viernes, 7 de septiembre de 2012


EN LA BIBLIOTECA
DE MI ABUELO BERTO
(II parte)



por



 Antonio Mora Plaza

dedicado a mi amigo Sala y familia



































PRESENTACIÓN
por Antonio Mora Plaza
         En todas las historias que siguen de una u otra manera ha intervenido mi abuelo Berto: bien porque me las ha contado, bien porque las escribió en solapas, páginas en blanco y contraportadas de libros, bien porque las he reconstruido a partir comentarios de mi abuelo, de reproches de mi abuela, o silencios de mi madre.

Mi abuelo era alto, muy alto, barbudo y siempre con bigote. A mí se me hacía altanero, orgulloso, pretencioso; cuando crecí descubrí que simplemente era alto. Tenía una biblioteca que de niño se me hacía enorme. Siempre le conocí leyendo, manoseando libros. Solía decir:
-El placer de hojear un libro, tocar sus hojas, acariciar sus solapas es el principio de la sabiduría.
Yo al principio no le entendía y un día le pregunté ante su insistencia qué era eso de la sabiduría y me contestó:
-No te puedo dar una definición porque no creo en las esencias, pero lo importante es el trayecto y te diré que la sabiduría es el poso de la destilación del conocimiento y la experiencia.
Seguí sin entenderle y recuerdo que me hice la pregunta que yo creía entonces original:
-¿Cómo es que entiendo cada palabra y no la frase entera?
Él hablaba tan convencido que resultaba convincente. Yo siempre le escuché con respeto y, con el tiempo, con admiración, aunque lo normal es que hubiera sido al revés. Recuerdo que solía añadir más o menos que “en materia de artes sólo se puede crear cuando te despojas de lo aprendido como el gusano de su capucha y se convierte en cursi mariposa”. A mí se me hacía que hablaba ampuloso, altisonante, críptico. No era tal: es que no sabía hablar de otra manera. Otro día le pregunté por el secreto de la felicidad -frase que había oído y que no era capaz de desprenderme de ella- y me sorprendió su enfado:
-Ya te he dicho que no creo en las esencias, maldito sea Aristóteles y toda su progenie escolástica. No sé lo que es, pero sé cómo se alcanza: convierte tus medios en fines.
Debí poner tal cara de no entender nada que se sentó –yo ya lo estaba- y me dijo ya más relajado y echando para atrás su corpachón:
-Procura tener gustos y deseos que te permitan llegar a viejo habiéndoles dado satisfacción.

Mi abuela Francisca, su mujer, tuvo 7 hijos. Era también sabia a su manera y, aunque tenía poco tiempo para leer, usurpaba alguno a sus tareas domésticas para dar rienda suelta a su curiosidad. Se sentaba al caer la noche siempre en la misma butaca y leía. Era recia, gordita, no muy alta y de voz grave. Mandaba en toda la casa, en la hacienda y en la vida de su familia, excepto, claro está, en la biblioteca de mi abuelo. Cantaba muy bien y cocinaba mejor. Nunca me llamaba por mi nombre sino “nieto”. Siempre la llamamos Francisca, nunca con un diminutivo; mi abuelo, que era Humberto, en cambio le llamamos siempre Berto. Mi abuela estaba siempre presente, cuando se la necesitaba y cuando no.

         Tenían un perro que se llamaba “Lanas”. Siempre estaba con mi abuelo en la biblioteca y cuando cogía un libro, se sentaba, le miraba y esperaba. Cuando salía mi abuelo de la biblioteca, Lanas se iba a la vera de mi abuela. Tenían también una gata que se llamaba “Turca”. Nunca la vi por el suelo y cuando se movía saltaba de mueble en mueble: nunca pisaba el mismo suelo donde pisaba el perro. Era muy orgullosa y señorita la jodia. Se dejaba acariciar, pero cuando se cansaba se iba de tu lado sin avisar. Ahora ya no están ni mis abuelos ni sus animalitos, pero tengo la mejor herencia posible: su recuerdo y su biblioteca. Los relatos, cuentos y leyendas que siguen –y otros que seguirán en el futuro- son mi homenaje.

                  El nieto, Madrid, un día de mayo de 2008
EN LA BIBLIOTECA DE MI ABUELO BERTO (2ª parte)

-No hay ristra que valga, ni larga ni corta. Yo no omito ni añado nombres por casualidad. Son muchos años estudiando las aportaciones de unos y otros como para cometer semejantes deslices.
Pero yo entonces había pasado ya de los 20 años y me encontraba con fuerzas como para replicar a mi abuelo con el tacto suficiente para no menoscabar el respeto que me merecía, pero sin certificar sus palabras sin más, como era el caso, y le dije:       
-Abuelo, yo he leído muchos más nombres en algunas historias de la ciencia, de la filosofía, como por ejemplo la Historia de la Filosofía Occidental, de Bertrand Russell, que alguna vez me recomendaste; también la de Julián Marías, y alguna otra más. Creo abuelo que quizá hay en ti algo de mitomanía, que te ha mantenido despierto y curioso todos estos años, pero que quizá haya sesgado tu juicio.
El lector que haya seguido los comentarios de mi abuelo a lo largo de estos relatos podrá imaginar la sorpresa que se llevó cuando le lancé ese juicio crítico, porque yo me he dado cuenta con el tiempo que casi siempre había dado la impresión de aceptar su juicio, provocando en él la confusión entre el respeto y la aceptación intelectual de su punto de vista. No era tal, pero en cierto modo era inevitable. Sin embargo, en su respuesta, no noté indicio alguno de cólera alguna que yo me temía, aunque fuera contenida, y me contestó exhalando el humo de su pipa:
-Mi querido nieto, pensar por uno mismo realmente es la tarea más difícil, ingrata y engañosa que imaginarse pueda, porque siempre acechan en esa tarea los diablillos de la soberbia, la presunción y el dogmatismo. La mayor parte de las veces, lo que creemos original es sólo la sombra de la sombra de un pensamiento, de un conocimiento anterior, un reflejo en la caverna de Platón. Esa nómina es demasiado larga, porque si me apuras sólo han pensado de verdad en Occidente Platón, Arquímedes, Copérnico, Galileo, Kant, Gauss, Freud, Marx y Einstein. Estos convirtieron las sombras de otros pensamientos en pensamiento y ciencia, porque aunaron inteligencia y valor para ir en contra de los convencionalismos. Es verdad que me dejo a Bruno, Descartes, Kepler, Newton, Ricardo, Euler, Darwin, Wallace, Mendeleyev, Cajal, Cantor, Bohr, Sraffa y otros muchos, pero esos nueve son los que se enfrentaron contra el saber admitido de una manera tan titánica que excede cualquier imaginación, aunque no sean necesariamente más geniales que otros. Los demás, como diría el mismísimo Newton, “caminaban sobre hombros de gigantes”, lo cual no menoscaba sus méritos; además me dejo a los artistas, pero estos, o viven en la radicalidad o son mero copistas.
Entonces yo le decía que le entendía y que esa nómina lo era bajo un punto de vista, pero que bajo otras perspectivas, otros, incluidos esos ocho, serían los nombres a señalar. Y para rematar mi atrevimiento, le dije que me resultaba curioso que mientras al resto de las personas que yo conocía -o había conocido- los años les volvían conservadores, para él los años eran vitaminas de radicalidad. La palabra era fuerte, pero yo la usaba consciente de que para mi abuelo tal término era más síntoma de búsqueda de la raíz de los problemas que sinónimo de extremismo. No por ello mi abuelo se inmutó y me contestó con suma templanza:
-La radicalidad y la risa son los antídotos del dogmatismo, de la creencia, de la trivialidad del sentido común, que es la sombra de la nada, la equidistancia de nuestra mala conciencia: sé radical aún a riesgo de equivocarte y no te avengas con componendas para congraciarte con los demás o con tu conciencia. Ese es el sacrificio del pensar por uno mismo. Si no estás dispuesto a ello, dedícate a otra tarea, que todas son dignas.
        
         Los relatos que siguen han de leerse independientemente de estas consideraciones, porque aquellos andan por su propio pie o son llevados como en parihuelas de otras célebres historias, o son fruto de pura imaginación; pero ayuda saber quién las inspiró y a entender porqué escogieron el camino que escogieron, el porqué de su dramatismo a veces, porqué sortearon caminos más llevaderos y desenlaces más amables. Sólo pueden entenderse porqué son así y no de otra manera a partir de la comprensión de un punto de vista: el punto de vista de un radical, el de mi abuelo Berto.

         Se que no tiene nada que ver con estos relatos, pero ahora que veo cómo las victimas de antaño se han convertido en verdugos de hogaño en el Oriente Próximo, comprendo que sólo desde la radicalidad se puede combatir la radicalidad de los genocidios y de los genocidas. Gracias abuelo por tus lecciones.


Madrid, en junio de 2009










































LEYENDA APÓCRIFA DEL AMAZONAS


   Decía mi abuelo Berto que la dificultad del relato, cuento o leyenda es doble: por un lado ha de ser auto comprensivo, pero sin hojarasca. Todo ha de servir al conjunto y proceder como el escultor que ha de eliminar lo que sobra para conseguir su obra; la otra dificultad es la de lo inevitable de la moraleja, por lo que sólo debemos aspirar a despojarla del prejuicio del dogma y de la creencia hasta contemplarla descarnada, kantiana, para que sirva de modelo universal desde la libertad del creador. Este relato que encontré escrito en las últimas páginas en blanco de un libro de Wittgenstein pretende ser, según mi abuelo, un ejemplo de ello. Veámoslo. Dice la leyenda que…
 
   …cuando despuntaba el nuevo siglo XVI, arribó a las costas amazónicas una nave portuguesa comandada por el capitán Fernando de Sousa, que tenía fama de fanfarrón y mujeriego, y una tripulación de hasta 30 marineros. El capitán estimaba mucho a sus marinos porque solía decirles que “eran más compañeros de fatigas que simple tropa marinera”. Dice la leyenda que cuando tomaron tierra en la ribera donde habitan los indios tupís les dijo:
- ¡No hemos venido aquí a la conquista de tierras para otros, aunque sean nuestros monarcas, y menos aún para nobles que luego las administren y se lleven los frutos de nuestros esfuerzos y nuestras vidas, sino para otro tipo de conquista. Es aquí fama la belleza de las indias tupíes, altas, morenas, de piel tostada, de ojos grandes y perfectas cejas. Esa será la única conquista, el único tesoro que nos llevaremos de regreso a nuestra patria. ¡Tenemos dos semanas para dejar a Cupido vacío su carcaj!”.
   Y así ocurrió, enamorando a cuanta india se le ponía en su camino, al igual que el resto de sus compañeros marineros. Sé que le resultará extraño al lector este comportamiento del capitán y su tripulación, pero no todo en la conquista fueron búsqueda de tesoros y eldorados para administrar porque, como decía mi abuelo Berto: “el hombre –y la mujer- son un caleidoscopio de deseos e intereses donde todas la situaciones imaginables son posibles con tal de que no transgredan los límites de la verosimilitud, y aún ésta queda a veces renqueante antes hechos y hazañas nunca imaginados”. Pero sigamos con la leyenda, porque sucedió que se enamoró el tal Fernando de Sousa de una india llamada Ciguapa que superaba en belleza al resto de las indias y a todas las mujeres que había conocido el capitán, cuya cifra pasaba del centenar. La primera semana era todo alcohol y placer, felicidad en definitiva para los rudos marineros, pero ocurrió que entrada la segunda semana muchos indios e indias empezaron a enfermar sin causa aparente. La historia ha descubierto posteriormente que ello era debido a la desprotección que tenían los indios ante las enfermedades contagiosas que portaban los europeos, inmunes estos a todas ellas. Ocurrió entonces que la bella Ciguapa enfermó también y cuando sintió que su final se acercaba llamó al capitán para declararle su amor y decirle su última voluntad de acuerdo con las costumbres de su tribu. Y eso hizo, pero no pasó ni un minuto del encuentro –que sería el último- de los enamorados, cuando el capitán salió despavorido de los brazos de su prometida y se internó en la selva como huyendo no se sabe de qué. Y no había pasado una semana cuando encontraron sus compañeros muerto al capitán, atravesado su pecho con una flecha por una tribu enemiga y con una carta aferrada a sus manos que había escrito apresuradamente. Decía la carta:

   “Mis marineros y compañeros, casi moribundo quiero explicar –aunque no justificar- mi comportamiento y deciros que corréis un grave peligro. Es costumbre en este pueblo que cuando la amada muere el hombre ha de ser enterrado vivo con ella para que así crezca el árbol tamba-tayá, cuyas hojas nacen pegadas dos a dos. Sólo os queda la huida. Tomad el barco cuanto antes, porque de lo contrario los amables indios tupíes os obligarán a casaros y ya sabéis el final. Mis fuerzas me abandonan…”.

   Temerosos habían quedado los marineros, muchos de ellos ya comprometidos, cuando algo ocurrió que les dejó ya petrificados: una ola gigante se abalanzó sobre la costa y se tragó la hermosa nao en la que habían venido. Y aquí acaba la leyenda, al menos tal como la dejó escrita mi abuelo.

   Era curioso lo de mi abuelo: tan brillante en la oratoria y tan parco, aunque preciso, en la escritura. El decía que era por influencia de Kant, cosa que yo no discuto porque apenas he leído nada del filósofo alemán, pero quizá el lector avezado pueda entenderlo y entenderle. No obstante, decía él, que hacía excepción de la metáfora, porque sin élla no existe literatura, sólo mero oficio de funcionario. Mi abuelo era siempre radical, pero siempre coherente.


Madrid, 27 de agosto de 2008
















































EL DONCEL Y LA REINA

Un día que hube estado en Sigüenza contemplando sus monumentos y, claro está, especialmente el famoso Doncel que está en la iglesia de San Juan y Santa Catalina, pensé en la muy buena discusión que podría tener con mi abuelo Berto sobre la famosa estatua yacente que representa a Martín Vázquez de Arce, muerto en la Vega de Granada a manos musulmanas –otros dicen que se ahogó en la llamada “Acequia Gorda”- en el año 1486. Me había documentado bien, sobre todo desde el punto de vista histórico. Lo que me cansaba un poco era ese discurso constante de las armas y las letras que tanto dice y dicen representar la estatua y el caballero. Así se lo comenté a mi abuelo. Yo me esperaba un comentario crítico de ese discurso y su valoración estética de la valía de la escultura; escultura anónima dicen, pero hecha en el taller de Sebastián de Almonacid. De nuevo mi abuelo me sorprendió, no porque no fuera crítico, como cabía esperar, sino por lo que sigue:
-También me resulta antipático ese maridaje entre las armas y las letras que parece representar el pobre Martín Vázquez, pero es de tradición antigua; comienza con Hernando del Pulgar y sigue hasta el inefable Ortega y Gasset, aunque este ya decía que “este hombre – El Doncel- parecía más de pluma que de espada”. Pero el tópico del maridaje entre las armas y las letras es indesmontable por el momento y se ha asentado con el discurso de la dictadura; dictadura que ha asolado la dignidad de los vencidos y, con más razón, la de los vencedores. Para mí, la finura de los rasgos de la escultura, el aparente sosiego y calma que transmite su postura a pesar de su armadura y cota de malla, sus piernas cruzadas, la increíble delicadeza con que coge el libro, su mirada perdida y reflexiva, demuestran que es el nuevo hombre del Renacimiento envuelto en una armadura que le es ajena; frente a la razón de las armas, la razón de las letras; es el nuevo humanismo, el erasmismo que ya se adivinaba en el horizonte. Pero el tópico está arraigado y ya es tarde. A cambio, te contaré una leyenda del Doncel que me contó mi abuelo a su vez. Por su supuesto que es apócrifa, como todo lo valioso. Dice la leyenda…

…que en junio del año 1481 volvía Fernando, El Rey de Aragón y esposo de Isabel, Reina de Castilla, a Barcelona por asuntos de estado que ahora no vienen a cuento; que Isabel iba a reunirse con el Rey, y en el largo camino hasta Zaragoza –lugar de encuentro- se hospedó en el palacio del condestable Mendoza que tenía en la hermosa villa de Sigüenza, en Guadalajara. Iba acompañada de su hija Isabel, que tenía entonces la tierna edad de once años. Y cuenta la leyenda que cuando el Condestable recibió a la Reina le acompañaba uno de sus pupilos, hijo de Don Fernando de Arce y Doña Catalina de Sosa, llamado Martín. Hechas las presentaciones y ya con el pie en tierra -ayudada por los criados del Condestable-, la Reina se dirigió al joven Martín en estos términos:
-Necesita mi Reino jóvenes como vos para pelear en Granada. Tanto mi esposo como yo estamos empeñados en acabar con el poder nazarí que dura ya demasiado. Si deseáis ese destino, hablad con mi capitán.
Y cuando el joven Martín no podía disimular las ganas por dar su beneplácito intervino el Condestable:
-Mi reina, se de vuestros deseos y comparto vuestra opinión, pero este joven, hijo de los nobles Fernando y Catalina, está bajo mi cuidado y sólo está adiestrado en leyes y latines, y nada sabe de armas, y menos de guerrear. Pensad para él otras misiones cuando cumpla su formación y mi pupilaje, os lo ruego. Le quiero como un hijo y mandarlo ahora a la guerra contra el moro sería llevarlo a la muerte.
El joven Martín parecía ahora distraído; tanto que fue la Reina que le preguntó su opinión, a lo que el pupilo del Condestable contestó bajando su mirada:
-Es mi deseo ser vuestro vasallo, mi Reina, tomar las armas y pelear como el mejor de los guerreros: ¿qué mejor adiestramiento que la guerra de Granada? Desde ahora soy soldado de vuestro ejército.
Pero cuando acabó de decir esto, el joven Martín no podía apartar la vista de Isabel, pero de Isabel la Infanta.

Llegó la noche y después de cenar en el palacio con la magnificencia de que hacía gala el Condestable, la Reina se hizo acompañar por el joven Martín y le habló en estos términos:
-Si queréis servir a la Reina debéis dejar para siempre la tutela del Condestable y alistaros como ayudante del capitán Gonzalo de Córdoba, en el que tengo puestas grandes esperanzas. Podéis serle útil; es un gran guerrero, pero poco versado en leyes y letras. Veo que tenéis una herida en vuestra mejilla izquierda y en el labio, ¿qué os ha pasado?
-Una disputa entre los compañeros de pupilaje; yo sostengo que el más grande historiador es Tucídides y mi compañero que Herodoto; que la más grande luminaria de la humanidad ha sido la Alejandría egipcia y mi compañero que la Atenas de Pericles; para mí, Virgilio es el más grande poeta de la antigüedad y para otros es Homero. Siempre estamos en esas peleas, y a veces llegamos a las manos: cosas de estudiantes.
Esto fue lo que contestó Martín, a lo que la Reina siguió:
-Ahora podréis pelear como hombres contra el musulmán que ocupa tierras que han de ser cristianas y de Castilla. Discutamos las condiciones en mis aposentos, joven Martín.
Y el joven pupilo, con el habla muda y la boca casi desencajada contestó:
-Yo no quiero importunar vuestra estancia en esta noble casa.
Y ya en la hermosísima Sala de Cazadores, obra debida a Juan Guas, famosa por sus techumbres, la Reina se sentó al calor de la lumbre e hizo sentar a Martín, y la velada acabó con estas palabras:
-¿Porqué han de casar mal nobleza y oportunidad? Tenemos que hablar de vuestros deseos y… de los míos. Necesito también corregidores que gobiernen nuestras provincias para quitar tanto poder a alcaides y alguaciles, que siempre obedecen a los ricos y poderosos del lugar y no a los intereses del Reino. Necesito buenos y fieles gobernantes que respondan sólo ante mí, tanto en las tierras de Castilla como en las que faltan por conquistar. Mucho sufrimiento me ha costado llegar a ser Reina de Castilla y muchas renuncias. Mis esposo y yo hemos cumplido sólo una parte de nuestra misión: acabar con las guerras nobiliarias, acabar con las guerras por la sucesión de las coronas de nuestros reinos y conseguir que el poder del Rey esté por encima del más poderoso noble. Necesito guerreros, pero sobre todo necesito a hombres de leyes al servicio del Reino. Seréis corregidor tarde o temprano, aunque no podáis eludir el combate, pero habéis de prometerme que nunca en primera fila.
El joven Martín asintió con la cabeza mientras veía a los lejos a la hija de Isabel desaparecer por la puerta de la sala que daba a los aposentos. Y la leyenda no dice más de esa noche de 1481.

Y al amanecer del día siguiente siguió la Reina su camino hasta Zaragoza para encontrarse con su esposo. ¿Y qué fue del joven Martín? La leyenda no dice mucho, pero sí se sabe que comunicó sus deseos por carta a sus padres y estos le contestaron más o menos en estos términos:
-Nobles deseos son esos de servir a la Reina, pero los nuestros son que sigáis en Sigüenza completando vuestra formación. Sois nuestro único hijo y no habría peor tortura para nos que perderos, aunque fuera guerreando por una causa justa. Podéis servir también a la Reina en otras artes para la que os estáis instruyendo. No faltan guerreros y, sin embargo, hacen faltan hombres de leyes para los gobiernos del Reino. Ese es nuestro deseo, que por lo que nos habéis contado, tampoco descuadra con los deseos de la Reina. Seguid en Sigüenza.

La Leyenda, como el Guadiana, desaparece hasta los comienzos del año 1486, en el que una carta dirigida a la princesa Isabel, que contaba ya con 16 años, fue interceptada por su madre. No era desde luego la primera que el joven Martín mandaba a la hija de la Reina. La carta decía lo siguiente:

“Mi infanta, la primera vez que os vi erais aún una niña, pero ya entonces sentí cómo el amansado latir al que estaba acostumbrado me desbordaba todos los surcos y como un oleaje golpeaba mis sienes. Hasta entonces era tan sólo un estudiante, pupilo de los Mendoza, que se abría a la vida con un libro en la mano; ahora soy un guerrero, un vasallo de la Reina -vuestra madre- que desea convertirse en caballero ante ella y, sobre todo, ante vos, mi pequeña infanta. ¡No quiero más auroras sin vos, no más noches estudiando las estrellas, porque no tengo la única que me importa, la única que encauza mis ansias y serena mis sentidos! Sólo pienso en vos, vivo en vos, sólo deseo ser en vos, aunque para ello tenga que renunciar a todos los propósitos. En poco entraré a pelear en Granada, aunque no sea ese el más vivo deseo de vuestra madre la Reina y el de mis padres. En mis brazos llevaré las armas, en mi pecho la armadura, pero en mi corazón sólo os tengo a vos como escudo. Vuestra madre tiene otros planes para sus hijas, pero si no puedo teneros, me entregaré a la Fortuna y a la Memoria”.

Quedó la Reina turbada y dice la leyenda que estos fueron más o menos sus pensamientos: ¡Qué deseos tan importunos! No me traicionaba mi instinto. He aprendido a renunciar al amor por el bien de mi Reino y no me será difícil esta vez; también mis hijas tendrán que aprender a desobedecer a los dictados del corazón por el bien de Castilla: ante todos sois hijas de Reyes. El destino os ha colocado en una misión a la cual las inclinaciones han de doblegarse. Y vos, mi joven vasallo, no sois aún un guerrero para mis capitanes, pero podréis ser un fiel gobernante para tierras musulmanas que pronto serán de Castilla. Creo que será lo mejor para todos: para vos, porque temo por vuestra vida, para mí, por la misma razón, y también para mi pequeña Isabel, cuya vida y título tienen otro destino: ¡no hay mejor manera de alejar la tentación que hacerla inalcanzable!

Y la Reina consultó a su esposo sobre el destino del joven Martín. Le puso al corriente de todo, o, mejor dicho,… de casi todo, y Fernando meditó un momento y sólo dijo:
-¡A guerrear a Granada, a guerrear! ¡Ese es mi deseo, Isabel, y, si es posible, en primera fila!”.

Y aquí acaba la leyenda. La carta interceptada por la Reina se ha perdido quizá… para siempre, y el final es de sobra conocido: las hijas de los Reyes fueron casadas con reyes y herederos de reinos, y el joven Martín Vázquez de Arce murió guerreando en la Vega de Granada en el año 1486. Sus hechos apenas merecen mención, pero su estatua es… inmortal.



Madrid, 26 de septiembre de 2008.





















FAUSTO,  DON JUAN Y MARGARITA


         Esta es, según mi abuelo, la leyenda original del Fausto. Decía él, desde su sempiterna pipa, que los germanos, celosos de sus tradiciones y leyendas, echaron a Don Juan -el Burlador de Tirso- a tierras meridionales porque soportan todos los mitos salvo el mito del… libertino. Al final de la leyenda se verá algunos comentarios de mi abuelo Berto. Así comienza la leyenda:

¡Oh dioses del Olimpo, musas caprichosas! Tantos años dedicado al estudio de todas las artes y las ciencias y apenas soy el guijarro de Newton, el afán de Aristóteles, nada del genio de Gauss, una brizna de la valentía de Galileo, un aliento de Miguel Ángel, un suspiro de Leonardo, tan sólo una pincelada de Velázquez; todo lo cambiaría por ser el autor de un hexámetro del vate ciego, por un terceto del divino toscano, por un soneto del genial bardo, por un sólo personaje del inmortal manco, por una sola escena del áureo barroco. Nada he inventado o descubierto realmente valioso, aunque creo saber todo lo que se sabe y haber leído todo lo importante, todo aquello que debemos llevar en nuestro equipaje en el último trayecto. Todo lo que sé es un islote en el mar de lo desconocido. Esta historia siempre se repite, y, a la postre, tan sólo queda de nosotros –y en el mejor de los casos- una biografía que nadie leerá. Soy viejo y ya no tengo tiempo ni para hallar respuestas que me satisfagan y, menos aún, para las preguntas pertinentes. Si pudiera volver atrás, a la adolescencia, a los quince años, o quizá antes, cuando sólo me hacía preguntas que tenían respuestas; ahora, después de 70 años sin que halla pasado ni una hora sin estudio, sólo tengo respuestas para lo trivial, lo cotidiano, lo esperado, y estoy metido en la jaula del sentido común, de lo ortodoxo. ¿Cómo he llegado a esto? ¡Dame Satán la gran pregunta y déjame que busque y… muera dilucidando… la respuesta!”.

         Así hablaba y sentía Fausto, el hombre del septentrión, allí, en teutonas tierras, allí, más allá del Danubio, donde se aúnan el bosque, el frío y la reflexión. Así reflexionaba el anciano profesor universitario desde su gabinete, desde donde veía a sus paisanos solazarse en parques cercanos, corretear a los niños, pasear a los mayores y sonreír de las picardías de los adolescentes: era un lugar de paz en medio del griterío. Fausto se consideraba afortunado por todo esto, pero sentía cercano su final, dudaba si había tenido sentido su vida y eso asolaba su alegría. Y de pronto algo rompió la monotonía de lo cotidiano, porque una luz rojiza apareció a su espalda y la estancia se lleno de un olor azufroso: sus ojos pudieron contemplar cómo un extraño personaje de capa negra y cara enrojecida decía estas inesperadas palabras:
         -¡Sea, Fausto, soy el que soy!, siempre presente cuando se me invoca como tú lo has hecho: con sabiduría, templanza y oportunidad. Soy el gran apostador; soy el que nunca rehúye la pelea; el ladrón de la mentira; el que prefiere la guerra a la paz si sólo desean la paz quienes no pueden evitar la guerra; soy el maestro del odio cuando se encarcela el amor; el maestro del vicio cuando la virtud anda huérfana; y, sobre todo, soy la envidia, la envidia por encima de todo. La envidia es el carruaje que pasa a destiempo, pero que tarde o temprano, o lo tomamos o nos atropella. Mis vicios son las falsas virtudes de otros y mis virtudes son los vicios que los demás se niegan a sí mismos. El hombre es un espejo al que no queréis asomaros por miedo a reconoceros. Sé de tus deseos y los haré realidad durante un tiempo; conocerás las respuestas adecuadas a las preguntas pertinentes: a partir de ahí, investiga y dame respuestas. A cambio te daré la juventud mientras aprendes y te regalaré el amor con la persona que deseas. La palabra que se lee en tu frente –resignación- desaparecerá y otras vendrán a ocupar su lugar: pasión, ilusión, esperanza; volverás a ser joven durante un tiempo: más no te puedo otorgar. También volverás al amor, pero luego, a cambio, tendré tu alma, porque de estos robos yo me alimento. Quiero tu alma como compañera, porque estoy sólo, muy sólo en mi morada. Necesito un compañero con quien discutir, pelear, odiar y, quizá, temer: ¡prefiero el miedo a la soledad! ¡Nadie más propicio que tú en afanes y conocimientos! Medita mis palabras y si aceptas sellaremos con sangre y azufre nuestro pacto, que es como se hace en las tierras, o, mejor dicho, en los lugares de donde vengo. Perdonad, aún no os he dicho mi nombre: soy Mefistófeles, el Candente. Piensa y decide: tu alma por las grandes preguntas, la juventud de nuevo para las respuestas y el amor para evitar la melancolía.

         Y el personaje que decía llamarse Mefistófeles, el Candente, desapareció tras una nueva nube, pero esta vez dejó en su estela un agradable olor a incienso. Y Fausto salió del gabinete para incorporarse a la alegría de la campiña, pero se sorprendió con la energía con la que había salido de su casa y su alegría aún fue mayor cuando se le acercó una joven de no mucho más de veinte años y le habló en estos términos:
 -Os he contemplado en otras ocasiones y nunca me he atrevido a presentarme: me llamo Margarita y soy alumna suya de Física.  Estoy decidida a estudiar esa materia porque provocáis tal curiosidad en mí con vuestras explicaciones que apenas duermo esperando que llegue el día siguiente para conocer vuestras respuestas; maldigo la noche porque sustituye a la aurora, pero a la vez la amo porque es sólo su predecesora. Es un sentimiento contradictorio, para el cual seguro que vos tenéis respuesta. ¿Cómo sabéis tanto siendo aún joven? Desearía teneros como profesor de todas las materias, porque a su lado todos los demás profesores no salen de lo trivial, de lo esperado, y eso me aburre sobremanera. ¡Si tuviera dinero sería mi profesor particular! Si necesitáis ayuda o servicio llamadme y allí estaré. Ahora he de irme porque mis tíos, con los que vivo, son severos con las comidas y la puntualidad. Espero veros mañana en el aula”.
Y Fausto siguió andando y de pronto se detuvo al recordar las palabras de la joven y meditó: “Ahora que caigo, creo recordar que me ha dicho que era muy joven para mi sabiduría, yo, el anciano resignado. Y además siempre me había visto joven, cosa imposible. Me acercaré al río para verme.
Cuando esto aconteció tuvo que sentarse en la hierba y recuperar la respiración, porque el susto fue extraordinario y la sorpresa indescriptible: ¡era un joven de no más de 30 años! Sí, el extraño personaje había cumplido su palabra y en el inesperado monólogo anterior, la joven dejaba el camino allanado para que se cumpliera la palabra toda del rojizo personaje y se dijo: “¡Ten mi alma y da sentido a mi corpórea existencia!”. Entonces, preso ya de tanta emoción, se sentó en un banco donde había una persona enfundada en una túnica que le cubría todo el cuerpo y con una capucha que le tapaba la cara. Y no hubo pasado apenas unos segundos que le permitieran recuperar el resuello cuando el extraño personaje se dirigió a él antes de sentarse y le dijo:
-Buen señor, soy un lisiado para este mundo, ayudadme a levantarme, tendedme la mano”.
Y eso hizo Fausto, y cuando ambas palmas de la mano se juntaron, sintió que la suya, incluso el brazo, le quemaba. El extraño personaje se levantó y ya se alejaba mientras Fausto dirigió su mirada a la palma de la mano y allí, marcado y oliendo a azufre, se leía: “Esta es mi sangre, el pacto está sellado”. Fausto levantó la vista para buscar al extraño personaje, pero ya había desaparecido. No hacía falta porque Fausto sabía quién era.

         Pero el día guardaba más sorpresas, aunque no del mismo calibre, porque una vez vuelto a su gabinete vio como alguien de su misma edad, pero impecablemente vestido, con botas hasta la rodilla, sombrero de ala, espada en ristre, moreno y algo estirado, se acercaba a la joven alumna que antes le había hablado. Fausto no pudo oír sus palabras a la joven, pero la leyenda dice que fueron más o menos estas:
         -Ha tiempo que os contemplo con el cuidado necesario para no molestar vuestros encantos y con la distancia suficiente para no enturbiar vuestros pensamientos. ¡Sois tan hermosa que no puedo evitaros!, aunque sé que vuestro corazón se acompasa con el de otro que es joven a vuestros ojos y deseable a vuestro corazón. Debéis saber que las apariencias engañan y, a veces, engañan con estrépito. Vengo de tierras lejanas, de tierras meridionales donde el Sol baña los cuerpos desnudos y el mar los acaricia; de tierras donde Cupido tira a discreción sus dardos envenenados de… amor. Allí el amor y el hechizo son la misma cosa; allí los duendes y las brujas se bañan en el mismo líquido y beben de las mismas fuentes; de donde vengo sentamos a Satán en nuestra mesa con tal de que sea nuestro huésped. No puedo apartar mis ojos de los vuestros porque son luminarias de la enlutada noche y dan envidia al Sol en la aurora. ¡Oh noche de San Juan, mi personaje por una oportunidad! Sabed que no puedo volver con las manos vacías: ¡no puedo ser infiel a mi creador! ¡Mi alma por una cita!: ¿aceptáis?
         Y Margarita, saliendo de su sorpresa, se sentó en un banco con el atrevido desconocido y estas fueron sus palabras:
         -Sé quién sois y la fama que arrastráis con vos, pero eso no es para mí objeción ni aliciente. Tenéis razón, mi corazón es de otro su compás, mis pasos tienen el trazo hecho, mis deseos marcado el vuelo. Ya conoceréis a Fausto, el joven sabio de esta comarca, tan septentrional para vos. Sin embargo, no por ello traicionéis vuestra fama de burlador, porque no quiero quitaros la esperanza si tan cerca de mí la depositáis: el atrevimiento merece su recompensa, aunque no sea siempre la esperada. Vos, más que atractivo, me resultáis divertido; me movéis a la risa, y es sabido –o eso dicen- que no hay mejor cebo para pescar en el corazón de una mujer que la risa. No sé la razón. Quizá porque la risa sea como el postillón de un castillo ante las flechas de… Cupido: perseverad en la risa, porque no pocos castillos se han rendido ante tales asaltos, meridional de negros ojos. Además, que no me resultéis atractivo no significa que no seáis guapo y valeroso. Ya sabéis, los gustos son como las pinturas de un museo: todas son valiosas, pero cada uno establece con ellas su propia jerarquía. Ahora me tengo que ir y ya sabéis: perseverad.

         Pasaron los días y no sabía Fausto como iniciar su duelo dialéctico con Mefistófeles porque se hacía las preguntas tradicionales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Y pensó Fausto que con esas dudas, expresadas de forma tan genérica, no daría un paso a las grandes preguntas que tienen significativas respuestas. Invocó entonces a Mefistófeles y este se avino a su llamada y le habló en estos términos:
         -En efecto mi… joven amigo, para ser hondos en las respuestas, debemos ser precisos con las preguntas. Sois perspicaz, porque esas preguntas están formuladas desde la vaguedad y, ante ésta, las respuestas han de ser forzosamente anodinas. Ahí van tres preguntas para caminar por la senda de la sabiduría: ¿Puede existir un sistema de conocimientos donde todas las preguntas -tengan o no respuesta en cada momento- puedan tener solución sin caer en la contradicción? ¿Cuál es la frontera entre lo inerte y la vida? ¿Cómo saber si existe una frontera al conocimiento científico? Estudiad, meditad, perseverad y no os olvidéis dormir: limpiar vuestra mente con el sueño. Divertíos también, porque tenéis tiempo para todo, no hay plazo fijo: sólo cuando consideréis que tenéis las respuestas últimas me entregaréis vuestra alma. Me voy, que me espera mucho trabajo, porque la bondad cada vez se reparte más a quien no la merece, y así el mundo anda descarriado. Además, sospecho que tendré antes de lo esperado un encuentro desagradable. Adiós… joven profesor.
         Quedó Fausto intrigado por las últimas palabras y por eso siguió con la mirada a Mefistófeles. Para su asombro, vio a través de la ventana de su gabinete cómo saludaba a un moreno personaje, con espada al cinto y de actitud arrogante: era el mismo que hubo hablado con Margarita. Vio a continuación cómo ambos –el Burlador y el Candente- se subían a una barca del hermoso lago y se dirigían al centro; vio cómo ambos se erguían y parecían discutir. Fausto nunca supo su conversación, pero la leyenda dice que esta fue más o menos como sigue:
         Mefistófeles: Hace tiempo que llegó vuestra fama meridional a este septentrión. Iberos y germanos fueron pesadilla de Roma. Antes llevaba vuestras cuentas, maestrillo de burlas, amores y desafíos, pero ahora estoy ocupado en otros menesteres. Decid que os aflige.
         Don Juan: No conozco la pena y como confesor os diré que sois una calamidad, porque para vos la palabra secreto es sinónimo de mostrenco. También sé yo de vuestro aleteo, comprador de almas. Sé que algo tramáis y he venido desde la sepultura donde descansa mi fama para impedíroslo, aprendiz de mago.
         Mefistófeles: ¡En verdad que sois atrevido! ¿Y con qué fuerzas contáis? ¿Cuáles son vuestros aliados? Sólo tenéis una vieja espada oxidada y aburrida de permanecer en la vaina desde la noche que matasteis al Comendador. Sois como la fama, un personaje de múltiples lenguas y oídos.
         Don Juan: Dejémonos de valentonadas que tanto desentonan a nuestra edad. Sé que andáis detrás del alma de Fausto, el famoso profesor teutón. He venido a impedíroslo. Tengo carta del Hades, vuestro homólogo en el Olimpo griego y vuestro maestro y preceptor antes de que os hubieran cristianizado. Y si tengo que acabar con el cuerpo de Fausto para arrebataros su alma, lo haré: no dudaré ni un momento. Y eso está a mi alcance, rojizo hechicero, porque están trazados los planes y yo soy el instrumento. Mi cuerpo ha tiempo se pudrió, pero mi alma romántica se salvará por la inocencia de Doña Inés, contra la que no podéis nada porque aún no ha nacido. Tus artes brujeriles no me hacen mella, de la misma forma que mis deseos, con ser inmensos, no pueden volveros con Satán. Esto es lo que ocurrirá: el alma y el cuerpo de Fausto se separarán cuando así lo quiera la madre Naturaleza, que tiene sus leyes que no podemos cambiar. Volved con Satán, vuestro semejante.
         Mefistófeles: ¡Qué equivocado estáis de mi misión en la Tierra! Yo soy el mal necesario para que del bien no se alimenten los egoístas, los avaros, los ladrones, los envidiosos, los criminales, los falsos neutrales, los déspotas. Enseño, como Maquiavelo, a hacer de la política, no un ingenuo arte, sino una ciencia donde los buenos deseos de los más no descalabren por los egoísmos de los menos. Hago el mal donde el bien es injusto y, por eliminación, por oquedad, surge la justicia. Fausto quiere conocer las preguntas pertinentes para saber las últimas respuestas y ese deseo es más fuerte que su amor por su alma, que la considera condenada según la románica religión o, simplemente, inexistente. Él no es creyente y poco le importa perder en lo que no cree. A cambio le daré sabiduría y la posibilidad del amor. ¿Y eso es hacer el mal? La bondad, la belleza y la justicia están contadas, y darlos a quien no lo merece es quitarlos al meritorio. Esa es mi profesión, egoísta espadachín, que sólo pensáis en Fausto porque sois el complemento: vos valor y vida, él, estudio y reflexión. Andáis cojo de ilusiones y queréis la otra pierna para vos. ¡Fausto y Don Juan en un solo ser! Demasiado poder. Os vaticino que vos mismo, vuestra furia impedirá ese maridaje y me daréis el comodín para ganar la partida. Pronto nos veremos. Vos movéis. Adiós.
         Nada pudo saber Fausto de esta conversación por más que contemplara a ambos desde su gabinete como discutían acaloradamente, pero nunca sin descomponer la figura. Ya todo parecía en calma porque la noche se avecinaba y niños, jóvenes y mayores ya enfilaban a sus casas azorados por las horas y ateridos por el frío que parecía adueñarse de todo. Fausto se sentó de espaldas a la ventana, pero por un momento le pareció ver a la joven Margarita pasar veloz y desaparecer y pensó: “¡Ah deseos, como os presentáis tan alocados si sois tan efímeros! He visto lo que he querido ver, sin duda. La felicidad nunca es completa y por hoy no soporto más emociones. Iré a dormir”.
         Lo que no sabía el sabio es que no fue lo que vio una alucinación, sino que realmente Margarita se había propuesto entrar y declarar su amor, pero en el último momento se había arrepentido. Luego se sentó en su puerta y estas fueron sus reflexiones: “¡Nereidas y Afroditas, os siento tan cerca y juguetonas! Al fin he encontrado cuando ya no buscaba y la melancolía me había cubierto. He pasado de la niñez a la adolescencia y de esta a la primera madurez con la vana esperanza de encontrar alguien en cuya presencia se erizara mi cabello y se agitara mi corazón, y cuando ya me había resignado ha aparecido lo destinado llamando a mi puerta. ¡Me habéis envenenado, desalmado Cupido, insaciable Venus! Soy su mitad. No era así como me lo había imaginado, porque parece faltarle decisión, como si guardara un secreto que le impidiera dar los pasos que han de darse, ¡pero es tan sabio y tan guapo! Quizá sólo sean meras sensaciones sin fundamento, o quizá sea unas de las características del enamoramiento: alojar en el otro tus propias inseguridades. ¡Diosa del Amor, no hagáis nunca que renuncie a mi dignidad por complaceros! Debo tener la cabeza fría en medio de este mar de sensaciones que todo lo niebla. ¡Sí, eso haré, malditas sirenas que tan bien cantáis y tanto arrastráis con vuestro canto! Caminaré descalza para que no me envuelva la nube y me levante: así sentiré la tierra, sus hierbas, sus piedras, sus imperfecciones. Hay tiempo, pero algo me dice que no está el camino despejado y acechan peligros que aún no puedo descifrar. Volveré mañana, hoy es tarde ya”.

