lunes, 10 de septiembre de 2012

LAS GEMELAS Y UNA CARTA DESDE BAKER STREET


LAS GEMELAS Y UNA CARTA DESDE BAKER STREET

Antonio Mora Plaza

         A pesar de ser invierno era un día soleado. Valentina había salido de la Cueva de los Sueños y perseguía a Marni, la urraca juguetona. Marni, como toda urraca, no podía evitar el hurto, aunque luego su generosidad le hiciera devolver lo robado. De ahí que Valentina la entretuviera con juegos de persecución que no eran de su agrado, porque Valentina era más de reposo que de acción, al contrario que su hermana Laurita, que era intrépida por demás. Y de esta guisa estaban ambas cuando oyó Valentina gritar a su hermana Laurita:
         - Valentina, ven, rápido, que ha llegado del Arcón de los Sueños una nueva carta del Sr. Holmes.
         - ¿Seguro, Laurita? ¿No será un truco tuyo de nuevo para que me distraiga y Marni me gane al escondite volador?
         - Si vienes lo comprobarás –contestó Laurita ahora más sosegada.
         Y Valentina volvió a la Cueva echando una última mirada al árbol donde creía que se había escondido Marni, la urraca. Entonces leyó la carta y dijo a su hermana.
         - Creo que hay dificultades en el 221 de Baker Street, la casa de Holmes y Watson. Y hay dos cosas en la carta que me llaman la atención. ¿Cuál crees que son, Laurita?
         - Veo que quieres jugar a las adivinanzas. Vale, lo acepto porque ya sabes que no puedo rehuir el juego. ¿Rehuir? Bonita palabra que me ha salido sin pensar. Bien, en la carta se habla de un secuestro, pero no dice quién ha sido secuestrado. Además hay una frase que no entiendo. Dice que “… ni toda la espesura del mar podría ocultar su rostro. Sólo la luz os lo devolverá”. Parece una pista, pero ahora no veo dónde nos puede llegar.
         - Creo Laurita que estás atinada en considerar que ahí está el meollo. ¿Meollo? Otra palabra rara, aunque algo fea me parece. Pero para empezar no has reparado en algo fundamental: que la carta sólo está firmada por el Dr. Watson y no por el Sr. Holmes, aunque los dos aparecen como firmantes. ¿Qué crees que eso significa, Laurita?
         - Pues que es evidente que la carta la ha escrito sólo el Dr. Watson, de lo cual hay que deducir que el secuestrado sea el mismo Sr. Holmes.
         - Bien pensado, aunque podría haber sido secuestrada la mujer deWatson o la dueña de la casa de Baker Street –replicó Valentina.
         - Pero lo que más me extraña es que no nos pide que vayamos a Baker Street para echar una mano. No dice que hagamos nada, Valentina.
         - Lo cual no tiene sentido porque entonces, ¿para qué nos escribe?
         - Se me ocurre algo, Laurita. Une tres palabras que parecen que no tienen relación como ocultar, espesura y mar. Piensa en algo que tuviera esas tres cualidades.
         - No perdamos el tiempo porque estoy segura que a ti ya se te ha ocurrido, Valentina.
         - Sí. La palabra es pantano. El pantano de nuestra primera aventura con Holmes y Watson, el pantano del falso perro.
         - Recuerda que el perro existía, pero que no era tan fiero como parecía. Bien, pues vayamos al pantano, Valentina. No tenemos nada que perder.
         - Pero a mí me parece demasiado fácil. Si lo ha escrito Watson forzado por el secuestrador o con sus instrucciones podría habernos dado una pista más fácil como por ejemplo: “cuidar a mi perro en mi ausencia” y como sabemos que no tenían ningún perro, el perro sólo podría ser el perro del pantano. Además no sabemos quién en realidad ha escrito la nota. Podría ser el secuestrador, Holmes o Watson amenazado. En Baker Street no seríamos útiles. Parece indicar otro sitio muy distinto. ¿Cuál, Laurita, cuál?
         - Pues entonces esas tres palabras, ocultar, espesura, mar, no indican nada y hemos caído en la fantasía de las palabras.
         - ¿Fantasía de las palabras? Creo Laurita que unes palabras sin sentido.
         - Quiero decir que quizá unas mismas palabras puedan indicar cosas diferentes. Debemos pensar otra cosa que pueda decirse de ella que es a la vez oculta, espesa y marítima, Valentina.
