se le vio en un pub
del pueblo. Estuvo toda la tarde. Incluso los testigos que le vieron aseguran
que llegó borracho a casa. Una segunda sospechosa –segunda porque es mujer– es
Graziella Di Caprio, la mujer del juez Schefold. Su motivo: los celos. Quizá
aún sois muy jóvenes para entenderlo, pero los celos son un demonio que a veces
se viste con los ropajes de la venganza. Perdón, quizá he sido un tanto
retórico, quiero decir que es uno de los grandes motivos para el crimen. Ya en
la literatura clásica se registra el personaje de Medea, que fue capaz de
asesinar a sus dos… Perdón, de nuevo, porque creo que me voy del tema. La
señora Di Caprio tiene coartada porque el día 19 la visitaron algunas de las
señora del club El té de la las cinco.
No tengo que explicar con ese nombre de qué son defensoras estas señoras. Tenía
y tiene un buen motivo. El juez es, digámoslo finamente, un don Juan. Se sospecha que utiliza su
cargo para lograr sus conquistas, pero hasta ahora nadie le ha denunciado, lo
cual le deja con las manos libres. A pesar de ello, tiene reputación de juez
justo. Precisamente su primer fallo notorio es el de la condena de la señora Emily
Robinson y ya he comentado la posible causa. El tercero es el Sr. Ramsey, el
esposo de una de las amantes del juez, amante cuyo nombre omito por respetar su
intimidad y porque no creo que tenga influencia directa en el caso. Es pescador
de altura, de los que se alejan muchas millas de la costa. Como veis, venganza
y celos, dos viejos motivos que llevan a las personas a situaciones límite,
incluso al crimen en algunos casos. También tiene coartada el Sr. Ramsey, que
ya os dicho que es pescador y estuvo ese día y
varios días después de faena en el mar. Aquí tenéis un informe completo
de lo acontecido preparado por Holmes.
- ¿Y por qué sólo tres sospechosos, Sr.
Watson? Con tantos condenados por el señor juez debiera tener muchos enemigos
–preguntó Laurita adelantándose a su hermana.
- Buena pregunta, Laurita –contestó
Watson–. El nexo de unión de los tres sospechosos es el pub The Fox
Clever, donde se les ha visto a la vez, pero no juntos.
- ¿Y se les ha visto conversar entre
ellos? –inquirió Valentina.
- No. Por eso he dicho a la vez, pero
no juntos. Eso es lo extraño, que nadie les ha visto entablar conversación
entre ellos, lo cual es casi más difícil que lo contrario teniendo en cuenta
que es el único pub de Mungrisdale.
También resulta extraño las frecuentes visitas al pub de la señora Di Caprio
dado que es la mujer de un juez. No parece apropiado a su condición. Pensad que
este país es muy puritano y está mal visto que las mujeres vayan a estos
lugares sin sus esposos, incluso con ellos.
Quedáronse pensativas las gemelas y
ambas se sentaron al unísono en uno de los sofás del gran salón de la casa.
Aprovechó Watson para disculpar al Sr. Holmes por su ausencia en la reunión,
pero el caso es que el famoso inspector había recibido el encargo del Foreign Office de ir a recoger al no
menos famoso psicoanalista vienés Sigmund Freud. “Pero pronto estará aquí y
ampliará la información”, puntualizó Watson.
- ¿Contra qué se golpeó exactamente el
Sr. Schefold? –preguntó Valentina.
- Este es otro problema, porque no
hemos encontrado ningún objeto contundente, ninguna piedra que tuviera restos
de sangre o pelo de la víctima. Creo que ya os lo he comentado. En realidad yo
me he permitido insinuar a Holmes que todos los indicios apuntan a un mero
accidente, pero Holmes dice que le huele a un crimen. Ya conocéis al Sr.