         Pasaron unos días sin nuevas visitas, sin nuevos sobresaltos, sin nuevas sorpresas y eso le permitió a Fausto reflexionar ante los problemas que le había planteado Mefistófeles, ese mago maloliente, quizá a pesar suyo, cuando hacía sus apariciones. Sí, porque Fausto aún no estaba convencido de que quién le visitaba fuera el enviado de Satán, el cristianizado Hades, el Osiris del desierto. Y meditó sobre los 3 problemas más o menos en estos términos: “Tengo dudas acerca de ese rojizo ser que aparece y desaparece como por encanto, pero los problemas planteados no dejan de ser agudos y precisos frente a la generalidad con que los ha planteado siempre la progenie aristotélica y tomista: aquéllas que las ciencias aún –y quizá para siempre- no encuentran respuestas solventes. He meditado sobre el primer problema y tengo la intuición de que nunca habrá un sistema que todo lo explique y donde se resuelvan todas las dudas y problemas. La historia de la Ciencia, las Matemáticas y la Lógica así lo demuestran: las antinomias de Zenón, la inconmensurabilidad de la hipotenusa en un triángulo con un ángulo recto, la imposible resolución de las ecuaciones de quinto grado mediante el Algebra, las geometrías no euclídeas, las contradicciones de la Lógica, los falsos geocentrismos, lo errado del flogisto y del calórico, las contradicciones del binomio onda-partícula, y tantos otros. El segundo problema entraña una dificultad lógica insalvable y todo depende de lo que entendamos por vida e inerte: con unos criterios la frontera estará en un lugar, con otros, con otras definiciones, estará en otro. Ello depende de que no exista un salto desde la materia a la vida y de que ésta no haya sido creada de la Nada por un hipotético Ser Supremo increado, cosa en la que no creo, porque en ciencia creer y pensar son excluyentes. La Ciencia sí podrá algún día dilucidar ese salto porque es un problema científico, es decir es un problema de investigación, explicación teórica y contrastación empírica; en cambio la primera parte del segundo problema entraña una definición, cosa siempre arbitraria: la Ciencia no puede dilucidar un problema que le es ajeno. Del tercero está en juego la posibilidad del conocimiento, pero si la realidad última se nos escapa porque todo instrumento es limitado en su poder de observación y si la materia tiene un límite en su constitución inferior al que puede escrutar el instrumento, nunca podremos saber de que está hecha la materia y de qué estamos hechos nosotros, los petulantes humanos. Pero he de seguir indagando, porque mi insatisfacción ha aumentado con mis descubrimientos: eso era de preveer. ¡Ilumíname, dios Mercurio, dame tu fuego Prometeo, porque creo ahora saber menos que antes!”.
Y Fausto, rodeado de aparatos, libros, papeles y legajos, se mesaba los cabellos, suspiraba y, a veces, quedábase inmóvil cual estatua. Por ese motivo, por su concentración y su inmovilidad habituales, le sorprendió el timbre de la puerta; abrió la criada y oyó como la persona que había llamado se presentaba de esta manera: “Buenos días señora, ruego mis excusas, soy Don Juan, el Burlador, porque así se me conoce, y quisiera hablar con el Dr. Fausto”. La criada le llevó al gabinete donde estaba el doctor y estas fueron las palabras de Don Juan:
-No os levantéis. Sé quienes sois y la blasfemia que estáis cometiendo. También sé que no lo sentís porque no sois creyente. Tampoco lo soy yo del dios católico y romano; mi Dios me lo he fabricado a mis hechuras y eso me sirve. Mi misión es salvar vuestra alma y para ello ha de permanecer con el cuerpo hasta que la Naturaleza obre su curso. Pero algo se ha torcido en todo esto, porque debéis renunciar a Margarita. Ella debe quedar fuera del pacto de sangre que habéis firmado con el Candente. No me importa lo que hagáis con vuestro cuerpo: sólo me interesa vuestra alma y Margarita.
A esto respondió Fausto de forma enérgica y desacostumbrada:
-Perdisteis la vuestra por andar en pendencias y desafíos, y ahora venís a arrebatarme la mía, que está empeñada para el conocimiento y el amor. Es verdad todo eso es efímero, pero no más que todo lo mortal. No creo en la inmortalidad del alma, ni siquiera en su existencia. Yo soy un hombre de ciencia que tiene la oportunidad que jamás hombre alguno ha tenido: saber las últimas preguntas y sus respuestas, aquello por lo que bregaron Demócrito, Aristóteles, los alquimistas, Giordano Bruno, Copérnico, Galileo, Descartes, Newton, Leibniz, Gauss, nuestro contemporáneo Kant, y un largo etcétera; por todo aquello que sus formidables inteligencias apenas pudieron arañar. Y además tengo el amor de la juventud de nuevo -una segunda oportunidad- en la persona de Margarita, a la que venero como una diosa y deseo como hembra. Nada ni nadie me detendrá, y menos un espadachín de dudosa moralidad como vos. Volved a vuestro hogar si algo así tenéis.
A lo que Don Juan respondió lacónico:
-Os veo convertidos en servidor del Diablo por un conocimiento imposible y por un amor efímero. Nos volveremos a ver, y esa vez será la última.
Y Don Juan, el meridional, salió de la casa y se perdió en la neblina del bosque sin dejar ni un momento su altivez, lo que para Fausto era insoportable arrogancia.

Pasaron días, meses y algún año de estudio, sin que la leyenda diga nada significativo de lo que aconteció a los personajes de nuestra historia, hasta que un día apareció Mefistófeles en el gabinete de doctor Fausto con la parafernalia habitual: envuelto en una nube, recogiendo su larga capa e inundando todo de ese olor azufroso insoportable. Pero Fausto estaba aherrojado en los brazos de Morfeo y el Candente no quiso enturbiar su sueño, por lo que dejó el siguiente escrito en su mesa con tinta rojiza: “El tiempo avanza y espero que avancéis también en el conocimiento de lo que deseáis. Os conseguiré todos los instrumentos que necesitéis para escrutar lo más pequeño, lo que jamás ha visto hombre alguno con el más preciso de los instrumentos; también lo más grande, oteando las estrellas y más allá, el espacio infinito, aquello que ni siquiera con la imaginación ha visto ningún mortal: tanto en lo pequeño como en lo grande, la más desbordante imaginación será sólo un pálido reflejo de lo que os será dado contemplar. He leído vuestros pesquisas de los tres problemas y os adelanto que no andáis descaminado: del primero os diré que no tardará mucho que se demuestre que es un imposible plantear sistemas formales que puedan ser a la vez onmicomprensivos y no contradictorios; de lo segundo, que la vida ha surgido de lo inerte sin duda alguna a través de muchos millones de años de evolución y que estamos hechos todos, vivos e inertes, de los mismos materiales, del mismo polvo estelar; del tercero, se demostrará no pasando ni siquiera dos siglos que hay un límite al conocimiento en forma de incertidumbre en las variables de la Física. Sigue por ese camino y te será concedido el tiempo suficiente para lo que deseáis y todo ello será regado con la generosidad de Eros. Perseverad, seguid así porque hay límite en el tiempo, pero no plazos que cumplir.
Y cuando acabó de escribir meditó Mefistófeles aún sentado esbozando una socarrona sonrisa: “Seguid, perseverad, porque seréis el más sabio de mis tertulianos, pero siempre me deberéis haberos elegido, siempre seré vuestros predecesor, el que os dio las peguntas y los instrumentos”.

Pasó aún más tiempo y todo parecía como si el Candente se hubiera salido con la suya: Fausto estudiaba, investigaba, reflexionaba y, además, disfrutaba del amor de Margarita; Mefistófeles todo lo contemplaba desde lo oscuro sin importunar más al Dr. Fausto con sus visitas y sí lo hacía con notas y furtivas apariciones en la campiña, en clase, en un viaje en el carruaje que el doctor empleaba, disfrazado siempre de respetable ciudadano teutón que iba y venía de su trabajo o del mercado. Así fue hasta que un día hallábase Margarita montando en una barca en el lago de la ciudad -remar era un ejercicio del que disfrutaba-, cuando se le acercó un personaje en otra barca envuelto en una capa y la cabeza gacha, por lo que no pudo reconocerle: era Don Juan, el Burlador, del que no sabía nada hacía ya un tiempo. Don Juan, haciendo honor a la fama de intrépido, saltó a la barca de Margarita a la vez que descubría su cabeza y casi sin presentación le dijo en suave tono:
-Margarita, suma beldad, he estado un tiempo ocupado en otros menesteres porque había dado una oportunidad al destino, pero los plazos ya se han cumplido. Vengo del Infierno donde me mandó mi creador primero, el gran Tirso, al que no guardo rencor alguno porque al fin soy un hijo suyo. Me condenó a la conquista y ese es mi oficio, pero tengo también otros deberes que cumplir. Soy libre y puedo elegir: la eternidad al servicio del Hades o la libertad por la única cosa que merece cambiar lo infinito: el amor. Allí, en el inmenso oscuro, lo he aprendido todo, todo lo que ahora está descubriendo el Dr. Fausto. Y cuando las últimas preguntas y sus respuestas las tenga asidas como la red del pescador a sus capturas, perderá ambas: la libertad y el amor. Yo en cambio puedo elegir y todo lo cambiaría por vos, por la mirada de tus ojos, el perfume de tu cuello o el roce de tus labios. Seré lo que tú quieras que sea: es la única esclavitud que puedo soportar. Tan sólo me quedaré con mi dignidad, esa cualidad que diferencia a las personas de los juguetes, esa frontera donde el destino se despeña.
Asombrada quedó Margarita, pero pudo reponerse a tiempo y contestar no sin esfuerzo, pero sí con convencimiento:
-Ya no soy la que fui, y eso que la que fui repugnaba de amos, desconfiaba de maestros y era precavida de amoríos. Sois figura legendaria en apuestas, amores y desafíos; sí, en amores que duran lo que el olor de las rosas fuera del rosal. Pero no es eso lo que me molesta de vos, atrevido personaje, arrogante para otros, petulante quizá; lo que me molesta es que en vuestro afán de conquista nunca habéis dejado de ser el niño que no soportaba compartir un juguete con sus hermanos; que no regalaba besos sino que los apostaba; que el amor que sentíais -y quizá aún sentís a pesar de los años- es el de Narciso: nunca romperéis el espejo donde os reflejáis porque eso sería vuestra muerte en vida. Yo odio los espejos porque tienen memoria. Aún no eres un hombre, sino un personaje. Me alegro que podáis elegir, pero quedaos con vuestra biografía y volved con Satán, Mefistófeles, Hades u Osiris, que todos son lo mismo y vos su semejante. Pase lo que pase seréis un bello recuerdo, a pesar de todo. Que sea lo que tenga que ser. Yo sólo he nacido para el amor aunque sea efímero. Sí, eso es lo que he elegido, lo efímero, porque yo nunca he dudado entre el amor y la inmortalidad.
A lo que Don Juan contestó de nuevo de forma lacónica:
-Podéis elegir tres de estas cuatro cosas: el amor, la dignidad, la libertad o la inmortalidad. Yo soy vuestro instrumento y puedo ser vuestro destino. Pensadlo.

Y el final de la historia es de sobra conocida. Don Juan se llevó el cuerpo de Fausto a su morada y se fundió con él para aparecer de nuevo en el Romanticismo; Mefistófeles se quedó con su alma para tenerle de compañero de tertulia allí, en el inmenso oscuro; y Margarita… Margarita siguió buscando el amor, pero la leyenda no aclara si lo encontró o su recuerdo fue barbecho para nuevos amores. Por eso, quizá, desde entonces, los enamorados deshojan margaritas: pero esto no forma parte de la leyenda. Otras dicen que Don Juan retó y mató al Dr. Fausto por el amor de Margarita y por ello se quedó con su cuerpo, aunque el quería salvar su alma, tal y como apostó con el Candente.

En manos de un dramaturgo, el final de Margarita hubiera sido el suicidio. Afortunadamente, la historia de Fausto, Don Juan Y Margarita es sólo una leyenda, y en las leyendas el final puede ser descriptivo, a veces sorpresivos, incluso trágico, siempre moralista, pero nunca… conmovedor, porque la leyenda no aspira al aplauso ni a la sorpresa.

Aunque mi abuelo ya nos dejó, nunca olvidaré sus palabras sobre esta leyenda y de seguro que sorprenderán al lector: “Querido nieto, medita en estos personajes y verás que todos ellos son al final… el mismo personaje. Verás, Mefistófeles es el político, Don Juan es la pasión, Fausto la curiosidad; cada uno de ellos está dispuesto a perder su alma: Fausto por la ciencia, Don Juan por el amor, Mefistófeles ya la perdió por el poder; para todos ellos -y a pesar de sus palabras-, la mujer es un instrumento: para Don Juan, para alimentar su ego infinito, para Mefistófeles es un anzuelo para sus fines, para Fausto es un maravilloso complemento. Todos ellos son en verdad complementarios, rasgos exagerados y cercenados del mismo género: el del envidioso, petulante, engreído, ambicioso, egoísta, vengativo y desleal género humano”.

No quiero justificar a mi abuelo, pero ya quedó dicho que era radical, y lo fue desde sus juegos de infancia: según me contó, para él los indios eran los buenos y los conquistadores los malos. Nunca cambió de parecer.



Madrid, 7 de octubre de 2008






































EN EL POBLADO INCA DE HUAROCHIRI

         El día que descubrí que mi abuelo había sido espía para la causa de la República y más tarde a favor de los aliados, algo me impelió a decirle lo que sigue:
         -Abuelo, me gustaría llegar a viejo y tener la satisfacción de haber luchado por la justicia como tú lo has hecho, a veces con riesgo de su vida. Creo entonces que se me pasaría esta sensación del miedo a la muerte que no logro librarme de ella. Sé que siempre te pido consejos y que para esto no hay solución, pero dime algo que me haga encontrar sosiego.
         Mi abuelo se recostó con su pipa en su sillón de la biblioteca, sonrió levemente, aparcó por un momento el libro de Robert Graves que estaba leyendo  y me contestó de una manera que me sorprendió. Me dijo:
         -Nieto, te responderé a lo primero diciendo que no confundas justicia con un juicio justo. La justicia, o es mera definición, o mero deseo, o simplemente es una palabra goethiana, es decir, una de esas palabras que rellenan conceptos cuando estos son mera oquedad. A lo que debemos aspirar todos los seres humanos es a un juicio justo en un tribunal que surja de un Estado guiado por el principio de soberanía. Cuando esto no se da, surge el héroe justiciero, que siempre es el síntoma del fracaso de una sociedad que no es capaz de luchar contra los que quieren acabar con la libertad. Hablo de sociedad por sintetizar, porque esta también es una palabra que nada dice, otra oquedad del lenguaje. En cuanto a lo segundo, el temor a la muerte, mejor primero te cuento un relato inspirado en una leyenda que me relató en mi viaje al Perú un inca que se decía descendiente de los mismísimos orejones, nobles de grandes lóbulos. Es esta una versión libre. Dice…

         …la leyenda que, antes de que llegaran los españoles a la conquista de las tierras indias de Huarochiri, en la actual capital Lima, los indios que las habitaban guerreaban entre sí sin descanso, sin que la leyenda precise exactamente porqué lo hacían, más allá del veneno de la ambición o el dogmatismo de las creencias que todo lo inunda y a muchos excita. Sólo reconocían como gobernantes a los más ricos o a los más valientes, caldo de cultivo para héroes y justicieros sin promediar nunca la justicia y el juicio justo. De entre estos sempiternos guerreros nació un hombre humilde llamado Huatiacuri, pero que se decía ser hijo de Pariacaca, el dios inca que todos reverenciaban. Pariacaca había nacido de cinco huevos en el cerro de Condorcoto. También, como era de esperar, había un inca poderoso y de noble cuna que poseía un gigantesco rebaño de llamas y alpacas de todos los colores imaginables, lo que le confería la presunción de la riqueza en grado nunca visto. El fingía ser sabio, pero no lo era, porque el que se dedica a la riqueza –dice la leyenda- no tiene tiempo para otra cosa, y la sabiduría exige dar a lo material la consideración del despojo, de lo trivial, de lo sustituible. Se llamaba Tamtañamca.

         Un día Tamtañamca cayó enfermo, sin motivo aparente, y parecía que todas las medicinas y empastes que conocían los indios fracasaban en su cura. Hasta un zorro locuaz se burlaba de él cuando estaba postrado en el lecho diciéndole:
         -¿Cómo siendo tan sabio y presentándote ante tus guerreros como un dios has enfermado y no eres capaz de curarte? ¿Cómo van a confiar en ti a los que pretendes como súbditos si para ti de nada te vale tu sabiduría?
         Así pasaron los días y las cosechas, hasta que una mañana de las que el cóndor bajaba de los montes a la planicie, se presentó Huatiacuri a la tienda del falso sabio y le dijo:
         -Yo sé como curarte, pero a cambio te pido que me des a tu hija menor en matrimonio.
         Ni la hija menor de Tamtañamca, ni el propio Tamtañamca y, menos aún el cuñado -que estaba casado con la hija mayor-, querían ese desposorio, pero todos los remedios, antídotos, brujerías habían fracasado y todos pensaban que el falso sabio no iba a salir de esa y aceptaron el compromiso. Entonces Huatiacuri pidió tan sólo un espejo cóncavo y que le dejaran sólo con el enfermo toda la noche. Quedaron asombrados los miembros de su familia y su séquito, que lo tenía aunque sólo fuera un falso noble. El hijo de Pariacaca había estado observando unas huellas que aparecían todos los días en la tienda y fuera de ella, y eso le resulto suficiente para saber la causa y la solución de la enfermedad de Tamtañamca. Cuando llegó la noche puso el espejo al final de la huella que aún se dibujaba y esperó. Y cuando había pasado el tiempo suficiente para que dejara de ulular el viento en los nevados montes entró una serpiente para hacer lo que hacía todas las noches: hincar sus dientes y chupar la sangre a Tamtañamca en lugar de inocular un veneno, razón por la cual fracasaban todos los antídotos que la sabiduría inca había creado. Y cuando la serpiente se erguía para hacer lo habitual, se vio reflejada en el espejo cóncavo y su imagen aumentada, creyó que una serpiente mayor la atacaba y salió despavorida, deslizándose tan a gran distancia sin la debida precaución; ocurrió entonces que el cóndor la vio, la atacó y la mató. Había También dos ranas chupadoras que hacían lo mismo que la serpiente, pero Huatiacuri también las estaba esperando, porque sus huellas también las delataban; cuando entraron las dos ranas en la tienda volcó el espejo cóncavo hacia ellas con la concavidad hacia abajo y las capturó. Las ranas chupadoras de sangre sirvieron de alimento al halcón del cuñado, quien practicaba el arte de la cetrería, aunque de poco le había servido para curar a su suegro por carecer de ingenio.

         Fue así como se repuso Tamtañamca, pero en lugar de mostrarse agradecido sintió ofendido su orgullo porque un humilde, casi un pordiosero inca de la planicie, hubiera hecho lo que nadie había conseguido; y por si fuera poco, también le resultaba insoportable que entrara en la familia casándose con su hija. Lo mismo le sucedía al esposo de la hermana. Entonces, el falso sabio le dijo a su salvador:
         - Puedo agradecerte lo que has hecho por mí, pero no puedo consentir que te cases con mi hija por motivos obvios, por lo que te propongo unas pruebas, un desafío, y si me vences en todas ellas tendrás lo que anhelas, aunque quizá yo no pueda soportarlo.
         El hijo de Pariacaca aceptó porque tenía guardado un as en la manga, como se dice en los juegos de cartas del Viejo Mundo, y añadió:
         -Te ruego que esperes más allá del final de lo que crees el final, porque hay un lugar para la sorpresa que ahora no puedes imaginar.
         Y el falso sabio aún se irritó más, porque ahora, a la habilidad de su oponente en el desafío se añadía el misterio de lo que desconocía, él, tan sabio, noble, rico y poderoso, dueño de tantas llamas en las montañas y señor de tantos súbditos en el llano.

         -Has pasado la primera prueba, pero aún quedan tres pruebas más y recuerda que el acuerdo es tal, que de salir derrotado en una de ellas desistirás de casarte con mi hija menor -dijo Tamtañamca a Huatiacuri-. “Ahora viene la del baile. Deberemos bailar hasta que Inti abra la negrura de la noche con sus primeros rayos. El que resista más bailando ganará.
         Huatiacuri asintió con la cabeza y se dirigió a su padre Pariacaca elevando el ruego de su ayuda, porque sabía lo mal bailarín que era y la poca resistencia que tenía:
         -Padre, no sé cómo salir de esta, pero muestra tu sabiduría y poder concediéndome la victoria antes de que el Sol, Inti para los habitantes de Huarochiri, proyecte nuestras sombras en el suelo.
         Y el padre de los dioses le contestó:
         -Sólo tienes que bailar y por más prodigios que veas y, aunque no los entiendas, no has de parar hasta que el Sol venza la blancura de las nevadas cumbres.
         Llegó la noche y comenzó el baile. Al principio Tamtañamca se las prometía felices porque se había recuperado de su debilidad comiendo carne y se encontraba lleno de vida y motivación para dejar en ridículo a quien, según él, lo había ridiculizado. Sin embargo, no hubo pasado apenas una porción del tiempo estipulado cuando el falso sabio comenzó a tambalearse, a mantener el equilibrio con dificultad hasta caer una y otra vez al suelo, como si ya estuviera ebrio, que era en realidad la siguiente prueba. Los guerreros comenzaron a reírse, primero disimuladamente, mirando hacia el suelo y agachando la cabeza, como si no quisieran creer lo que estaban viendo; pero algo más tarde ya no podían evitar la risa, incluso la carcajada al ver a Tamtañamca bailar y caer tan patéticamente. Nadie se lo explicaba y, acabado el baile, los habitantes de Huarochiri dieron vencedor por unanimidad a Huatiacuri. Este invocó a su padre para una explicación de lo que había pasado y mostrarse agradecido. Entonces Pariacaca se le apareció sólo a su hijo y le dijo:
         -La explicación que buscas es muy sencilla: he provocado un terremoto insonoro sólo bajo los pies de tu oponente hasta que apenas pudiera mantenerse en pie.
         -Aún quedan dos pruebas más y si mi suegro no quiere tu boda con su hija, yo, que estoy casado con su hija mayor, aún lo deseo menos. Ahora te espera una dura prueba porque sé que eres abstemio -dijo el yerno de Tamtañamca.
         Y en efecto, la prueba siguiente era una resistencia a la bebida y consistía en, al igual que la del baile, en medir el aguante al vino de cada uno de los contendientes. Dispusieron los habitantes del pueblo una mesa alargada, con dos líneas de vasos de vino que parecían interminables en lugar de la comida habitual. Y apenas hubo comenzado la nueva prueba, cuando ocurrió que una lluvia fina comenzó a caer del lado del hijo del dios y el vino se fue aguando hasta ser digerible por un niño sin menoscabo de su salud. Y cuando aún faltaba un tiempo para el amanecer, Tamtañamca, que de su lado no cayó una gota, él sí cayó al suelo ebrio y agotado: había perdido de nuevo y esta era la tercera prueba.

         En la cuarta y última prueba Huatiacuri se arrodilló ante Pariacaca, su padre, y le dijo:
         -Sé que me has ayudado en las pruebas del baile y del vino cuando yo no podía imaginar cómo podría vencer a este impostor, pero la cuarta es aún más difícil porque hemos de construir una casa cada uno hasta su cerramiento y yo apenas sé amontonar piedras y clavar palos en el suelo: ¿qué he de hacer, padre?
         Y Pariacaca le contestó enojado:
         -No pretendas ser lo que no eres y construye tu casa con todas tus fuerzas, con todo tu ingenio y piensa que los dioses te contemplan.
         Y así hizo, y ambos contendientes construyeron sus casas en tiempo impensado, y cuando los habitantes del pueblo parecía que apostaban por su ídolo, el falso sabio, un viento raseado tiró el techo de estuco que había construido Tamtañamca; y sin embargo nada de eso ocurrió con el techo de Huatiacuri, a pesar de que era peor. El falso sabio había perdido también la cuarta y última prueba.

         Ocurrió que nada más acabar la prueba de la construcción, tanto Tamtañamca como su hija menor desaparecieron sin dejar rastro. Todos los habitantes del poblado quedaron consternados hasta que se presentó el vencedor de las cuatro pruebas –que así pasaron a llamarle- y les dijo:
         -Yo sé cómo encontrar a padre e hija y convencerles de que abandonen sus intenciones.
         Quedaron asombrados e intrigados los habitantes de Huatiacuri por ambas cosas: por saber dónde estaban y presumir sobre sus intenciones. Brujos y chamanes del poblado aceptaron sus palabras y le desearon buena suerte. Y el hijo de Pariacaca se dirigió a su padre y le dijo:
         -Padre, de nuevo requiero tu ayuda, dame la visión del halcón y el poder de rastreo del zorro para encontrar a ambos suicidas, porque seguros son esas sus intenciones.
         El padre le contestó:
         -Sea, ponte en marcha y sálvalos, y si no les convences quedarán convertidos en dos venados.
         Huatiacuri los encontró en lo alto de las nevadas montañas a punto de lanzarse al vacío y les dijo:
         -¡Tamtañamca!, te ruego no agries mi victoria con el pesar de un suicidio que no deseo. Quiero decirte que sin la ayuda de mi padre, el dios Pariacaca, jamás te hubiera vencido; ¡hija menor de Tamtañamca!, si no es tu deseo casarte conmigo tampoco lo será el mío.
         Las palabras del hijo del dios Pariacaca parecían haber causado efecto en padre e hija porque se disponían a abandonar la escarpada cumbre donde reposa el cóndor; pero ocurrió entonces que el hielo que bajo sus pies les sustentaba ya se había derretido casi del todo y su caída parecía inevitable; fue en ese momento que apareció el cóndor enviado por el dios de todos los incas, Pariacaca, sujetó a ambos con sendas garras y los dejó en la planicie. Y cuando aún no se habían recuperado del susto, ambos, padre e hija, se miraron y soltaron un grito aterrador: se habían convertido en dos venados, tal y como había prometido el dios y padre de Huatiacuri.

         Pasaron los días y las noches y el hijo del dios no se atrevía a bajar al poblado temeroso de que sus habitantes le inculparan del final desdichado de Tamtañamca y su hija, porque a ambos adoraban, a pesar de la fanfarronería del primero. Pero esto fue un terrible error de Huatiacuri, porque los pobladores dieron por muerto a padre e hija y huido al hijo del dios Pariacaca y volvieron a las actividades de todos los días: a la agricultura en las escalonadas montañas, a la construcción de templos con piedras milimétricamente cortadas, a la orfebrería, al oficio religioso, al servicio del Estado para asegurar agua y comida a los más desfavorecidos, y muchos a la caza, como era el caso del yerno de Tamtañamca, casado con la hija mayor, y que tanto aborrecía a Huatiacuri. Y quiso la adversidad –que es una diosa con la cabeza vuelta-  que en una mañana de caza el yerno disparara sus flechas sobre dos hermosos venados nunca vistos antes; y fue tan certera su puntería que a ambos les atravesó el corazón y murieron en el acto. Y ahora viene lo terrible para el yerno, porque, cuando se dirigía a cobrar las piezas, se habían convertido en su ser anterior y pudo contemplar como Tamtañamca y su hija menor habían muerto a sus manos. Aún resuenan en los valles andinos el grito aterrador de un desesperado que ni podía arrepentirse de sus actos recién pasados, ni esperar la paz de su conciencia en el futuro, y decidió sufrir el más terrible de los finales, la capacocha -aunque no fuera un niño-, es decir el enterramiento en vida. Huatiacuri, cuando supo de sus deseos, intentó convencerle de lo contrario con estas palabras:
         -Olvida que soy ese ser que tanto aborreces. Sé que tu pena es inmensa, pero no puedes sentirte culpable del destino adverso porque no era tu intención lo ocurrido, y sin intención el final que deseas es una blasfemia a los dioses. Arrostra tu error si así lo consideras y administra los bienes de los infortunados con generosidad hasta su extinción. Eso te reconfortará hasta que tu conciencia te permita cerrar los ojos en la noche sin sobresaltos.
         El yerno de Tamtañamca no dijo nada y se fue. También se fue Huatiacuri con su dios padre Pariacaca para meditar sobre sus actos en el pasado reciente, porque no estaba seguro de haber obrado con la limpieza que la ocasión y el retador requería o si, por el contrario, se había dejado llevar por el pecado de la soberbia, que es el pecado de los dioses. Y cuando habían pasado varias cosechas, volvió el hijo del dios al poblado de Huarachori para saber qué había sido del yerno y su mujer. Un día supo el final cuando vio a la hija mayor de Tamtañamca sentada a los pies de una tumba mirando a las nevadas montañas por donde despunta el alba: allí, en esa tumba, yacía su marido, y ya puedes imaginar cómo fue su final.

         Y sin embargo, para los pobladores de Huarochiri esto sólo fue un adelanto de lo que les esperaba, sólo fue el inicio del final. Es cierto que habían perdido a un ídolo de barro, fanfarrón y falso sabio, pero al que adoraban por motivos que son largos de explicar; había muerto su hija menor, la más hermosa de la región; también el yerno, celoso de la jerarquía, pero administrador eficaz y servidor del Estado inca, cuyo fin era proteger a los más necesitados, a los arruinados por las cosechas, a los abandonados por la fortuna, a huérfanos y viudas sin medios de vida. Todo volvía a la rutina de la generosidad y la eficacia, cuando en el tercer decenio del siglo XVI unos hombres a caballo, con corazas y armas de fuego, aniquilaron a muchos incas con el uso de estos instrumentos de muerte; también por las enfermedades que portaban: eran Pizarro y los suyos, su hermano, Almagro, Hernando de Soto, Diego de Agüero y tantos otros, conquistadores unos por las armas, conversores por la cruz otros, ávidos de tesoros y fértiles tierras fabuladas en sus tierras de origen. Llegaron con estrépito y destrucción, porque eso fue la conquista: un inmenso estrépito, el ruido ensordecedor de un genocidio.

         Cuando hubo acabado la narración, le pregunté a mi abuelo qué había de la segunda cuestión, bajando al mismo tiempo la mirada porque no me acostumbraba a hablar de ese tema de otra manera; no hubo respuesta: mi abuelo se había quedado plácidamente dormido en su sillón dado lo avanzado de la noche y quizá… de su edad. Le extendí la mantita barojiana y me fui a casa con un libro en la mano que hacía tiempo que me había recomendado su lectura: “La República”, de Platón. Y fue así como acabó la velada.


Madrid, 31 de agosto de 2008

































EL SECUESTRO DE MI ABUELO BERTO
Un día que me acompañaba mi abuela Francisca en la biblioteca leyendo un libro sobre Margarita Xirgu y cuando mi abuelo hacía un año que nos había dejado, levanté la vista del pesado libro de cuentos de Andersen que tenía en mis manos y le pregunté algo que me intrigaba hacía tiempo:
-Abuela, perdona que te moleste, pero siempre me ha extrañado la reacción que tuvo el abuelo ante los brishanianos. Sé que le amenazaron más que veladamente, pero siempre le supuse un valor tal que no se arredraba ante nada: ni ante los infortunios de la vida, ni ante la bellaquería de ciertos especímenes del género humano. Sin embargo, por el tono con que me contó su decisión de marchar a Lima y por lo forzado de la misma, siempre creí que había algo más que su seguridad aparente no podía ocultar y que no sé si tú misma conoces.
Mi abuela dejó la lectura, se sonrió de forma compasiva y me dijo:
-Tienes mucha razón y eres muy perspicaz: creo que tu abuelo ha dejado una semilla bien plantada en este mundo. Había algo más, sí: ¡tu abuelo fue secuestrado durante una semana al poco de recibir la amenaza de los brishanianos! El justificó su ausencia por nuevos asuntos diplomáticos que el ministro de la Guerra le había confiado, agradecido como estaba por su gestión en el caso del Reina Regente. Yo siempre supe lo del secuestro, pero nunca lo comenté porque él prefería vivir en la creencia de mi ignorancia y yo preferí no importunarle por la certeza de su incomodidad por mi conocimiento del hecho. Todo acabó en una semana, pero sí es cierto que tu abuelo no fue el mismo y nuestro destino no hubiera sido el peruano si no hubiera mediado esa semana infortunada. Eso es… casi todo.
            Y cuando le iba a comentar que forzosamente debían sospechar que era obra de los brishanianos me di cuenta de la última frase. “Abuela, qué es eso de casi todo: ¿aún más infortunios?”. Y mi abuela, contenta por mantenerme en tensión como tanto gustaba el abuelo, me dijo:
-Recuerdo que recibimos una carta de qué o quién sabe Dios -o lo que haya de tejas arriba- que acababa de la siguiente manera:

DESISTE DE GOLD-BACH

con un guión entre las letras “D” y “B”, eso lo recuerdo bien. Nunca supe qué era eso, qué significaba y como podía relacionarse con las amenazas de los brishanianos. Tu abuelo fue mudo en esto. La carta estará guardada en uno de estos 12.000 libros. Si quieres entretenerte ya sabes: busca la verdad, pero preserva la memoria de tu abuelo.
Me quedé sólo y me dije: “aquí más misterios que en las Pirámides y todos los templos egipcios juntos. No debería empezar siquiera, pero no sé como desistir de la curiosidad sin menoscabo de mi sosiego”. Y se me ocurrió que lo primero que debía hacer era escribir al Ministerio de Defensa –heredero suponía yo de los archivos del antiguo Ministerio de Guerra- preguntando si tenían conocimiento del diplomático Humberto Ortega Navarro allá por el año 1896. Hubo respuesta:

No tenemos constancia de que ninguna persona de nuestra embajada, ningún diplomático o funcionario a nuestro servicio, ningún ciudadano español hubiera sido secuestrado en esa fecha. Si tal hecho hubiera ocurrido con el familiar que nos señala, quedaría constancia del mismo en nuestros archivos”.

Quedaba claro que no se habían enterado: quizá por el legendario mal funcionamiento de nuestra Administración, quizá porque no lo fuera en calidad de diplomático o relacionado de alguna manera con el Ministerio o, quizá también, porque no fuera en realidad un secuestro y mi abuela estuviera equivocada. Por ahora la única pista que tenía era la frase: “desiste de Gold-Bach”. Era poco, salvo que gold significa oro o áureo en inglés y que Bach era el músico favorito de mi abuelo. Entonces se me ocurrió lo obvio: mirar en todos los libros de la biblioteca que estuvieran relacionados con Bach de alguna manera. Yo sabía que mi abuelo escribía su información, sus comentarios, en libros que tuvieran algún nexo común por muy peregrino o caprichoso que pareciera: así, una vez descubrí investigando el caso de un secuestro de perros en los que intervino mi abuelo como ayudante del inspector que había etiquetado como “lanas” con perros y colchones, relacionando un caso de robo de perros de raza y su provisional destino: una colchonería. El nexo era, como habrá adivinado el lector, el nombre de su perro; en otro caso utilizó un libro sobre ciclomotores porque contenía el resumen de dos palabras relacionadas con el caso: motores, porque se trataba de un caso de espionaje sobre los primeros fiat y las escuchas en según qué ondas de radio –ciclos- que transmitían la información. Podría alargar los casos ad infinitum, porque el lenguaje español y el ingenio de mi abuelo daban para mucho. Al principio pensé en Bach como músico, en su Tocata y Fuga, en los conciertos de Brandenburgo, en sus cientos de composiciones, en el Barroco, puesto que era el más digno representante de esa época. No me sirvió de nada. Sin embargo, algo cambió cuando pensé en la música en general; entonces era inevitable relacionar notas musicales, armónicos, y las matemáticas; ahí estaban los pitagóricos, de los que mi abuelo era un miembro destacado de la secta o escuela española actual. Todo el mundo conoce el aforismo de Pitágoras: el número es esencia de todas las cosas; es menos sabido que también es padre de otro aforismo: el número gobierna el tono musical. Y rebuscando encontré en el libro X de la República de Platón lo que sigue:

Sobre cada uno de los círculos se mantenía una sirena, que giraba con él, y emitía una sola voz y de un solo tono; las ocho voces de las ocho sirenas formaban un conjunto armónico”.