         - ¡Muy bien pensado, Laurita! Si cuando te pones a pensar no me vas a la zaga.
         -¿Zaga? ¿De donde te has sacado eso? Bueno, ahora da igual porque estoy atascada, Valentina, porque no se me ocurre nada ahora que tenga esas tres palabras.
         Y siguieron las gemelas especulando sobre las palabras, sobre sus sentidos, sobre sus dobles sentidos y sobre sus sin sentidos. Durante unos momentos cambiaron de conversación y Laurita le decía a su hermana:
         - Pasa el tiempo, Valentina, y cada vez es más difícil no saber qué paso con nuestros padres en el incendio. Creo que llegará el día que no resista sin saberlo y dejaré esta Cueva y también te dejaré a ti.
         - Y con ello corres el peligro de perder el don de la inmortalidad que nos asegura la Cueva, Laurita. Yo ahora me los imagino vivos, pero si supiera que han muerto ya no podría y me llenaría de tristeza y sin ganas de vivir. ¿Y qué haríamos, además, cada una por nuestro lado? Yo no tendría ganas de aventuras y tú no sobrevivirías a éllas. Nuestros padres tarde o temprano morirán, si es que no lo están ahora, y nada habríamos ganado. Tendríamos la certidumbre de su muerte. Peor aún, de su asesinato. Sólo nos quedaría el consuelo de saber quién lo hizo.
         - Valentina, yo quiero conocer quién lo hizo.
         Laurita cambió la voz cuando dijo eso. Era más grave. Ya no parecía la voz de una niña, sino de la de una adulta que ocultaba un deseo.
         - Te prometo una cosa, Laurita: que en algún momento de nuestras vidas nos dedicaremos a investigar quién lo hizo si lo hizo alguien. Pero lo haremos dentro de mucho tiempo, cuando ya nada los devuelva a la vida, cuando sólo los podamos recordar vivos y alegres, preocupándose de nosotras, como cuando nos despertaban con un beso y con palabras de caramelo. De esta forma se cumplirán los deseos de las dos. ¿Te parece?
         - Cuando hablamos de esto me convences, pero luego, cuando lo pienso en silencio y a oscuras, no puedo recordar tus palabras y vuelven mis dudas y me ganan los deseos.
         Y las gemelas se sentaron en las butacas sin rostro de la Cueva y ambas parecían meditar: Laurita, sobre la suerte de sus padres y Valentina, releyendo la carta supuestamente firmada por el Dr. Watson. Luego, cuando ya la hubo aprendido de memoria, tomó un libro de Geografía, pasando las páginas con avidez. Y a la tarde, cuando ya se adentraba la oscuridad en la Cueva de los Sueños, aunque en la Cueva siempre había luz, Valentina dio un grito que asustó a su hermana.
         - ¡Lo tengo!
         - ¿Qué tienes, Valentina?
         - Quiero decir que sé donde está Holmes. Hay un lugar en el mundo en el que cuadran esas tres palabras.
         - ¿Qué quieres decir con que cuadran, Valentina?
         - Me vino a la cabeza esa palabra sin pensar. Quiero decir que hay un lugar que le viene bien esas tres palabras, además de las del pantano. Es un sitio del mundo: es el Mar Muerto. He leído que allí hay tanta sal que el agua se hace tan espeso que puedes flotar sin nadar.
         - ¡Bien pensado, Valentina! Aunque veo un problema. Según eso casan bien las palabras mar y espeso, pero  ¿y la palabra ocultar? ¿Qué oculta ese mar para que fuera la clave de estas tres palabras?
         Y Valentina se quedó pensando ante la objeción de su hermana. Luego se le iluminó la cara.
         - Hasta ahora hemos pensado que esas tres palabras se refieren al lugar, pero es posible que la palabra ocultar no se refiera al sitio, sino a la persona. Quiero decir, que quizá sea en lugar del Mar Muerto donde está Holmes secuestrado.
         - ¿Querrá decirnos el Dr. Watson que el Sr. Holmes ha muerto en ese mar? Me daría una pena enorme porque es muy buena persona, aunque sea tan serio. Es muy inteligente, pero a mí me da pena porque no se le ve feliz y trata de ocultar que no lo es. Y eso que tiene la suerte de tener un amigo de verdad, como es el Dr. Watson.