Holmes, nunca dice todo lo que sabe, sólo aquello que casa con su reconstrucción de los hechos. Le he
advertido que esa forma de proceder le puede llevar a omitir información
relevante cuando su teoría fuera errónea, pero el sigue en sus trece. Según él,
su método consiste en seleccionar la información, porque tan malo es la falta
de ella como el exceso. Depuración de información y reconstrucción mental de
los hechos. Ese es su método. Y hasta ahora le ha dado un magnífico resultado.
Entonces Laurita hizo una pregunta que
dejó boquiabierto y balbuciente a Watson.
- ¿Por qué están tan seguros que el
accidente fue el día 19 y no el anterior o posterior?
- No lo sé con exactitud. En todo caso
eso fue lo que dijo el forense. Nos hemos fiado de él, aunque Holmes sigue su
propio criterio en estos casos. En realidad nunca se fía ni de la policía ni de
los forenses: dice que carecen de imaginación por razón de su oficio.
Entonces, como a hurtadillas, le dijo
Valentina a su hermana:
- Buena pregunta, pero tengo otra que
creo que es aún mejor aunque me la reservo para el Sr. Holmes.
Contra toda la previsión de Watson,
llegó en ese momento Holmes a la casa de Baker Street, lo cual despertó
alborozo, tanto en las gemelas como en el resto de los ocupantes, y ello a
pesar del carácter seco del famoso detective. Además no venía sólo, sino que le
acompañaba el Sr. Freud, el no menos famoso psicoanalista vienés. Todos juntos
conversaron durante largo rato, casi hasta la noche. Valentina le contó el
sueño al famoso psicoanalista.
- A bote pronto me llama la atención el
que yo viajara en el carruaje de Laura, vuestra hermana, y preguntara si el Sr.
Holmes viajaba en tu carruaje, Valentina. Pensaré en ello, aunque visto los
casos resueltos por vuestra colaboración me atrevería a pensar que tú,
Valentina, querrías emular al Sr. Holmes, copiar sus métodos –reflexionó en voz
alta el Sigmund Freud.
- Pero si es así, ¿para que querría yo
que viniera en mi ayuda el Sr. Holmes?
- El sueño tiene sus camuflajes, sus
desplazamientos entre personajes, sus aparentes contradicciones. En mis
estudios sobre el tema he llegado a una conclusión universal: el sueño es una
realización de deseos, pero hay que interpretarlo; también que una cosa es lo
que en el sueño se manifiesta y otros los materiales de los que se provee. Tú,
Valentina, en realidad eres el Sr. Holmes en el sueño y Holmes eres tú. Es una
posible interpretación. También la de que quieres la presencia del Sr. Holmes,
pero no para que te ayude, sino para que observe cómo solucionas tú el caso en
el caso de que no lo solucione él. Bien, pensaré en ello toda la noche y veré
si tengo una interpretación más acabada.
- Una pregunta más, Sr. Freud, ¿por qué
aparecen dos carruajes en el sueño?
Ante la pregunta de Valentina todos se
miraron, pero el que se sentó como para reflexionar fue el propio Holmes, que
permanecía callado.
- Ante esa pregunta no tengo de momento
respuesta. Tampoco el que viajaréis en diferentes carruajes. Puede mostrar tu
deseo de mantener a tu hermana al margen de tu competición con el Sr. Holmes.
Creo que la proteges en exceso. Pero no quiero seguir por ahí ahora porque el
método psicoanalítica exige confidencialidad entre paciente y médico.
- Pero yo no estoy enferma, Sr. Freud.
- Lo sé, por eso me he saltado la regla
anterior de la confidencialidad. Pero no querría convertirme en protagonista de
esta encantadora reunión. Aquí las protagonistas sois vosotras. El Sr. Holmes
me ha puesto en antecedente de vuestras dotes y he quedado estupefacto. Y veo
que el Sr. Holmes ha sido en exceso comedido en sus elogios. Quizá fuera más
interesante volver al caso real –dijo Sigmund Freud mientras se dirigía a
Holmes.
Ahora intervino Holmes.