Es el mito de la música de las esferas. Bach, música, armónicos, pitagóricos, eran nexos que me llevaban de lo que recordaba mi abuela a la secta a la que pertenecía mi abuelo. Los brishanianos se perdían una vez más en el horizonte y me acercaban cada vez más a la secta degenerada de los pitagóricos: los poligonales. Entonces creía tener el caso muy cerca de su resolución. Ahora comprobará el lector que no era tal, porque cometí un error de principiante relacionando a Bach con los pitagóricos y los poligonales, y en cambio, descuidando un mensaje más profundo que tenían las palabras de mi abuela. Pero sigamos.
Seguí buscando pistas, esta vez en la frondosa sección de matemáticas antiguas que tenía mi abuelo, con sus tendencias y escuelas, como la jónica, la pitagórica, la eleática, la dialéctica, con representantes como Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Pitágoras, Hipasos, Teodoro, Hipócrates de Quíos, Parménides, Zenón, Hipias, Antifón, y un largo etc. Nada de nada. No lograba salir del círculo vicioso de la matemática griega hasta que un día pensé en el aforismo de que no todo está en los libros y le dije a mi abuela:
-Dime que tipo de ropa llevaba el abuelo el día de su secuestro. Quizá un hecho así se te haya quedado grabado en tu memoria, que es por cierto envidiable”.
Y mi abuela me sorprendió con algo más:
-No sólo recuerdo lo que llevaba, sino que aún conservo con naftalina el abrigo que tenía el día de su secuestro porque, aún cuando nunca más se lo puso, nunca me atreví a tirarlo: manías de vieja.
Me trajo el abrigo, miré sus bolsillos y esto fue lo que encontré:

Debemos impedir la entrada a nuestra secta a todo tipo de creyentes. Creer es ineludible en las religiones porque la última frontera no tiene explicación. Nuestra misión es más modesta: dotar de rigor el pensamiento y la ciencia. O creer o pensar, sin mezcla. El poder terrenal es consustancial a la creencia, porque si todo lo pones en duda no necesitas autoridad terrenal que te guíe, sino una multiplicidad de puntos de vista sin jerarquías ni privilegios. Sobran de nuestra organización los poligonales. Pero tenemos otro problema. Hoy es insostenible pensar que se puede construir sistemas formales sólo con los números naturales tal y como pensaban los fundadores, Pitágoras, Tales, Anaximandro, etc., porque la irracionalidad de ciertas medidas como la hipotenusa de un triángulo isósceles, la matemática de los infinitesimales, las geometrías no euclidianas, el teorema de Cantor de la diagonal o los teoremas de incompletitud de Gödel, han dinamitado el realismo de nuestras hipótesis; y si eso cae, no podemos sostener los ritos sobre la música de las esferas o de las transmigración de las almas. Propongo dos cosas: expulsar a los poligonales de nuestra secta por degeneración en la creencia y por apartarse de la ciencia, y unirnos a los infinitorum para adecuarnos a los tiempos modernos, o, al menos, estar a la altura del siglo XIX. Más no os quiero pedir. Seguir trabajando en la matemática no cantoriana con rigor junto con la comunidad matemática universitaria que nada sabe de nosotros como secta. También debemos profundizar en las conjeturas de Fermat, Poincaré y Goldbach. De las 2 primeras está muy cerca la comunidad matemática de su solución. De la tercera aún no se han dados pasos sustanciales, pero incluso de esta también algo se puede decir…”.

Daba para mucho las palabras de mi abuelo. Desde luego la nota no estaba ahí por casualidad. Quizá la tenía porque no pudo darla a conocer, quizá la dejó olvidada en el abrigo, o quizá… la dejó para que la encontrara yo cuando su alma –o simplemente su yo- hubiera transmigrado: mi abuelo era capaz de eso. Volvía a ver la palabra Goldbach y podía subsanar mi primer error: el nexo de unión no era Bach, música, pitagóricos, sino Gold-Bach, Goldbach, conjetura. Lo que no sabía era si se quedaba ahí o tenía algún nexo más. A pesar de todo, desconocía lo principal, el objeto de lo que investigaba: el porqué y por quién fue secuestrado mi abuelo. Ahora sabía quién no había sido: los brishanianos. Sólo eso.
Muy sorprendida se quedó mi abuela cuando le enseñé la nota, ya totalmente amarillenta y casi desecha. La leyó, se quedó pensando y me dijo:
-Sé cómo ayudarte a partir de ahora, porque yo también estoy intrigada. Siempre pensé que el secuestro de tu abuelo era obra de los seguidores del sultán ese y veo que estaba equivocada. Ya te he dicho lo del temblor de tu abuelo en las manos y cómo yo leía los libros que él cogía. Ahora no lo podemos hacer porque ha pasado mucho tiempo y los libros se han movido mucho, pero hay otra posibilidad.
Entonces llamó mi abuela a Turca, la gata de sus amores, y la dio a oler la nota encontrada en el abrigo del abuelo y dijo:
-Esto es casi infalible; Turca relaciona los libros que tocó tu abuelo con el olor por más tiempo que haya pasado; ahora irá a un libro relacionado con lo anterior.
Y en efecto, tardó un poco, pero se subió al tercer anaquel de la sección de matemáticas y señaló olisqueando el libro de Cantor sobre los Fundamentos de la matemática de conjuntos. En el libro había un papel fino y amarillento en la penúltima hoja que a mí siempre me resultó esquivo porque yo había leído sin acabarlo ese libro. Decía:

         “Es la primera vez que una obra del ser humano necesita a Dios como hipótesis sin ser religiosa ni teológica, y ya nadie nos echará de ese Paraíso que nos ha traído Cantor. Firmado: los transfinitos”.

La cosa se complicaba cada vez más: pitagóricos, poligonales, transfinitos, conjeturas incomprensiblemente trascendentes, sectas científicas degeneradas en la creencia. Ahora tenía una buena tarta que no sabía ni de que estaba hecha, ni como partirla. Le sugerí a mi abuela que diera a oler de nuevo a la gata el papel amarillento del libro de Cantor. Lo olió, saltó al cuarto anaquel no ya sin esfuerzo, pasó por el borde del estante y se quedó fija en un libro que se titulaba Pirronismo, para volver de nuevo sobre el regazo de mi abuela, como diciendo: “misión cumplida, espero ahora mi premio, mis pobres y limitados humanos”. Tomé el libro y en la segunda hoja había escrito lo siguiente:

NADA ES MÁS

         Y llevaba una firma: los escépticos, con un comentario de mi abuelo:

Esta es una rama matemática de los godelianos. Es también una rama degenerada que ha caído en la creencia. La respetamos, pero nos apartamos de ella por 2 motivos: por creyentes y porque tenemos que discutir con los godelianos nuestras hipótesis. Gödel es un hueso duro de roer aún mayor que Cantor. Gödel ha demostrado que no puede haber un sistema formal –matemático ha de entenderse- que pueda ser a la vez completo y no contradictorio. No es que haga imposible la validez de un sistema, pero lo limita. Nunca habrá, según sus demostraciones, ni una Matemática Universal ni, probablemente, una Lógica Universal. Con Gödel nuestras aspiraciones se han ido al traste. Podemos construir una matemática alternativa a la cantoriana porque su sistema tiene el vicio de mezclar en el curso de la demostración de la diagonal el infinito actual y el infinito potencial; con Gödel no hay alternativa. Sus demostraciones son inapelables. No existe una matemática godeliana y no godeliana: toda es godeliana, es decir, no universal. Firmado: H.O.N”.

 Es evidente que era mi abuelo, Humberto Ortega Navarro y se dirigía, suponía yo, a sus camaradas, los pitagóricos. Ahora estaba agobiado de tanta acumulación de nombres y escuelas o sectas: pitagóricos, poligonales, transfinitos, escépticos y, no me extrañaría que, cantorianos e infinitorum. Quizá debía ordenar todo este material, pero antes llamé a Ana, mi ex-novia matemática, y le dije:
-Quiero que me ayudes sobre algunas conjeturas. Sé la de Fermat, creo saber la de Goldbach y no tengo ni idea de la de Poincaré. No te puedo explicar el porqué, pero te puedo asegurar que esta vez no es curiosidad científica.
Y en efecto, me explicó la del francés que no entendí, la de Fermat que ya la sabía y me aclaró que la de Goldbach era tan simple como lo siguiente. Goldbach era un aficionado amigo de Euler y tuvo el mérito de hacer una pregunta que nadie se había hecho.
-Verás –me dijo-, la suma de 2 número primos –exceptuado el 2- es siempre un número par por el simple motivo que todos los números primos son impares. Pero Goldbach le dio la vuelta a la cuestión y se preguntó: ¿se puede asegurar que todo número par puede ser el resultado de la suma de 2 números primos? Algo se ha avanzado desde los tiempos de Goldbach, pero sigue sin solucionarse. De las otras conjeturas se han dado pasos para su solución y no tardando mucho caerán.

Seguía perdido entre tanta secta y decidí poner un anuncio, un reclamo en los periódicos. Este diría algo así como:

Encontrado trabajo crítico sobre la demostración de Cantor de la diagonal. Se requiere interpretación del mismo. ”.

Y firmaba con el pentagrama pitagórico como identificación y la casa de mi abuela como lugar de la cita. Me fui a su casa, me refugié en la biblioteca y esperé acontecimientos. Parece ser que me quedé dormido y tuve el siguiente sueño:

“Soñé que iba en una barcaza por un río embravecido que a veces se convertía en mar y que llevaba gran cantidad de cimitarras, cada una con una etiqueta y un número. Recuerdo los primeros números: 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, y no recuerdo más. De pronto el agua entra en la barcaza y se hunden las cimitarras, pero los números se desprenden. Yo soy a la vez actor y espectador, porque estoy en la barca pero nada me afecta, ni siquiera estoy mojado. Al final las etiquetas y yo llegamos a una orilla y…”

 … aquí acaba el sueño porque cuando me despierto estoy rodeado de tres señores muy mayores y mi abuela que me dice:
-Nieto, despierta que estos señores quieren hablar contigo. Dicen que eran amigos de tu abuelo y que tú les entenderás. Te dejo con ellos.
Les miré sin que pudiera evitar una cierta desconfianza. Eran, en efecto, tres personas muy mayores, verdaderos ancianos, los 3 con sus bastones respectivos y bien trajeados, y cuando intenté presentarme no me dejaron porque uno de ellos comenzó a hablar:
-Hemos venido hasta aquí porque hemos leído algunos relatos suyos donde aparece magníficamente retratado su abuelo. Sabemos que está haciendo una biografía. No vamos a negar que nos ha intrigado el anuncio en el periódico sobre el teorema de Cantor. Somos representantes de las escuelas –lo de sectas no nos gusta- de los poligonales, transfinitos, goldbachianos y escépticos. Hay más escuelas, por supuesto: pitagóricas, cantorianas, infinitorum, godelianas, hilbertianas, etc., aparte de las formalmente conocidas como intuicionistas, formalistas y logicistas. Venimos, como se dice en las películas de John Ford, en son de paz. Tu abuelo no nos ha tratado bien, pero no guardamos rencor, porque el rencor es la carcoma de la conciencia y una buena conciencia es salud. Tu abuelo ha trabajado contra nosotros, tachándonos de creyentes, como si el creer en la trascendencia fuera impedimento para conocer la verdad o fuera pecado de soberbia. Es verdad, somos creyentes, pero dejamos apartada la fe cuando la lógica, el rigor, la ciencia, aparecen. Es verdad también que históricamente esto no se ha conseguido y muchos de nuestros antepasados han utilizado la excomunión, el oprobio, la tortura y, a veces, la hoguera, cuando la religión lo dominaba todo: o se era papista o hereje. Eso también afectaba a nuestras comunidades. Pero estamos en el siglo XX y las cosas han cambiado o están cambiando. Nos gustaría saber hasta dónde llegó tu abuelo y los de su escuela respecto a dos conjeturas: la de Cantor y la de Goldbach. De la primera tengo una idea, pero de la segunda no sé por donde va. No le pedimos que delate los posibles avances de su abuelo o los de su escuela; le pedimos sólo 3 cosas: que sea benevolente con nosotros en la biografía de su abuelo y no se deje embaucar por habladurías; que cuente con nuestra colaboración para esa biografía;  por último, pero lo más importante: que nos crea si le decimos que nada tuvimos que ver en el secuestro de su abuelo. La defensa de nuestros puntos de vista no nos lleva al delito en los tiempos que corren, aunque no nos avale la historia. No lo tome como una amenaza, pero en todas las comunidades de personas hay gente de todos los caracteres, para todos los gustos, de todos los niveles intelectuales, de variados temperamentos, y no siempre podemos controlarles a todos. Lo intentamos siempre, pero no siempre lo conseguimos. No le molestamos más. Ha sido un placer. No hace falta que se moleste, ya conocemos el camino.
Y se fueron sin que supiera si dos de ellos eran mudos o no.

Ahora tenía muchos datos y era tiempo de reflexionar sobre todo esto. Por ello me hice el siguiente esquema:

Científicos            Creyentes
                            pitagóricos            poligonales
                            cantorianos           transfinitos
                            infinitorum            goldbachianos
                            godelianos            escépticos

A la rama científica (no creyentes) se le hacía corresponder la rama degenerada (creyentes), aunque en el caso de los infinitorum tenía mis dudas si los goldbachianos era su rama degenerada o no tenían patrocinio científico. ¿Quién de todos estos era el responsable del secuestro de mi abuelo? Podía proceder especulando por eliminación. Si hubieran sido los poligonales sería una evidencia, porque ya se habían declarado la guerra dialéctica hace tiempo y, en esto casos, siempre hay un dogmático, un exaltado, que va más allá de lo permitido, se vuelve guerrero, se cristianiza y viene la agresión. Pero no hay constancia de ello. Desechamos a los científicos –los no creyentes- porque están en sintonía en lo principal: en la ciencia lo que importa es el método y no el objeto. Los escépticos, como rama creyente de los godelianos, poco tienen que ver con las creencias de mi abuelo y quizá con cualquier otra; es una escuela cuya duda les lleva a la parálisis, por lo que difícilmente se embargarían en algo tan complicado e innecesario como un secuestro. Sólo nos quedan los transfinitos –los más creyentes- y los goldbachianos. Y aquí me paro porque establecer más conjeturas sin unas sólidas bases es caer en el pecado de la soberbia. Los transfinitos es la rama que menos me tranquiliza, porque si ya su ídolo científico –el gran Cantor- creía precisamente que los números transfinitos eran síntoma de la trascendencia, de la existencia de Dios, imaginemos lo que pueden llegar a pensar y hacer los miembros de la rama degenerada, una vez caídos en el agujero negro de la creencia y perdida la mano de la ciencia. Pero no se podía descartar a nadie, ni siquiera a los científicos, porque el dogmatismo acecha siempre cuando se pierde el sentido de la realidad. De nuevo estaba perdido a pesar de la enorme información que iba acumulando. Decidí entonces repetir el experimento del anuncio en el periódico con el siguiente texto:

“Se cambia información sobre secuestro de H.O.N. por solución de la reina de las conjeturas”.

Y de nuevo el pentagrama como firma. Era peligroso, pero había que arriesgar. El lugar de la cita era en el café más conocido de Toledo -que no diré-, lugar público, con varias salidas. El día era el viernes de cada semana. Pasaron dos viernes y nada pasó. Volví a casa de mi abuela, alcancé la enorme sala de la biblioteca y me refugié en el sillón donde tantas veces se quedaba dormido mi abuelo. Miré los libros, pero más con el deseo de descansar la mente que con la necesidad de la lectura. Recorrí mentalmente la Odisea y la librería, estableciendo una correspondencia entre las aventuras y desdichas del gran Ulises y algunos libros que me habían acompañado siempre: así, miraba los primeros libros de Freud que me descubrió una nueva visión de las cosas como el “Psicoanálisis del Arte”; el primer Quijote de Gustavo Doré, que puso límite a la posibilidad de leer algo comparable; mi primera “Historia de la Filosofía” de Bertrand Russell, tan espontánea como sesgada; el rigor de la historia con el primer Vicens Vives de la “Aproximación a la Historia de España”; el descubrimiento de la tragedia con el “Edipo Rey” de Sófocles; la comprensión de la Física a partir de lo elemental con la insuperable “Biografía de la Física” de George Gamow; “Cocinar hizo al hombre”, de Faustino Cordón, cuyo título lo dice todo; un García Pelayo de Derecho Constitucional; el descubrimiento del poeta a través de la poesía con Lorca y su igual en prosa con las “Sonatas” de Valle; el equilibrio perfecto, el maridaje perfecto entre fondo y forma de Quevedo en Los “Sueños” y en su poesía; el primer Shakespeare con discutible traducción de Astrana Marín; “El Infierno” de la “Divina Comedia”, de Dante, mucho más humana y terrible que divina; “La Celestina”, de Fernando de Rojas, la más humana de las inmortales; la soberbia crítica de la “Historia del Teatro Español” de Francisco Ruiz Ramón; la aventura por la aventura de Salgari; la poesía en prosa de las “Leyendas” de Bécquer; el suspense del Sherlock Holmes de Conan Doyle; el misterio con Poe; lo inquietante llevado al paroxismo de Kafka en la “Metamorfosis”; y así recorría mi vista los anaqueles sin poder pararme en ningún libro en especial, porque según iba leyendo sus títulos se me disparaba la fantasía hasta descabalgar el juicio, cosa que ahora no me podía permitir: tenía un capítulo importante de la biografía de mi abuelo y hasta el soñar era un obstáculo. De pronto vi que el III libro de Los Elementos sobresalía de los demás del estante y me levanté a colocarlo porque no podía soportar un libro que no guardara fila, como en una formación militar, yo, que era antimilitarista y no sólo pacifista. Cogí a Euclides con una mano, con tan ¿mala? suerte que se me cayó y quedó abierto en una página que originalmente estaba en blanco, pero que –como no podía ser menos- estaba repleta de la escritura de mi abuelo. Ahí no estaba la sorpresa, la sorpresa era su contenido. Veamos lo que decía:

         “Mi más querido nieto. Supongo que te habrás divertido si has llegado hasta aquí, porque todos los caminos de la geometría llevan a Euclides. Te diré la verdad: no hubo tal secuestro; repito que el secuestro no ha existido, sino una invitación al debate. Todo lo he preparado para poner a prueba a las sectas o escuelas y provocar la catarsis en la mía, la de los pitagóricos, como bien sabes; también es un viaje iniciático para ti tras mi viaje trasmigrante. Casi todas la escuelas, incluso la mía, tienen algo contra mí: la mía, la de los pitagóricos, porque soy crítico nada menos que a la idea de ellos de la trasmigración, porque yo la creo de otra manera que no es momento de explicar; los cantorianos, porque he demostrado que se puede construir una matemática no cantoriana no aceptando que se pueda mezclar en el curso de una demostración los conceptos de infinito potencial y actual: uno u otro deben formar parte de las hipótesis, pero no los dos a la vez; los infinitorum, porque no acepto la existencia de los número reales, sino sólo como límites, es decir, no acepto ni aceptamos las cortaduras de Dedekind; los godelianos, porque no vemos cómo se puede demostrar la mayor infinitud de los reales si no se acepta el teorema de la diagonal de Cantor; los poligonales, porque he propuesto echarlos de nuestra rama por creyentes acientíficos; los transfinitos, porque utilizan la matemática para la creencia en Dios, lo cual debería ser una ofensa para los propios creyentes; los goldbachianos, porque he establecido como conjetura de la conjetura que la información en la definición de número primo no es suficiente como para demostrarla o refutarla; y por último los escépticos, porque amplifican las diferencias que ya mantenemos con los godelianos, con el agravante de que son creyentes. Todos tiene motivos para criticarme, odiarme y, en algunos casos, algo más: el dogmatismo, fruto de la ignorancia, instrumento de la desesperación, padre de la soberbia, enemigo de la reflexión, puede hacer estragos en mentes débiles o patológicas. Es inevitable que surja alguien que quiera pasar a la acción porque la auténtica reflexión la madre naturaleza se la ha negado. Por eso fingí mi propio secuestro. Pensaba estar más días, pero yo observaba el sufrimiento de tu abuela cuando iba al mercado. Yo era el mendigo al que dejaba alguna moneda: nunca me reconoció. Volviendo a lo nuestro, creo que es una tarea imprescindible para que la ciencia avance separar con muro de piedra la ciencia de la creencia: o la una o la otra. El diálogo entre ambos es imposible, porque el que cree utiliza la ciencia que desconoce como una excusa para su creencia; y el que es científico no puede soportar la creencia, no porque no pueda aceptarla, sino porque puede omitirla y aceptarla con el mismo resultado. Te vendrán representantes de sectas que se llamarán escuelas y te propondrán su complicidad. Ponles buena cara y sigue tu camino. No seas objeto de adulación ni de promesas. Suerte y no te ocupes tanto de mí que yo seré otro yo que no sabrá de tu yo”.

¡Casi había adivinado todo lo que iba a pasar cuando dejara este miserable mundo! Por un momento miraba los libros, los huecos de entre los libros, los reflejos en las paredes y me parecía que mi abuelo estaba ahí, vigilando, confortándome, ya sin ningún temor, y yo percibía una compañía de esas que deseas su presencia cuando la necesitas, pero de la que no añoras su ausencia cuando no la requieres. Le enseñé a mi abuela el escrito del abuelo en el III tomo de Euclides y esto fue lo que me dijo:
-Ya te dije que no lo creía. Me alegro por tu abuelo, porque se ahorró un buen sufrimiento, él, tan kantiano. Sin embargo, algo pasó porque tu abuelo no volvió a ser el mismo y no fue fingimiento, porque nadie cambia de verdad cuando finge.
Desistí de seguir investigando porque no había caso. El abuelo no había sido secuestrado y todo era especular. Pensé que todos los temores eran fruto de mi imaginación que tendía al pesimismo y a la hipocondría; sin secuestro todo era humo, sombra, nada. Esto es lo que comentaba a Ana, la ex-novia matemática, tomando un café en una terraza. Sin embargo, ella me dijo algo intrigante:
-De las tres grandes conjeturas que hay, es decir, la de Fermat, Poincaré y Godlbach, dos están cerca de su solución, pero la tercera parece alejarse más a medida que conocemos algo. Supongo que habrás adivinado que ésta es
Entonces sonó un disparó, miré atrás, a los lados y no vi nada; luego, miré de frente y vi a Ana con la cabeza encima de la mesa y todo lleno de sangre. Estaba muerta.

Ha pasado el tiempo y no he vuelto a retomar el asunto por miedo, a pesar de las dos dudas que tengo: ¿la bala era para mí y erraron el tiro?, ¿cuál era la conjetura que no se había casi movido desde su nacimiento, según Ana? A veces pienso en mi abuelo y en Ana y me digo: ¿serán felices en sus nuevos yos?, y me reconforto contestando que sí, con toda seguridad. Ana, abuelo: siempre estaréis en mi cabeza y en mi corazón.

Esta historia podría acabar de muchas formas; ahora sé que se han resuelto las conjeturas de Fermat y Poincaré, no así la de Goldbach; podría contarles el qué y el cómo, pero no tengo ánimos; podría contarles que el final de esos tres ancianos no fue agradable; podría contarles los muchos cabos sueltos de esta historia que a lo largo de estos años he ido atando, pero ya nada tiene más importancia que unas notas para completar un biografía que quizá nadie lea. Yo sólo quiero acabar con las palabras de mi abuelo cuando a punto estuve de entrar en el túnel de la venganza: “La venganza no es el plato que se sirve frío, como dice el tópico, es más bien el rescoldo de la furia insatisfecha que no se apaga, quema el corazón y ahoga la conciencia: desiste de avivar rescoldos que no puedas apagar”.
Cuando vi a esos tres ancianos en un banco un viernes en el lugar de la reunión tuve en mis manos sus vidas, pero recordé las palabras de mi abuelo, me di media vuelta, volví a su biblioteca –que ahora era mía- y comencé a leer un libro que siempre me recomendó y que las circunstancias -o qué sé yo- no me permitieron su lectura: “El Elogio de la locura”, de Erasmo de Rotterdam. Cuando acabé olvidé los deseos de venganza y mi conciencia quedó en paz.




Madrid, 30 de julio de 2008


























MIDAS EN EL DESIERTO

   Un día, al salir del colegio de mis estudios de bachillerato, me dirigí a casa de mi abuela casi corriendo con la esperanza de encontrar a mi abuelo Berto, porque tenía una pregunta que se me hacía original y me martilleaba las sienes. Sin embargo, mi contento se vino abajo al instante y creo que nunca hice el ridículo como entonces: nunca una pregunta mía despertó tantas risas en mi abuelo. Cuando aflojó su risa, y viendo que yo no declinaba la mirada porque ya entonces afloraba en mí algo de soberbia, se calló de golpe y me contestó con un cierto balbuceo; luego, tragando saliva, me dijo lo que el lector comprobará. Ahí va la pregunta:
- ¿Abuelo, porqué las cosas valen lo que valen?
   Y esta fue su respuesta que transcribo literalmente:
- ¡Caramba, veo que no te conformas con aprender lo que te exigen en el colegio, sino que vas más allá! No vayas tan deprisa, porque por ese camino llegarás demasiado pronto a las preguntas que, o no tienen respuesta, o la tienen ambigua, o no la tienen desde el conocimiento, que es como decir que no la tienen, con la desventaja de que la mayoría de las personas creen tenerla sin saber precisamente que lo que tienen es mera creencia. A la postre, no es mala pregunta y no tengo respuesta solvente. No sé tanto como supones, pero sí lo suficiente como para saber que es un problema económico –quizá el problema económico por excelencia- que ha engendrada mas respuestas y ninguna definitiva. Para mí las cosas valen aquello por lo que estamos dispuestos a pagar por ellas, cueste lo que cueste hacerlas. Verás, nieto, tu pregunta es de esas preguntas que exige para hacerla una madurez por encima de sus plausibles respuestas. Con esta pregunta, si la has meditado, tengo que darte una mala noticia: has dejado de ser un niño. Pero más que una respuesta de historias y teorías te voy a contar una leyenda que, como decía el gran Don Miguel, “viene como de molde”. Dice la leyenda…

   …que iba por el desierto un persa en su camello que arrastraba a su vez a 3 camellos cargados de té, tabaco, dátiles, arroz y seda para venderlo en Bagdad, la ciudad de los jardines, cuando fue asaltado por 3 árabes que le amenazaron con sus alfanjes y le dijeron:
- Persa, detén tu marcha. Sólo queremos de ti lo necesario para sobrevivir en Bagdad una semana. No somos ladrones y si estamos en esta necesidad es porque ladrones de verdad nos han asaltado y nos han quitado todo; a cambio te damos esta botella mágica de la que decía su anterior poseedor que sólo ante la llamada de un persa el genio mostrará su humeante presencia.
   No estaba convencido el persa de tener que recurrir al genio hasta que hizo recuento de lo que los ladrones de ocasión le habían dejado y se dijo:
- No siempre la intención cuadra con los hechos, buen Zoroastro, pero esta vez nunca han estado ambos tan distanciados. Estos ladrones se han llevado demasiado como para vencer la tentación de llamarte, genio embotellado: ¡hazte presente y escucha mis deseos!”.
   Y el genio dejó su caparazón de vidrio y, cruzándose de brazos, dijo:
- Espero que tus deseos hayan merecido el despertar de mi sueño centenario. Cumpliré con ellos siempre que no te perjudiquen a ti y al resto de los humanos que fatigáis en estas dunas.
   Y el persa, sin meditar demasiado, le pidió que convirtiera en oro todo cuanto tocara para así resarcirse de las pérdidas que instantes antes había padecido. A ello el genio accedió, pero le advirtió:
- Sea, se cumplirán tus deseos, pero no estoy seguro de que puedas cumplir las condiciones que te he puesto respecto al perjuicio tuyo y ajeno. Te concedo el “don de midas”, pero…
…medita antes de obrar,
mejor aún, aprende a renunciar
y, todavía mejor, no renuncies a meditar.

   Apenas entendía el persa las palabras del genio, que ahora volvía a la botella. Pensó que no había accedido a sus deseos, pero estaba equivocado, porque cuando fue a abrir la bolsa en la que llevaba los dátiles que los ladrones le habían dejado, comprobó que según rozaba el sabroso fruto con los dedos de su mano aquéllos se convertían en un oro puro; lo mismo ocurrió cuando tomó un puñado de arroz; y otro tanto cuando hizo lo propio con el té. Al principio sintió contento, pero este se acabó cuando le pudo el hambre y vio que no tenía nada para comer. Eso sí, ahora tenía muchas onzas de oro. El persa se arrodilló y encerró su cabeza entre sus brazos en señal de desesperación y cuando la levantó vio a su camello muerto: había bebido el agua que previamente él había tocado y se había convertido en oro líquido en el estomago del animal. Entonces calló en la tentación del suicidio, pero no podía por dos cosas: porque su religión se lo impedía y porque no tenía instrumento que sirviera para tal fin. Se tumbó en el desierto y  rezó en arameo esperando que las dunas le llevaran al Paraíso de Zoroastro. Y cuando estaba en esa actitud aconteció que se acercó un beduino que iba en un camello del que colgaba ostensiblemente un pellejo de agua, y el persa, sacando fuerzas de flaqueza, se dirigió al árabe en estos términos:
- Beduino, nómada de este desierto, te ruego por la ciudad de Petra que tanto estimáis, que me dejéis beber de ese pellejo hasta acabar mi sed y me llevéis con vos a cambio de todo este oro que veis relucir y que es suficiente para retiraros de las fatigas del trabajo, del vagar por estas tórridas arenas por el día y de dormir al raso en los fríos anocheceres. Además del oro que ahora podéis contemplar y tocar puedo daros tanto como queráis, porque un genio me ha otorgado el don de midas y puedo convertir en oro todo cuanto toco.
   El beduino, sin bajarse de su camello le contestó:
- Aunque nunca he oído hablar de ese don te concedo que la verdad esté contigo, pero el agua de mi pellejo sólo da para mí y para mi camello y para llegar a Bagdad, y necesitamos precisamente ahora beber ambos.
   El persa, que por los efectos del calor y la falta de agua ya empezaba a alucinar, le contestó de esta desafortunada manera:
- Llévame contigo, tú bebe lo necesario y la parte del camello dámela a mí a cambio de todo el oro que pueda cargar. Vayamos así hasta que tu animal resista y luego encaminémonos a pie a la ciudad. Es la mejor solución para ambos.
   Miedo sintió el persa al ver al beduino bajar de su camello con un alfanje en la mano, un libro en la otra y los ojos ensangrentados.
- Mi camello –dijo el beduino-, persa desalmado, no es sólo mi transporte, sino mi compañero. Me habéis propuesto una crueldad, porque no la hay mayor que dejar a un compañero que muera de sed. Si me hubierais propuesto matarle sin hacerle sufrir habría accedido; ahora sé que no os importa el sufrimiento ajeno y no me fío de vos como compañero de viaje. Tomad mi alfanje por si necesitáis del suicidio y este libro de oraciones por si también necesitáis poneros a bien con vuestro dios. Podría ahora daros unos sorbos, pero sería crueldad porque eso sólo supondría alargar vuestra agonía. Pensad en paraísos de oasis donde se bañan morenas mujeres de largos cabellos y ojos como dátiles, y la agonía se os hará más llevadera.

   Y dice la leyenda que en los desiertos de Arabia vaga entre las dunas, cual escarabajo egipcio, un esqueleto de oro de un persa desafortunado que suplica en las noches: ¡todo el paraíso de Zoroastro  por un sorbo de agua, tan sólo por un sorbo… de agua!


Madrid, 14 de septiembre de 2008







EDIPO Y LA ESFINGE
         Decía mi abuelo que todo lo significativo que le pasa a una persona podía ser contado en 3 o 4 centenares de palabras, y el resto es espuma y hojarasca. Y a continuación añadía: “…pero de esa espuma, fruto de la agitación de las almas, de esa hojarasca que deja al árbol desnudo, descarnado, están hechos los Hamlets, Antígonas, Segismundos, Electras, Faustos, Medeas, Quijotes, Semíramis, Prometeos, Celestinas, Climtenestras, y… Edipo”. Esto lo vi anotado por mi abuelo en un libro de Robert Graves sobre la mitología. Todo ello viene a cuento porque tengo en mis manos un relato del que nunca me habló mi abuelo. El gustaba de leyendas incas, babilónicas, árabes, indias…, siempre alejadas de nuestro próximo pasado griego y romano. En todo caso, no le hacía ascos a las provenientes de nuestra llamada piel de toro, o como decía él que decía un filósofo alemán, de ese pueblo “que ha querido ser demasiado”. Quizá era el respeto que le merecía los padres de nuestra civilización –según él-, o quizá, porque deseaba alejarse de lo inmediato, de lo trillado, de lo incuestionable. Mi abuelo decía que “sólo le merecía la pena lo heterodoxo, lo críptico, lo apócrifo, lo apostatado, lo condenado, lo derrotado, lo irreverente, lo insólito, lo insoportable,… lo olvidado, pero siempre que fuera verosímil. La verdad está ahí, sin la lógica de la historia que embadurnan los historiadores, en el inconsciente, en el instinto. La lógica es la urdimbre de lo inexplicado, de lo irracional, de lo aleatorio”. Queda dicho que mi abuelo era radical, pero tan sabio y coherente, que sólo ahora, cuando de él nos quedan –y nada menos- su memoria y sus escritos, me atrevo a emplear esa palabra, radical, con la tranquilidad de saber que para él y su biografía es lo contrario de… extremista: iba a la raíz como el árbol busca la tierra húmeda bajo su tronco. De Edipo dejó escrito: “A pesar de lo que diga el filósofo y filólogo alemán, la Tragedia, como género, nace con Edipo Rey, porque de ahí surge el dilema de la libertad: ¿somos libres de navegar por el mar de la libertad o son los vientos y corrientes los que nos zarandean, convirtiéndonos en espectadores de nosotros mismos? En Edipo Rey, Sófocles plantea el dilema, pero atenuado, porque actúa libremente pero fruto de su… ignorancia. Se presenta en escena con la tarea hecha y toda la obra gira en cómo va descubriendo la verdad. Shakespeare y Calderón arreglarán el asunto siglos más tarde”. Yo ni quito ni pongo, sólo transcribo. Mi abuelo es autor de este relato que se aparta de la obra de Sófocles por lo que yo he podido comprobar. El decía “que la literatura es una degeneración de la tradición oral del cuento; que la novela está hecha para alimentar al escritor y el teatro para forzar el silencio del espectador y luego su aplauso; y que la buena literatura es el cuento, la leyenda y la épica”. Lo que digo, era un radical. Sin más dilación expongo lo que dejó escrito mi abuelo del mito de Edipo. El lector que haya leído a Sófocles notará las diferencias. La leyenda…

         …dice que en Tebas, capital de las 100 puertas, bellísima ciudad de innumerables templos y palacios, confluencia de caravanas del desierto, de agricultores del Nilo, de comerciantes de Persia, testigo y destino de la vida y de la muerte, que se declaró en fecha no aclarada una epidemia que asoló los campos, mató a los ganados, dejó yermos los vientres de las tebanas y diezmó a los vivos, de tal manera que ni las oraciones, ni los cantos religiosos de los sacerdotes a Amón, el dios de la ciudad, ni a otros dioses más antiguos pero tolerados, como Mut y Jonsu, lo evitaron. Consultados muchos oráculos y hechos muchos sacrificios, sólo uno llamó la atención porque era un enigma: era el oráculo de Delfos, dedicado al dios Apolo y decía:

<¿Qué ser se apoya en 4 extremidades al amanecer, cuando Febo asoma por el horizonte;
tiene 2 al mediodía, cuando los rayos del astro muestran su tiranía;
y 3 en la noche, cuando la Luna reina en su negrura?>

         Sobre la ciudad merodeaban multitud de rapaces esperando que los vivos sean cadáveres y con tal hambre por las muchas jornadas sin comer, que a veces no esperaban la muerte y picotean con sus afilados picos y desgarran con sus garras terribles a los vivos. Y de todas ellas una sobresale por su tamaño y agresividad: la esfinge, ser devenido en mitológico, que tiene el cuerpo de león, garras de águila y cabeza, dicen,… que de mujer. Este ser ha prometido que dejará la ciudad en paz si algún forastero descifra el enigma del oráculo de Delfos, pero que será condenado, cual Prometeo, a ser desgarrado y comido vivo si falla en su solución. Muchos príncipes y nobles de la ciudad han muerto en el intento porque no podían rehusar su obligación de ser benefactores de la ciudad.
         En esto que llegó un peregrino proveniente de la ciudad de Corinto que decía llamarse Edipo, que cojeaba ostensiblemente, y deteniéndose en la puerta grande de la ciudad destinada a Febo dijo:

<Yo, Edipo, príncipe de Corinto, hijo de Pólibo, rey de la ciudad, os digo a vosotros, habitantes de Tebas y también a la Esfinge, ese monstruo que asola la ciudad con sus mesnadas de rapaces, que la solución del enigma es… el hombre, porque sólo el hombre necesita sus 4 extremidades al nacer cuando gatea, tan sólo 2 cuando deja los cuidados de su madre, y 3 en la vejez, cuando necesita de un bastón para su sostén porque sus fuerzas flaquean>

         Asombrados quedaron los tebanos y desesperada la Esfinge, que no podía quedarse más en la ciudad porque el oráculo había sido descifrado y temía la ira del Olimpo. Entonces el monstruo se acercó a Edipo y le dijo:
         -Crees que has vencido, pero sólo has ganado una batalla, porque no sólo el hombre cumple el oráculo, y cuando Apolo y los demás dioses del Olimpo descuiden la protección de la ciudad, cuando el viejo dios Amón sólo sea un recuerdo, volveré de nuevo, con un nuevo ejército más hambriento y numeroso, y no quedará ser vivo que lo sea sobre la ciudad. Eso ocurrirá al menos que me digas cuál es ese otro ser que cumple a satisfacción el oráculo de Delfos. Y te digo aún más y grávate esto:

“Tu padre no es tu padre;
tu madre no sólo es tu madre;
y no verás tu muerte, pero morirás”

         Y la esfinge salió de la ciudad y con ella su ejército de rapaces, dejando apresuradamente restos de cadáveres entre sus garras.

         Edipo fue recibido por la reina de la ciudad, Yocasta, y le dijo:
         -Eres el Salvador que tanto esperábamos; descifraste el enigma y te enfrentaste a la Esfinge, y además eres príncipe de Corinto; eres joven, aunque no agraciado; estás dotado de la fe, voluntad e ingenio que nos ha faltado durante tanto tiempo. Tu recompensa es reinar conmigo en Tebas y yacer juntos para darme nuevos hijos que aseguren la descendencia. No soy tan joven como parezco porque por edad incluso podría ser tu… madre, pero espero serte agradable y compartir la corona y el lecho contigo.
         Edipo contestó:
         -Gustoso acepto todo cuanto has dicho y velaré por la ciudad, para que no se repitan los pasados y tristes hechos.
         -Y los tebanos celebraron todo: la epidemia que se levantaba, las mujeres que volvían a parir, que los campos volvían a la cosecha y las ganaderías al pasto y al forraje.

         Pero no quiere la diosa Fortuna extender su manto más allá de lo imprescindible porque, un día que Edipo se dirigía a Corinto a contar a sus padres su desposorio con la reina de Tebas, aconteció que se encontró con una caravana de dos carros y casi una decena de jinetes a caballo que se detuvieron impidiendo su paso. Del segundo carro se bajó un hombre cubierto de un vestido de una sola pieza y le dijo:
         -Detén tu paso y baja de tu caballo. Sé quien eres y donde vas. Has salvado la ciudad de Tebas… temporalmente. Yo soy tebano y te estoy agradecido, pero debes dejar la ciudad, volver a Corinto para quedarte y olvidarte de la que ahora es tu esposa, porque no sólo es tu esposa. No quieras saber más, porque a veces la ignorancia nos hace más felices que la sabiduría. Los años, cargos, experiencias y estudios me han hecho coquetear también con ella y no conozco la dicha. No vuelvas a Tebas. No es una amenaza, es una advertencia, y no tengas miedo de mí porque yo soy algo más que un desconocido para ti, aunque no lo creas. Créeme y no preguntes. Ve a Corinto sin mirar atrás y no salgas de allí.
         Pero Edipo, que a pesar de su cojera no conocía el miedo, le contestó:
         -No sé quién eres, me adviertes de peligros que no conozco, me aconsejas sin darme razones y te interpones en mi camino. No quiero matarte, pero no dudaré en hacerlo si sigues obstinado en lo uno y en lo otro: argumenta mejor o despeja el camino.
         Y el extraño personaje replicó:
         -Tampoco te deseo daño alguno y si supieras que no es la primera vez que nos hemos visto y en qué circunstancias, comprenderías porqué es ese mi deseo. Ahora no puedo darte explicaciones que no creerías. Ve conmigo a Corinto y repasemos el pasado, veamos a personas que hemos conocido y tu corazón verá la luz que tu razón te niega. Ve conmigo, no como prisionero sino como huésped.
         -Y Edipo, que tenía agotada la paciencia, le contestó encabritando su caballo y tensando su arco:
         -El rey de Tebas no es huésped de unos menesterosos y menos su prisionero. Eres un viejo educado, pero déjame seguir antes que acabe con tus huestes y tu oratoria.
         El extraño personaje hizo una señal para que sus acompañantes apresaran a Edipo, pero éste, con la velocidad de Hermes y la puntería de Diana, disparó su arco 3 veces con 3 flechas cada vez y mató a los acompañantes; a continuación sacó una espada corta y amenazó al viejo. Este continuó con su pausado parlamento:
         -Veo que tu cojera no te impide ser veloz y preciso. Te contaré todo y toda la verdad. Yo soy Layo y tú no eres hijo de…
         Y cuando esto decía vio el viejo a la Esfinge que tensaba un arco y se abalanzó sobre Edipo para protegerlo, pero se encontró con la espada del nuevo rey de Tebas cuando se prestaba a enfundarla, y el viejo murió en el acto. La Esfinge desapareció sin que Edipo la viera y creyó que había matado casi sin querer al viejo.

         Edipo visitó Corinto, vio a sus padres y fue su huésped durante 3 días. Muchos corintianos se ufanaron de ver de vuelta al príncipe, pero el nuevo rey tebano debía cumplir las obligaciones de su cargo y volvió a Tebas. Y cuando divisaba la ciudad notó un olor desagradable y de nuevo las aves rapaces revolotear. Entró en Tebas y se encontró a la ciudad igual que antes de descifrar el oráculo. Los tebanos estaban divididos en sus opiniones respecto al nuevo rey: unos decían que era la causa de la nueva epidemia; otros, que lo mismo que los había salvado de la anterior lo haría ahora. Vio a Yocasta, su mujer, y le preguntó el porqué y ella le dijo:
         -Ha vuelto la Esfinge protegida por el Hades e insiste que tú no descifraste del todo el oráculo porque no sólo es el hombre el ser que cumple lo dicho por el oráculo de Delfos.
         Y Edipo le replicó:
         -Reúne a la gente en el ágora, frente al templo de Diana.
         Así hizo Yocasta, la madura mujer de Edipo, y cuando la multitud desesperada, hambrienta y sucia estuvo en la inmensa explanada habló de nuevo Edipo:

<En efecto, no sólo el hombre cumple el requisito del oráculo. Hay otro ser que lo hace y no está lejos de aquí. Ese ser tiene 4 patas cuando nace porque nace león, 2 patas porque en su adolescencia se convierte en mujer sin dejar de ser león, y en la vejez se arruga sus patas hasta convertirse en 2 garras y su cara y nariz se afilan hasta parecer el pico de una rapaz. Ese ser es la Esfinge, que de nuevo asola la ciudad. Dioses del Olimpo, dejad de jugar con la ciudad de los palacios y acabad con el monstruo>

         Y de nuevo la esfinge desapareció con su ejército, la heridas de los tebanos se cerraron, la mujeres encintas volvieron al alumbramiento y los campos y animales quedaron en su estado anterior. Y de nuevo hubo unanimidad: Edipo había salvado a la ciudad. Pero cuando todo parecía alegría y celebración, de nuevo el Hado se mostraba inoportuno: unos soldados que iban a Corintio habían encontrado el cadáver que en tal estado había dejado Edipo al viejo en el cruce de caravanas. Lo trajeron a Palacio y Yocasta que lo vio dijo apesadumbrada:
         -¡Oh negra noche, enlutada sin luna! ¡Los cielos estallarán en mil pedazos y no será peor nuestra fortuna! Es Layo, mi antiguo esposo. Aunque se apartó de mí sin explicaciones nunca le deseé ningún mal. Era sabio y generoso, aunque nunca comprendí porqué hizo lo que hizo. Quiero, esposo mío, que se le rindan honores de rey en los funerales. Si es tebano su asesino nos traerá desgracias a esta ciudad y no son pocas las que ya hemos soportado.
         Edipo guardó silencio porque ahora se daba cuenta que su valor no estaba regado por la prudencia necesaria que hace crecer a un gobernante: demasiado impulsivo. Ahora recordaba que las palabras de la Esfinge y las de Layo concordaban demasiado.

         Reunido el Consejo de la Ciudad acordaron llamar a Tiresias, el advino ciego, para indagar sobre el futuro de Tebas y de sus habitantes, y esto es lo que dijo:
         -Ilustres representantes de la ciudad, ciudadanos. Todos hemos celebrado la llegada de Edipo, el nuevo Rey. El ha levantado por 2 veces la maldición que pesa sobre nosotros, adivinando los enigmas con que los dioses nos han castigado por no se sabe qué culpas. Sin embargo, aconsejo y pido yo ahora que el nuevo Rey abandone la ciudad y vuelva a Corinto, porque pesa sobre nosotros una profecía aún más terrible que los acertijos de la Esfinge que dice:

<Llegará un extranjero que no es hijo de quien es hijo;
tendrá a la vez hermanos e hijos;
y derrotará al enigma cuando no vea al enigma y morirá a sus manos>

Debemos volver al culto de Amón y a los antiguos dioses de la ciudad que nunca mal nos hicieron y siempre nos protegieron de las pestes en esta ciudad, tan abierta al peregrino, al extranjero, destino de árabes del desierto, de negros del Alto Nilo y de comerciantes de Persia, de India y aún de lugares más remotos. Nuestras puertas nunca se cierran y por ello nuestros corazones deben permanecer abiertos también a la libertad de cultos. Soy tebano y mis ofrendas van para el dios Amón, pero de mis hijos son para otros sus rezos y de ello estoy orgulloso. Edipo, vuelve a Corinto y reemplaza al rey porque el rey ha muerto. Eso es todo.
         Quedó consternado Edipo por las palabras del vate ciego, sobre todo por las últimas. Se preparó para su salida de la ciudad y dirigiéndose a su esposa Yocasta le dijo estas enigmáticas palabras:
         -Espera mi vuelta pero, en contra de la costumbre tebana, prepárate para gobernar sola. Me acompañará tu daga para defenderme de mis… fantasmas.
         Y marchó a Corinto donde encontró a su padre moribundo, pero no muerto, y a tiempo de que el venerado Pólibo dijera a Edipo:
         -Querido y amado Edipo, ya no puedo guardar el secreto que tanto tiempo te he ocultado: en la otra vida sólo se descansa desnudo de mentiras, secretos y ambiciones de esta otra. Te he querido como un hijo, pero no eres mi hijo. Un pastor me entregó un bebé en el monte Citerón. Me dijo que a su vez se lo había entregado un sacerdote de la casa de Layo. Aquel debía matarlo, pero su conciencia no estaba hecha para un asesinato tan vil y pidió al pastor que lo criara y ocultara y que nunca supiera su identidad. Ese pastor lo era de mi ganado y murió al poco de recogerte. Ese niño eres –o eras- tú. Tu madre y yo te hemos criado como un príncipe y para mí eres el legítimo sucesor, pero tu verdadero padre es Layo, rey de Tebas, y del que desconozco su paradero. Sé que tu ahora ocupas su trono y no sé si algo… más. Ya no veo. Dime, príncipe y rey, si he obrado bien o soy el causante de….
         Y el Rey Pólibo murió. Edipo, desesperado, le dejó en el suelo, se arrodilló, tomó la daga de su esposa y… madre y se sacó… los ojos. Ciego y ensangrentado volvió a Tebas, y cuando entraba en la ciudad notó de nuevo el olor de la muerte y la enfermedad; oyó de nuevo a las rapaces graznar; y cuando hubo llegado a Palacio rodeado de una multitud enferma, sorprendida y acongojada, se dirigió desde la más alta escalinata -de más de 30 pies- a los cielos con estas palabras:
         -Dioses del Olimpo, sé que mi ofensa es terrible porque he matado a mi padre y desposado a mi madre, pero caiga sobre mí el castigo y no sobre Tebas y sus inocentes ciudadanos. No ha sido suficiente para ello descifrar los enigmas de Delfos, pero ahora me propongo acabar con la Esfinge, el monstruo que asola la ciudad, instrumento de mis pecados. Asoma por aquí fiel enemiga y enfréntate con este ciego que quiere redimirse.
         Y en efecto, la Esfinge apareció y se acercó a Edipo con estas palabras:
         -Las profecías se han cumplido y todo lo que habéis hecho tú y tus allegados sólo han servido para atarlas aún más a su destino anunciado. He cumplido con Hades, mi señor, y tú cumple con los tuyos dejando de ser príncipe, rey, esposo e hijo a la vez y parricida. La altura es suficiente; cumple tu destino.
         Y Edipo le contestó:
         -Sea, cumplamos.
         Y se lanzó al vacío, pero agarrando a la Esfinge con tal fuerza que no pudo eludirle; cayeron ambos y en tan corto tiempo, Edipo la clavó la daga en el pecho; Tiresias, el ciego, disparo su arco y le atravesó la cabeza; y Creonte, el hermano de Yocasta, la partió las extremidades con un hacha cuando ya besaban el suelo. La Esfinge había muerto y de nuevo las rapaces abandonaron la ciudad, los habitantes se sintieron aliviados y las negras nubes se difuminaron. La Reina, Yocasta, se dirigió a su hijo y esposo moribundo y Edipo le dijo sin esperar sus palabras:
         -Madre, no hagas lo que está en tu mente. Gobierna esta ciudad mientras sus habitantes no te rechacen.
         Y Edipo murió. Y dice la leyenda que eso hizo Yocasta, pero cuando un golpe de palacio le quitó el poder se fue al monte Citerón y se lanzó al vacío. Dicen los que habitan las proximidades del monte que, a pesar de los siglos transcurridos, aún resuena el grito de una mujer -esposa y madre- desesperada.

         Y así acaba la leyenda.



Madrid, 9 de septiembre de 2008





















LEYENDA APÓCRIFA DEL NOPAL
         Llevaba yo largo tiempo reflexionando sobre la diferencia que hay entre la justicia y la venganza, porque no siempre pensaba que la frontera estaba trazada con claridad. Yo quería aclararme por mí mismo, pero sabía que acabaría preguntando a mi abuelo Berto su opinión. Estaba claro que mi curiosidad superaba con creces la línea que separa las ideas de las convicciones y como no sabía cómo comenzar el interrogatorio, pregunté a mi abuelo si era un problema de buenos y malos. Era una simpleza, pero tuve respuesta:
- Claro que no es un problema de buenos y malos, aunque así se presente siempre. La conciencia en la que estamos educados no soporta los claroscuros y necesitamos de los extremos como las aves necesitan del aire para su vuelo. La diferencia entre la justicia y la venganza no lo da lo que hagas sino en nombre de quién lo hagas. Sólo desde la soberanía de un Estado democrática pueden existir personas que tengan esa tarea. Cuando eso no se da, la calificación de buenos y malos permite a los justicieros ejercitar la venganza acallando las bocas de la conciencia con el vocablo justicia. Te contaré un relato que parece una cosa, pero es otra, porque el deseo de justicia hace buenos a los que ejercitan la venganza. Dice la leyenda que…

…cuando el que fuera considerado siglos después dios de la Guerra, el belicoso Huitzilopochtli, dejó abandonada a su hermana y esposa, la dulce Malinalxochitl, embarazada de su hijo Copil, el que fuera luego también guerrero. Y terrible fue porque no había afrenta mayor para el pueblo llamado por los conquistadores “aztecas” que el abandono de la mujer por su marido, y más aún entre la casta de los nobles. Y sin embargo, la dulce esposa tuvo la entereza de fundar todo un reino llamado Malinalco, a la par que criaba a su hijo en la idea de la justicia y no de la venganza, porque decía la esposa y madre -cuyo nombre significa flor de malinalli-  “que la venganza lleva a la conciencia al pozo de las serpientes para el resto de las vidas”. Y la madre llevó a su hijo a la escuela llamada calmecac, y le educó como un noble en la tradición del pueblo tolteca, sin olvidar la historia y leyendas de los pueblos que le precedieron, los teotihuacanos y olmecas; recibió también formación en astronomía, mitología, religiones y en el arte del cultivo de la tierra. En todo destacaba, pero donde no tenía igual era en el arte de la guerra, tanto en la estrategia como en la pelea cuerpo a cuerpo, teniendo como armas y enseñas su escudo llamado chimalli y su maza provista de puntas, de nombre macana. Y siempre se preguntaba: “¿Qué razones tuvo mi padre para abandonarnos?”. El nunca las supo, pero dice la apócrifa leyenda que estos fueron los pensamientos de su padre, el que fuera adorado como dios de la Guerra, el gran Huitzilopochtli:
- Sé que los dioses Quetzalcoatl y Tezcatlipoca, antepasados míos y creadores del Universo Sagrado, no aprobarían mi conducta, pero esta tierra, hecha de mares y lagunas, me angosta y mi corazón sufre tras cada anochecer, y ni fiestas ni sacrificios colman mis deseos ni llevan la paz a mi espíritu: me nacieron guerrero y estoy destinado a la conquista. Partiré a esa tarea sigilosamente cuando el Sol se esconda en el horizonte. A otros dioses se les ha otorgado el poder del fuego, a cuatro árboles sostener los cielos y la tierra, otros son los patronos de la vida, de la lluvia, del viento, de los alimentos, de la virilidad. Yo he sido destinado a la guerra y no puedo eludirla, y ni el amor a mi esposa y hermana, y al de nuestro común vástago me retendrá un día más; no estoy hecho para la administración de pueblos; tampoco para la vida familiar. Sé que nunca tendré su perdón y espero que sepa educar al hijo común en la comprensión de lo ocurrido.
         Pero dice la leyenda que el dios de la Guerra –que así se le conoció en el devenir de los siglos- fue un dios cruel, que asolaba ciudades, vidas y enseres allí donde pasaba; que quemaba bosques y desviaba ríos, y con ello hacía rendir a los habitantes de los pueblos por donde dejaba su huella. Todo ello llegaba a oídos de Copil, el hijo de ambos, y eso hacía crecer más el odio hacia su padre, que ya se había encargado su madre de inocularle. Y esto es lo que pensaba la madre cuando la abandonó encinta: “¡Oh hermano y esposo, cuánto me has ofendido! Ahora que espero un hijo, que es fruto de tu simiente, dejas estas tierras, abandonas a este pueblo y a esta futura madre. No es bastante para ti la luz y el aire de estas tierras; tampoco es suficiente el amor de estas gentes que te consideran casi un nuevo dios, a pesar de que no andamos faltos de ellos. No podías compartir conmigo el trono en la Gran Pirámide y el sumo sacerdocio en el Templo Mayor, y vivir en paz con otros pueblos. La paz, cuando es posible, es fruto de la lucha interior entre la obligación de la dignidad que surge de la razón y el deseo de sobrevivir que nace del corazón. Pero tú, esposo y hermano, tienes el mismo corazón que los sacrificados en los templos: ninguno. Hiérvete la sangre cuando nadie la derrama, sea cual sea la causa; no conoces el descanso y la vida para ti es una sucesión de batallas: extrañas el amor, desprecias la amistad, no soportas la familia, confundes la justicia con la venganza. Como todos los guerreros, estás condenado a vencer siempre o desaparecer en la última batalla. ¡Dioses protectores de la Luna y el Sol, no permitáis que nos enfrentemos entre nos, porque no habría vencedor ni sobrevivientes!”.
         Y el hijo, Copil, siguó creciendo en edad, tamaño y sabiduría, y un día que despertó agitado le dijo esto a su madre:
- He tenido, madre, un sueño extraño; un sueño de esos que los brujos interpretan como premonitorios, y era que yendo de caza tras un venado al que había herido previamente con una lanza, se volvió contra mí; yo pude esquivarle, en cambio nada pude hacer con un extraño pájaro semejante al colibrí, pero con ojos humanos, que me atravesó el pecho y me salió por la espalda, porque llevaba un afilado pico de… obsidiana, a la par que decía: “esta vez la diosa Coatlicue te ha sido esquiva”. ¿Crees madre que debería ir a un sacerdote o al chamán para que me dijera qué significa?
Y la madre, sentándose en una silla de piedra que a pocos metros de su cabaña estaba, le dijo:
- Los dioses juegan con nosotros a través de los sueños. A veces se comportan como niños porque su inmortalidad es alimento para el tedio y cuando se aburren se infiltran a través de nuestros oídos para burlarse de nosotros. No los tomes en serio y sigue el camino que has comenzado, porque estás llevado a grandes tareas dignas de dioses”.
Copil quedó conforme, pero sus pensamientos iban en otra dirección y así lo cuenta la leyenda: “¡Dame fuerzas, Sol, dios de dioses, para cumplir lo que hay que cumplir! He sido educado por mi madre para la justicia, pero a veces esta se muestra tan huidiza que nos deja sólo el cortado camino de la venganza. Haré lo que tengo que hacer con la una o con la otra. Quiero que mi madre se sienta orgullosa de mí. Me he convertido en un luchador, pero sólo las batallas te convierten en un guerrero. Yo quiero ir más allá, ganar la guerra y gobernar la paz, y para esto no me han educado. Pero eso aún está lejos, y mientras tanto seguiré fortaleciendo mi cuerpo y mi mente para que cuando llegue el momento tenga decisión y habilidad”.
         Pasó el tiempo y muchas escaramuzas se sucedieron entre los ejércitos de Huitzilopochtli y de Malinalxochitl  sin que nada decisivo ocurriera, hasta que un día una avanzadilla del ejército del futuro dios de la Guerra dio con la retaguardia del ejército de la esposa con tan mala suerte que ella se encontraba allí y fue capturada. Entonces Huitzilopochtli  habló a su esposa de esta manera:
- No puedo olvidar que un día yacimos juntos, que aún eres mi esposa y que tenemos un común descendiente. Quiero la paz con vos, aunque no pueda evitar la guerra con los demás. Tampoco quiero pelear con vuestro hijo. Reconozco que sois una madre ejemplar porque pensáis en el futuro y no sólo en el presente; queréis mi muerte a manos de nuestro hijo y le habéis preparado para hacer del parricidio algo deseable; y todo ello para que pueda dormir sin que el dios de los sueños alborote su dormir y pueda sobrevivir al arrepentimiento. Sois a la vez dulce y fría, pasional a veces, calculadora otras. No os conozco, me resultáis extraña. Llamad a vuestro hijo para que pueda verle, porque nunca me ha sido dado contemplarle.
Y la madre y esposa le contestó:
- Todo está profetizado y no tiene marcha atrás. Ahora es el tiempo monocorde de lo que está escrito en el día y la hora, y nada puede hacerse: sembraste vientos y te vuelven huracanes. Aún podrás ver por última vez a tu hijo, porque no quiero que lo que ha de hacerse no sea, parezca, ni tenga una brizna de venganza. Llamaré a nuestro hijo.
         Pero este fue el error de la madre y reina, porque cuando se hubo presentado el joven guerrero desarmado a ver a su padre, no tuvo éste escrúpulos de apresarle diciéndole:
- Hubiera querido que fueras mi huésped y no mi prisionero. Eres mi hijo, pero no puedo conquistar tierras y vencer en batallas pensando que tengo siempre un cuchillo de… obsidiana sobre mi pecho que en cualquier momento puede herir mi corazón. No quiero que seas más mi enemigo sino mi aliado en la conquista. No he nacido para sembrar el maíz o el frijol; tampoco para administrar en tiempos de paz. Mi oficio es la conquista y la guerra es el instrumento. No quiero que pelees a mi lado, sino que administres a los pueblos conquistados. Sé que te han educado para fines que no quiero pronunciar, pero aún eres joven y puedes cambiar.
A esto contestó el hijo y joven guerrero:
- Yo también soy un guerrero, solo que yo no busco la conquista sino la justicia; la paz es el fin y la guerra el peor instrumento, aunque a veces sea inevitable; no quiero administrar haciendas, sino dirigir pueblos. Y para todo esto, aztecas como vos son el peor enemigo, porque nunca tenéis descanso, nunca acabáis y la guerra la convertís en instrumento y fin al mismo tiempo. No os reconozco ni como padre, ni como guerrero justo; sí como enemigo, sí como padre cruel. Todas la tierras, lagunas, mares y cerros que divisan nuestra vista y ocupan nuestros pensamientos no son bastantes para sobrevivir ambos. Debéis elegir.
         Cuenta la leyenda que pasaron soles y lunas y el joven guerrero seguía prisionero de su padre; que la madre hubo escapado y forjado un ejército que quería casi invencible por adiestramiento y número; que hubo un general llamado Tezcatlipoca que andando el tiempo se convirtió en un dios que fue conocido como el dios de la guerra nocturna, que dotó a los guerreros de la esposa, Malinalxochitl,  de armas temibles, de tácticas eficaces y de sabios estrategas. Sin embargo, la esposa, que el tiempo la había hecho ganar en sabiduría y perder en dulzura, alargaba cada vez más el tiempo del enfrentamiento directo con el cruel esposo porque sabía de lo que era capaz con su hijo prisionero; cada vez que llegaba a esa posibilidad recordaba el sueño del colibrí de pico de obsidiana que su hijo le había contado y sabía –aunque no su hijo- que eso era precisamente lo que significaba Huitzilopochtli: colibrí. ¿Era el sueño de su hijo un deseo o una premonición? Pronto tendría la respuesta, porque estas eran las reflexiones del padre y captor de Copil: “Esta situación no puede durar mucho más. Tener prisionero a mi hijo no hace más que retardar mis conquistas y alargar el enfrentamiento definitivo con los ejércitos de su madre; dejarle escapar supondría estar en el futuro bajo la doble amenaza para mi vida y mi misión del hijo y de la madre: con ambos vivos nunca habrá una victoria definitiva, nunca una derrota suficiente. ¡Oh dioses del Inframundo, porqué me hicisteis libre y ahora no puedo elegir!”.
         Pasaba el tiempo y los ejércitos de la madre de Copil iban cercando a los del cruel padre y éste tomó una decisión. Primero se vistió con sus atavíos guerreros: su escudo de plumas de águila, su lanza-dardos azul turquesa, pintó su cuerpo con franjas diagonales, fijó sus plumas en su cabeza y colocó sus sandalias de plumas en sus pies; luego subió las escaleras del Templo Mayor junto con su hijo y estos fueron sus pensamientos: “¡Dioses Tezcatlipoca y Quetzalcoatl, ancestros míos! Me habéis entregado el poder de la vida y la muerte en la conquista. Mi oficio es la guerra y a ella estoy condenado: un dios condenado que no por ello deja de serlo. Antepasados míos, ¿por qué habéis puesto en mi camino a mi propio hijo? Dotado como estoy de la habilidad y sigilo de la serpiente, de la fiereza y precaución del jaguar, de la determinación y altivez del águila, mi corazón duda en este momento, y de nada me sirven esas habilidades para lo que ha de venir. Mi hijo, mi propio hijo se ha rebelado contra mí instigado por su madre, a la que un día amé. ¡Nunca imaginé que los propios dioses dudasen y sintieran escalofríos! La duda, sembradora del barbecho en las conciencias, es propia de los mortales; la acción sin reflexión lo es de quien no teme a la muerte. Ahora yo dudo. ¡Divinidades ancestrales, guiar mi mano y no dejad espacio al pensamiento!”.
Y diciendo estas palabras levantó el cuchillo de obsidiana, lo hundió en el pecho de su hijo y le arrancó el corazón.
         Fue su famoso general Tezcatlipoca el encargado de dar la terrible noticia a la reina en pleno campo de batalla, ataviada como estaba con el traje y plumas de guerrero. Estos fueron sus pensamientos: “¡Dadme fuerzas, mis dioses Tiáloc y Coyolxauhqui! ¡Mi hijo muerto a manos de su progenitor! Aspirante a dios de la Guerra, ganador de batallas, habéis sembrado la semilla de la venganza y yo la recojo con gusto y haré que dé sus frutos. Nada puedo hacer contra un dios si ya es esa vuestra condición, pero todo cuanto toquéis, miréis u os dé sombra será arrasado a sangre y fuego; no habrá justicia, y el límite es el ensañamiento inútil. ¡Me distéis un hijo y ahora me lo quitáis! Si tú eres inmune, no lo son tus guerreros y seguidores, y ellos también tienen madres y hermanos. A todos buscaré y todos quedarán con la duda del porqué de su sacrificio”.

         Y cuenta la leyenda que la madre, guerrera a pesar suyo, cumplió su palabra. Recuperó las cenizas de su hijo y las esparció en los llanos de Chapultepec. Con ello convirtió en una inmensa ciénaga las otrora fértiles tierras; luego atrajo a los guerreros de su marido, hermano y fraticida, y dejó que se hundieran a miles bajo gritos atronadores; a los que sobrevivieron los sacó los ojos para que deambularan por los cerros hasta que fueron devorados por las alimañas; a los sacerdotes del futuro dios de la Guerra les cortó la lengua y los enterró vivos debajo de la Gran Pirámide porque no podía matarlos; y a los familiares de los derrotados les hizo prisioneros y los entregó a sus soldados para que fueran sacrificados cuando la ocasión fuera propicia. Y donde fueron a parar las cenizas de Copil  brotó una nueva planta: el nopal.

         A otras leyendas han llegado más atenuados o trastocados los hechos. Todas son leyendas, pero las ciénagas de Chapultepec guardan su secreto. ¿Y qué fue de la madre guerrera?: nada, las leyendas guardan silencio, pero hay silencios que son un griterío.


Madrid, 16 de octubre de 2008





















HAMLET, SEGISMUNDO Y ROSAURA


         Era en vida mi abuelo Berto un pozo de sorpresas, pero ahora que él nos ha dejado y que estoy escribiendo su biografía he de decir que ese pozo se agranda y casi no se siente el fondo. Así, cuando un día estaba poniendo en claro mis notas sobre la historia de los brishanianos, tomé un conocido libro de Aristóteles sobre la poética y encontré escrito a lo largo de él la historia que ahora daré a conocer. He tenido que reconstruirlo, porque todo estaba en los márgenes del libro y con abundantes tachaduras. Tanto Shakespeare como Calderón escribieron sus obras inspirados en crónicas y relatos diferentes, pero mi abuelo, a lo largo de sus notas, parece indicar que alguna crónica hay olvidada y quizá… perdida que parece demostrar que ambos personajes, Hamlet y Segismundo, estaban mucho más cerca de lo que el genio bardo y el no menos genial barroco parecen indicar en sus obras. Así comienza…

… la leyenda. Segismundo, príncipe de Polonia, está preso en una cueva porque los hados han predicho a su padre, Basilio, rey de Polonia, que le matará y sembrará la discordia, incluso la guerra civil, en su reino. La razón de estado obliga al padre y rey a deshacerse del hijo porque no puede contradecir a los hados; por otro lado, su condición de padre le impide matar a su propio hijo. Segismundo ha nacido y vivido en la cueva y ha sido educado exquisitamente por Clotaldo, ayo y gran chambelán de Polonia. Segismundo se lamenta de la siguiente manera sin saber que tiene dos testigos:
         -¡Cruel Hades, Hécate hechicera!, ¿porqué me habéis hecho vuestro compañero en todos estos años? ¡Injusta Temis, baja esa venda de tus ojos, pesa los actos en tus platillos y otorga tu juicio tras su pesada para que vuelva a creer en ti! Notables son tus errores, tus exageraciones, a veces tu liviandad. Conmigo has sido cruel porque nací condenado a vivir en esta cueva por un delito que desconozco haber cometido. Veo ante mí, no sin dificultad, a aves, fieras y peces que sortean peligros, volando, corriendo, nadando, esquivando, ocultándose; sus vidas parecen colgar de un hilo como esa araña en su red, de ese hilo que separa la vida de la muerte; acechan y son acechados, comen y son comidos, nacen y mueren. Sus vidas no son fáciles y, sin embargo, les envidio; envidio desde el más insignificante insecto a la fiera más terrible porque poseen sin saberlo el tesoro más preciado, la perla más hermosa: la libertad. ¡No hagas que reniegue de ti, Señor de todas las criaturas, y dame cuenta de mi delito antes de que la locura invada mis venas, se apodere de mis músculos, arquee mis huesos, insensibilice mi piel y mi corazón, y desate mi furia, alimentada de tantos años de prisión, y me quede sin padre, sea homicida de mis carceleros, vengador de mis jueces! ¡Dadme el porqué para que haya paz en este reino en el futuro! ¡Sí, la paz futura por la libertad ahora!
         Quien oía a Segismundo era Rosaura, noble procedente del reino de Moscovia. Venía a Polonia disfrazada de hombre a vengarse de quien había recibido la mayor afrenta que puede sufrir una mujer. Oía a Segismundo sin saber quién era y se compadecía de él, y hubiera accedido a la cueva e intentado liberarle si no fuera porque un tercer personaje, alto y muy delgado, también había oído los lamentos de Segismundo, aunque ahora parecía absorto, ensimismado. Rosaura había cambiado de opinión y decidido presentarse al desconocido, cuando vio a otros 2 personajes, vestidos de guerreros que yacían en el suelo. Rosaura no entendía nada y cuando se aprestaba a retirarse de la escena pudo oír al personaje de estatura considerable pronunciar estas palabras:
         -Esta era la misión de los esbirros de mi padrastro: entregarme al enemigo inglés con falsas acusaciones para llevarme al patíbulo. Habéis tenido suerte, porque vuestra muerte no ha sido instantánea y tiempo ha habido de retractaros de vuestras vidas homicidas; o quizá no, y el gran Satán os acogerá en su seno. Aparte de estos lamentos que acabo de oír, aquí todo parece en calma, pero es sabido que la calma chicha precede a la tormenta. Madre, ¿cómo habéis podido compartir el lecho con el asesino de mi padre? ¡Los mismos cómicos que plañeron en los funerales de tu marido, mi padre, han cantado en el banquete de vuestra boda! ¿Por qué me obligáis, olímpicos dioses, a la justicia cuando mi corazón se acompasa con la venganza? No puedo ser racional. Dadme ese dulce placer; descorreré la venda de tus ojos, desnivelaré los platillos, porque quiero el regocijo del recuerdo de los detalles que se avecinan; de la ocasión propicia cruelmente buscada. ¡Qué apetitosa miel, qué oloroso incienso, qué suave bálsamo para esta herida que atraviesa mi cuerpo y me lacera! Sólo quiero fijar en la memoria las circunstancias de tiempo, lugar e instrumento de la sabrosa venganza. El mismo Hades, la misma Temis que sale en forma de lamentos de esta cueva han de servir a mis deseos. Ahora todo lo que soy y he sido, mi infancia, mis años de estudios, mi corta experiencia política, todo al servicio de una acción que ha de tener la apariencia de justicia. ¡La suerte está echada y nada puede cambiar lo que el destino ha trazado!
         Y Hamlet y Rosaura fueron a la par a liberar a Segismundo, al mismo fin pero por distintos caminos. Sin embargo, no estaba aún trazado el momento en el que el príncipe de Polonia pudiera saborear el placer de buscar la aurora y no esperar las migajas de Febo, y fueron apresados ambos por los guardianes de la corte del rey Basilio. Preguntados por el Rey, contestó Rosaura:
-Vengo de Moscovia a reparar una ofensa terrible; también para descubrir quién es mi padre, que se dice en la tierra de donde vengo que se halla aquí. Traigo esta espada trabajada en la mejor fragua de la corte y en su empuñadura hay grabados estos signos de estrellas que sólo el causante de mis días puede entender.
 Y mientras Rosaura así hablaba, Clotaldo, el gran chambelán de la Corte, guardaba silencio mientras un sudor frío recorría su frente. El rey Basilio se dirigía al otro personaje:
-Y vos quién sois, qué buscáis y quiénes son esos guerreros que yacen cerca de donde habéis sido apresados.
Y Hamlet contestaba, no sin cierta dificultad por el desconocimiento del idioma:
-Soy el príncipe de Dinamarca, y si estoy aquí es porque el dios Neptuno se ha mostrado esquivo a los deseos de mi padrastro, el Rey. Esos dos eran espías contra mi país y han tenido su justo castigo.
-Seré yo quien decida qué castigo es o no justo –decía el rey Basilio-. Vuestras acciones están castigadas con la muerte, pero de momento os espera la cárcel.
Y así ocurría mientras el chambelán Clotaldo pensaba para sus adentros: “He servido hasta ahora al Rey con dedicación; he puesto en el oficio mis sentidos; mi vida en sus manos; mis deseos se han confundido con los suyos. Mi alma no ha cedido dignidad, pero no he sido libre. Todo lo he aceptado por mi Rey y por el reino al que sirvo, pero ahora una negra sombra ciega mi vista y anega mi alegría: la espada que porta este joven mancebo de cara afeminada es la misma que dí a mi hija en Moscovia, cuando era una niña, antes de partir a esta corte. Ahora puede ser condenado a muerte y soy yo, por mi cargo, quien ha de cumplir la condena. ¡Si me estuviera permitido volver atrás y ser un simple soldado, un arraigado agricultor o un tozudo comerciante; alguien que pudiera pasar desapercibido! He luchado por la felicidad de mis señores y por el camino me he dejado la mía, y ahora estoy en esta encrucijada. Sólo tengo dos caminos: la traición o el suicidio, y ambos llevan al mismo destino: ¡Hades, avaro, pronto seré tu compañero!”.
         Y mientras Rosaura estaba en la cárcel, Hamlet desde la suya pensaba en Ofelia, pero…: “Ofelia, hija de Polonio, al que he dado por compañero de los gusanos, no le extrañarán porque ya lo fue en vida. Torpe él, ni siquiera supo esconderse: siempre estaba en el lugar equivocado. Ni siendo padre de élla siento lástima de él. Dulce y serena Ofelia, qué lejos te veo, perfumada flor de una corte vil, traicionera y corrupta, de un rey mendaz, esclavo de la lujuria, prisionero del poder. A lo mejor ya no os deseo, pero en cambio os deseo lo mejor, pero fuera de Elsinor, fuera de la Corte y fuera de Dinamarca. ¡Idos de Dinamarca, porque allí nada bueno os espera! Y ahora prisionero en Polonia, pienso en mi tarea pendiente y también en esta beldad de nombre Rosaura: ¡qué determinación en tan pocos años y que vigor en cuerpo tan endeble! Antes sólo pensaba en mí y en que mis próximos actos en el castillo de Elsinor fueran el principio del fin; desde que la conozco deseo que el fin sólo sea el principio: extraña mutación, impertinente retruécano; con ella hay un lugar para la esperanza si otros fueran mis planes y si el destino, esa diosa que nunca mira hacia atrás, pudiera hacer un guiño a los dioses y cambiar sus planes y… los míos”.
         Y no muy lejos de ahí también ocupaba el tiempo Rosaura con estos pensamientos: “No creo que nos condene a muerte este rey. Parece un hombre que busca la justicia, aunque no siempre la encuentre. ¿Quién era el bruto de la cueva? Espero grandes acontecimientos porque hasta la lechuza no ha dejado oír sus graznidos. Es esta una paz extraña, un tormentoso sosiego, una espera que nada bueno anuncia. He de salir de aquí y buscar al duque Astolfo y darle aquello a lo que se ha hecho acreedor. Y de nuevo mis pensamientos vuelven al ocupante de esa extraña prisión y a sus palabras tan razonadas sobre los deseos de libertad. ¡Terrible ha debido ser su delito para que se halle en tal estado! Nunca estuve en prisión, privada de auroras y crepúsculos, del aire fresco y del libre encaminar de mis pasos. Tengo dos misiones: encontrar a mi padre y limpiar mi honor, y cuando los haya cumplido me iré de aquí, aunque presiento que no será fácil, porque extraños a mí se avecinan grandes acontecimientos con inesperados resultados: esto también lo presiento”.
         También Basilio, el Rey, meditaba sobre sus próximos pasos: “Los hados dieron su testimonio, los Tiresias cumplieron su función, pero yo me he esclavizado a ellos y no he dado una oportunidad al libre albedrío. No tengo nada que perder. Probemos al destino. Dejaré libre a Segismundo, gobernando, y veré su reacción. Sólo así podré mitigar mi conciencia que me señala con dedo acusador como padre cruel. También le acompañarán los dos condenados. Sí, soy esclavo de un vaticinio, no soy libre. Debe haber un tercer camino entre la crueldad con el hijo y la posibilidad de la tiranía y la arbitrariedad. No sé como reaccionará Segismundo, pero al menos me quedará la libertad de elegir entre dos males. ¡Si pudiera encenegar mi conciencia, decidir sin escrúpulos, pensar sólo en el presente y negar el futuro! Está decido: ¡destino, albedrío, estáis a prueba!”.
         Y cuenta la leyenda que cuando viose libre Segismundo tras un largo sueño, producto de una droga, en medio de la corte, su reacción no fue digna de un príncipe que aspira al gobierno de los asuntos de estado. Así, al jefe de ceremonias que continuamente le rectificaba su proceder le tiró por una ventana; a Basilio, su padre y Rey, le acusaba de su crueldad por los años de prisión; a Clotaldo, gran chambelán, que le recriminaba sus palabras con el Rey, a punto estuvo de atravesarlo con la espada de no ser por la intercesión de Rosaura, que intuía que ese era el padre que buscaba; y Hamlet evitó que matara a Astolfo por impertinente. Al fin los guardianes lograron reducir al príncipe y mandarlo drogado de nuevo a esa cueva, prisión y escuela que hasta entonces había sido para él.
         Hamlet, una vez vuelto a la prisión, lo mismo que Rosaura, meditaba sobre lo visto, aunque su corazón viajaba al castillo donde un día contemplara al espectro de su padre. “Este Segismundo es la razón envuelta en brutalidad. No quisiera yo caer en la venganza sin recorrer los caminos de la justicia, a pesar de que mis motivos son al menos tan poderosos como los del príncipe de Polonia: ¡mi madre, casada con el asesino de mi padre, al que ha usurpado el trono cuando aún resonaban las plegarias de los funerales! Pero yo me aferraré a la diosa vendada para que pueda dormir el resto de mis días sin que ningún fantasma se apodere de mis sueños. He de aprender de todo esto, templar mi espíritu, enfriar la sangre que pide otra sangre; y siempre quedarán mis manos y mi espada para dar cumplimiento a lo que ha de hacerse por si a la ciega justicia se le cae la venda y el crimen queda impune o mitigado el castigo. ¡Segismundo, me cambiaría por vos! Tenéis un padre cruel y unos primos ambiciosos, pero yo convivo con un padrastro asesino que comparte el lecho con mi madre, de la que aún dudo si es ciega o consentidora; hay una dulce enamorada a la que he asesinado a su padre, el equivalente a Clotaldo en esta corte; tengo por enemigo al hermano de Ofelia que ha jurado venganza en comunión con el que me ha dejado huérfano. Y de lo que de ha venir depende el futuro del pueblo de Dinamarca. ¡Dadme fuerzas, dioses de las esferas, acompañadme con vuestros sones en la batalla que se avecina!”.
         Todo parecía en calma, pero sólo era apariencia, porque un nuevo e inesperado actor se hacía presente: una revuelta de comerciantes y agricultores por las malas cosechas y los muchos impuestos se había declarado; a ellos se le habían unido soldados leales al príncipe; y todos ellos estaban a punto de asaltar la corte de Basilio y cambiar el curso de la historia. Pero aún habían de pasar algunos días. Entre tanto, a Segismundo le había servido de lección su estancia en la Corte y los hechos acontecidos, de los que había sido testigo y actor a la vez. Ahora meditaba en su prisión de esta manera:“Vuelvo a esta cueva, matraz de mi alma, donde parece que fui nacido, vivido y educado; desde donde contemplo el volar de las aves, el pelear de las fieras, el nadar de los peces; desde donde se suceden las auroras y los ocasos con monocorde exactitud. Todo lo he aprendido de Clotaldo, que ha sido a la vez mi maestro y mi carcelero. Así, el movimiento de los astros, el fluir, latir y curar de los cuerpos, el conocer de las almas, el creer de las religiones, el misterio de los números, el arte del medir, el timbrar de los instrumentos y sus sones: todo lo he aprendido del sabio Clotaldo. Y ahora he soñado que estaba libre, que me sentía cual bruto; que defenestraba a un atrevido; que me mostraba insolente con Basilio, el Rey; que casi mataba a Clotaldo, el gran chambelán y maestro mío, por reprocharme mi comportamiento; y que lo mismo intentaba con Astolfo, mi primo y aspirante al trono; y que ambos se salvaban por mediación de los que eran hasta hace poco dos desconocidos: Hamlet y Rosaura. ¿O todo era un sueño y es ahora la hora del despertar? ¿O no lo era y el soñar es ahora? ¿Cómo distinguir lo vivido de lo soñado? ¿Tan pálida es la pincelada que confunde el vivir con el soñar? Ahora toca recuperar la libertad, sea cual sea lo soñado y lo vivido. Y están los hados, que se apoderan de los humanos hasta esclavizarlos con sus profecías. Sueño, libertad, destino: de esta urdimbre está hecho el futuro: que sea pacífico o sangriento no está escrito, pero no mucho más es elegible. Prudencia, Segismundo, para lo que se avecina; eso es lo que conviene, reflexión antes de obrar”.
         Y la revuelta se hizo, y Segismundo, Hamlet y Rosaura fueron liberados, y en torno a ellos se formó un ejército que se opuso al de Basilio, Clotaldo y Astolfo. La batalla era cuestión de días. Y mientras se adiestraban los combatientes, se formaban los ejércitos y se predisponían las estrategias del dónde, el cuándo y el cómo, Hamlet daba rienda suelta a su corazón y se atrevía a decir lo que nunca se atrevió con Ofelia:
-Hermosa Rosaura, hija de Clotaldo, tan atractiva sois a mis ojos y a mis sentidos, tanto vestida de engañoso joven como de sensual dama vos sois mi complemento: decidida en acciones y segura en convencimientos. Es verdad que mi corazón no es libre del todo, pero he dejado en Dinamarca más una mala conciencia que un amor insatisfecho. Venid a Elsinor conmigo y dadme la oportunidad de compartir el reino, que aún no es mío, con vos. Yo no soy un seductor y estoy lejos de ser un meridional con las artes de Cupido: sólo soy un príncipe que vive en la soledad de una multitud.
Y Rosaura contestaba con dulzura y decisión:
-Gran honor es el que me hacéis. Yo vine a Polonia con la ilusión de curar una ofensa, que aún está pendiente, pero aquí creo haber encontrado otra ilusión, pero no sois vos, gentil príncipe: el corazón nos gobierna con sus vericuetos y su constante fluir. Es también un príncipe que pronto será rey. Vos sois cuanto una noble dama puede desear, pero mi corazón brinca con la mirada de otros ojos, con el olor de otro cuerpo, con el timbrar de otra voz. Siempre os llevaré en la memoria y os deseo sólo la suerte de la que sois acreedor. Nos queda aún una batalla que dar y unos enemigos a los que combatir. Mi corazón se parte al pensar que en ese campo está mi padre. Ha servido con fidelidad y con injusticia, sin poder elegir entre ambas. Es mucho su pecado, pero deseo su libertad y su vida a pesar de sus errores.
          Y cuenta la leyenda que la batalla fue sangrienta e indecisa hasta el último momento; que Rosaura acabó con Astolfo, su violador; que Hamlet hirió gravemente a Clotaldo, el Polonio de Polonia, pero sobrevivió, aunque perdió el cargo, sus prerrogativas y algo más; y que Segismundo luchó contra su padre Basilio, pero puedo evitar su muerte, y al final… estas fueron sus palabras:
-Padre, en verdad que no consiste vuestro error en proteger al pueblo de los designios, lo es dar a los designios el favor de la verdad; signos de estrellas carecen de intención, culpable sois de poner intención a las estrellas. ¿Cómo puede ser libre un pueblo si encarceláis a su príncipe, vuestro hijo, y sucesor? No os reprocho la crueldad de vuestro corazón, sino que deis a los prodigios el filtro del juicio y la razón. Mala elección hicisteis probando cual era mi condición porque no era libre, sino esclavo de los años que prisionero me tuvisteis. Como político, errado; como padre, injusto; como guerrero, perdedor. Y sin embargo, perdonado quedáis, porque no seré yo quién me contradiga a mi mismo y anteponga la razón, si la hubiera, al corazón, el juicio a la ética, el deseo a la justicia, la política al amor. Tendréis un retiro digno, aunque no pueda ser honorable. Clotaldo irá al destierro, porque no fue vuestro servidor, sino un lacayo sin criterio, un perro fiel que perdió a su amo: mejor fuera de Polonia.
Dice también la leyenda que Segismundo prometió a Hamlet ir a Dinamarca, al castillo de Elsinor con sus tropas en cuanto hubiera puesto orden en su corte. Y eso hizo, pero cuando llegó, se encontró a Horacio sujetando el cadáver de Hamlet, con el padrastro, Claudio, muerto; con Gertrudis, su madre, muerta; con Laertes, el hermano de Ofelia, muerto; y con la misma Ofelia ahogada en las aguas de un río, con expresión serena y cubierta de guirnaldas. Segismundo había llegado tarde y estas fueron sus palabras:
         -¡Oh príncipe noble! Vuestro recuerdo se quedará en Polonia hasta el final de los tiempos. ¡Qué atroz carnicería! Volvisteis para dar satisfacción a la justicia y sólo signos de venganza veo. Como maestro he sido un fracaso. Yo, el bruto que aprendió a reprimirse para impedir la venganza; vos, el educado noble que buscaba la justicia y no la habéis conseguido. ¡Me hubiera gustado tanto que asistierais a mi boda con Rosaura! Doblarán por vos todas las campanas de Polonia y tres días de luto serán declarados. Horacio, que de vos me habló Hamlet, cuidad su memoria y asegurad un entierro digno. Ahora he retirarme porque estoy avisado de que se acerca el ejército de Fortimbrás y no quiero disputas. ¡Salve noble Hamlet!