- Este caso ha sido un bálsamo para mi
orgullo. Yo me he empecinado en creer que se trataba de un asesinato y en
realidad no existen pruebas concluyentes de que así fuera. Es verdad que las
personas que, seguro os habrá comentado el Sr. Watson, tenían motivos para
matar al juez Schefold, pero sus coartadas son sólidas. No hay testigos de que
alguno de los tres estuviera en el día de autos en las montañas de Mungrisdale donde se despeñó el
carruaje. Ni siquiera hemos encontrado el posible arma homicida. Es verdad que
tampoco se ha encontrado piedra u objeto contra el que se golpeara la víctima,
pero ese día llovía y es posible que la lluvia haya eliminado cualquier huella
o rastro que nos llevara hacia alguna conclusión. Creo que debemos dar por
resuelto el caso: se trata de un accidente, de un desgraciado accidente.
Las palabras de Holmes dejaron a todos
helados. Al menos contrariados. A todos, pero con una posible excepción:
Valentina.
- Una pregunta, Sr. Holmes: ¿Algunos de
los sospechosos tiene un carruaje como el que se estrelló en Mungrisdale?
- Así es, Valentina. La señora
Graziella, la mujer del juez, tiene uno idéntico al estrellado. ¿Por qué esa
pregunta? –preguntó Holmes.
- Sólo estoy siguiendo su método, Sr.
Holmes: aumentar la información hasta que esté todo lo importante. Otra
pregunta, Sr. Holmes: ¿Qué hicieron los sospechosos el día anterior al supuesto
accidente?
Aquí Holmes se quedó pálido y se
levantó para alcanzar su taza de té que no le pillaba a mano y contestó:
- Eso no es relevante porque de lo que
no hay duda es de la fecha del accidente, supuesto accidente si se quiere: el
19 de noviembre.
- No dudo de la fecha del supuesto
accidente, Sr. Holmes –dijo Valentina en tono serio.
Y viendo que la cosa se ponía más tensa
de lo conveniente entre Valentina y Holmes, intervino Laurita.
- Sr. Freud. El sueño de mi hermana
tiene toda la pinta de una premonición. ¿Tiene usted alguna explicación ante
ese hecho? No me refiero a la fecha del accidente porque tú lo soñaste,
Valentina, al día siguiente de conocer la carta que nos envió el Sr. Watson
relatándonos lo sucedido en Mungrisdale.
Me refiero a que el en sueño apareciera usted. Eso es imposible que lo supiera
mi hermana.
- Con la información que tengo,
perspicaz Laura, no puedo contestarte. Debería saber si vuestra hermana ha
leído algunos de mis libros con interés especial. Pero ya digo que no querría
estropear esta hermosa velada con mis teorías. Creo que deberíamos cantar y
quizá… bailar. En Viena se baila mucho y me gusta presumir de que soy un
excelente bailarín. Sé que lo es también el Sr. Holmes y la Sra. Watson. Y me
atrevería a apostar que tú, Laura, te vuelve loca el baile: ¿me equivoco?
–contestó Sigmund Freud mientras invitaba al baile a la Sra. Watson.
Fue el propio Watson el que llevó de la
mano a su señora para que bailara con el famoso psicoanalista. La dueña de la
casa puso un vals, el famoso Danubio Azul,
como para dar contento a su invitado. Todos bailaron, incluso Holmes. También
cantaron Watson, Laurita y la Sra. Watson. Y entonces, Valentina cogió de la
mano a su hermana y la llevó como en un aparte al sofá más retirado de la
habitación, desde el cual no podrían oírlas.
-
Laurita, ¿por qué has mentido al Sr. Freud? Mi sueño fue anterior al día
de autos, como aquí se dice a la fecha del supuesto accidente –inquirió
Valentina algo malhumorada.