         Y aquí acaba la leyenda de Hamlet y Segismundo. Shakespeare y Calderón construyeron sus inmortales tragedias cambiando algunas cosas y añadiendo muchas otras, pero en las brumas de Dinamarca y en las costas de Polonia dice la leyenda que todos los inviernos se visitan dos espectros de dos príncipes con distinta suerte, pero con igual nobleza.

         Y la leyenda acaba, pero no las notas de mi abuelo. Yo las trascribo tal como el las dejó: “Hasta que inventaron los ilustrados del XVIII aquello del estado de derecho la dificultad de deslindar la venganza de la justicia era extrema. A la postre, la diferencia se sustentaba en el torcido bastón de un juicio moral, incluso cuando había una ley por medio, porque entonces surgían dos preguntas: ¿qué legitimidad tenía quién hacía la ley y qué legitimidad tenía quién la aplicaba? En un estado tirano, en una dictadura, antigua o moderna, en un gobierno de la aristocracia en sentido literal, pueden y suelen haber leyes, pero las instituciones que las fabrican y las personas que las aplican no están legitimadas, porque falta el principio de soberanía que los sustenten. Sólo con el advenimiento de los estados democráticos de derecho” se ha resuelto la cosa, al menos en el terreno de los principios. Hamlet y Segismundo buscan la justicia, quieren dar a cada uno lo que se merece, pero andan ciegos, con leyes ilegítimas aplicadas arbitrariamente –en el mejor de los casos- con la mejor de las voluntades. Al fin se convierten en justicieros a pesar suyo. Nadie se da cuenta de ello porque, a pesar de la inteligencia que demuestran y su esfuerzo reflexivo, no pueden salir del cascarón de su tiempo: ellos son a la vez legisladores y ejecutores cuando ello es posible. Sólo tienen la agarradera de la ética, que ya es bastante; una ética inevitablemente prekantiana. Hamlet, por más que el corazón le pida otra cosa, su juicio busca la justicia en el obrar; Segismundo es pura acción que le lleva a la venganza hasta que la prisión le fuerza a la reflexión. Y sin embargo, a partir de un momento, sus caminos se cruzan y se bifurcan; Hamlet se hunde en el lodazal de la venganza; Segismundo se reprime y ejercita la ilegítima justicia cuando rectifica. Shakespeare convierte a un noble mimado en un asolado justiciero; Calderón hace de un bruto brutal un gobernante mesurado. Ambos jugaron con el Jano de la tragedia: el binomio libertad/destino; ambos lo consiguieron por distintos caminos: el bardo inglés acumulando acontecimientos en torno a un personaje memorable; el áureo barroco intensificando la acción en torno a personajes que no parecen ser capaces de romper la maquinaria del destino. Shakespeare convierte un drama familiar en una tragedia; Calderón hace de una situación trágica un drama admirable. En la obra de Hamlet sin Hamlet no hay nada; en La Vida es Sueño Segismundo es la piedra angular de un edificio construido en torno a tres elementos: la arbitrariedad del poder, el binomio libertad/destino, la vida como un sueño. Shakespeare despliega su genio con generosidad en torno a un personaje; Calderón concentra el suyo en un perfecto drama, prisioneros sus personajes de su papel. Al final ambos rompen el cascarón del destino, ¿o quizá no?, ¿quién vence, los hados o el destino?...”.

         Y aquí acaba lo legible. El texto seguía con las respuestas de mi abuelo a estas preguntas, pero yo no he sido capaz de descifrarlas; ahora le queda al lector responderlas.


Madrid, 25 de octubre de 2008





































EL ROBO DEL FUEGO
(Leyenda apócrifa azteca)

         Un día que estaba sobre la pista del relato “La pupila de la aurora” en la biblioteca que fue de mi abuelo porque me intrigaba sobremanera si la persona que conocí en su entierro era sólo Guillermina y no la auténtica Margaretta, la que fuera Mata-Hari, me encontré un texto escrito en las últimas páginas del Prometeo que poco tenía que ver con el relato. Dice así el texto: “Todas las culturas tienen en común el mito del nacimiento del fuego: los investigadores eurocéntricos han depositado en el cambio del nomadismo al sedentarismo el momento del nacimiento de las civilizaciones; otros lo han hecho en el habla, en la comunicación verbal”. Mi abuelo sostenía que eso es un deformación intelectual reciente, que el verdadero cambio, el salto de un estado primitivo a otro que posibilita el nacimiento de una civilización es el fuego, pero que la machacona insistencia de los mitos en ello ha tenido un efecto perverso. Sigo con el texto de mi abuelo: “… y la razón es que el fuego encierra todos los elementos: lo simbólico, como el nacimiento de la luz; lo mágico, como la erupción de los volcanes; lo realista, como instrumento de cocción; el fuego es a la vez la serpiente vibrante que se eleva, el alma que se cimbrea cuando abandona el cuerpo, la luz del final del túnel, la noticia del enemigo, el calor llevado en volandas, el amor que caliente e ilumina”. Luego el texto remitía a un libro de Faustino Cordón. Lo busqué y allí estaba esta leyenda que dice que…

         … cuando los tabaosimos -el Consejo de Ancianos azteca- estaban  reunidos, una bola de fuego humeante atravesó los cielos y se perdió más allá de las montañas. Entonces decidieron los ancianos que una expedición de guerreros iría allá, a las montañas, a buscar ese extraño, volante y rojizo objeto, con el fin de saber si era un enviado del dios solar Huitzilopochtli, si era un castigo, o si algo bueno podía surgir de ese ser. Y la expedición se puso en marcha, pero cuando atravesaron las primeras montañas vieron que los rastros de la bola de fuego iban más allá, a la siguiente hilera de montañas, y allá fueron; y cuando allí llegaron de nuevo el rastro seguía adelante, hasta otra nueva hilera. Los valientes guerreros, que no conocían el miedo ni el cansancio, siguieron el rastro, pero cuando llegaron a las nuevas montañas el rastro continuaba más allá aún. El caso fue que cuando hubieron atravesado la quinta cordillera, las huellas del fuego se perdían en el horizonte, y los guerreros, más desanimados que agotados, decidieron volver a su población conscientes de que no serían bien recibidos por su pueblo, y menos aún por el Consejo. Una vez que supo el jefe de los Ancianos la noticia, dice la leyenda que estas fueron sus palabras:
         “¡Oh diosa de la Tierra, temible Coatlicue, danos tu perdón por haber fracasado en nuestra misión y danos a tu hijo llameante para que podamos tener calor en las noches de los inviernos! Haremos cuantos sacrificios pidáis, sea de animales o de humanos, sea caminando en las frías auroras, sea navegando en tus lagunas cuando el Sol es cruel, sea recorriendo los cerros en los crepúsculos, donde acechan las bestias de ojos sin párpados”.
Dice la leyenda que al acabar estas palabras un fortísimo viento surgió de entre templos y pirámides que se convirtió en sonidos ululantes, y que el chamán-jefe lo interpretó de esta manera:

Pueblos azteca y tarasco, tendréis el fuego que tanto anheláis,
pero la tea que os traiga el fuego será a la vez
principio y destino, medio y fin, causa y efecto, pecado y castigo”.

Asombrados quedaron los ancianos por esas enigmáticas palabras y las grabaron en piedra, sin saber si eran una profecía, una amenaza, un deseo cumplido, o todo a la vez. Y cuando más consternados estaban los pobladores y sus miradas se elevaban a las nubes y montañas en ademán de súplica, vino al poblado azteca un forastero, un tiacuache, cargando una bolsa enorme a sus espaldas y dirigiéndose al Consejo de Ancianos que en el Templo Mayor estaban les dijo estas esperanzadoras palabras:
-Yo  se cómo obtener el fuego permanente que os hará recuperar las ilusiones y satisfacer necesidades, pero ello no se consigue sin sacrificios. Estas son mis condiciones para toda la población, incluidos, claro está, el Consejo, chamanes, astrólogos y escribanos: deberéis ayunar cinco días al mes; deberéis absteneros de hacer sacrificios humanos y de animales jóvenes; deberéis depositar vuestras joyas y adornos de oro, de plata y piedras preciosas en una sala del Templo Mayor; sólo cazaréis los necesario para vivir, pero nadie vivirá para cazar; daréis de comer a niños, ancianos y mujeres encintas y a cuantos no puedan valerse por sí mismos; no conquistaréis otros pueblos, no haréis prisioneros y ni esclavos, y sólo os estará permitido el uso de armas de guerrear en defensa propia; habrá jueces para juzgar conductas; por último, la ley escrita estará por encima de costumbres y deseos de los juzgadores.
El Consejo de Ancianos en un principio rechazó tan peregrinas e inéditas condiciones, pero entonces Yaushu les lanzó el carnero asado que llevaba en la enorme bolsa y les dijo:
-A eso es a lo que renunciáis.
Comieron los miembros del Consejo y la población allí congregada, y no pasó mucho tiempo cuando aceptaron las condiciones del tiacuache. De nuevo les habló:
-Si cuando tuvierais el fuego no respetarais esas condiciones, el fuego se extinguirá como la luz se apaga cuando el Sol descansa de su fulgor, no sin antes hacer un enorme estropicio.
         Y Yaushu partió a donde no habían llegado los guerrero aztecas y se llevó un pellejo de pinone, comida que estaba hecha por los brujos del poblado a base de harina de maíz, canela, plantas aromáticas y alcohol destilado de arroz. Y cuando hubo andado muchas jornadas sin descansó llegó hasta los cerros -desde donde se veía el mar-, encontró una gruta y en ella a un viejo vestido con cuatro harapos y -lo que era más importante- se hacía acompañar siempre por una tea que ardía sin consumirse. Al principio Yaushu fue recibido con hostilidad por el viejo porque estaba muy celoso y orgulloso de su fuego, pero entonces el enviado del Consejo le acercó el pellejo con el pinone y el viejo lo bebió, primero con precaución, pero luego lo fue acabando con deleitación. Entonces se animó el viejo y le habló a Yaushu con una frialdad y entereza que el enviado del Consejo no esperaba:
-Forastero, si el cansancio te abruma, descansa; si el sueño te vence, duerme; si tu misión es recoger plantas medicinales y semillas, hazlo, que aquí hay de todo eso y en abundancia, pero nunca has de tocar esa tea ardiente porque sólo desgracias puede traerte a ti y a los que te han enviado, y no preguntaré tu verdadera misión porque no quiero que ensucies tu conciencia con la mentira.
A esto contestó Yaushu, el enviado:
-Mi deber es ayudar a mi pueblo sin molestar a los dioses; mi deber es dar la felicidad sin quitársela a nadie; mi obligación es velar por la paz y procurar que los que quieren la guerra no tengan poder suficiente para imponerla a los que quieren la paz. En poco tendré una habitación llena de adornos de oro y plata, y también de piedras preciosas, las adorables lágrimas de los dioses. Todo será tuyo si cambias de opinión y compartes el fuego conmigo y mi pueblo.
Fue entonces que el viejo se levantó braceando y con los ojos enrojecidos y estas fueron sus palabras que salían como silbadas de su boca desdentada:
-Jamás os llevaréis el fuego porque eso es una promesa a los dioses; porque todos los fuegos son hijos de Huitzilopochtli, el dios solar. Lo que intentáis es equivalente al secuestro de sus vástagos, y ya conoces el producto de su ira que a todos alcanza: bolas candentes que atraviesan los aires, montañas que vomitan fuego, sombras en los cielos, en la tierra mantos de ceniza, vientos irresistibles, torrenciales lluvias, destrucción y muerte por doquier, porque por ese pecado los dioses no buscan la justicia sino la venganza. Estás advertido: no toques el fuego.
Yaushu se sentó, calló y observó.
Al poco tiempo quedó el viejo dormido por el mucho alimento y el no menos alcohol ingerido, y Yaushu aprovechó la ocasión para robarle la tea ardiente y salir corriendo en plena noche. Al principio parecía fácil la empresa, pero a medida que corría, el viento se hacía más fuerte y la tea o antorcha ardía más y el fuego se hacía más grande, y Yaushu se dijo: “Si me paro el fuego consumirá la tea y si corro lo consumirá más deprisa por la acción del viento y, en ambos casos, no llegaré al poblado con la misión cumplida”. Y cuando estaba en esa tesitura vio que el viejo corría tras sus pasos con otra antorcha ardiente y pensó: “Si consigo la otra fundiré ambas antorchas, la suya y la mía, y llegaré al poblado a satisfacción de todos”. Entonces se le ocurrió que en lugar de esconderse del viejo debía correr todo lo que pudiera, pero dejando las pistas necesarias para que el viejo le siguiera. Y así ocurrió, pero el viejo -como había previsto Yaushu- no pudo resistir el ritmo de la persecución y cayó extenuado, momento que aprovechó el enviado de los Ancianos, tomó la antorcha del moribundo y, entre ambas, logró hacer una lo suficientemente grande como para llegar al poblado azteca, pero también demasiado grande como para no impedir que el fuego se extendiera a su brazo e indumentaria; y así, exhausto y casi ardiendo, pudo llegar al Templo Mayor, depositar el fuego en la sala hipóstila y despedirse del mundo de los mortales.

Cuenta la leyenda que durante muchos meses lunares y muchas estaciones, aztecas y tarascos -antes de las guerras civiles que les llevaron a separarse y considerarse enemigos- guardaron el fuego en templos y pirámides e hicieron de Yaushu un héroe. Sin embargo, es sabido que el tiempo relaja las costumbres, equivoca la memoria, olvida las promesas y cambia las tradiciones, y los pobladores aztecas -junto con sus ancianos y chamanes- relajaron las obligaciones y promesas contraídas con su ahora héroe, y las joyas y piedras preciosas dejaron de llegar, se olvidaron de los ayunos, se recuperaron los sacrificios -incluso humanos-, se volvió a las armas y a la guerra de conquista, y todo, todo lo prometido… se olvidó. Y ocurrió lo que cabe imaginar: que el día en el que la sala de los tesoros estuvo vacía por las pocas entradas, por los muchos robos y por los no menos regalos fruto de la corrupción, un viento huracanado apagó todas las antorchas y ahogó todos los fuegos; a continuación, el volcán que presidía la cumbre de la montaña -a cuya falda estaba el poblado- entró en erupción vomitando fuego, lava y ceniza. Dice la leyenda que una bola de fuego cayó sobre el Templo Mayor cuando estaban reunidos el Consejo de Ancianos y algunos de los chamanes, y derribó la techumbre y atascó las puertas, y todos los que estaban dentro se convirtieron en poco tiempo en teas humeantes entre pavorosos gritos. Todo cuanto hicieron los pobladores por apagar el Templo fue inútil. Se dice que aún continúa ardiendo, aunque sólo los espectros de los que murieron en él pueden verlo. También dicen los visitantes del poblado que un espectro entra y sale con una antorcha en la mano gritando:
-¡Soy Yaushu, el Enviado!
Pero esto último es sólo la leyenda de una leyenda, es decir, sólo es viento, humo, sombra…, nada.


Madrid, 11 de noviembre de 2008
















LAS BRUJAS DE MACBETH

         A medida que mi abuelo se hacía mayor, muy mayor, fui cambiando de táctica para entablar conversación con él. No era fácil, porque él no hablaba de lo trivial, de lo trillado aunque no fuera trivial, de lo establecido, de lo tópico, de lo ortodoxo, de lo consabido, de lo manido, de lo difundido. Yo, claro está, estaba muy lejos de tener una preparación en algún tema que me permitiera, no opinar sobre el mismo, sino tan siquiera de ser capaz de hacer las preguntas pertinentes que despertaran su curiosidad y su ánimo para la respuesta. Tenía siempre la sensación de que nunca podría tener como el decía “el cincel con el cual interrogar la piedra de lo ignoto escrutable”. Cosas de sabios. Entonces, decía, cambié de táctica, y en lugar de ir a la biblioteca donde su presencia era sempiterna e interrogarle sobre cosas como aquello de “¿qué hay más allá de la muerte?”, “¿cuántas novias había tenido en el pasado?” o “¿qué es eso que llama la gente la felicidad?”, fui tomando el hábito de sentarme en el sofá que dejaba libre, coger un libro y comenzar a leerlo. Yo intuía que mi abuelo –que en el fondo no había dejado de ser un niño- tarde o temprano se fijaría en el título y me preguntaría sobre él. El autor no lo he mencionado porque mi abuelo sabía los títulos y sus autores, además de sus prólogos y ediciones de los 12.000 libros de que se componía su biblioteca. Había tomado pues el libro de Macbeth, “del divino William”, que así llamaba mi abuelo a su autor. Y en efecto, la cosa funcionó porque al poco me hizo la retórica pregunta de “¿qué leía?” a la vez que miraba su título pon encima de las gafillas de hipermétrope. Sí, mi abuelo ya usaba gafas porque la edad puede con todo aunque nos neguemos a reconocerlo. Entonces, aproveché la ruptura del silencio que él había provocado para sacar conversación de lo que mi curiosidad me picaba como un sarpullido. Todo ello era un inocente juego que me recordaba al director de orquesta que coge con dos o tres dedos esa “varita mágica” y da la entradilla a los músicos. Esta fue su respuesta:
-Querido nieto, el bardo inglés es uno de los grandes. Junto con Calderón, el más grande en el terreno de la farándula, en el arte de Talía. El libro que tienes entre manos es la obra de la traición, la venganza y el destino. No es sin embargo perfecto por la artificiosa teatralidad de los golpes finales: la del caminante bosque de Birnam y la de la “impunidad” del protagonista ante cualquier mortal nacido de mujer. Como tragedia es profunda, rítmica, majestuosa; literariamente tiene momentos inolvidables; teatralmente es algo artificiosa. Yo mismo he investigado en el mundo gaélico de la Escocia del Medioevo, he reconstruido su leyenda y la he convertido en materia literaria. No tiene valor histórico ni filológico, porque a mí eso no me importa. Me importa sólo que el lector levante la cabeza cuando el libro pierde sus palabras, su verbo y la última hoja deviene en blanco; que el lector inspire con satisfacción, eche su cuerpo hacia atrás, levante la cabeza y cierre los ojos como para que no le moleste la visión trivial, cotidiana y esperada de las cosas de todos los días, y luego reflexione. Ese momento es mágico porque has alimentado tu cerebro con sueños, disparado la fantasía y el sosiego ha invadido tus vísceras. En ese momento has sido otro; que te dure mucho más es cuestión de perseverar. Así comienza la leyenda. Cuenta…

… la leyenda que en Escocia, en el siglo XIV, en tierras gélidas, donde la bruma oculta el mar, tres brujas -las Hermanas Fatales-, hechiceras respetadas por lugareños y foráneos, danzan sin parar en torno a un caldero y cantan, cantan mientras una batalla entre escoceses no muy lejos tiene lugar:

         Pérfida:       Sapo y lagartija,
                            ambos en salmuera,
                            echa en el puchero
                            Todo lo que puedas.                                           
Maligna:      Babas y esputos
                            son esparcidos
                            en manos y pies
                            del recién nacido
         Horrenda:    Escupe, víbora,
                            siempre maldita;
                            y acaba el hechizo
                            hasta la próxima cita


         Al finalizar la batalla en la que han vencido los partidarios del rey Duncam, sus generales Macbeth y Banquo han visto a las Hermanas Fatales y se acercan a ellas. Macbeth las interpela:
-Hermanas, si sois capaces de profetizar el futuro decidnos cuál es el nuestro tras esta sangrienta batalla que pasado el tiempo nadie recordará.
Las brujas, las Hermanas Fatales, no les ven o hacen que no les ven porque, en cualquier caso, ellas viven en su mundo, mundo que está hecho de las sombras y deseos de los mortales. Ahora cantan de nuevo:

         Todas:        Discordia, discordia,
                            mentira, mentira,
                            sembremos, sembremos,
                            hagamos una pira.
                            Sólo la venganza
                            alimenta la ira.
                            Discordia, discordia,
                            Mentira, mentira.
                            Macbeth, Banquo,
                            ambos ambicionan,
                            pero sólo uno
                            Llevará la corona.
                            Discordia, discordia,
                            mentira, mentira.
                            Mueren reyes,
                            clavan puñales;
traidores, traidores
sus generales.
Discordia, discordia.
Mentira, mentira-
El hijo que nace
al trono aspira;
quien sea Rey
sólo se queda,
el hijo que vive
la Corona hereda.
Discordia, discordia,
mentira, mentira


         -Brujas malditas, qué barato resulta hacer pronósticos como si los deseos tuvieran el mismo sempiterno recorrido que el de los astros en sus círculos. Duncam es el Rey que ni excede en avaricia ni es parco en generosidad. La Corona tiene una buena cabeza y la cabeza está en un rey que manda sin exigir, decide sin imponer y recauda sin ajusticiar. Ninguno de nosotros lo haría mejor, ni con más arte, ni con tan comedido esfuerzo. ¿No es así, general Banquo?
Estas eran las palabras de Macbeth a las que daba réplica Banquo:
-Yo diría más: es un rey que ayuda sin recabar agradecimiento, que hasta el pecado de la soberbia lo esconde con la virtud de la dádiva hasta que la ocasión lo delata. Tenéis razón, cabeza y corona se amoldan como el guante a la mano; vive, pelea, come y duerme con ella. Dicen las malignas lenguas, pérfidas y horrendas como las brujas, que ya no le crece el pelo en los surcos que ha ocupado el precioso metal de que está hecha la corona: sería crueldad por este motivo arrancársela.
-Lo mejor será esperar a su muerte, es más cristiano -decía Macbeth.
Y las brujas, que habían desaparecido, vuelven otra vez, y lo hacen danzando y cantando:

         Brujas:         Espera, espera
                            y no desesperes,
                            que la muerte acecha
                            aunque no la quieres.
                            Danza, danza,
                            bebe, bebe,
                            que en plena testa
                            clavada la tiene.
                            Clava, clava,
                            muere, muere.
                            Hablan lenguas:
                            mienten, mienten.
                            Nadie lo desea:
                            todos la quieren.
                            Danza, danza,
                            Bebe, bebe


         Y las brujas desaparecieron como habían venido, con su fantasmal presencia y su hirviente caldero. Ahora ya sabemos que la brujería la convirtieron en herejía los Papas por conveniencia y que ese herético giro tuvo lugar en 1486 por medio de la Malleus Maleficarum por encargo del Papa Inocencio VIII- ¿Inocencio?-. Pero sigamos con nuestro relato porque tiempo habrá para esto. A poca distancia presenciaba el rey Duncam la batalla y estos eran sus pensamientos: “Sí, la batalla es nuestra, pero este hedor me repugna. ¡Qué matadero tan estéril! Que la corona se sustente en una ciénaga de cadáveres escoceses no me satisface. Todo esto ha de acabarse y en ello empeño mi corona. Además nada puede asegurarse que quienes hoy son aliados y amigos mañana caigan en el pozo del deseo y la ambición: la ambición no conoce bandos y el poder es un pastel con demasiados comensales. Aquí vienen mis generales, henchidos como pavos en la victoria”.
         Y de de nuevo el rey Duncam se sumergía en pensamientos que no venían a cuento: “¡Qué difícil es ser justo sin daño, buscar la paz desoyendo el lenguaje de las armas, gobernar sin escuchar al privilegiado, dormir sin que la conciencia te lleve a la vigilia con preguntas que no eres capaz de responder! Sólo fui feliz en los días de la infancia: ¡mi corona por uno sólo de esos días! Pero todo esto ya es historia y ahora soy rey y he de cumplir con mi papel”.
Sigamos, porque la leyenda continúa y dice que Macbeth, cuando el Rey dormía en sus aposentos como invitado, expresaba así sus deseos:
-La tentación viene sembrando sueños irrealizables, pero la cosecha ya fue recogida. ¡Si pudiera gritar: conciencia, vuela, esfúmate!, y ser como el halcón al que se le tapa la cabeza antes de la caza. Me nacieron desequilibrado porque mis deseos son muchos pero mi determinación es parca en acciones. Las Hermanas han hablado: ¿sueños?, ¿mentiras?, ¿premoniciones? El rey duerme y están dados la ocasión, el arma y el fin, y sin embargo algo me retiene cuando miro mis manos y no las reconozco y siento golpear mi sangre. A pesar de todo, lo que ha de ocurrir ocurrirá.
A su lado estaba Lady Macbeth y ambos en su castillo, donde tenían al rey Duncam como huésped, durmiendo por lo entrado de la noche y la fatiga del viaje. Lady Macbeth hablaba aparentemente dirigiéndose a su marido:
-Sería faltar a la lógica que lo que ha de hacerse se dejara en barbecho. No importe que dudéis si esa duda es hija de la reflexión; importa si su madrastra es la cobardía, querido Macbeth. Un hombre irreflexivo que ha nacido para el poder es un suicida; en cambio, el cobarde que a él accede es más peligroso porque su estupidez le convierte en un arbitrario asesino. Tenéis razón: están dados la ocasión, el instrumento y el fin; desaprovecharlos sería traicionaros a vos, al destino y a nuestro… amor. Nada ha de quedar pendiente para la próxima aurora. Id y cumplid como lo que sois: un hombre que merece ser rey.
Y en el patio del castillo hay dos brujas danzando y cantando:

         Brujas:         Duerme, sueña,
                            sueña, duerme,
                            que la mano no sepa
                            lo que el corazón teme.
                            Hermanas, esa es la tecla:
                            clavar, clavar
lo que está inerte.
                            Sueña, sueña,
                            duerme, duerme

                                     
         La tercera bruja bajaba por la barandilla de la escalera al patio a reunirse con sus otras dos hermanas fatales y esto es lo que les decía mientras ríe:
         -Hermanas, he dibujado en el aire una daga, invoqué a Eolo y la daga guió a Macbeth hasta las reales estancias. ¡Qué imbécil! ¡Cómo discurseaba sobre el destino y qué metáforas!: que si el camino, que si el instrumento, que si Hécate, que si Tarquino, y cuando llega el momento fatal tiene que ser una Fatal la que culmine. ¡Sí, vuestra Maligna hermana ha matado al Rey mientras Macbeth hurgaba en su conciencia como quien se hurga en su nariz, conciencia cobarde, corazón de niño!”.
Pérfida: “Yo he imitado al búho y al grillo”.
Horrenda: “Yo he dormido a los guardianes y la Señora Macbeth ha hecho el resto. Cantemos”:

Todas cantan:       Sueña, sueña,
                             duerme, duerme.
                            El aprendiz de criminal
                            el examen suspende
                            y será una Fatal
                            quien lo enderece.                            
Duerme, sueña,
                            Sueña, duerme


         Y tanto Macbeth como Lady Macbeth creen que el Rey ha muerto a manos del mismo Macbeth porque las brujas son invisibles a sus ojos. Lady Macbeth medita mientras Macbeth baja las escaleras: “Debería pediros perdón por haber dudado, futuro rey. No basta la ambición para cumplir lo predestinado. ¡Miles de puñales no son suficientes para matar a un hombre si el que lo empuña no le es! La duda no os ha atenazado. La duda es el reflejo de la ambición cuando equivocamos la meta. Sólo tenéis una y si los prejuicios os infestan como herida abierta yo os curaré. No debéis dudar porque si ambos os despojáis de títulos sólo sois dos hombres, y uno de ellos ha matado al otro”.
         Pero Macbeth, que lleva el puñal en la mano aunque no lo ha utilizado, no escucha a su mujer y ve con sorpresa que el Rey está muerto: “¿Duncam, qué prisa teníais en llegar a vuestro funeral cuando apenas esa daga que señalaba el camino había llegado a su destino? Si es así me sentiré menos culpable por haberos liberado de ese cuerpo ajado y cuarteado por el vino, el frío, la lluvia, los años. No recuerdo haber tenido piedad, pero tampoco siento satisfacción en todo esto; vuestro pecado es el del estorbo y de nada han servido todas vuestras virtudes para cambiar lo que han predicho las Hermanas. Si sois creyente sólo espero que hayáis muerto en el arrepentimiento porque nada mal deseo a vuestra alma”.

         Sin embargo ha habido al menos un testigo de todo ello sin que Macbeth y Lady Macbeth se hayan percatado: es Banquo, que cree que Macbeth ha matado al Rey y, como quiera que ve a las brujas en el patio del castillo, decide hacer chantaje a Macbeth: el trono por el silencio. Ahora se dirige a ellas en estos términos:                   
-Proféticas hechiceras, tengo una embajada digna de vuestra maldad, pero espero que sea provechosa para ambas partes. Decid al Duque de Glamis, el general Macbeth, que hay un testigo de su crimen que puede hacer saber su obra hasta la última piedra de Escocia; hacedle saber que puedo unir mis fuerzas con las del Rey de Inglaterra y aplastarlo como la vaca aplasta al despistado polluelo. No ha de tener prisa en ceñir corona.
         Las brujas no contestan, pero cantan en torno al caldero:
        
Todas:        Mochuelo, mochuelo.
                            Que nada se pierde
                            con agitar el caldero.
                            Danos lechones,
                            danos corderos,
                            que todo vale
                            para este puchero.
                            Lechones, lechones,
                            corderos, corderos.
                            Sólo así ganamos
                            con estos acuerdos.
                            Que tampoco sabe
                            que su hijo ha muerto.
                            Ganamos si ganamos,
                            Perdemos si perdemos.
Corderos, lechones,
                            lechones, corderos.

         Pero aquí no acaban los testigos, porque Malcom, uno de los hijos del Rey ha observado todo: la muerte de su padre, a Macbeth intentando ser su asesino, a las brujas girando en torno al caldero y a Banquo negociando con ellas. Malcom toma su caballo y mientras se dirige a Inglaterra piensa sin mirar atrás, no vaya ser que los pensamientos cabalguen hacia el castillo de Macbeth: “Mi padre muerto. Aquí la traición huele y pesa y las razones son hueca palabrería que llenan los huecos que deja la mentira. Soy el futuro Rey y sólo pienso en la venganza: ¡mal empiece para ganarme la Corona!”.

         Como puede observar el lector, la leyenda de Macbeth difiere cada vez más de la obra del divino William porque el dramaturgo busca el aplauso, juega con los sentimientos del espectador, reclama su atención a veces, otras busca su silencio. En el drama sólo importan las pasiones y las sensaciones. Ahí la lógica hace aguas y el dramaturgo busca la emoción como el líquido elemento el curso del menor esfuerzo. Pero vayamos a la leyenda, porque no hemos hecho más que empezar. Macbeth no ha olvidado las palabras de las Hermanas y por eso sabe que aún queda un problema que se le hace irresoluble y le dice a Lady Macbeth:
         -Querida esposa, ahora no me será difícil conseguir el apoyo de los nobles de Escocia para ser Rey. Era el general favorito de Duncam y los nobles de esta tierra no desean a su heredero natural, su hijo Malcom, porque es partidario de establecer alianzas con el Rey de Inglaterra. Pero yo no he hecho lo que hecho sólo para llegar al trono, sino para asegurar que nuestros hijos lo alcancen también como corresponde a la tradición de los reyes de Escocia. Y aquí es donde una sombra oscurece mi sonrisa y fatiga mis párpados. Has de saber que las brujas de Escocia, las Hermanas Fatales, han pronosticado que nuestros descendientes no serán ninguno reyes de Escocia y, menos aún, padres de hijos de reyes de Escocia; de Escocia, este país por el que regaríamos sus surcos con nuestra sangre si ello asegurara su libertad e independencia de la pérfida Inglaterra, foco de maldad y tiranía. Si esto es así, prefiero renunciar a la Corona a que se cumplan los vaticinios de las Hermanas.
         Lady Macbeth, asombrada, contestaba a su esposo de esta manera:
         -No os reconozco. ¿Cómo sois capaces de hacer lo que habéis hecho y sin embargo tembláis por las palabras de unas hechiceras que sólo ven quienes les faltan determinación para convertir sus temores en acción? Tranquilizaos, porque las dudas que ahora tenéis no menguan vuestro valor por lo hecho. Algo de femenino hay en vos, querido esposo, que os impide culminar los propósitos hasta darlos fin. Yo acabaré lo que vos no podéis acabar y el hijo de Banquo, el joven Fleance, tendrá el mismo final que los que velaban por el sueño del Rey. Somos complementarios, querido Macbeth, y yo pondré la hombría que os falta para que cuando seáis rey se pueda decir: si soy rey, y si antes he sido un guerrero es porque aún antes fui un hombre. Dejad a las brujas en su mundo que en pocos días tendréis otro que gobernar.

         Ya lejos del castillo, al pie de los acantilados desde donde se adivinan las costas de Noruega, las Hermanas hablan al unísono: “Todo está sembrado: tenemos un rey muerto por nuestras manos; a un futuro rey que ha creído haber matado a su predecesor o que engaña con ello, que para el caso es lo mismo; tenemos a su esposa que ha manchado sus manos con sangre de los veladores del sueño del viejo rey; tenemos a Banquo disputando la corona a Macbeth;  a su hijo con todo a su favor para dejar este mundo; y al hijo de Duncam, Malcom, buscando venganza y la corona de su padre. Y todo ha sido por nuestro arte. Ahora creen en nuestros vaticinios y no podemos defraudar: lo vaticinado será cumplido o nadie creerá en nosotras. Bailemos, cantemos”.
         Las brujas bailan y cantan:

         Brujas:         Cumplamos, cumplamos;
                            pasó el tiempo de los vaticinios.
                            Bebamos, comamos;
                            ahora toca cumplir los designios.
                            Nuestras obras dedicamos
                            a nuestro esposo el Maligno.
                            Velamos, decimos,
                            vayamos, cumplimos,
                            que en juego se hayan
                            los nuestros designios.