- Mira, Valentina, ya me has hablado
del Sr. Freud y de lo que hace. Él no cree en las premoniciones, como ellos
dicen, es decir, en que se pueda adivinar el futuro a través de los sueños. Si
yo le hubiera dicho que tu sueño es anterior habríamos dejado en evidencia al
Sr. Freud. Una mentirijilla para quedar bien, como cuando nos escapábamos en
invierno por la ventana de nuestra habitación de casa de nuestros padres para
tirarnos bolas de nieve. Luego volvíamos como si nada malo hubiéramos hecho. Y
en realidad no hacíamos nada malo, sólo divertirnos. Por cierto: ¿tú crees en
lo del accidente?
- No, creo que se trata de un asesinato
–dijo Valentina.
- ¿Y el Sr. Holmes lo sabe, Valentina?
- Esa es una buena pregunta, porque no
sé si es verdad que cree que es un accidente o nos está haciendo creer que lo
es, Laurita.
- Vamos, cuéntame tu teoría, Valentina.
- Aquí no puedo, pero piensa en estas
cosas: dos carruajes iguales; fecha del accidente; correas de sujeción
especiales; no hay rastros. A la vuelta te lo cuento. Y piensa también en mi
sueño. Ahora intenta reconstruir los hechos mentalmente y en silencio.
Y la fiesta siguió hasta la cena. Luego
se despidió Sigmund Freud porque debía recoger unos papeles en el hotel donde
se hospedaba. Las gemelas se quedaron esa noche por no contrariar a la dueña y
a la esposa de Watson, la cual las consideraba como unas hijas. Al día
siguiente Valentina, ya en la Cueva de
los Sueños, daba la siguiente
explicación a su hermana:
- Te dije Laurita que la pista
principal me la dio mi propio sueño: dos carruajes. La segunda pista, que no lo
es, es la fecha del accidente. La señora Graziella Di Caprio tenía un carruaje
igual que el supuestamente accidentado. Imagina al Sr. Steedman. Condenan a su
mujer a la cárcel por un crimen que no ha cometido. La mujer no llegó a salir
de ella porque fue asesinada en la misma cárcel. He leído los informes de
Holmes sobre Steedman. Es un profesor de universidad. Da clases de matemáticas y
lógica. Es además un excelente ajedrecista. Es un tipo frío y calculador. Tiene
diez años para imaginar el crimen perfecto.
-¿Pero cómo estás segura de que fue él?
¿Los demás también tenían motivos para asesinarlo, Valentina?
- ¿Y quién ha dicho que actuó solo?
Tanto la Sra. Di Caprio como el pescador, el Sr. Ramsey se veían en el pub The Fox clever. Es verdad que allí no
hablaban para no levantar sospechas, pero allí, por señas, quedaban en algún
lugar al abrigo de las miradas de los lugareños. Quizá en la barca de Ramsey, a
la noche, cuando los pescadores ya se han retirado a sus casas cansados de su
agotador trabajo diurno. Durante años imaginaron cómo matar al Sr. Schefold.
Sólo un cerebro comparable al del Sr. Holmes y con deseos de venganza podía imaginar
lo que te voy a contar. Había dos carruajes, lo sabemos, uno de de Graziella Di
Caprio y el otro de su marido, la víctima, el juez Schefold. Lo que no sabes es
que hubo dos viajes a las colinas de Munsgrisdale:
una el día 19 de noviembre, lo sabes, pero hubo otro el día anterior. El día 18
de noviembre el Sr. Steedman tomó uno de ellos y se dirigió a las colinas. En
un momento abandonó la parte delantera del carruaje –que me he enterado que se
llama caja de juego delantero– desde
donde azuzaba a los caballos y se metió dentro, se agarró fuertemente mediante
correas y, aquí viene un acto de valor heroico, estrelló el carruaje con riesgo
de su vida. Los caballos murieron en su caída por la ladera, el coche quedó
destrozado, pero él sobrevivió. Volvió andando a casa de la Sra. Di Caprio, la
cual le esperaba. Al día siguiente, pero al despuntar el alba, raptó al juez
con la ayuda del Sr. Ramsey e hizo el
mismo trayecto que el día anterior. Cuando llegó a la altura del coche
accidentando del día anterior mató con algún objeto al juez y le lanzó donde
estaba el carruaje. El desnivel de la ladera ayudó a que quedaran cerca
carruaje y víctima. No podían bajarlo a hombros porque las huellas que quedaran
podían delatar un transporte de un cuerpo pesado. Debió tener suerte, porque
cayó muy cerca del carruaje destrozado. Todo parecía un accidente. Nadie vio el
viaje del carruaje del día 18; tampoco el del día 19, el día del asesinato,
porque aquel lugar de las montañas de Mungrisdale
es un lugar inhóspito y peligroso. Mucho antes de las 5 de la tarde ya estaban
en el pub The Fox Clever y con la
coartada asegurada. El Sr. Steedman eligió muy bien el lugar. Durante años
Graziella Di Caprio tuvo el cuidado de no sacar los dos carruajes a la vez. El
suyo debió permanecer oculto en algún lugar por indicación del Sr. Steedman.