         Banquo está camino de Inglaterra y antes de llegar a la corte inglesa se encuentra con las brujas, porque en el mundo de la hechicería, el tiempo y el espacio tienen incontables direcciones, muestran insospechados encuentros, hayan espacios en los espejos, hogares en las grutas y descanso en los aires. Las brujas hablan con Banquo –o al menos eso cree él- y este medita en su montura de esta forma: “Dicen las brujas que Malcom está preparando un ejército para acabar con Macbeth y es aquí donde el corazón se muestra encontrado entre afectos y razones, lógica y deseos. ¿Qué es menos deseable, que mantenga la corona un traidor asesino o que los odiados ingleses hollen suelo escocés aunque sea por una buena causa? De otro lado no se que deseo menos, que mantenga la corona Macbeth mientras pueda mantener la cabeza que la sostiene o que la alcance Malcom como legitimo heredero y que tenga que decir: Adiós Banquo, tu ambición se perdió en las brumas de unos acantilados donde unas brujas jugaron contigo al gato y al ratón. Ahora me veo en el espejo y veo otro Macbeth que mata a otro Duncam. ¡Macbeth mata a otro Macbeth!”.
         Pero Banquo, mientras cogía su cabalgadura para ir en dirección de Malcom y unirse a su ejército, oye de nuevo cantar a las brujas y su canto le horroriza:

         Brujas:         Corre y corre,
                            muchacho tierno,
                            que alguien quiere
                            mandarte al Averno.
                            Huyamos, corramos,
                            persiguen puñales,
                            huyen caballos,
                            testigos son tales,
                            que cortan los tallos
                            de enemigos reales.
                            Corramos, huyamos;
                            adiós al infante.
                            Banquo será rey,
                            pero ya no es padre.
                            Huyamos, corramos,
                            testigos son tales.


         “Estas no son profecías, sino hechos: <pero ya no es padre>. ¡Adiós a la reflexión, adiós a mitigar el odio, adiós a refrenar la venganza para que tenga la apariencia de la justicia! ¡Hécate furiosa mata a Tamis y tráeme su venda! Mi alma se ha fundido y es sólo una roca vomitada por un volcán. No es bastante tu muerte, Macbeth: quiero tu sufrimiento; romperé todos tus huesos y seguirás vivo, y no tendrás ocasión para el arrepentimiento, para que tu alma sea una tea ardiendo en casa del Maligno. Y ahora quiero la locura para que la conciencia no me acobarde. ¡Fleance, hijo mío, no me esperes, que mi destino es el mismo que el de Macbeth!”.

         Pero Fleance no ha muerto porque ha logrado huir de los esbirros de Lady Macbeth, aunque su esposo cree lo contrario y esto es lo que piensa Macbeth: “No me alegro del final del lechón; no fue ese mi deseo, ni esas fueron mis órdenes, pero lo hecho, hecho está. Ahora sólo quedan Banquo y Malcom. A Malcom le diré que yo no maté a su padre, que fueron sus guardianes y que matándolos se hizo justicia. ¡Bien saben los seres que habitan en los círculos celestiales que yo no deseaba su muerte y que mi ambición no traspasaba esos límites! Le cederé la corona aunque ello signifique el fin de mi esposa. En cuanto a Banquo, que le conozco como a un hermano, me temo que seremos el uno para el otro el Caín y el Abel. He de hablar con mi esposa”.
         Macbeth llama a un guardián para que la localice y este señala en lo alto de una almena a Lady Macbeth que canta con voz infantil:

                            Vuela paloma
                            desde la almena;
                            acecha el halcón;
                            ¡qué pena, qué pena!
                            Para la dulce viuda
                            el amor ha pasado,
                            dicen que dice
                            que ha dicho el hado;
                            que el amor que pasa,
                            pasa a deshora
                            y a veces anida
                            hora tras hora.


         “¡Que acabe el día, que se oculte el Sol para que no vean mis manos que emanan sangre y no encuentran la herida! ¡Un médico para este prodigio! El aire pesa y mancha la ropa; los espejos reflejan extraños seres deformes. ¡Quiero un peine, traedme un peine, damas mías! Un escalón, sólo hay un escalón entre la cumbre y la gruta de donde salimos todos. ¡Oh, aquí hay palomas que aletean atravesadas por dardos! Volad, no muráis en tierra, que vuestro hogar es el aire: yo os acompañaré, aunque corto sea el vuelo”.
         Y Lady Macbeth desapareció de la almena a la vista de su esposo. Este sólo dijo: “Fue y ya no es, eso es todo”. Lejos de allí, las brujas cantan y danzan con locura:

         Todas:        El final se acerca
Y todo está al final;
no importa el orden:
al final, matar, matar.
Sorpresas aguardan:
esperar, esperar.
El aire se espesa;
hermanas, danzad.
La sangre ya brota:
sangrar, sangrar


Ahora ya estamos en el campamento del ejército inglés al frente del cual están los hijos del asesinado rey, Malcom y Donalbain, y el general que los manda, Macduff. Es de noche y Malcom ha salido de la tienda de campaña. Hace un frío espantoso y la bruma no ha hecho más que comenzar. Malcom oye una canción a lo lejos del campamento y se acerca al lugar de donde salen las voces:

                   ¿Por qué huyes?
¿De qué temes?
De mujer nacido
enemigo no tienes.
No huyas, no corras;
¿dónde vas?
¿Qué debes?
Nada has de temer
si el bosque no viene.
No huyas, no corras,
enemigo no tienes.

         Malcom, a medida que se disipa la bruma, ve un caldero que le es familiar porque ya lo ha visto antes: corresponde al de las brujas, pero estas no aparecen. Malcom se acerca más y cuando prácticamente se asoma al contenido del caldero, surge de repente y flotando en un mar de sangre la cabeza de su padre, el rey asesinado Duncam; Malcom, horrorizado, sale corriendo al campamento sin que pueda evitar oír la canción acompañada ahora de risas y tambores, a la vez que una voz que parecía provenir de todas partes y que le recuerda a la de su padre, repite machaconamente:

Deshecha la apariencia y busca de entre la bruma
Venganza, toda; justicia, ninguna”.

         Malcom quedará anulado para la batalla que se avecina.

         Las tropas que han de asaltar el castillo están ya preparadas y ocultas en el bosque de Birnam. Están mandadas por el mejor general inglés, Macduff, y por el hijo menor del asesinado rey, Donalbain. Macbeth espera en su castillo escocés a pie de la muralla en la torre del homenaje, con la mitad de su ejército, puesto que la otra mitad ha desertado al saber que los ingleses están acampados a menos de una milla. Y sin embargo no saben el efectivo inglés puesto que está oculto en el bosque. Macbeth habla para sus adentros: “Soy un guerrero y no rehúyo el combate, pero esta guerra es un absurdo: la patria dividida, mancillada la tierra por un ejército inglés al servicio de hermanos escoceses que me han declarado enemigo por causas que no me son imputables, aunque no reniego de sus consecuencias. De nada han servido que mis emisarios tuvieran instrucciones de negociar todo esto, incluso el depositario de la Corona. ¡Una guerra por un equívoco, por una mentira! Quizá no sea inocente por mi ambición, pero tampoco soy culpable por mis acciones: a nadie he matado, nada he prometido que no cumpliera; tuve una terrible tentación, pero la guardé en el zurrón y ahí quedó. Soy culpable de aprovechar la ocasión como la urraca hace en sus visitas, pero si deseáis la guerra aquí está: nadie como yo disfruta con ella, ninguno mejor guerrero en el combate cuerpo a cuerpo; tampoco estoy falto de estrategia. La hora de las lenguas y sus parloteos han acabado: ahora las armas son lenguas”.
         Nada más acabar Macbeth, una sombra recorre la torre, el viento se levanta y el frío visita los huesos y las piedras, y el espectro de Lady Macbeth se pasea por la almena próxima a Macbeth y le habla de esta manera:
         -Mitigad vuestro espanto al verme de esta manera. Sí, soy vuestra esposa tras mi visita al Hades. Hay más allá, pero para vos es aún pronto. La causa de vuestro temor se debe a que nada os ha satisfecho en vida salvo lo que ahora se avecina: el combate. Sois un guerrero, pero sólo un guerrero, ninguna otra virtud. Os traigo templanza a vuestro espíritu y sosiego a vuestra ambición, porque se que de valentía andáis sobrado. Vuestro castillo y vos mismo no correréis peligro alguno mientras el bosque de Birnam no se mueva de donde está; además, nadie de mujer nacido atentará contra vos. Sois libre; nada os apremia para hacer lo que no deseáis, ni a renunciar a lo que es posible: la victoria ha de ser vuestra. Yo he de volver con Hécate, que a su servidumbre me ha destinado mis pecados. Recordad: nadie ofende impunemente.
         Y dice la leyenda que Macbeth se despedía de su esposa, de su espectro, alargando la mano al aire y con estas palabras:
         -Magníficas noticias me trae ese humor acuoso que se desvanece como la bruma: ahora defenderé la Corona a sabiendas de que sólo la vejez o la enfermedad pueden derrotarme; ahora ni siquiera noto el peso de la armadura. Nada golpea mis sienes y me siento lo que sólo he sido toda mi vida: un guerrero. Allá voy…

         El divino William cambió la leyenda desde el principio: hizo de Banquo un angelical guerrero exento de ambición; de Macbeth un asesino embargado en las dudas; mató a Banquo y al hijo y a la esposa de Macduff, el general al servicio de Donalbain; Malcom sobrevivió y a las brujas las convirtió en andrajosas y enigmáticas pitonisas. Son prerrogativas de todo poeta, que convierte todo material histórico, filosófico, en instrumento literario para que el espectador –en el caso del teatro- pestañee cuando el poeta lo decida. Pero la leyenda tiende a la reflexión y a la moraleja como el salmón busca desovar en el nacimiento del río que le vio nacer. La parte débil de la obra del gran William es la que le ha dado más fama: la del bosque de Birnam y el del imposible nacimiento del que ha de acabar con él. El bardo inglés lo arregló como todo el mundo sabe con las ramas que cortaban los soldados ingleses para ocultar su cifra y avanzar sin ser vistos, y con el nacimiento de Macduff, el general del ejército de Donalbain, nacido de una cesárea con su madre ya moribunda: demasiado teatral. Eso no cuadra con ninguna leyenda que pueda relatarse como tal. Pero sigamos con ella, querido nieto, que yo he indagado en textos gaélicos de notable antigüedad. El caso es que nos hemos dejado a las brujas hace ya tiempo, las verdaderas artífices de todo este desaguisado. Fueron ellas las que movieron el bosque de Birnam con sus poderes para hacer cumplir sus propias profecías y uno de los generales del ejército inglés, por orden del aterrado Malcom, mató a Banquo cuando este subía a la torre del homenaje y así poder asegurarse la Corona: Malcom le libró del placer de una venganza que era una mentira, porque nosotros sabemos que el hijo de Malcom, Fleance, vive prisionero de las Hermanas Fatales. Al final Donalbain, el vivo sacado de la muerte, mató a Macbeth, aterrorizado al ver al bosque de Birnam moverse y saber por boca del mismo Donalbain lo singular de su nacimiento. Y la leyenda continua, porque en muy poco tiempo murieron sucesivamente Malcom y Donalbain, los hijos del desgraciado Duncam. Y cuenta que hubo una revuelta de nobles que eligieron Rey a Fleance, el hijo de Banquo, asesinado por orden de Malcom como ya queda dicho. Y de esta manera se cumplieron las profecías de las brujas. No se tiene constancia escrita de leyenda alguna que atribuya a las Hermanas Fatales los fallecimientos extraños y prematuros para la realeza de los hijos de Duncam, pero el lector que ha seguido esta historia tiene motivos para sospechar.

         Cuentan los lugareños que en tierras brumosas del norte de Escocia, en las gélidas noches de invierno, aún se oye esta canción sin que nadie sepa quien la canta:             
Discordia, discordia;
                            mentira, mentira;
                            sembremos, sembremos,
                            hagamos una pira.
                            Sólo la venganza
                            alimenta la ira.
                            Discordia, discordia;
                            mentira, mentira

         Y aquí acabó la narración de mi abuelo. Yo, entonces, mirando el libro del gran William que tenía en mis manos le pregunté:
         -Abuelo Berto, me queda la duda de si en la leyenda o en la propia obra de Shakespeare indican algo de quiénes eran en realidad esas brujas, tan maltratadas por los Papas, las religiones cristianas; de qué estaban hechas: tienen sustancia, algo de realidad, o son meros sueños y deseos; o sólo fueron desgraciadas mujeres asesinadas por el miedo, la envidia, la codicia y las… instituciones religiosas y seculares.
         Al comprobar que no obtenía pronta respuesta levanté la cabeza y encontré el porqué: mi abuelo se había quedado dormido. Sé que la pregunta era trivial y retórica, pero no se me ocurrió otra cosa. ¿Dónde y cuándo había aprendido mi abuelo gaélico?


                            Madrid, 26 de noviembre de 2008
                           























LEYENDA DE EL DORADO

         Recuerdo especialmente esta leyenda porque me la contó mi abuelo estando reunidos en la biblioteca los cinco: mi abuela, mi abuelo, el perro Lanas, la gata Turca  y yo. Y era especial porque no recuerdo nunca que se diera esta circunstancia, principalmente porque mi abuela solía ausentarse cuando yo estaba con mi abuelo. No piense el lector que ello tuviera nada de despreciativo, sino todo lo contrario, porque era tal el sentido de la libertad que élla tenía que consideraba que así daba la posibilidad a mi abuelo de contarme cosas que él pensaba que mi abuela no sabía y, aunque mi abuela las sabía, no quería élla que yo pensara que me contaba él cosas distorsionadas por eludir a mi abuela. Y para completar el curioso cuadro de tales encuentros, Turca, la astuta gata, sólo se acercaba a Lanas cuando estaba dormido para así poder recostarse en su lomo, y ello era así a pesar de que el bueno de Lanas le dejaba estar con él en todo momento; sin embargo, Turca, en su instinto felino y por su sentido del orgullo -según me contaba mi abuela-, digo que decía élla que no quería que Turca pensara que se rebajaba al nivel de un perro, a pesar del gusto que le daba recostarse en el caliento lomo de él. Estaba leyendo un libro de Calderón titulado “Los cabellos de Absalón” –magnífica tragedia- y le dije a mi abuelo que pensaba que todas las tragedias y comedias que había leído gracias a sus recomendaciones tenían en común un elemento: el honor. Entonces ocurrió un hecho insólito, porque mi abuelo se había quedado dormido leyendo uno de los primeros libros de John Le Carré y oí la voz de mi abuela que decía: “Si algo tienen en común son los celos”. Me quedé estupefacto por la seguridad con que lo dijo. Con el tiempo he sabido que la verdadera aficionada al teatro era mi abuela, que recordaba a la Xirgu, a María Guerrero, Sara Bernard y otros muchos actores y actrices que yo nunca había oído. En este punto se despertó mi abuelo y nos soltó lo que sigue:
         - Perdonad, pero cada vez me visita con más frecuencia “Morfeo, el Impertinente”. Venganza y celos son las pasiones primarias, madre de todas las demás. La tragedia como género surge porque un genio como Esquilo y otro no menos genial como Sófocles incluyeron otra pareja de personajes especiales, o como diría un lógico del siglo XX, una pareja de metapersonajes: la libertad y el destino. Resumía todo esto el divino William en una tragedia diciendo que “la culpa no es de nuestra estrella, sino nuestra; aún lo expresa mejor el inmenso Calderón con aquello de que “las estrellas sólo el albedrío inclinan, no fuerzan el albedrío”. Pero todo esto no es patrimonio exclusivo de la Grecia clásica, ni del gran bardo, ni del profundo áureo, y para que veas que eso es común a todas las culturas, te relataré una leyenda inca que ocurre en tierras del actual Perú donde el destino y el albedrío parecen anudados en un círculo, en el mismo círculo de la laguna de Guatavita que luego se verá. Dice la leyenda…

…que por tierras de la actual Bogotá, en un tiempo que se no especifica, pero en todo caso muy anterior a la llegada de Francisco Pizarro y sus huestes, que un cacique que andaba cazando un venado en los linderos de la sierra andina se encontró con una hermosa inca de nombre Guajira, de belleza nunca vista y de trato afable, y el cacique, de nombre Guatavita –al igual que la laguna- se casó con ella. No sabemos si el cacique tenía el consentimiento de ella y de sus padres, pero en todo caso no lo necesitaba porque esa era la costumbre. Al poco tuvieron una hija que pusieron de nombre Tequendama. En cuestión de nombres nada es seguro, salvo lo de la laguna de Guatavita, porque los incas -un pueblo avanzado en tantas cosas- no poseían el don de la escritura, y todos sabemos que la escritura, que es la memoria de los pueblos, es necesaria para que la historia salga de la leyenda. En cambio tenían precisos sistemas de contar las cosas mediante nudos hechos en cuerdas de diferentes colores que llamaban quipus, además de unos conocimientos de astronomía que no han mejorado pueblo alguno.

Pero sigamos con la leyenda porque, por muy diferentes que sean las costumbres y distintos los logros técnicos de los pueblos, los corazones de sus habitantes laten al mismo compás, sufren por las mismas cosas y aspiran a las mismas metas. Y ocurrió que el amor no anidó en los cónyuges, y no son precisamente el tiempo y la costumbre un lecho propicio para tal menester. El cacique, que era más un guerrero que hombre de estado, que gustaba más de la caza que de la reflexión, dejó abandonada a su mujer y a su hija porque prefería a otras mujeres más jóvenes con las que solía solazarse sin preocuparse de la crianza de su hija y de la atención a su esposa. Dice la leyenda que ella solía lamentarse en parecidos términos al siguiente: “No fue un día afortunado aquel que la Luna tapó al Sol y me nubló. Desde entonces perdí mi hogar, perdí el astro que bañaba mi cara y me convertí en un junco que los demás apartan para ver el río. Sólo me queda mi hija y ella sola da ánimos a mi espíritu y oculta mis deseos de cruzar la orilla que todos, tarde o temprano, hemos de pasar; y aún así, y a pesar de élla, nada puede asegurarse”. Entonces ocurrió lo plausible, aunque para ella inesperado: se enamoró de un guerrero algo imprudente llamado Capac, que se decía descendiente del mismo dios Manco Capac, y que era un experto en el manejo de la bolea y la macana -armas típicas de los incas septentrionales- y, cosa rara entre los guerreros, no por ello presumía de tales habilidades. Decía antes –porque lo dice la leyenda- que Capac era tan fogoso como imprudente, y un día, en una fiesta que el cacique daba a sus allegados, a sus familiares, y también a chasquis y curacas, que tan útiles eran para el gobierno del estado y de las tierras comunales, el diestro guerrero se mostraba muy afectuoso con Guajira, la aún esposa del cacique, y que se dirigía a ella de esta manera:
- Debéis olvidar a quien os desprecia. Sois tan bella y de corazón tan noble que mereceríais ser esposa de dioses, incluso del mismísimo Viracocha; sois modelo de madre y esposa, y por eso mismo mi indigna aún más veros escanciar el agua de maíz para el holgazán de vuestro esposo; esposo que los malos espíritus te anudaron a su dogal. Y si fueron los dioses, injustos ellos e indigno aquél que presume de su arco y de su fuerza delante de mujeres: ebrio o sobrio resulta despreciable. Abandonadle, huid conmigo a tierras más meridionales donde su poder no nos alcance; construiremos terrazas y cultivaremos tierras de maíz, papa y frijoles. Haremos aliados en otras tribus por si la tentación vence a la pereza y tu padre decide buscarnos a ti, a mí y a vuestra hija.

Y así se sucedieron los días, pasaron las lunas sin que Guajira y el guerrero Capac se percataran de que el cacique los observaba más sobrio que ebrio, porque ya procuraba él aguar el destilado de maíz a que tan aficionados eran los incas. Y aunque no les oía, es sabido que el bosque tiene cien ojos y el viento lleva las palabras de los amantes entre sus ramas como silbidos de corneja. El caso es que el cacique se enteró de todo punto por punto y un día mandó apresar al guerrero Capac y le habló como sigue:
- Los sentidos son a veces malos consejeros, y aún cuando yo aparentaba estar bajo las sensaciones del agua de maíz, era sólo apariencia, y nada me impedía observar cómo andabais robando mis sueños y la razón de mi vida. No he sido ejemplar con mi hija y mi esposa y penaré por ello en el otro mundo; mundo que vos, guerrero descendiente de dioses, tenéis muchos deseos de conocer. Yo os complaceré: os reuniréis con vuestro padre, el dios de dioses, el mismísimo Viracocha. Así ganamos todos: vos, guerrero hijo de Manco Capac, porque estaréis a la diestra de vuestro creador; mi esposa, porque evitará el pecado de la traición; yo mismo, porque podré gobernar con la serenidad que me da saber que he obrado con justicia. Os arrancaré el corazón y se lo daré a comer a mi esposa para que ella participe de vos, y vos, guerrero Capac, dejaréis en este mundo algo de vos.
Y Guatavita arrancó el corazón al valiente guerrero y luego empaló el cadáver. Al día siguiente organizó una fiesta entre sus allegados y dio de comer a su esposa el corazón de su amante sin ella saberlo. Pero dice la leyenda que los mismos vientos que entre los árboles silbaron las andanzas de los amantes -quizá arrepentidos por tan cruel desenlace- silbaron con palabras terribles lo ocurrido a la bella Guajira cuando hubo acabado la fiesta; más tarde pudo contemplar el cuerpo empalado de su amante guerrero y cómo las aves rapaces respetaban su cuerpo como temerosas de los dioses. Entonces la bella esposa buscó a su hija y esto fue lo que le dijo:
- Hija mía, pase lo que pase sobrevive. Ahora no puedo evitar lo que ha de hacerse porque el ciclo se ha cumplido. No busques la venganza y crece como cualquier niña inca. Adora a los dioses del Sol, la Luna y el Agua, y cuando la melancolía te invada, ve al bosque y allí estaré yo aunque tú no me veas. Yo veré por ambas, te sentiré y te escucharé. Con el tiempo tú me oirás sin sonidos; indaga en tu corazón y sabrás de mí. Busca un guerrero que esté dispuesto a dejar su oficio por tu felicidad y ambos convertíos en anónimos agricultores para que lo que ha ve venir no os alcance. No pienses en tu padre como un ser cruel, sino como un hombre que fue preso de los celos, el deber y el pánico. Usó de la costumbre como cualquier cacique. Yo soy responsable de lo ocurrido. Ahora mira al Cielo que es testigo de mis palabras y mira las sombras que proyectan los árboles que nos contemplan y nos comprenden, porque son centenarios, incluso milenarios, y porque han visto repetirse tantas veces los mismos hechos que nada les asombra. Debes tener la serenidad del árbol que resiste los tórridos días y las frías noches de las estaciones. Ahora dame un beso y no olvides lo dicho: siempre estaré contigo cuando tus deseos me reclamen.
Y ambas, madre e hija, se fueron al Palacio donde residían, pero cuando la niña quedó dormida, la bella Guajira se fue a la laguna de Guatavita y se hundió en ella. Y dice la leyenda que cuando se enteró la niña de lo ocurrido pensó para sus adentros: “Madre, sé que ya no podré ser feliz, pero te obedeceré hasta donde pueda”.

Podría pensar el lector que la reacción del cacique hubiera debido ser la de la consternación por lo sucedido y que eso es lo que cabía esperar cuando ejecutó al guerrero amante, y que por ello, y por el consuelo de la existencia de su hija, su reacción cuadraría más con la de la tristeza esperada y la de la lamentación serena. No fue así, porque el corazón de los hombres y mujeres de todas las culturas y geografías no está sujeto a códigos escritos y la razón es sólo un tenue filtro de las pasiones. El caso es que Guatavita, cuando se enteró del suicidio de su esposa, salió corriendo hacia la laguna que lleva su nombre y se tiró en su centro como para unirse al cuerpo de su esposa, a la que amaba a pesar de todo. Asombrados quedaron los pobladores incas que estaban en las orillas de la laguna, pero su asombro fue mayor cuando una serpiente salió de la laguna y devolvió el cuerpo vivo del cacique; y ahí no acabó la sorpresa -y fue causa de espanto para los incas que contemplaban la escena- cuando la serpiente le habló al cacique en estos términos:
- Aún no ha llegado tu hora. Tienes una hija a la que atender: tiempo habrá para lo que ha de llegar.
Supo el cacique que la serpiente era su esposa y todo su valor desapareció por ello y por las últimas y enigmáticas palabras. Pero el tiempo pasa y atenúa las primeras impresiones, y de tal manera que el cacique convirtió en un día de fiesta los hechos de la laguna. Pasaron algunos años y en todo ellos, en la misma fecha, los incas -mujeres y hombres- se ataviaban con los mejores adornos, máscaras y vestidos; se dirigían como en procesión a la laguna cantando, tocando y silbando sus instrumentos de música y bebiendo la chicha –el alcohol del maíz-; los guerreros, además, portaban sus arcos, flechas y lanzas. Y a los pocos años, lo que fue un terrible suceso se convirtió en motivo de celebración, en una disculpa para la alegría. Todo el mundo parecía feliz, incluso en ese día. Bueno, todo el mundo… menos quien puede imaginar el lector, porque el tiempo sólo convierte los irrefrenables deseos de justicia en razones para… la venganza.

El caso es que la bella Tenquedama -que ese era su nombre-, la hija de Guajira, siguiendo los consejos de su madre, buscó un fuerte y decidido guerrero que era descendiente de los hurin, enemiga de la otra dinastía llamada de los hanan, de la que descendía a su vez el cacique Guatavita. Se casó con él y, en el mismo día de la boda, le dijo:
- Ahora que sois mi esposo quiero que cumpláis el deseo que tuve desde que corría entre los bosques y contemplaba coronar el cóndor las nevadas montañas. Quiero que vos seáis el cóndor que corona nuestro pueblo: quiero ser la esposa de un rey. Se lo prometí a mi madre el día que desapareció en la laguna. Acabad con el reinado de mi padre, pero no le matéis. Vos sois un guerrero y un noble, descendiente de una dinastía que merece coronar su nobleza con ese título.
Y eso hizo el noble guerrero, de nombre Pacarectambo, porque el pueblo estaba harto de los excesos del cacique, a pesar de que este nunca se atrevió a tocar la tierra que correspondía a los agricultores; sin embargo cada vez era más exigente con sus hijos, que debían trabajar en las tierras de sacerdotes y del estado. El lector debe saber que el estado inca fue el primer estado socialista conocido y que nadie, ni viejos, viudas y niños, quedaban desamparados cuando no podían valerse por sí mismos para cultivar la tierra, ejercer el comercio, dedicarse al culto o ser funcionario del estado. Pero volvamos a la leyenda, porque ocurrió que el esposo de Tequendama -la hija de la bella Guajira- propició un golpe de estado, se hizo con el poder y desterró al viejo cacique sin tocarle un pelo, tal y como había prometido a su esposa. Una digresión: ni siquiera un estado socialista está libre de los abusos de poder y de golpes de estado. Volvamos. El destituido rey se fue a la laguna y allí se lamentaba en estos términos: “Cumplí como un guerrero, goberné con la cabeza, pero mi corazón ha sido estéril y ahora siento un vacío que el recuerdo no puede llenar. Obré de acuerdo con las leyes, pero ahora tengo dudas si eso sirvió para obrar también con justicia; de no haberlo hecho sólo soy un criminal arropado en las tradiciones”. Y cuenta la leyenda que la serpiente salió de la laguna y se comió a Guatavita, pero que su digestión duró 1000 años, que fue el tiempo que tardó en morir: durante ese milenio siempre tuvo la sensación de estar enterrado vivo. De esta manera vivieron los tres en un solo cuerpo: el corazón del amante, la serpiente-esposa y el esposo.

Y aquí no acabó todo, porque no había pasado mucho tiempo cuando Tequendama se divorció de Pacarectambo, su joven esposo, porque no se había casado por amor sino por cumplir una promesa. Y ocurrió que al poco conoció a otro guerrero y…

Y aquí acaba la leyenda. Algunos creen en el eterno retorno; otros que cambian sólo las formas; los más que nada se repite aunque a veces lo parezca. Al fin y al cabo todo son leyendas, querido nieto, y las leyendas aspiran a la moraleja por más que nosotros, sus fieles servidores, luchemos contra ello. Y fue llamado El Dorado porque desde entonces los reyes se hacían pintar de oro todo el cuerpo y descendían a la laguna desde un palanquín para salir luego purificados; también porque era costumbre lanzar al centro de la laguna todo tipo de objetos valiosos para el viaje a la otra vida: cosa de religiones. Luego llegó Pizarro y sus huestes y acabó con todo esto, con el oro, con las tradiciones y con muchos de sus habitantes. Arnold Toynbee diría que esto son “contactos de civilizaciones en el tiempo”: cosas de historiadores.


Madrid, 13 de diciembre de 2008














HISTORIA DE DOS CABALLEROS

         El relato que sigue, por las consideraciones que se avecinan, siempre lo recordaré, no porque sea el más profundo de los relatos que me contara mi abuelo, tampoco por su extensión e importancia, menos aún porque en él se dibujen virulentas pasiones o arraigados sentimientos. Nada de eso. Lo recuerdo por lo abatido que encontré a mi abuelo sin ningún motivo aparente o cercano. Su estado era fruto de la memoria. Entonces, para darle ánimo, le hice una serie de consideraciones originadas por la ingenuidad que dan los pocos años, sin percibir que entre el tiempo vital de uno y otro había un muro que no se podía saltar: a lo más escuchar los ecos del otro lado. Le dije entonces:
         -Abuelo, por todo lo que contáis y, sobre todo, por lo que yo he podido averiguar, creo que debéis estar satisfecho de vuestra vida. Habéis luchado por vuestros ideales, casi siempre con éxito. En cambio hoy os encuentro apesadumbrado, y le he preguntado a la abuela si algún acontecimiento penoso reciente ha ocurrido y su respuesta ha sido negativa. No os quiero importunar y si deseáis que os deje, eso haré.
         A esto respondió mi abuelo:
         -La satisfacción del resultado depende de la meta, es cierto, y, en general, estoy satisfecho, pero te diré, mi más agudo nieto, que no siempre he tenido éxito. Eso era de esperar, pero esa no es la causa de mi pena. Sólo en un caso he fracasado estrepitosamente, pero ese fracaso ha sido de tal naturaleza para mí y para este país, que nada de lo acontecido con éxito lo puede paliar. Te lo contaré algún día; ahora sólo te adelantaré que no pude evitar que asesinaran al príncipe de los duendes, al toreador de la metáfora, al corazón más sensible que jamás se me ha dado conocer. ¡Ay Rosales!, ¿tu tampoco o tu también? Quizá por eso he escrito tantas cosas en todos estos libros, con la esperanza de que un hijo hiciera lo que tú haces, nieto, porque yo, como hombre de acción, soy incapaz de escribir las memorias. La muerte de un inocente es, per se, el fracaso de la justicia, y cuando hay un asesinato como el que te he referido con tan leves pistas sólo nos queda nuestra memoria para perseguir a los asesinos de vidas y razones.       Entonces quedó mi abuelo callado y tras un largo silencio pude adivinar que una lágrima caía de sus ojos. Es verdad que de eso hace tiempo y ahora que redacto todo esto no puedo fiarme de mi memoria. En cambio, también con el tiempo, estoy seguro a quién se refería mi abuelo: ¿lo sabría el lector?

         Volviendo a aquella tarde y cuando ya se agotaba el día, mi abuelo me dijo lo que sigue:
         -Quiero cambiar de tercio. Nunca te he contado un cuento o leyenda de nuestra vieja Europa, salvo, claro está, las referidas a nuestras Españas. Te narraré una septentrional. Los septentrionales son hijos de la bruma, el frío y la meditación, mientras que los meridionales lo somos del Sol, el cante y la conversación, y estas tres cosas juntas allanan el camino al dulce pecado de la sensualidad. Reír, cantar y bailar son cosas que un septentrional no puede hacer sin que el manto de la culpa le amenace con el arrepentimiento; para un meridional, incluso si es creyente, piensa a lo más que son pecadillos de monja siempre perdonables, porque la satisfacción de la fiesta supera con creces cualquier mala conciencia: El viejo Mefistófeles nada puede hacer con el juguetón Cupido, y Don Carnal aventaja a Doña Cuaresma en la satisfacción del recuerdo.        Le contesté que no le entendía del todo y me dijo:
         -Viaja, lee y reflexiona, y cuando tengas mi edad, si no has caído en el negro pozo de alguna creencia, me recordarás, me entenderás y compartirás lo que digo. Es cuestión de tiempo y de la… risa.
         Ahora sí que quedé despistado. Menos mal que mi abuelo siguió sin que yo le preguntara nada.
         -Ríe cuanto puedas, porque la risa es un antídoto devastador para cualquier dogmatismo: lo diluye como azúcar en café. Y ahora vayamos al relato. Dice la leyenda que…

         … en un reino de Alemania, en el Medievo, gobernaba el sabio Maximianus. Y en ese reino había dos caballeros, uno listo y otro tonto, y ambos habían llegado a un pacto para que la suerte del uno fuera la del otro, pasara lo que pasara. Hay que decir que estos pactos y otros de semejante jaez eran muy habituales entre caballeros en el Medioevo. Y ocurrió que andando los caminos encontraron una ciudad que el recopilador, el gran escritor alemán Hermann Hesse, no nos dice su nombre. A la ciudad se accedía por dos caminos diferentes a cual más peligroso: el primero estaba protegido por aguerridos guardianes que impedían el paso a cualquier forastero, pero si conseguías derrotarlos el paso quedaba franco; el segundo camino era todo facilidad, pero una vez en la ciudad era seguro que su alcalde –que llaman en esas tierras senescal- te apresaba, te llevaba al juez acusándote de intruso y el castigo era la horca. En ambos casos, por ambos caminos, parecía casi imposible sobrevivir. Del primer camino era partidario el caballero listo porque además era valiente –o sobre todo por eso-, y prefería el combate a muerte al juicio sin posibilidad de una sentencia de inocencia; el caballero tonto, por el contrario, era partidario del camino fácil, aunque el final hubiera el juicio que ahora se verá. El caso fue que, por increíble que parezca, el caballero tonto convenció al caballero listo, y ambos siguieron el camino fácil. Ocurrió entonces lo esperado: fueron detenidos por el senescal, llevados al juez y a ambos les explicó el magistrado que eran culpables del delito de intrusismo y que la pena era la muerte. Por último, les preguntó si tenían algo que alegar. El caballero listo respondió en primer lugar:
         -Yo, señor juez, era partidario del otro camino porque yo no rehúyo el combate, pero ambos juramos que nuestro destinos irían hermanados y accedí a los deseos de mi compañero por no romper el juramento.
         El juez entonces le dijo al caballero tonto que no por serlo dejaba de tener derecho a la última palabra, y el caballero tonto habló de esta manera:
         -¿No es cierto señor juez que tan importante es el hecho como la intención?
         El juez, algo contrariado, asintió con la cabeza y el caballero tonto continuó:
         -Entonces uno de los dos no tenía intención de someterse a este juicio, por lo que uno de los dos es inocente, y lo es el caballero listo.
         El juez, ahora asombrado del discurrir del caballero tonto, le dijo:
         -No pareces tan tonto como te reputas, porque tienes razón, y no se puede condenar de la misma forma hechos con intenciones contrarias. Yo diría que uno de los dos es inocente, y lo es el caballero listo.
         Y ahora vino el asombro del juez y de los presentes, porque el caballero tonto prosiguió:
         -Aquí, mi compañero accedió a mis deseos sabiendo que eran la perdición de ambos; además no ha imaginado la contradicción que incurriría usted señor juez condenando a dos hombres con intenciones contrarias. Con todo esto, y si el caballero listo ha de ser inocente y el tonto culpable –o al revés-, ¿podría, señor juez, señalar sin género de duda cuál de ambos es el caballero listo y cuál el caballero tonto?
         El juez, que no salía de su asombro por el razonamiento del caballero… último, pronunció dos palabras que jamás pensó que diría para estos juicios:

Inocentes ambos”.

         Y aquí acaba la historia”.

         Y mi abuelo después de esto se quedó dormido con un libro en la mano: eran las “Leyendas Medievales” de Hermann Hesse, con unas notas a pluma que decían: “Cualquiera que lea la leyenda de los dos caballeros verá las diferencias entre la versión de Hesse y la mía. La de Hesse es la canónica y ambos caballeros son condenados a muerte porque les falta la argumentación del supuesto caballero tonto. Hermann Hesse se atuvo a lo conocido sin percatarse de que si ambos eran condenados la leyenda carecía de sentido. Pero esta leyenda y otras muchas del libro proceden de la época del Imperio Romano y una cultura que ha dado a Virgilio, a Apuleyo, a Séneca, a Plauto, no puede caer en la trivialidad del relato de Hesse. Sólo desde la trampa del sentido común del cristianismo se puede cambiar el arte por la trivialidad de la moraleja. Y esto fue lo que ocurrió”.      
         Y aquí y así acabó la velada.