Quizá lo supiera el juez, su marido, pero esa información se la llevó a la
tumba. A los ojos del mundo sólo había un carruaje. Es muy posible que en estos
momentos se estén deshaciendo del que ha sobrevivido. Quizá lo estén
desmontando el Sr. Ramsey y el Sr. Steedman, y se lo lleve el primero al mar, a
algún lugar donde el mar no lo devuelva, porque ya sabes que dicen que el mar
devuelve siempre lo que no es suyo. Seguro que el Sr. Ramsey, el pescador, sabe
de algún lugar donde quede para siempre.
- ¿Y tú crees que el Sr. Holmes no ha
imaginado algo parecido, Valentina? Parecía muy contento para no haber resuelto
el caso.
- Lo sé, a mí me extraña también. El
Sr. Holmes se hace viejo, Laurita, y valora a lo mejor otras cosas. Esta es una
venganza que parece una justicia, porque en los papeles del Sr. Holmes dice que
el juez Schefold se negó sistemáticamente a revisar el caso de la Sra.
Robinson, la mujer de Steedman. También se negó a cambiarla de prisión a
sabiendas que la de Londres no era la más apropiada para ella. El Sr. Holmes
-¿o ha sido el Sr. Watson?- nos ha dado razones para el comportamiento del
juez, razones que a nosotras nos parecen más bien sinrazones. ¿Te ha gustado la palabra, Laurita? ¡Esa no la
conocías! Volviendo al caso, quizá por eso en este caso, y sólo en este caso,
le haya parecido a nuestro amigo que se hacía mayor justicia dejándolo
irresuelto que llevando a la cárcel al pobre Sr. Steedman.
- Pero a mí la curiosidad me mata.
Debemos volver a Baker Street y que nos resuelva estas dudas, Valentina.
- Tranquila, hermana. Apuesto que no
tardando mucho recibiremos alguna nota a través del Arcón de los Sueños de parte del Sr. Holmes.
- Y el Sr. Holmes no investigó lo del
reloj parado. Es un truco. Yo lo he leído en algún sitio: para que parezca que
la hora del crimen es una que le interesa al asesino rompe el reloj de la
víctima y le pone a la hora que le interesa. Lo extraño, Valentina, es que el
Sr. Holmes no se diera cuenta de ello.
- Claro que se dio cuenta, Laurita, por
eso el Sr. Holmes no mencionó lo de la hora: no quería llamar la atención sobre
ese detalle, pero el Sr. Watson sí que nos lo contó. Sin quererlo, le
traicionó. Nuestro amigo detective siempre antepuso su interés por tener un
heredero de su método que por resolver el caso.
- Pues a mí me gusta lo que ha hecho
nuestro amigo: es mi ídolo –replicó Laurita sentándose en el sofá de aire con
un suspiro de satisfacción.
- Laurita, ha dejado sin resolver un
caso y se ha hecho además amigo del asesino.
- Ha sido lo más justo, Valentina.