Madrid, 25 de diciembre de 2008



















PERDIDOS EN LAS DUNAS
Al preparar las notas para redactar lo que sigue me di cuenta de que desde el relato de “Midas en el desierto” no había ninguno que fuera una pura invención de mi abuelo, ninguno sin apoyo alguno en alguna historia previa, en alguna leyenda, en algún mito, en algo que fuera producto de la sola imaginación. Recuerdo que esto se lo hice ver y, como solía ocurrir, me sorprendió su respuesta en el punto que menos podía imaginar. Estas fueron sus palabras que transcribo fiado de mi memoria:
-Tienes razón, nieto, pero yo nunca he utilizado la imaginación en mis relatos.
Le miré fijamente a los ojos intentando escudriñar si tras sus palabras escondía esa socarronería tan suya que a veces pasaba imperceptible para quien no le conocía o para quien le conocía sólo superficialmente. Pero no era el caso, porque su gesto aunaba adustez y reflexión. Añadió a continuación:
-Yo sólo he utilizado la fantasía.
Ahora ya no me quedaba más remedio que preguntarle por la diferencia, porque para mí eran poco más o menos que sinónimos. Ahora ya sí se alargó en la respuesta:
- En lenguaje común no da para diferenciarlos, pero si piensas en objetos, utilizas la metáfora y la analogía verás las diferencias. Los conceptos son masculinos, pero las cosas y sus metáforas son femeninas, y por eso son la madre del lenguaje de las pasiones y sentimientos, es decir, del arte. Te doy un tiempo para que pienses en algo material que pueda diferenciar ambos conceptos; algo que sea a la vez soporte, metáfora y significado apropiados para ambos conceptos.
 De nuevo mi abuelo me tenía hecho un lío, pero entré al trapo porque no quería que pensara que despreciaba sus disquisiciones y, menos aún, su compañía. Tras un rato meditando le dije no con mucha convicción y de forma timorata que “la imaginación se asemejaba a un globo lleno de algo menos pesado que el aire y que por ello se elevaba hasta las nubes, o más allá, a los lugares donde habitan las musas. En cambio, para la fantasía nada semejante se me ocurría”. Quizá quedaba algo cursi, pero, puestos al atrevimiento, lo mejor era no poner freno a las ocurrencias, aunque fueran enemigas –como decía mi abuelo- del talento y compañeras de la trivialidad. De nuevo me sorprendió mi circunspecto y querido abuelo:
-Enhorabuena. Yo completaré la metáfora o analogía diciendo que entonces la fantasía serían las alas que se sustentan y sustentan en el aire la aeronave que porta los materiales con los que se construye el arte. La imaginación surca la atmósfera sin control por ser tan liviana que nada la detiene y por ello puede escaparse a nuestro control; la fantasía, en cambio, necesita del aire para su sustento y siempre acaba aterrizando, mal o bien, en algún lugar. Por eso te digo que mis relatos que tu trascribes son fruto de la fantasía y no de la imaginación. Todos los artistas que lo han sido han tenido la fantasía como su aliada, aunque crean con presunción que sus obras son fruto tan sólo de su sola imaginación. Todos han necesitado de un sustento, aunque no lo perciban: las alas del arte son a la vez la infancia de ellos mismos y las vidas de los artistas que les precedieron. No se crea en el vacío, sino contrariando el pasado sin negarlo.
Y a continuación añadió tras un largo silencio y sin que yo dijera palabra alguna:
-Los conceptos matan el arte, como bien sabía el divino William; la imaginación en los conceptos nos da a Kant; la fantasía sustentada en palabras nos la sirven Cervantes, el Dante, Homero. Hasta Calderón, el dramaturgo que hizo de la lógica el vestido de las pasiones, entendió que sin convertir los conceptos del honor, de la vida como un sueño, del poder, en juguetes del destino no habría drama: el destino en Calderón son las alas de la fantasía.
Doy a continuación el relato que me puso mi abuelo a modo de ejemplo. Que el lector lo juzgue. Cuenta la leyenda que…

… un persa, un indio y un árabe coincidieron en un punto del desierto arábigo que la leyenda no especifica, como tampoco lo hace con el tiempo. Los tres eran comerciantes que venían de remotos lugares: el persa siguiendo las caudalosas aguas del Nilo, el indio atravesando los bellos valles de la ruta de la seda y el árabe recorriendo las templadas costas del África mediterránea. Los tres llevaban varios camellos que portaban muchas prendas de vestir, telas para confeccionar, joyas para el adorno y exquisitos frutos y manjares para vender en los ajetreados comercios de Bagdad. Pero quiso el destino o el infortunio –o quizá algún demonio al acecho- que se desatara una tormenta de arena que borró las dunas de regreso a la ciudad, seguida de un calor insoportable como nunca se había conocido. Los tres comerciantes tuvieron que parar y esperar días en el desierto con sus tiendas sin paredes y sus túnicas que les resguardaban del tórrido Sol. Pero tanto duró la tormenta que empezaron a desesperar porque no veían el final de su desgracia y el proseguir de su andadura. El agua se le agotaba y los camellos daban muestra de impaciencia a pesar de su carácter afable. Consideraron entonces que no podrían llegar con la carga a Bagdad y que deberían dejar en el desierto el objeto de su comercio. Y los días de tormenta y sol continuaron de tal manera que lo que ya temían era por sus vidas. Hasta entonces apenas habían intercambiado palabra, y fue el indio el que habló primero y de esta manera:
-Nuestras vidas están en peligro y ni siquiera sabemos nuestros nombres. Yo soy indio y profeso el hinduismo. Yo no tengo miedo a la muerte porque creo en la transmigración de las almas, en el devenir de las conciencias y en sus reencarnaciones. Mis dioses son el gran Vishnú y sus avatares Krishna, Rama y Siva. Durante mi vida he hecho el bien y evitado el mal, y nada temo, ni para este cuerpo en el que me alojo ni para mi alma viajera, mi dharma. Por ello me gustaría saber también vuestros pensamientos y deseos a fin de compartir con mis hermanos de infortunio mi final, aunque sean otras sus creencias.
Entonces el persa se incorporó levemente pero permaneciendo sentado sobre sus piernas, y dijo lo que sigue, más nervioso que el apacible indio:
-Yo soy un persa apátrida de creencias y religiones, pero soy devoto de la gran epopeya del Gilgamesh, la primera que se conoce. En ella nos enseña su autor, el mítico Valmiki, el valor de la amistad, la necesidad del rigor de la vida para llegar al buen gobierno de los hombres y mujeres que forman nuestros pueblos, sean cuales sean sus creencias. Gilgamesh y su amigo Enkidu acabaron con el mal en forma de monstruo en un viaje heroico. Enkidu murió en la empresa, pero Gilgamesh volvió transformado a su pueblo, consagrándose como un gobernante lleno de virtudes, de las cuales sobresalieron el don de la justicia y el reparto de los bienes de los que tienen más a los que tienen menos. Templanza, sabiduría y piedad son virtudes que se añadieron a lo anterior. Sólo creo en las religiones que predican la justicia en la tierra y no sólo la recompensa en otras vidas. Si por ello soy un pecador, estoy orgulloso de mis pecados.
Quedaron asombrados el árabe y el indio porque no estaban acostumbrados a tales prédicas y no veían cómo encajarlas en las distintas religiones que habían conocido en sus vidas de largos viajes y de perseverantes tratos. Fue entonces el árabe que comenzó su parlamento algo compungido por las palabras sorprendentes del persa:
-En este estado final de nuestra existencia terrenal al que al parecer estamos abocados, yo sigo las palabras de Mahoma y creo en la recompensa del paraíso porque también he obrado el bien y he cumplido con los preceptos del profeta: la oración, el ayuno, la limosna y la peregrinación. Respeto todas las creencias, aunque crea que es la impartida por Mahoma –en nombre de Alá- la única que lleva a la salvación. Si estamos a bien con nuestro dios para ir a la próxima cita creo que debiéramos acabar nuestra existencia con el último juego, con el juego de los juegos, el juego de las adivinanzas, para volver así a la infancia, porque sólo en esa etapa de la vida se puede ser feliz.
Ahora los asombrados eran el persa y el indio por el cambio de rumbo del árabe y de la rotundidad de esa afirmación. Ante la cara de sorpresa de sus compañeros de infortunio, el árabe prosiguió:
-La infancia es la etapa de la vida en la cual no distinguimos el vivir del jugar y es cuando aún pensamos sólo en la muerte de los otros y no en la nuestra. Pasada la infancia descubrimos que todos los días, por variados que sean, son siempre el mismo día. Juguemos pues a las adivinanzas.

Sea porque persa e indio estuvieran de acuerdo con el árabe o porque no habían salido de su asombro, ambos entraron en el juego propuesto y dieron la palabra al árabe. Este continuó:
-La primera adivinanza que os propongo es como sigue: ¿qué es lo más numeroso que hay en el mundo?
 A esta pregunta respondió el persa que eran “los granos de arena del desierto porque superaban estos a la estrellas y a cualquier cosa que hubiera conocido en este mundo”. Entonces el indio contradijo al persa porque “el Universo conocido era sostenido por un elefante gigante, por lo que forzosamente la suma de los granos de arena de todos los desiertos era más pequeño que la unión de todos esos granos más el elefante que los sustentaba”. Rieron persa y árabe por semejante ocurrencia, y pensaban ambos que nada más grande contable podría haber que todo el Universo junto y el elefante que lo sustentaba, según las creencias de los pueblos del Indo. Fue entonces que el árabe sonrió sin llegar a la risa y dijo:
         -Ambos os equivocáis, porque nada hay más grande que los números, porque por grande que sean los objetos del Universo y ese sufrido elefante que lo sostiene, siempre habrá un número que los cuente y si a ese número le añadimos el número uno, tendremos algo más grande que las cosas físicas que había hasta entonces. Daros por derrotados.
 Persa e indio rieron de nuevo porque los números no eran un objeto material, pero aceptaron la victoria del árabe. Dijo entonces el persa:
-Ahora me toca a mí y os pregunto -y ruego que reflexionéis la respuesta-, ¿cuál  es la cosa más rápida de este mundo?
Árabe e indio se miraron intuyendo que la pregunta del persa escondía alguna trampa, pero dado que habían aceptado el juego y no podían eludir la respuesta, fue el indio el primero en hablar:
-No conozco nada más rápido que la luz porque por ello vemos a las estrellas a pesar de lo lejos que dicen los sabios que están.
Se produjo un largo silencio y tanto persa como indio esperaron la respuesta del árabe; esta parecía no llegar nunca hasta que se levantó asombrado de sí mismo y dijo:
-Lo tengo. Aún más rápido que la luz es la sombra, porque esta es instantánea y no está claro que lo sea la luz. Los sabios han comprobado que la luz mordisquea la Luna en los eclipses y eso demuestra, si lo pensáis con detenimiento, que la luz es quizá muy rápida, pero no instantánea; en cambio la sombra que sigue al objeto que se interpone es instantánea porque es la ausencia de luz.
Asintieron persa e indio, más por educación que por convencimiento. Sin embargo, y cuando el indio creía que el árabe había derrotado al persa -que era el proponedor de la pregunta-, se levantó el persa con las pocas fuerzas que le quedaban y dijo:
-Aún hay otra cosa más rápida que la luz y la sombra: el pensamiento, porque podemos imaginar el oscurecimiento del Universo en un instante por lejos que estén los astros, porque la luz no es, en efecto, instantánea; por otro lado, las sombras necesitan del movimiento de los cuerpos que se interponen en su trayecto.
Árabe e indio se dieron por derrotados y aceptaron la propuesta del persa a pesar de que el pensamiento no era un objeto o cosa material. Ahora le tocaba al indio y sin dudarlo preguntó “¿qué era eterno con seguridad?”. El árabe, rápido como una flecha, contestó que “las estrellas, porque sin estas no existe la luz ni el resto de los objetos materiales, y así era, fueran o no eternas”. El persa negó con la cabeza y dijo que ello no era cierto “porque había leído en un libro de Occidente que más eterno aún era la gravedad, esa cosa que atrae los cuerpos entre sí, porque incluso con la desaparición de las estrellas y de todo el Universo, aún persistiría durante algún tiempo la gravedad, que era uno de los efectos de la existencia de las cosas”. Negó también el indio con la cabeza y esta fue su respuesta:
-Errados estáis, porque de haber algo eterno es la conciencia, porque por ella no pasa el tiempo dado que nadie recuerda no haber existido. Cambian las formas y los destinos, pero la conciencia de la existencia permanece.
Dudaban persa y árabe si la respuesta del indio era fruto de la lógica o de alguna doctrina religiosa, pero ambos callaron porque veían que las fuerzas flaqueaban y debían sumirse en sus últimos pensamientos. Y así hicieron los tres con los libros de sus amores: el indio con el “Ramayana”, el persa con el “Gilgamesh” y el árabe con “Las mil y una noches”, porque ya se habían puesto a bien con sus conciencias y recordado a sus familias. Y así esperaron la muerte en las dunas del desierto arábigo.

         Dice la leyenda que los camellos se desembarazaron de sus cargas y llegaron a Bagdad porque sus dueños les dieron de beber para ese recorrido a costa de privarse del deseado líquido. Fue una decisión justa y sabia, porque montados en los camellos nunca hubieran llegado y todos  habrían muerto; por otro lado, si hubieran bebido el poco agua que les quedaba sólo habrían alargado su agonía y hubieran privado a sus queridos animales de su salvación. Los camellos incitaron a los nuevos dueños a volver al lugar donde habían dejado a los antiguos y sólo encontraron las tiendas y ninguna joya u objeto valioso: el desierto se había tragado todo. Bueno, todo no, porque la leyenda sobrevive en las conciencias de sus lectores, que somos todos nosotros; también porque alguna moraleja se desprende de la historia si sabemos leer entre líneas.


Madrid, 22 de febrero de 2009
HISTORIA DEL INGENUO Y EL MENTIROSO
Como es sabido, mi abuelo escribía siempre en las páginas en blanco de los libros de su enorme biblioteca, bien por ocultamiento, bien por vaguería, bien por un deseo inconsciente de acompañar al autor, de estar cerca de él, porque para mi abuelo-en el caso del escritor- su alma transmigraba al libro como esas aves que buscan territorios meridionales todos los años; también porque era un mitómano inconfeso. Sin embargo, toda regla tiene su excepción y esta no iba a ser menos. En efecto, un día que me había pedido buscara una obra de Moliere para su tesis inconclusa sobre la mentira, me encontré un cuaderno con el relato que se verá a continuación y que llevaba por título “Historia del ingenuo y el mentiroso”. Esta fue mi primera sorpresa, pero no la más importante, porque la segunda fue su subtítulo: “Ingenuidad, ¿virtud o defecto?”. Yo le hice ver que para mí no había duda y que la ingenuidad sin más era un defecto, aunque fuera venial. Ante esta consideración mi abuelo no dijo nada, pero la segunda consideración le hizo erguirse, fruncir el ceño y tomar aliento, porque cuando le señalé que en todo caso me parecía una cuestión menor me dijo:
-Querido nieto, la tarea del filósofo es tenerlo todo pensado, todas las preguntas, desde las grandes hasta las aparentemente nimias; siempre presta la respuesta, aunque pueda estar equivocada. Esta es su grandeza y su miseria. Nadie le obliga a ello y si eso le angustia que se dedique a otra cosa. Una vez leí un cuento titulado “El hombre verdadero y el mentiroso”, de Sebastian Mey, un escritor valenciano del XVII. El relato que sigue está inspirado en ese relato y está en la tradición del burlador burlado. Su lectura hizo que se me cayeran las categorías aristotélicas y sus degeneradas, las escolásticas.
Como siempre mi abuelo me había sorprendido y, esta vez, algo más: anonadado. ¿Qué tenía que ver un cuento del siglo XVII español con las categorías aristotélicas? Mi abuelo continuó:
-Si no somos capaces de clasificar en virtud o defecto, de tildar de bueno o malo el concepto de ingenuidad porque tampoco lo somos de hacer lo mismo con su contrario, la astucia, las categorías que clasifican las cosas como realidades se vienen abajo, y con ellas sus filosofías: la única realidad es el cambio y no el ser. Aristóteles y la escolástica son un paso atrás de dos milenios. Nadie desde sólo el pensamiento ha hecho tanto daño: sólo lo superan las religiones, pero estas son creencias y no buscan la verdad sino la adhesión. ¿Entiendes de lo que hablo, nieto? La lectura de este cuento me llevó a estas reflexiones.
Seguía aturdido, pero se me ocurrió una objeción a las tesis de mi abuelo –suponiendo que yo las entendiera- y le dije lo que sigue:
-Pero abuelo, tú eres un adicto a Kant y también este filósofo se sirve de categorías, aunque sean otras. Todo ello lo sé por lo que tú me has enseñado del autor, al que tú llamabas “provinciano universal” en otro de los relatos que yo he recogido.
Reflexionó mi abuelo y dijo algo contrariado:
-Cierto, Kant se sirve de categorías, pero estas clasifican, no la realidad misma, sino la percepción que tenemos de la realidad. El giro es copernicano. Además, Kant nos salva de otros dos defectos de todos los escolasticismos: de la trivialidad y de la creencia, y eso es más de lo que cabe esperar de un solo hombre.
Y como quiera que mi ingenio se había agotado, incluso para seguir el diálogo, desistí de ello y reescribí el cuento de nuevo a partir de la ininteligible prosa de mi abuelo, inspirado a su vez y como ya queda dicho en el cuento del escritor valenciano. Así comienza el relato: situada…

… la historia en el siglo XVII y que recoge Sebastián Mey brevemente, dice la misma que había dos amigos, uno ingenuo y otro mentiroso, que encontraron una bolsa llena de 30 doblones de oro en lugar que no se especifica, pero en todo caso en la Castilla granero del Imperio. Dijo entonces el ingenuo que lo justo era repartirlo a partes iguales ya que era imposible encontrar a su dueño, a lo que el taimado mentiroso contestó que “estaban los caminos llenos de ladrones y menesterosos y que había peligro de perder el pequeño tesoro”. Propuso luego enterrarlo al pie de un hermoso olmo, frondoso de ramas y hojas, aunque ya viejo, y con un hueco en su tronco, y que cuando la ocasión fuera propicia volverían ambos a desenterrarlo. El ingenuo -de nombre Simplicio-, haciendo honor a su nombre, aceptó sin objeción. Ni que decir tiene que no había pasado una jornada cuando el mentiroso -de nombre Fazio- volvió al pie del olmo, desenterró la bolsa y se la llevó. Durante más de dos semanas -cuando habían pasado ya otras dos- estuvo el ingenuo insistiendo al mentiroso de ir al pie del olmo y desenterrarlo, y para ese mismo tiempo replicaba el mentiroso que aún era pronto. Mosqueado el ingenuo, que aunque lo fuera eso no mermaba, según él, su derecho al botín que la suerte había puesto en sus manos, volvió al árbol, escarbó donde recordaba estaba enterrada la bolsa con los doblones y allí no hubo nada, y se dijo maldiciendo su ingenuidad: “Bien me está empleado este disgusto por confiar en la bondad de los hombres, pero no por ello voy a renunciar a mi derecho a lo encontrado en tierra sin dueño; sin más dilación iré al juez a reclamar lo que me corresponde”. Y eso hizo.

Planteada la cosa ante el juez, mandó al alguacil que buscara al supuesto mentiroso para comparecer, y eso se hizo, pero el mentiroso, haciendo también honor a su nombre, negó todo: lo del encuentro fortuito de la bolsa, lo del acuerdo de reparto y lo del entierro al pie del árbol. Miró el juez al ingenuo para que expusiera su defensa, no sin antes señalarle que sin testigos era sólo la palabra de uno contra otro y que no podía emitir en este caso sentencia justa por no estar presente el objeto de la reclamación. Quedose pensando el ingenuo y cuando ya se disponían abandonar la audiencia los lugareños que allí estaban atraídos por hecho tan singular, el ingenuo habló:
-Señor juez, sí hay un testigo: el árbol, el viejo olmo.
Rieron los presentes y el juez, que no andaba falto de ingenio dijo:              -Señor litigante, no dudo que ese olmo sea testigo de eso y de tantas cosas que habrán acontecido en esas tierras, pero salvo que se obre un prodigio, no se de ningún árbol, sea olmo, chopo o vulgar pino, que haya hablado, ni siquiera quejado, y no será por falta de motivos en estas tierras donde tanto se ha desforestado, aserrado y maltratado a todo tipo de arboleda.
Quedose pensando el ingenuo y dijo:
-Pues pido vayamos al viejo olmo y tómesele declaración.
Rieron aún más los presentes, y tanto fueron las risas que el juez mandó desalojar la sala y dijo que allí se iría con los litigantes, con el alguacil y con cuanto testigo fuera menester.

Mientras tanto, el mentiroso, que gustaba tanto del robo como de la burla, arreglo un acuerdo –a cambio de algún doblón, claro- con un compinche de nombre Fratello para que se refugiara en el hueco del viejo olmo y hablara según sus instrucciones cuando se presentaran el juez, el alguacil y toda la vecindad, que seguro se presentaría movida por la curiosidad y cierta holganza. Y una vez que toda la tropa estuvo rodeando al viejo árbol, el juez dijo:
-Olmo centenario, tú has sido testigo de un robo según me dice el litigante señor Simplicio, siendo acusado de ladrón el señor Fazio. Habla de lo que has visto, perdón,… observado de tal asunto o calla para siempre.
Se hizo silencio momentáneamente, aunque ya se adivinaba un cúmulo de sonrisas maliciosas que bien pronto podrían convertirse en risas, incluso en carcajadas, y donde todas la miradas se dirigían al señor Simplicio. Entonces fue que una voz salió del árbol que declamaba los siguientes versos:

Aquí yacen las razones
de un obstinado litigante,
que ante el juez fue denunciante
de un falso robo de doblones.
No hallarán rastro de moneda,
tampoco de bolsa o escondite,
porque la justicia, si es justa, no permite
poner la honra del inocente en almoneda

         Quedaron asombrados los presentes, el ingenuo contrariado, el juez harto de lo que imaginaba burla y el alguacil enfurecido. Mandó el juez arrestar el árbol allí mismo, ponerlo bajo custodia del alguacil hasta el día siguiente, y entonces se ahumaría al vetusto y enraizado testigo para ahuyentar –según el juez- a los malos espíritus. Puede imaginar el lector como quedó de asustado el compinche Fratello, prisionero e ignorado de unos y otros y sin atreverse a salir para no descubrir el engaño.

         Llegó el día siguiente, volvió la comitiva vecindaria con el alguacil y el juez a la cabeza y cuando se disponían a encender fogatas para ahumar al árbol sin quemarlo, apareció una fornida zagala, rubia pero de cejas morenas y de andares machunos que a la par que tiraba manzanas y melocotones al hueco del árbol se expresaba en estos términos:
         -Antes de ahumar a los espíritus démosles de comer para que tengan a bien cambiar su testimonio con el estómago lleno, porque vacío no existe ánimo ni para el arrepentimiento.
         Entonces los vecinos congregados empezaron a imitar a esa rubia desconocida y comenzaron a llover frutas al árbol que parecía dulce pedrisco. Harto el juez de tanto griterío y tanta pedrada frutal mandó parar todo aquello y repitió el interrogatorio del primer día. Todos callaron y quedaron intrigados y atónitos por unos versos que de nuevo salían del huecudo olmo:

He aquí que el prodigio se ha obrado
y burladas las frutales pedradas,
para no volver nunca más a las andadas,
las frutas en doblones se han trocado

         Tuvo que poner orden el juez y el alguacil entre las gentes porque todas se lanzaron a buscar cerca del árbol los doblones anunciados. Y en efecto, justo de entre las raíces aparecieron los 30 doblones mezclados con arena y, curiosamente, con restos de frutas adheridas. Habló el juez y dijo:                    -Puesto que han aparecido los doblones, ya no hay robo y, por lo tanto, no hay caso. Volvamos pues todos a nuestros menesteres, que por hoy el jolgorio se ha acabado.
         Y así hicieron, pero Simplicio, el ingenuo no había quedado satisfecho puesto que el juez confiscó los doblones para la alcaldía para así dar servicio a todos los vecinos. Meditó Simplicio y al día siguiente se presentó ante el juez y le dijo:
         -Señor juez, quiero declarar que mentí en mi primera declaración y que no eran 30 doblones los que había en la bolsa sino unos 150. Le pido perdón por esta mentira, pero si quiere descubrir al ladrón y desvelar el misterio del árbol poeta y parlante sólo tiene que registrar la casa del señor Fazio y verá lo que no espera.
         A pesar de su determinación, no creía Simplicio que el juez accediera a su pretensión, porque imaginaba que debía estar harto del asunto. Pero se equivocó, porque el juez, que imaginaba el engaño, no estaba satisfecho del todo con la sentencia y díjole al ingenuo venido a menos:
         -Sea, señor Simplicio, mañana registraré personalmente con el señor alguacil la casa del señor Fazio para así acabar de una vez con este asunto menor que me tiene más ocupado de lo que debiera. Váyase por hoy a su casa y guarde absoluto silencio de mi propósito.
         Y eso hizo Simplicio. A la mañana siguiente cumplió el juez lo prometido y registró la casa del señor Fazio, pero no encontró ni rastro de monedas; sí en cambio encontró una peluca rubia y un vestido de zagala de enorme talle manchado de alguna fruta. Comprendió el juez lo ocurrido y mandó detener a los señores Fazio y Fratello, acusándoles de intento de robo y de burla a la justicia. No satisfecho el juez del todo mandó llamar también al ingenuo y le dijo:
         -Señor Simplicio, la persona objeto de su litigio y su compinche han sido detenidos, pero aún no sé que hacer con usted, puesto que me ha mentido con respecto a los doblones robados porque en casa del denunciado no había más rastro de monedas que las aparecidas de entre las raíces del árbol. Tengo dudas sobre qué hacer con usted. Diga lo que piensa y qué haría usted en mi lugar, porque lo de ingenuo no veo que le cuadre.
         A lo cual contestó Simplicio:
         -Señor juez, si le hubiera dicho mi sospecha sobre lo del disfraz, ni me hubiera creído, ni se hubiera molestado en hacer detención; en cambio, con los supuestos 150 doblones sí pensé que serían motivo de suficiente preocupación para obrar como hizo. Fue una mentira piadosa y espero que… perdonable.
         Quedó de nuevo contrariado el juez, aunque no podía disimular una sonrisa, tanto por el ingenio del ingenuo como por una confesión que podía haber omitido. El juez dijo, más para sí que para Simplicio:
         -A veces la justicia y la ley no andan por los mismos caminos.
         Y el señor juez dejó libre a Simplicio, quedó satisfecho con el apresamiento de los truhanes Fazio y Fratello y pendiente la sentencia. Y el conspicuo lector habrá adivinado como lograron llegar las monedas al pie del árbol. Aquí acaba el relato y su inevitable moraleja.



                            Madrid, 26 de marzo de 2009

































SEMÍRAMIS DE BABILONIA

         Tanto me recordaba mi abuelo la influencia de la literatura clásica ibérica en el mundo y tanto me lo decía de la literatura inglesa, que decidí un día leer algo de Dickens porque decía él que “no se entiende al escritor inglés sin la picaresca del Lazarillo, del Buscón, de Rinconete, del Guzmán y demás”. Tomé un libro al azar de Dickens y fue en concreto la “Historia de dos ciudades”, quizá precisamente porque el título no me decía nada y así, sin pista alguna, el sabor de la sorpresa resultaría más agradable. Sin embargo, cuando comencé su lectura vi que no era una novela, sino una obra de teatro; que no era del aprendiz de pícaro inglés, sino de Calderón, y que no se desarrollaba en la Inglaterra victoriana sino en otro lugar y tiempo que luego saldrá a la luz. Se lo hice observar a mi abuelo y este sonrió con malicia pero con ternura, porque mi abuelo era brusco de modales por lo mucho que había vivido y... sufrido, pero de nobleza de corazón e ideales de hierro. Pasaron unos segundos y siguió su comentario: “Nieto, el libro que tienes en tus manos son muchas cosas y en el fondo es la historia de dos ciudades: Nínive y Babilonia, pero los historiadores no han descubierto por qué eso es así. Son dos pasiones, dos deseos de inmortalidad. Nino se apoderó de lo que era Nínive y la elevó a la cumbre de la civilización siríaca; Semíramis, su hija, se apoderó de Babilonia de la forma que verás y superó a Nínive cuando eso parecía imposible”. Llegado a este punto interrumpí a mi abuelo a sabiendas que eso no era de su gusto y le dije: “Abuelo, ¿por qué dices eso de los historiadores, porque lo que me cuentas, la lucha entre ciudades en la antigüedad, era muy común?”. Entonces se sentó en el sillón y dijo misterioso: “Porque esta rivalidad es realidad y metáfora de la más formidable tragedia jamás escrita: La Hija del Aire. Más aún, yo he descubierto que las pasiones de sus protagonistas están ancladas a los muros de sus conquistas, cosa que ningún historiador o poeta se ha dado cuenta. Lo que tienes en tus manos es mi versión de la genial tragedia de Calderón. Es una versión sintética, sincrética, heterodoxa. Es mi más preciado tesoro. La obra del dramaturgo áureo tiene la intensidad del Macbeth y la grandeza del Rey Lear, como sabes ambas obras del genial bardo o de quien se oculte bajo su nombre. Lee”. Y mi abuelo se quedó dormido como era su costumbre cuando se acaloraba en la discusión. Yo tomé el libro y esto es lo que relata:
        
         “Soy Semíramis, hija del aire y de las palomas, reina de Babilonia, hija también de Derceto, diosa asiria, y quiero contar mi historia. ¡Tú, espejo entre las sombras, astro de la noche, ten paciencia por mi relato! Soy y sabes que soy inocente de lo que se me acusa y culpable de lo que se ignora, tú, testigo silencioso de mis obras, deseos y pensamientos. A ti me encomiendo, madre enlutada y protectora. Es la hora, la cita con el destino que al fin me ha cubierto, pero antes quiero dejar grabado en tu redondo espejo la verdad de la Hija del Aire, antes de que se me lleven las arenas de Arabia. Ahí abajo veo las piedras que ansían mi cuerpo: seré vuestra, pero aún no es la hora. Esta es la verdad de Semíramis, la única verdad que han de contemplar los tiempos venideros”.
         El texto de mi abuelo situaba los hechos que se avecinan en Babilonia, ciudad nacida de entre los brazos maternales de los ríos Tigris y Eúfrates, y en el siglo IX aC., cuando la obra de Nabucodonosor I había cumplido su ciclo y Babilonia y toda la región, eran pasto de la conquista asiria. Sigue el texto que de una gruta en un lugar no muy lejano de las murallas de Babilonia salían unos lamentos y, sin embargo, nadie parecía oírlos a pesar de lo cerca que pasaban caravanas de mercaderes que comerciaban con el extremo Oriente y con Egipto, esa tierra siempre conquistable en los deseos. Estos eran los lamentos: “¿Sólo yo oigo tus sones, clarín de Marte, sólo tu melodía llega a mis oídos, cítara de Venus? ¿Por qué me regaláis con vuestras músicas si aquí me retenéis? Venus, Marte, ¿acaso vuestro poder no es más que el de los hados, que profetizan mil calamidades a Babilonia y sus habitantes por mi libertad? ¿Qué hados son esos que para cumplirse han de forzar el albedrío?  Mi inteligencia y la razón de mis razones podrán con todas las profecías de los falsos profetas que necesitan de ti, Tiresias, maestro y carcelero, para dar gusto a sus razones. Yo traeré la paz a Babilonia y haré de la ciudad ejemplo y envidia de todos los conquistadores. ¿Por qué callas, carcelero?”.
         Y en efecto, no muy lejos de la gruta, un viejo con saya, báculo y de soberbia dignidad tapábase los oídos por no oír lamentos y razones, porque no sabía cuál de ambas cosas le incomodaba más. Tiresias, que era en efecto su nombre, no hablaba, pero en silencio respondía: “Te quiero como a una hija, pero más quiero a Babilonia y a sus habitantes, y si mi corazón me pide tu libertad, mi razón me impide dártela. No puedo contradecir lo que de tan lejos viene escrito: que tú serás causa de destrucción, de guerra civil, de muerte. No quiero ver cumplirse la profecía que te ata a esa gruta. Soy viejo y mi vida toca a su fin, pero mi conciencia me ata a mi promesa. 
         Lo que sigue es ininteligible, por lo que debo saltar unos cuantos párrafos hasta que aparece un nuevo personaje, Menón, general victorioso del Rey Nino que por allí pasaba con su guardia, oía los lamentos de Semíramis. Detúvose Menón y se acercó a la gruta; allí vio a Semíramis y esto es lo que su imagen le llevó a decir: “Bella mujer, ¿qué o quién te impide salir de aquí? ¿Quién o qué te ha cubierto de esas cadenas, que le daré muerte a mis manos? Dime quién eres mientras te libero y pienso un castigo para tu carcelero de tal forma que el arrepentimiento sobrepase a sus razones. Mis físicos curarán tus heridas y serás huésped en mis aposentos mientras tu cuentas esas razones, las tuyas, de tu encierro”.
         Y en eso estaban libertador y liberada cuando encontraron los guardias al viejo Tiresias. Enfurecido Menón, sacó su dentada espada para confiar el alma del viejo a Osiris, dios egipcio, cuando la misma Semíramis habló de esta forma: “Libertador, no deseo ese final para Tiresias, que ese es su nombre. Es un fiel servidor del rey Nino. Su pecado es creer en los hados más que en su conciencia. Su error no merece la muerte...  a mano ajena. Dejadle libre, que su conciencia será su carcelero si no me equivoco”.
         Accedió Menón a los deseos de Semíramis sin sospechar que ningún favor le hacía, porque el viejo guardián pensaba de esta manera: “A veces la virtud es el germen del mal. Menón, Ishtar te ha visitado y el deseo que veo nacer en ti es un desafío al destino. Está escrito que Semíramis la Bella no podrá quedar libre y las cadenas que has roto son el heraldo de la destrucción de piedras y ciudades, hombres y mujeres, viejos y niños. No sabes lo que has hecho. Comprometí mi gastada vida en ser guardián en mis últimos días y no quiero ser testigo de mi error. Aguas del Eúfrates, salí de vuestras ondas y a ellas vuelvo; no seáis crueles conmigo, yo que siempre os contemplé con la ilusión del navegante. Guardad mi alma y llevadme a la diestra de Anu, reina de los cielos, si de ello soy merecedor”.
         Y Tiresias se suicidó. Y esta fue la primera victima. ¿Sería la última? Cuenta mi abuelo en el relato que Semíramis fue llevada a palacio y presentada a Nino, el Rey, y que este, al igual que Menón, se prendó de su belleza como -según mi abuelo- años más tarde y no muy lejos de esa zona del mundo, se prendó Marco Antonio de Cleopatra o, como más o menos por la misma época, se enamoró  Paris de Helena, o como Medea de Jasón, el conquistador del Vellocino. Y también ocurrió, como puede sospechar el lector, que el diablo de los celos, ese Cupido del revés, se instaló en palacio como se instaló el mismo Nino en Nínive: con deseo y perseverancia. Corrió el tiempo y las guerras se recrudecieron, especialmente por el viejo Lidoro, rey de Lidia, que siempre guardaba en su corazón el deseo de hacer de Babilonia lo que nunca pudo hacer con Nínive: conquistarla, destruirla y reconstruirla, porque así, tan neciamente a nuestros ojos, se comportaban los guerreros de aquellas épocas. Pero Babilonia resistió, al igual que Nínive, y ello a pesar del empeño de este rey, que puso más si cabe al oír que sus muros guardaban la más bella mujer que jamás reflejaron las aguas del Tigres y del Eúfrates. Y, sin embargo, no era ese el mayor de los problemas para Nino, el Rey, porque sus generales Licas y el mismo Menón siempre salían vencedores de Lidoro y de cuantos generales querían apoderarse de la codiciada Babilonia. Y aquí viene la originalidad de mi abuelo según él mismo, porque Semíramis pensaba en estos términos: “Haré de esta ciudad, ya bella, algo nada imaginado; la cubriré de palacios y jardines, de muros inconquistables. Infranqueable y bella. Y sin embargo mi sueño es Nínive, de la que tanto me habló Tiresias, ciudad conquistada por Nino. A ambos dirijo mis deseos. El mundo no puede tener dos bellezas; Babilonia, has de ser única”.
Infranqueable y bella, así era también Semíramis. Al poco, Nino, siempre agradecido, llamó a Menón a palacio y entre ambos sostuvieron esta conversación:
Nino - Eres Menón mi primer general, y tanto de ti como de Licas y de  Friso me siento satisfecho y honrado de vuestros servicios, y es de hombres sabios antes que poderosos ser agradecidos. Sin vosotros Babilonia estaría destruida por medos, persas, armenios, batrianos y tantos otros que nos desean, nos envidian y también nos temen. Ahora que disfrutamos de un tiempo de paz, pedidme lo que deseéis: tierras, ciudades conquistadas, honores. Hablad, mi valiente general.
Menón - Nada material quiero, rey Nino; tampoco honores, porque los que tengo me son suficientes y vuestras palabras lo avalan. Tampoco me importa la efímera fama, que para un guerrero se pierde cuando llega la paz. Mi vida está colmada, salvo un consentimiento.
Nino - Pedidlo.
Menón - Deseo desposarme con Semíramis. Yo la liberé de la prisión e Ishtar me ha uncido con el deseo y no puedo traicionar ni a la Bella ni a la diosa, porque con ambas me siento deudor. Sólo eso os pido.
Nino - Me pedís lo único que no os puedo dar, porque sea Ishtar, Venus u Osiris, o cualquier otra deidad, o sean los dioses protectores de la ciudad, también han sembrado en el Rey ese mismo deseo. También la necesidad de un heredero que apague envidias y ansias de poder. Tanto agradezco que seáis su descubridor y libertador como detesto que os pongáis en mi camino. Siento no poder daros satisfacción. Pedidme cualquier otra cosa: una ciudad, una princesa, un reino incluso conquistaré para vos al frente de mi ejército, mi valeroso general, pero ese no puedo. No pidáis un imposible. Tanto el trono como Semíramis tienen dueño, son lo único que tienen ya dueño.
Menón - Pedir que renuncie a Semíramis es como pedir que el pájaro renuncie al vuelo. Mi conciencia no me lo permite. Es Ishtar quien ha regado su deseo en mí y no puedo contradecir a los dioses. A nosotros, simples mortales, nos parecen caprichosos en sus elecciones, pero ello es porque nos contemplan desde las esferas; su perspectiva es otra y a lo que nosotros creemos que es libertad, ellos lo juzgan como necesidad. Mi rey, no tengo mas que a Semíramis; sin ella no soy nada: ni general, ni victorioso, ni justo, ni leal. Nada. Ella y mi vida son la misma cosa y no me obliguéis a renunciar a mi vida.
Nino - No se discuten las órdenes del rey, sean cuales sean sus motivos. Yo no soy un simple mortal y estoy más cerca de los dioses que lo estás tú de mí. Sois un simple guerrero, un victorioso guerrero, un magnífico general al que estimo por su valor, inteligencia y lealtad, pero al fin un guerrero que ha de obedecer a su rey. Debéis renunciar a Semíramis; ni siquiera podréis en adelante contemplarla, porque si no la veis no la desearéis.
Menón - No necesito verla porque su figura está esculpida en mi cabeza y en mi corazón, lugar este donde se fragua el deseo. No renunciaré a ella, no puedo y no quiero. Los dioses han hablado y sembrado y respetaré sus voluntades, pase lo que pase. Ahora disponed de mi vida como os antoje.
Nino - No os quitaré la vida porque eso sería como amputar una parte del reino que tanto os debe. Tus méritos son muchos, pero no pueden compensar tu desafío. Os agarráis a los dioses como el recién nacido se agarra al pecho de su madre, pero vos tenéis también voluntad para torcer los deseos de esos caprichosos seres. La mía es que no volveréis a ver a Semíramis; podréis notar su presencia, oler sus perfumes, sus ataviadas ropas. Incluso podréis oírla, pero no la veréis más. Ese es mi deseo.
Y cuenta la leyenda, en versión de mi abuelo, que a Menón, el ilustre general y conquistador guerrero, le sacaron los ojos. Fue libre de andar por palacio, porque Nino no quería que contemplaran sus súbditos que su victorioso guerrero deambulaba por Babilonia como un mendigo; fue atendido en todo por esclavas del séquito del rey, pero nunca más volvió a ver a Semíramis.
Pero sigamos, que la historia y la leyenda no se detienen porque, como decía mi abuelo, esta última “es historia, pero con la lógica de la fantasía, porque hasta la fantasía está sujeta a orden y medida por miedo a lo inverosímil”. Yo lo trascribo tal cual sin que por ello suponga el lector que yo siempre le entendía. Y no había pasado aún un año desde la ceguera de Menón que Semíramis casó con Nino; y en un año más, el Rey y su consorte tuvieron un niño al que llamaron Ninias. Es verdad que era un varón, pero tan parecido con el tiempo a Semíramis en rostro, voz  y hechuras que  en poco tiempo, cuando los años pasaron, hasta los sirvientes les confundían. Pero antes de llegar a esto ocurrió un terrible suceso que la historia ortodoxa recoge: Nino murió envenenado cuando Ninias, su hijo, apenas gateaba. También dice la leyenda que estas fueron las últimas palabras de Nino y la réplica de Semíramis:
Nino - Isthar, diosa del amor y de la guerra, no dejes que muera sin guerrear, pues eso es lo que soy, un guerrero sin espada. Semíramis, esposa, no puedo ya verte pero déjame que te sienta por última vez. Estoy ciego como Menón y, sin embargo, veo las arenas invadir la ciudad,  destruir sus campos y jardines y abrasar a sus habitantes. Busca marido antes que lo busquen otros. Confía en Licas, mi fiel general; deja libre a Lidoro que ya es un anciano y no merece más castigo, y sobre todo....
Semíramis - Has muerto por mortal bocado. ¡Creyentes de profecías, en mí no han de cumplirse! Ahora soy reina, yo, Samuramat, hija de los dioses y del aire, criada por unas palomas, protegida de Shamash, el dios Sol. Esposo, has vivido mucho tiempo, demasiado tiempo. Que el dios Apsu te lleve por sus océanos a la otra orilla. Consentí ser tu esposa, pero nunca pude darte mi amor, sólo mi consentimiento. Me diste un hijo igual a mí en lo físico, pero igual a ti en lo de guerrear. Tampoco le falta ambición. Ahora comienza una nueva era en Babilonia. ¡Al fin soy libre para ocuparme de Nínive, tu apreciada ciudad! Ahora calmaré las ansias guerreras de ti, Ninias, y veré tu destreza. Esta será mi primera orden: que no quede piedra sobre piedra de Nínive. ¡Al fin serás única, Babilonia, y yo tu reina!
Tiresias suicidado, Menón ciego, Nino muerte, guerras inacabadas y propósito de nuevas guerras. Así comenzó el reinado de Semíramis. Pero aún faltaba algo más, porque Licas, el general en el que confiaba Nino, decía estas palabras en sueños y que fueron escuchadas por Friso, su hermano gemelo que iba a visitarle y hablar de sus campañas, como hacían siempre cuando ambos coincidían en palacio.
Licas - ¡Mi propio hermano ha matado al Rey! ¿Por qué si nunca fuisteis tan ambicioso como para esa acción inútil? Eres sólo un general que no puede aspirar al trono ni a compartir el lecho con la Reina. Soy tu hermano, pero no soy tu igual. ¿Acaso son mis victorias que no has podido igualar? Yo siempre las he compartido contigo; jamás he aspirado a ser más que tú. Ambos somos guerreros y nuestro mejor destino es morir en el campo de batalla; ambos somos generales esperando la primera derrota para dejar de serlo. Es verdad que fui el preferido de nuestra madre, pero tú lo fuiste de nuestro padre. Y de eso hace mucho, mucho tiempo, muchas guerras. Y ahora he de combatirte. Tiresias, sabio y viejo, lo sabía. Negros tiempos y fraticidas guerras nos esperan. ¡Sea así si así lo quieres, Ninurta, dios de la guerra!
Friso - ¿Eres tú, Lamashtu, dios maligno de la noche y de los sueños, quien ha puesto esas palabras en boca y pensamientos de mi hermano? Él no sabe nada, no puede saber nada. ¿Porqué tan negros presagios? Los reyes mueren como mueren los demás mortales y qué más da la forma y el instrumento. ¡Sal Luna de tu oscuridad e ilumina esta conciencia que se esconde en el abismo por tan horrible acción! Me debo a mi reina, a ella obedezco y a ella me encomiendo. Tus palabras son generosas conmigo, pero yo no soy un general tan victorioso como tú, ni tan honesto como Menón, ni tengo la dignidad de Lidoro, nuestro enemigo, pero entiendo de alianzas y de oportunidades: prefiero ser la mano derecha de la reina de Babilonia que rey de Sumeria o de Egipto. El segundo del general victorioso tiene más poder que el rey derrotado. Ayudar a Semíramis es ahora mi profesión y ha de llegar mi ocasión, porque no renuncio a nada, salvo a lo imposible. ¡Querido hermano, no deseo tu mal, pero no te pongas en mi camino! Y ahora sigue durmiendo para que esos sueños sean sólo eso: sueños.
No había pasado un año desde este suceso, desde estos sueños inoportunos, que Ninias volvía de Nínive, o de lo que quedaba de ella, según sus palabras. Aquí historia y leyenda se alejan entre sí como lo hacen los dos ríos de Babilonia cuando remontan la corriente. Mi abuelo echaba la culpa de ello a los historiadores porque decía que “desprecian la leyenda porque dicen que es inventada. No se dan cuenta que ellos inventan incluso con mayor ahínco los huecos que los hechos dejan en la lógica de los acontecimientos. Hemos inventado culturas y civilizaciones como si las diferentes manifestaciones del pasado, sus huellas, hubieran hecho a los hombres diferentes de unas a otras. Nada más alejado de la verdad. Hasta el Gilgamesh parece una novela de aventuras de nuestra época con tal de que miremos los resortes de los héroes que aparece en ella. Al final sólo dos cosas nos mueven: la manutención y el deseo, los instintos de supervivencia como individuo y como especie. Las diferencias son anécdotas, espuma de los días, polvo de nuestras pisadas, sombras de nuestros deseos”. Pero sigamos con la leyenda. Semíramis recibió a su hijo de esta manera y con estas palabras:
Semíramis - ¡Honor al guerrero y un beso de su madre, Ninias! ¿Todo se ha cumplido? ¿Al fin podrás gobernar y reconstruir a tu gusto Nínive?
Ninias - Mi honor y mi recompensa es ser tu hijo. Nínive es tuyo. Babilonia ahora es única. Agradezco tanto tus palabras que me cuesta decirte ahora lo que pienso, pero lo diré: yo no quiero gobernar Nínive ni ninguna ciudad o pueblo conquistado o por conquistar. Ahora quiero que toquen el clarín de Marte, música que tanto me gustaba oír cuando estaba en tu regazo y volvía mi padre de la guerra.
Semíramis - Sea. Pero tú no eres un guerrero como Licas, Menón o Friso. Tu padre y yo te hemos educado para algo más y más difícil: gobernar. La guerra no es un fin, salvo para los soldados. Para nosotros es a lo más un medio para recibir honores, nuevo súbditos y riquezas. Dime tus deseos.
Ninias - No madre, yo he dicho que no quiero gobernar tierras y ciudades conquistadas, no que renuncie al gobierno. Yo quiero estar a tu lado siempre, para que cuando tú faltes y sea inevitable mi presencia tenga la sabiduría y la experiencia necesaria. A tu lado lo aprenderé todo lo que aún me falta. Seré tu mano derecha mientras tanto. Ese es mi deseo.
Semíramis - Hijo, esta ciudad y este reino tienen reina que han de durar y durarte muchos años. Piensa en otras funciones, en otras metas. Tu madre está fuerte, está sana y con muchos ánimos de gobierno. Tengo la ilusión del principiante y la serenidad de los años. No es eso lo que yo quiero para ti. No necesito mano derecha porque yo soy mi propia mano derecha. Agradezco tu predisposición y ello te honra, pero no es ese tu destino.
Ninias - Seré tu sombra, madre y te protegeré de tus enemigos, incluso de tus... amigos. Eso es lo que deseo. Se lo prometí a mi padre y cumpliré esa promesa. Ahora un beso, madre.
Y Semíramis quedó consternada porque no reconocía a su hijo en estas palabras. Según mi abuelo estas fueron las palabras de Semíramis: “¡Qué rabia, ahora vuelta a empezar!”. Eran palabras terribles precisamente porque eran breves,  y como los grandes personajes de la historia o de la ficción, sus obras comienzan cuando acaba su verbo. Ninias en cambio seguía pensando y lo hacía de esta manera: “Desprecias a Licas, tu general; has encadenado a Lidoro sin honores; menosprecias a Friso a pesar de serte fiel. Tiresias, muerto; Nino, muerto; Menón, ciego. No ha habido un sólo año de paz desde que la razón me acompaña. ¡Y dices que la guerra es sólo un medio! ¡Qué cinismo! Mi cariño hacia ti será mi coartada. Ambición por ambición, la mía traerá la paz. No, no he destruido Nínive porque tan bella ciudad no merece ese deseo. Mi campo de batalla será Babilonia y para este fin no necesito ningún ejército: con la discreción me basta. ¡Anu, dios del Cielo, protege mi destino! “.
Cuenta mi abuelo que, mientras esto sucedía entre la reina y su hijo, Friso y Licas, hermanos gemelos pero ahora enemigos, se enfrentaron en el campo de batalla y hasta en la bella ciudad de Babilonia, con resultado incierto en cuanto a la victoria, pero con destrucción de cosechas y vidas de campesinos y comerciantes. La peste asoló la ciudad porque los cadáveres no eran enterrados por falta de tiempo para las exequias. Pero Babilonia, la ciudad de los mil jardines y de los inmensos palacios, sobrevivió a sí misma. Semíramis siguió en el gobierno y Ninias a su lado a pesar de los deseos de la madre. No lo especifica mi abuelo, pero el lector ya podrá deducir la ira y la rabia de la reina cuando se enteró que Nínive, su odiada Nínive, seguía en pie. Esa fue la ofensa que colmó su paciencia. Ahora Semíramis esperaba todas las noches la visita de su hijo, no para darla el beso de todos los días, sino para el último beso. Semíramis hacía mucho que no dormía, y, como decía mi abuelo, “la somnolencia es el fuego donde arde la conciencia”. Una noche Ninias visitó a su madre creyendo que dormía y de sus labios surgieron estos pensamientos:
Ninias - ¡Oh, dioses caldeos, fuisteis generosos, pero no justos! Me disteis la belleza de mi madre, pero no su poder; también su valor, pero no su ambición. He sido educado para gobernar y en ese esfuerzo he perdido la niñez. Todo ha sido un engaño. He estado asido a tus faldas, madre, por una promesa que no ha de cumplirse mientras vivas. Tu empeño en forzar a los hados nos ha traído guerras, pestes, destrucción. Entre todo no hemos hecho más que destruir y destruirnos. Menón, Nino, Licas, Friso, Lidoro, yo mismo y tú, madre, no hemos hecho otra cosa que destruir. ¿Para cuando la paz? ¡Justicia y Razón, grabados por Hammurabi en piedra indeleble, no podéis equivocaros aunque la cuña de la ambición os rompan y os separen! Has tenido tu oportunidad, madre, pero tu ambición ha malogrado hasta tus mejores deseos. Soy caro al pueblo y ve en mí el futuro para Babilonia. No puedo rechazar mi destino aunque me equivoque. Duermes madre ignorando que tu tiempo se ha cumplido. Este es mi beso, mi último beso. Duerme, madre, duerme y si puedes, sueña por última vez.
Pero Semíramis no dormía. Mi abuelo no aclara que paso a continuación y la historia está confusa, pero sí escribió que Semíramis pensaba de esta manera mientras su hijo hablaba en voz baja como hemos visto:
Semíramis - No duermo, hijo, no duermo. Tampoco sueño, porque Ishtar me ha abandonado, Marte me ignora, Venus me rechaza. ¿Dónde estás Marduck, dios de dioses? No importa, porque hace tiempo que ya no creo en vosotros. Ahora sí reconozco en tus palabras el eco de las mías. Gracias por tu beso, hijo, tu último beso.
La solución de Calderón la dejo a la curiosidad insatisfecha de los lectores. Para mi abuelo nunca se supo qué fue de la reina de Babilonia. La leyenda dice que Semíramis, la hija de los cielos, volvió a ellos llevada por unas palomas. Nunca se sabrá a ciencia cierta que pasó aquella noche en que madre e hijo se hablaron por última vez sin saber que se oían, porque cualquier cosa pudo pasar y cualquier cosa pudo pasar a la historia real dado el parecido entre madre e hijo. Sin embargo, mi abuelo pone en boca de Semíramis estas últimas palabras:
Semíramis - ¿Por qué no puedo dormir? ¿Te he perdido para siempre, sueño reparador? Demasiada luz por el día y todos sombras en la noche. Yo no cambié mi libertad por tu vida, viejo Tiresias; me distes un hijo, Nino, esposo, pero los años pasaban y Nínive seguía en pie; Menón, mi general más querido, yo no te saqué los ojos: fue tu amor el que obró esa desgracia; Ninias, hijo, mi querido hijo, eras tu o yo. Te consentí todo, hasta que estuvieras a mi lado a sabiendas de tus ocultos deseos, pero mi vida no había cumplido su ciclo y su fin. Me engañaste con Nínive. Yo te di la vida y yo te la quité: nada te debo. Hubiera muerto por ti si te hubieras aceptado como súbdito, además de como hijo obediente. Y ahora a ti te hablo, sombra de las sombras, vieja dama, siempre inoportuna, porque aún necesitaba tiempo para contrariar las profecías interpretadas por el viejo Tiresias. Lo he sido todo: huérfana, prisionera, libre, esposa, madre, guerrera, reina y... asesina. De la cima a la sima. Que haya retorno, no lo sé, porque ya no creo en los dioses, al igual que no creía en las profecías. El temor a la muerte hace a muchos infelices toda la vida. Yo no, yo hace tiempo que deseo ir en tu barca, barquero de la noche. Dame las tinieblas y déjame perderme en ellas. Ahora, la nada.

No es seguro que esto pensara la Reina de los Cielos. Tampoco lo es que Semíramis siguiera gobernando o fuera Ninias disfrazado de su madre, cosa que no le hubiera resultado difícil dado su parecido, o fuera Ninias como Ninias. El caso es que sobrevino un período de paz: que Lidoro fue liberado de su estado; que Licas y Friso fueron depuestos de sus cargos y sustituidos por otros generales; que Nínive volvió a su esplendor. Todo fue pues confusión y contrariedad, pero la paz fue bienvenida, y la curiosidad por lo sucedido en palacio fue apagándose en el pueblo de Babilonia como se paga la luz de un viejo candil. Para la historia importa los hechos y la lógica de los acontecimientos; para la leyenda, no. Al menos eso aprendí de mi abuelo. No importa porque, como decía él, “el lector elegirá a su gusto y pasará por encima las incoherencias del texto, de cualquier texto, así como de su lenguaje. Sobre todo si el lector es joven, feliz e ignorante, pero sabe degustar el manjar de la invención”.
Ruego disculpen a mi abuelo por la crudeza de su pensamiento.


Madrid, 5 de febrero de 2010.
  



        



















TRES CARTAS DE MI ABUELO
         ¡Cuanto admiraba a mi abuela Francisca! Lo hacía por muchas cosas: era inteligente, trabajadora y oportuna. Y a mí se me hacía además algo que aún no sé a estas alturas si es virtud o defecto: era sufrida. Eso se me hacía. Viene esto a cuento porque llevaba tiempo buscando la oportunidad de interrogar a mi abuela por los amoríos de mi abuelo, porque siempre me sorprendía la liberalidad y aparente aplomo con que llevaba esa situación, por más admiración y amor que ambos se prodigaran. Recordaba, sobre todo, el asunto con Teresa de Velasco, la descendiente del personaje velazqueño. Y así, cuando hacía un año que mi abuelo nos faltaba, le dije a mi abuela:
         - Abuela, no deseo importunaros, pero tengo una cuestión que me pincha la curiosidad más allá de lo razonable. Sé de los amoríos del abuelo, pero me sorprende, y aún no sé como enjuiciarlo tu aparente resignación ante ese donjuanismo. A mí tu actitud me merece admiración, pero ¿a ti qué te merece? En especial el caso de Teresa de Velasco.
         Yo sentía que mi abuela me adoraba, aunque lo normal es que no diera de ello muestras, quizá porque tantos años de sufrimiento le habían vacunado contra las emociones o, al menos, con sus más externas manifestaciones. Pero esta vez se sentó conmigo, me revolvió el pelo de la cabeza con su mano y me dijo:
         - A veces los sentidos nos engañan y la procesión va por dentro. Has estado acertado y el caso de Teresa me perturbó más de lo soportable, porque al deseo que tu abuelo sentía por la pequeña Teresa le añadía admiración y eso, a la larga, rompe más vínculos que el más fuerte de los deseos, porque estos, cuanto más sentidos, son más efímeros. Una vez y por casualidad llegó a mis manos una carta de tu abuelo. La leí y aún me pincha en el corazón, al igual que a ti la curiosidad. Ahí tienes tarea para avanzar en la biografía de tu abuelo.
         - Pero tienes alguna pista donde encontrarla, abuela.
         - Ninguna, pero ya sabes el método de tu abuelo de ocultar las cosas y recordarlas según palabras relacionadas. Ahora me voy a la cocina. Suerte.
         No sabía como empezar porque mi abuelo tenía 12.000 libros y en cualquiera de ellos podría estar la ligazón que me llevara de uno a otro, y quizá a otro, hasta llegar al final. Entonces vi a mi abuela que volvía sobre sus pasos.
         - He recordado algo. Sé que su primer encuentro fue en el Retiro, en el parque madrileño, al poco tiempo de su apertura a los madrileños por Alfonso XIII. Ya tienes algo.
         Nunca pude saber si lo decía en serio o con ironía, pero esta era la primera y única pista por el momento. Sin embargo y ya en la inmensa biblioteca de mi abuelo, concluí que no tenía una pista, sino dos: “Retiro” y “Teresa”. Entonces vislumbré la posibilidad de que en algún rincón de la biblioteca hubiera algún párrafo en algún libro donde se reunieran ambas palabras. También recordé que mi abuelo, a pesar de su ateísmo, admiraba a Teresa de Jesús, no por sus creencias, sino por la coherencia entre sus pensamientos y sus obras, porque ésta, la virtud de la coherencia entre el ser y el pensar era, según mi abuelo, “fruta rara y escasa”.  Además, aprovechaba mi abuelo para recordarme también que ambos adjetivos -raro y escaso- no eran sinónimos, a pesar de la dificultad de precisar su diferencia. Volviendo al tema principal, comencé entonces a leer las obras de esta mística. Tengo que decir que su prosa me cautivó por más ajeno y extraña que me resultara su esfera de preocupaciones. Algo así debió sentir mi abuelo como buen mitómano que era. Me llevó varios días completar su prosa y no encontré nada. Pasó un mes y otro mes pasó y nada. Un día mi abuela, al verme desanimado, me dijo algo sorprendente:
         - Intenta hablar con la actriz española que ha interpretado a Teresa de Ávila. Ya sabes que los actores se empapan de lecturas de sus personajes. Quizás élla... Yo la conozco. La diré algo.
         “Camino rebuscado”, pensé, “pero cualquiera sabe”. El caso que resultó, porque a los pocos días mi abuela me dejaba escrito en la solapa del libro de “Las Moradas”, que yo estaba leyendo, la siguiente nota:

“Tengo un oculto y fiel retiro en comarca de ideal”

         ¡Al fin veía relacionado “Teresa” -la autora- con “retiro”! Luego pensé: “Sí, pero victoria pírrica, porque en el libro de la de Ávila no hay ningún escrito o carta de la otra Teresa, la descendiente de la velazqueña”. Parecía demasiado fácil, porque mi abuelo era algo más rebuscado, y más con esta cuestión. Debía haber una elipsis en el procedimiento de interrelaciones para ocultar una carta que pudiera hacer daño a mi abuela. Hasta ese momento poco orgulloso podía sentirme porque nada había aportado a las pesquisas ni al desenlace. Entonces me dije: “vuela imaginación y no te atengas a lo consabido”, cosa que solía decir mi abuelo más o menos en estos términos. ¡Y vaya que si voló!, porque entonces comprendí que El Retiro no dejaba ser más que un jardín. Eso y la pasión oculta de mi abuelo por la música me llevó a unas de sus obras preferidas: “Noches en los jardines de España”, del gran Manuel de Falla, que mi abuelo tocaba al piano mal que bien. ¡No era un libro la pista definitiva, sino una partitura, un disco! Busqué el disco y en la cubierta, por dentro, estaba escrito lo siguiente dirigido a “Teresa”:

         “¡Qué joven eras! Apenas 17 y yo... No importa. ¡Qué emoción la primera cita en el Retiro! Luego... pasaron los años, sin más; simplemente... pasaron. La boca entreabierta, escrutadora; los labios finos, deseables pero no deseosos; tu nariz fina, corta, delicada; tus ojos abiertos al escepticismo y al deseo; insinuadas tus orejas, cubiertas por tu pelo, pelo hermoso, rojizo, peinado por sí solo y perfecto. Pasear a tu lado era la tentación, el dardo borracho de instinto, sin diana, sin fin, con deseo. Nos hicimos fotos que aún conservo. Luego nos vimos más veces pero no fue igual: nació el cariño y mató el deseo. Quizás exagero o quizá me arrepiento de no ser más diestro. Nunca me deseaste y, a pesar de todo, aún te quiero. No, no estoy en lo cierto: ahora eres un hermoso recuerdo, una estampa en el cerebro, un mojón en el camino; camino que no lleva a nada porque, a veces,... me arrepiento. ¿Cuando nos vimos por última vez? No lo recuerdo. Nos despedimos; quizá un beso en la mejilla y un hasta luego. Ahora soy otro: más serio, con más éxito, con experiencia, con pasado, sin desasosiego. Ahora soy normal, ahora de nada me sorprendo, todo es cálculo y previsión,...  ¡pero sin la emoción de tu encuentro! Añoro la emoción que he perdido... ¿por viejo?”

         ¡Parecía destinado al verso! Pegué la cubierta que había despegado, guardé el disco y lo volví al anaquel donde estaba. A mi abuela le dije que había fracasado y que nada encontré. Sin embargo, élla me sorprendió de la siguiente manera.
         - Nieto, olvida lo de Teresa y no te desanimes. Yo, en cambio, he encontrado algo para ti. Toma una carta de tu abuelo. Es para una tal Michelle. Léela.
         Eso hice. Decía:

“Tengo tu retrato ante mí. Estas seria y contemplando algo que yo sé lo que es, pero lo cual no tiene importancia. El pelo como de estambre de un gineceo; la boca de piñón; los labios carnosos y quebradizos; nariz suficiente y elegante; los ojos achinados a la vez que almendrados; orejas pequeñas y precisas; el cuello de cisne ornado con un collar de baratija, pero elegante. No tienes arrugas, cual quinceañera. Rostro sereno, como de haber soportado el pasado, pero mirando al futuro. Soy un egoísta: no quiero que nadie te quiera como yo. De otra manera, cuanto más, mejor, no reniego y me congratula, pero deseo el monopolio de tu deseo. Lo siento. Es mi propuesta de pacto, escrito en la arena y llevado por el viento. Cuando te diga adiós porque otra reencarnación me reclame te diré adiós con una sonrisa, te dibujaré un beso en el aire y un suspiro en tu piel; tu piel de seda y melocotón será mi último recuerdo de todo esto”.

- ¿Otro amorío del abuelo, abuela?
Y de nuevo la sorpresa.
- No, una premonición, quizá para algún nieto.

         Entonces, como si fuera un relámpago, me vinieron a la mente tres cosas: las palabras alameda, dedicación, melancolía; también unos largos paseos que daba en el parque del Retiro madrileño imaginando a mi lado a esa chica con la que todos soñamos. Hice algo de lo que luego me arrepentí. Más aún, de lo que me estaba arrepintiendo según lo estaba haciendo y, sin embargo, no cejé por ello. Tomé una de las ajadas cuartillas de mi abuelo intercaladas en sus libros y escribí lo siguiente dirigido a mi abuela y firmado por mi abuelo:

Es así. Los árboles, las alamedas, los prados no serán los mismos, ni olerán igual, ni la melancolía de los otoños será tan alegre como cuando nos perdíamos en el bosque y nos asaltaban los deseos. Ni el cantar de las aves lo sentiremos como un coro que forzaran sus trinos a nuestro paso. Los grises serán negros y los amaneceres melancólicos, desganados. Pero la vida sigue porque no podemos evitarla si no tenemos valor para detenerla: sólo los elegidos no temen a la muerte. ¡Afortunados ellos! Cierro los ojos y te veo, te siento, te huelo, pero sólo cuando cierro los ojos. Y los tuyos entonces semejan luminarias que me evitan caer en el pozo que soy; me permiten ir erguido, simular que estoy entero. Prefiero el sueño a la vigilia, dormir a soñar, sortear el tiempo, burlar su pesada cadencia, su ilimitada paciencia. ¿Vivir? Sí, pero sólo para soñarte”.

Dejé esa falsa carta de mi abuelo en un libro que le gustaba a mi abuela que era El Cantar de los cantares. Yo sabía que tarde o temprano descubriría la carta y la leería. Así ocurrió y tuve la suerte –supongo– de verla a hurtadillas. Me parecía que la leía con emoción y eso me animó, pero al acabarla y guardarla otra vez en el libro se sonrió. Eso me dejó preocupado. Luego se dirigió a la biblioteca donde ella suponía que yo estaba. Allí me dirigí antes de que llegara ella. Estas fueron sus palabras:
- Nunca te lo he dicho, pero tu abuelo no tenía ningún miedo a la muerte. Te lo digo para la biografía que estás escribiendo del abuelo.
Yo no hice ningún comentario. No sé como pude aguantar la curiosidad.
Cuando hubo leído mi abuela estas dos cartas la miré inquisitivo para sonsacarla bien fuera información u opinión. No conseguí ninguna de las dos cosas, pero en cambio se dirigió a la biblioteca de nuevo y de espaldas a mi sacó otra tercera que ya no parecía tan ajada como las anteriores y me dijo:
- Investiga esto, porque esta carta se refiere a una prisión, a una cárcel y a una venganza, pero no estoy segura a  quién es esa misteriosa mujer que encubre sus letras.
Eso hice. Dice así la carta:
Ahora soy incapaz de la risa. Menos aún de la sonrisa. La injusticia y las circunstancias se han hecho corpóreas, metamorfosis de la venganza. También de la cobardía y la traición. Un miserable vengativo hace que mi  amada esté en la cárcel, un ser inocente, cándido y que ama a sus hijos sin límite, sin conocer el egoísmo. Sólo aspiro a una pequeña porción de ese amor. Haré lo posible hasta el límite del delito para que salgas de esta, para que la bondad no sea devorada por la venganza  y la estupidez; posible estupidez de leyes y jueces, que con sus prisiones preventivas imparten injusticia a manos llenas. Quiero apartar de mi el espectro de la venganza ya que no puedo la de la rabia y la impotencia. Pero tengo dudas porque soy mayor y voy perdiendo el miedo a la muerte; sólo me queda el miedo a perder la libertad. Espero que este actúe de freno hasta el final, libre ambos, acariciando tu piel y mirándote a los ojos, para que pueda decirte: gracias compañera por serlo. Gracias”.
Cuando acabé su lectura miré a los ojos a mi abuela y la dije:
-Abuela, sí sabes a quien se refiere. Por eso has perdonado todas las anteriores y sus significados.
Mi abuela se calló, mi miró de forma maliciente y se sentó en el sillón donde solía hacerlo el abuelo. Entonces me sorprendió, porque en lugar de guardarla en el libro de donde la había sacado –que yo nunca supe- la guardó en un viejo disco de vinilo de mi abuelo. Era el Réquiem de Mozart, la música que hoy mi abuelo todos los días. Desde que tengo uso de razón nunca dejó de oírla. Con el tiempo he averiguado más cosas sobre los amoríos de mi abuelo, pero son triviales. Al menos no están a la altura de las tres cartas.


Madrid, 7 de junio de 2010.






































EL RETRATO
         A un año de la muerte de mi abuelo encontré en la biblioteca una carta firmada por un tal Leonardo y dirigida a una tal Dorila que ahora transcribo. Si lo hago es por dos cosas que me resultaron sorprendentes. La primera, porque la carta era bella, una bella carta de amor, pero no del estilo de mi abuelo, que era siempre sobrio en la expresión y parco en el contenido. Ciertamente no era mi abuelo Berto dado a expresar sus emociones, aunque decía mi abuela Francisca que las tenía y que su mal humor venía del hecho que no pudiera ocultarlas tanto como él quisiera. Pero quien haya conocido a mi abuelo tengo que decir que su mal humor era tierno, pasajero y perdonable. La otra sorpresa o rareza es la de que dicha carta la guardaba en un libro de taxidermia, afición extraña a mi abuelo, porque su amor a los animales le impedía un entretenimiento tan perverso a sus ojos. No me dijo tal cosa nunca, pero apuesto un brazo a que no me equivoco. Sin más dilación veamos la carta. Decía así:

         “Fue verte y ya nada es igual. El mío corazón me duele y mi mente no descansa. Voy y vengo sin saber dónde y para qué. Desearía esculpirte si ahora mis brazos me lo permitieran; acariciarte si mis manos no estuvieran tan envejecidas, tan arrugadas y callosas; contemplarte sin molestarte; olerte sin turbarte; enamorarte si mi juventud no la viera en lontananza. Desearía tantas cosas, pero, al menos, dejadme pintaros. No necesito que poséis para mí porque aún conservo la mía memoria y la mía imaginación: sólo pido vuestro consentimiento”.

         León Pray era el autor del libro donde estaba guardada la carta. Más extrañezas: en el envés de la carta había un escrito de un tal Pietro Bartolomé que decía lo siguiente:

         “Me dirijo a vuestra persona y en nombre de vuestra fama ruego y es mi deseo que os alejéis de mi hermana. Nuestra familia no es digna de la vuestra o de la suya, si así gustáis. Nada me resultaría tan insufrible que ver a su vez el sufrimiento de mi hermana. Hemos perdido a nuestros padres de una manera que no puedo relatar. He sabido que estáis de paso aquí en Toledo porque sois invitado del rey Francisco I de Francia. Ruego no sembréis lo que no podréis cosechar. Aún no sé si habéis retratado a mi hermana o si lo haréis en el futuro porque sé que lo podéis hacer de memoria. Ruego de nuevo que abandonéis esa intención. Nuestra ascendencia y la muerte de nuestros padres nos obliga a pasar desapercibidos, y nada peor que un retrato para este fin. Feliz estancia en tierras galas y no echéis en saco roto mis ruegos”.

         El texto no tenía destinatario, pero el lector ya lo habrá adivinado. La historia parecía clara e incluso se puede adivinar por la época en que está fechada la carta (año 1500). Sin embargo la cosa se complicó porque en el mismo libro de León Pray encontré este texto de puño y letra de mi abuelo:

         “En el año de 1500 se encontró un moribundo en las calles de Toledo, muy cerca del Arco de la Herradura, del que no se pudo saber su nombre, pero que ya agonizando dijo estas palabras a los que le atendieron en ese postrer momento:
Todos quedaron extrañados. Bueno, todos no, porque un joven que por allí pasaba lo oyó y dijo casi involuntariamente:
- Yo sé dónde está ese cuadro.
Todos le miraron extrañados y curiosos, y el joven, que se vio rodeado por los viandantes porque creían ya muerto al agonizante, no tuvo más remedio que señalar a un anticuario que tenía su negocio en los Cigarrales. Entonces ocurrió que, quizá llevados por la curiosidad, parte de los que allí estaban se fueron con el joven a casa del supuesto anticuario donde estaba el supuesto cuadro y parte de ellos se quedaron acompañando al ya fenecido esperando la llegada del juez y de los alguaciles. Llegó la pequeña comitiva a casa del anticuario. La casa estaba vacía y la puerta abierta. Entraron y a todos les sorprendió que no encontraran nada que fuera antiguo y valioso, cosas tales como cuadros, enseres, mesas de maderas nobles trabajadas, sillas de cuero repujado, balconadas de hierro forjado, pequeños bajorrelieves, lámparas de bronce, etc. Nada de eso. Sin embargo, sí había muchos pájaros que parecían vivos y no sólo por los vivos colores de que estaban dotados sus plumas; había también un zorro y varios gatos con tales posturas y ojos tan brillantes que parecían prestos a saltar sobre cualquiera que osara sostener sus miradas. Desanimados por no encontrar nada, habían decidido volver cuando por casualidad vieron medio oculto un enorme mueble en forma de paralelepípedo de casi dos metros de alto y de un metro de ancho y de profundo. Diéronle la vuelta y pudieron contemplar un bellísimo cuadro de una mujer en el que podía leerse: “Para Dorila de Leonardo”. No sabiendo que hacer con aquello y teniendo en cuenta que su peso era tal que no podían trasladarlo, decidieron volver al lugar donde hubieron encontrado al moribundo. Fueron, pero no hubo nada. Normalmente todo habría acabado así si no fuera porque Toledo era a comienzos del siglo XVI una ciudad pequeña a pesar de su grandeza como capital del Reino Visigodo, estancia de los Reyes Católicos y futura ciudad imperial de nuevo con Carlos I. El caso es que uno de los que acompañaron al joven que les dirigió a casa del anticuario conocía o suponía conocer a la joven retratada en el cuadro y se dijo: “No pierdo nada con ir a ver a Pietro Bartolomé que tiene una hermana llamada Dorila y que, a pesar de que la he visto sólo una vez casi de soslayo, se me hace que es la retratada en casa del anticuario”. Eso hizo, pero el hermano de Dorila estaba desecho y ensimismado y apenas se oía su voz:
- Os agradezco vuestro interés, pero mi hermana hace ya una semana que nos falta. Desapareció sin dejar una carta, algo que indicara dónde ha ido. Nada. Me temo lo peor porque esta ciudad se ha vuelto muy peligrosa con tanta gente extraña entrando y saliendo de ella.
Entonces le contó el solícito y curioso viandante todo lo que había visto: las palabras del moribundo, el cuadro encontrado en casa del anticuario y el parecido de su hermana con la retratada. Pero el hermano sorprendió a su interlocutor con lo siguiente:
- Un retrato, por mucho que se parezca a Dorila, no es Dorila ni puede dármela. Era -y espero que aún lo sea- tal la hermosura de mi hermana que muchos pintores podrían, al verla, aunque fuera por un instante, pintarla de memoria. Todo os lo agradezco, pero dejemos el cuadro a su autor y dejadme a mí seguir la búsqueda de mi hermana”.

         La carta de mi abuelo sigue, pero quiero señalar que era evidente que el hermano de Dorila no quería seguir la conversación y todo le resultaba inoportuno acerca del cuadro porque él sabía el nombre y la persona autora del mismo por la carta de Leonardo a Dorila. Sigamos con mi abuelo y su escrito:

         “Pero a Juan de Ávila, que así se llamaba el curioso testigo, le picaba la curiosidad como un sabañón y no pudo evitar volver a la casa del anticuario. Abrió la puerta, entró en la casa y de nuevo vio el cuadro. Acercó como pudo el mueble donde estaba como empotrado hasta una ventana y pudo contemplarlo de nuevo. Juan de Ávila era ya un famoso pintor y por eso se quedó tan sorprendido con lo que vio. Todo era tan realista. Se acercó al rostro de la joven pintada y no podía distinguir las pinceladas del óleo: ¡no tenía capas de pintura! Las cejas parecían insinuadas más que dibujadas; la nariz perfecta, aunque algo alargada; la boca con un sonrisa extraña, ampliada por unas comisuras que no le restaba belleza sino todo lo contrario; la frente despejada; las mejillas algo coloreadas pero sin desentonar de la palidez general del rostro; los mofletes y barbilla pronunciadas, pero con gracia; el pelo liso, pero enroscado a la altura de los hombros. Y los ojos, que he dejado para lo último, eran de belleza contenida, negros como el azabache, con un tercio de ellos ocultos por unos párpados perfectos. Ni una sola arruga. Entonces, llevado por la curiosidad, deslizó el pintor su dedo corazón por el cuadro y encontró lo más sorprendente, incluso para un pintor de profesión como él, y se dijo: “Es como si fuera un bajorrelieve”. Miró en su derredor y no vio ningún cuadro, cosa que ya sabía de su anterior visita, y aún así le extrañó. Registró todo la casa del supuesto anticuario buscando pinceles, paletas, restos de óleo, telas, bastidores, etc., y sólo encontró dos cosas que le resultaron extrañas, al menos extrañas para su oficio: varios cuchillos muy afilados y varios saquitos de sal. ¿Cómo había llegado esa pintura engastada en ese pesado mueble hasta allí? Y de pintarse allí mismo, ¿cómo es que no había rastros de pintura ni útiles propios de ese oficio? Decidió irse porque ya no encontraba nada que no hubiera visto. No entendía nada. Había decidido avisar a las autoridades para que fueran a recoger aquel cuadro -y ello porque el hermano de la supuesta retratada no quería saber nada de aquello- cuando le vino a la mente las palabras del moribundo y que hasta ese momento las había tomado como metáfora: “Para saber donde está Dorila, penetrar en el cuadro”. Eso le hizo volver sobre sus pasos, tomó el cuchillo afilado y pinchó la garganta de la retratada. Se quedó horrorizado: cuando retiró el cuchillo del cuadro se deslizaron unas gotas de sangre”.

         Ya puede imaginarse el lector la peculariedad del supuesto cuadro y lo que contenía el extraño paralelepípedo que lo sujetaba a modo de bastidor. Ahora todo cuadraba: la desaparición de Dorila, la estancia de Leonardo en Toledo, la sal y los cuchillos afilados que eran -y son aún- útiles de la taxidermia, el mueble donde estaba encajado el supuesto cuadro y las gotas de sangre. Pasó el tiempo. Nunca apareció el cadáver de Dorila, la casa del anticuario se quemó extrañamente y sus restos dejaron dos cadáveres, uno de varón y otro de mujer, aunque irreconocibles para más indagaciones; además, del supuesto anticuario nunca se supo de su existencia. Dice la leyenda que el autor de todo esto era el gran Leonardo da Vinci, que estuvo en España antes de viajar a Francia y que la retratada se convirtió en uno de los cuadros más famosos de todos los tiempos: La Gioconda. Eso dicen, pero ya se sabe lo que pasa con las leyendas: que en parte son verdad y en parte son mentira.

                   Madrid, 22 de junio de 2010 
























Epílogo sentimental:
Como ya sabe el lector mi abuelo murió plácidamente en su sempiterno sillón con un libro en la mano que no llegó a soltar ni en ese postrer momento. Era una obra de su admirado Miguel, el gran Unamuno, “el políglota por desesperación” que decía mi abuelo. Para más señas esa obra era Niebla, de la que decía que era como “las capas de la cebolla”. No sé a ciencia cierta qué es lo que quería decir, pero tomé el libro y en las páginas en blanco del final encontré estas palabras escritas de su puño y letra:

“No quedará nada, cariño. Es así, pero no hay escapatoria: no quedará nada. Ni del amor, del nuestro, ni de los ajenos, de los demás. Todo será polvo, sombra, nada. ¡Malditos infinitos Universos de Giordano! ¡Malditas distancias siderales donde sólo llega el pensamiento! Este también será polvo, sombra, nada. Ahora estoy oyendo una maravilla hecha por la humanidad: una sinfonía de Brahms. A veces oigo el Réquiem de Mozart y me digo: ¿y esto tampoco quedará? No quedará nada. Entonces, ¿para qué hemos nacido? ¿Para qué somos si nada de lo nuestro es perdurable? Que lo miserable, lo zafio, lo criminal pase, pase; pero que la excepción, lo sublime no quede, es un fracaso. Pero somos seres sin fin, sin finalidad, por eso nuestro fracaso es la existencia sin fin. No la tiene. Somos una casualidad del Cosmos, un fenómeno extraordinario, tanto si estamos solos como si otros solitarios nos acompañan. Quizá nunca podamos comunicarnos más allá de nuestra galaxia, y aún dentro de esta a lo mejor no es posible, amor. ¿Después qué? No sabemos, pero estaremos siempre solos frente a la inmensidad del Universo. Los besos, los paseos, los susurros, la emoción, la alegría del instante, a la postre, serán sólo polvo, sombra, nada. Pero decir que no seremos nada, es como decir algo que existe de alguna forma. El lenguaje no tiene palabras para designar la idea de nada, no de la Nada. Sólo me consuela una cosa: no recordar que no he existido. Eso me lleva a la idea de la inmortalidad. Piénsalo y es lógico. Pero no me fío de la lógica, porque esta es cosa de la humanidad, de algunos seres racionales que han puesto un corsé al desasosiego de la irracionalidad de la existencia. Sólo existe el instante y su enemigo: el tiempo. El instante nace y muere al instante. No es polvo, ni siquiera sombra; quizá el instante sea la sombra de la existencia, pero es fruto de nuestra conciencia, y eso me resulta sospechoso. Demasiado fácil, demasiado lógico. Te dejo amor, pero espero que la próxima sucesión de instantes la pasemos al menos juntos, hasta que el instante, como diría Goethe, se detenga. Ese será nuestro consuelo: compartir los próximos instantes, aunque sepamos que no quedará nada, que serán polvo, sombras, nada, pero serán nuestros, y eso no lo puede cambiar lo absurdo de nuestra existencia. Un beso.

No figuraba la destinataria. Siempre he querido pensar que era mi abuela, pero no me atreví a dársela a leer porque de tal cosa no estaba seguro. Al final he aprendido a anteponer la curiosidad insatisfecha al egoísmo de la conciencia.    




















FIN

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