- Salvo cuando los jueces son los
injustos. Además, Valentina, este es un crimen perfecto porque no se puede
demostrar que se cometiera el día 18; en cambio el reloj indica –aunque sea
falso- que fue el 19 y en esa fecha todos tenían coartada. ¿Qué te parece,
Valentina?
- Tienes razón, Laurita. Podría haberse
realizado otro día como el 20, por ejemplo. Es invierno y estamos bajo cero.
Así los cuerpos tardan más en descomponen, por lo que no se sabe la fecha de la
muerte. Por eso el Sr. Steedman esperó al invierno.
Y siguieron discutiendo del tema
durante algún tiempo hasta que del Arcón
Mágico se recibió una nota del detective inglés tal y como había predicho
Valentina.
“Estoy
inmensamente agradecido por vuestra colaboración. Todo ha quedado como un
accidente. Sé que sabéis que no fue así, pero también sé que estáis de acuerdo
con mi proceder. Me hago viejo y ya no me divierte la resolución del enigma en
el mundo del crimen porque he comprendido, aunque tarde, que detrás del
misterio hay personas que sufren y, a veces, mueren, y eso es más importante
que alimentar un ego que, al final, morirá conmigo. Os informo que el Sr.
Ramsey ha perecido. Su barco, sobrecargado por una carga que no se ha
encontrado pero que es fácil de imaginar cual era, se hundió en el mar. La
señora Graziella ha vendido sus propiedades y se ha vuelto a Italia, a Módena,
a vivir con sus ancianos padres. Y el Sr. Steedman sigue dando clases de
matemáticas. He hablado con él. Padece de una tristeza profunda, como a nadie
he visto, pero a la vez se le notaba con tranquilidad de espíritu. He observado
cómo explicaba las ecuaciones diferenciales de segundo grado con la mayor
naturalidad del mundo. Incluso he jugado al ajedrez con él. Me ha ganado,
claro, pero le ofrecí gran resistencia. ¡Es un magnífico ajedrecista! Quiere
presentarse al campeonato de Escocia, porque él es escocés. No desconoce la
esgrima y algunos combates cuerpo a cuerpo que yo desconocía. No hemos hablado
del tema, pero cuando nos cruzamos las miradas él sabía que lo sé y sabía que
yo sé que él sabe que yo lo sé. Pero guardamos silencio. Quiero contratarle
como colaborador. Quizá no sea la mejor elección desde el punto de vista ético,
pero a lo hecho, pecho, como decís por vuestras tierras. Necesito un heredero,
un continuador de mis métodos. Me gustaría que fuerais vosotras, pero eso es
mucho pediros. Cuando nos veamos os daré detalles, pero seguro que sólo serán
accidentales, porque sé que habéis resuelto el caso. Steedman tuvo grandísimo
valor para estrellar el carruaje con él dentro y esa cualidad, además de la
inteligencia, es la que debe tener mi continuador. Quiero convertir al Sr.
Steedman en una pesadilla para el mundo del crimen. Ese será mi legado. Hasta
la vista. Saludos a vuestros amigos del bosque”.
- Este es el motivo, Valentina: quería
un heredero y de nada le servía en la cárcel. ¿Te parece bien? Dudas resueltas,
¿no, Valentina?
Y Valentina tardó en contestar,
ensimismada en sus pensamientos.
- Yo tengo una: ¿desde cuando supo el
Sr. Holmes la verdad?: ¿antes de contar el sueño en Baker Street o después?
Noté cómo cuando lo contaba se sintió sorprendido, azorado, Laurita.
- ¿Azorado?
¿Qué palabra es esa? Nunca la había oído.
- Yo tampoco, Laurita, pero sé que hay
un ave que se llama azor.
- Entonces, si el Sr. Holmes se azoraba
es que volaba, y eso no ocurrió, hermana. ¡Eso debe significar otra cosa!
Y ambas hermanas rieron y cantaron de
nuevo junto con sus amigos del bosque:
“Soberbia maldita
sal de la cueva
y que no se repita
que Adán y Eva
mortales fueron
por la manzanita”.
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