         - Así es Laurita. Espero que estés equivocada en lo primero y que el Sr. Holmes siga vivo. Y debemos ayudarle, aunque ahora estoy como tú: atascada.
         Guardaron ambas un silencio, un largo silencio, porque tan preocupadas estaban que ya no podían jugar y hasta se olvidaron de comer los manjares que las traía Galapa, la tortuga maternal. Fue entonces que habló la tortuga por ese don de lenguas que otorgaba la Cueva y dijo:
         - No desesperéis. Seguro que la solución vendrá con ayuda. No está escrito que sea la carta que habéis recibido la última que recibáis. No tendría sentido recibir una carta con tantas incógnitas. Algo quiere de vosotras quien la haya escrito y os ayudará a resolver el enigma cuando vea que no salís de la Cueva. Por eso lo mejor es esperar acontecimientos.
         Quedáronse las gemelas entre sorprendidas y agradecidas por la sabiduría de la tortuga y se tumbaron en las flexibles e invisibles butacas a esperar acontecimientos. Ambas miraban al Arcón Mágico. Y la espera tuvo su recompensa y regaló la razón a la tortuga, porque una carta con una breve nota se deslizó por el suelo procedente del arcón hasta los pies de Laurita. Tomó la nota y la leyó en voz alta: “Sólo en la luz está la verdad. La luz vendrá con la confusión de las lenguas”.
         - Esto es lo que dice la nota, Valentina. Nada más. De momento no entiendo nada, pero espero que algo se nos ocurra. O al menos espero que se te ocurra a ti, Valentina, porque yo estoy sin ideas.
         - Pero ahora tenemos nuevas palabras que fusionar. Tenemos confundir, lenguas. Además no debemos perder de vista el Mar Muerto. Más aún, debemos pensar en un lugar en el que pueda ocultarse alguien, Laurita.
         - Lo mejor es una cueva como esta donde nadie nos ve.
         - Cierto, pero de no tener una cueva o algo parecido donde no puedas evitar que alguien te vea: ¿dónde te ocultarías, Laurita?
         - Pues si no puedo evitar que nadie me vea lo mejor sería estar en un sitio donde haya mucha gente que vaya vestida como yo, Valentina.
         - ¡Exacto, un lugar donde todo el mundo te vea, pero que no te reconozca!
         - ¿Y sabes, Valentina, un lugar así? Porque tiene que ser un lugar donde, además, nadie pregunté por ti porque no parezcas extraño.
         - Lo hay, Laurita, lo hay: el Gran Bazar turco, en Estambul. Lo he leído en el libro de Geografía que he estado ojeando toda la tarde.
         - ¡Pues vayamos al Gran Bazar, Valentina! Por cierto: ¿ojeando se escribe con h o sin ella? Porque si es con h significa pasar hojas, que es con h, y si es sin h significa pasar por los ojos, y ambas cosas haces cuando lees un libro.
         -  ¿Y luego dices Laurita que yo le doy vueltas a la cosas?
         Y ambas hermanas rieron con las ocurrencias de Laurita. Entonces hicieron lo de siempre cuando querían viajar: cerraron los ojos, tomaron sus manos y pensaron dos palabras que en realidad era una por su significado: Gran Bazar.
         - Bueno, Valentina, ya estamos aquí. Esto es impresionante, es como un laberinto. Me recuerda a nuestra cueva con tantas callejas cubiertas. Aquí nos podemos perder.
         - Sólo tenemos que seguir a la gente que ha comprado tantas cosas que ya no le queda dinero para comprar y tiene que irse, Laurita.
         - Buen truco, Valentina, pero eso no nos dirá dónde está el Sr. Holmes, suponiendo que está aquí.
         - Cierto, pero recuerda las sabias palabras de Galapa: “esperemos acontecimientos”. Y mientras tanto, miremos, incluso toquemos. ¡Hay tantas cosas, tantos vestidos, tantas comidas, tantos perfumes! Hay de todo, Laurita.
         - Sí, pero no tenemos dinero.
         - Cierto, pero tampoco necesitamos estas cosas en la Cueva de los Sueños, porque allí no tenemos hambre y sólo comemos por placer; ni tenemos frío y sólo nos cubrimos y perfumamos para estar guapas. No necesitamos dinero porque somos inmortales, Laurita.
         - Sí, Valentina, pero me gustaría sentir la necesidad de vestir esta hermosa toga de seda, llena de piedras preciosas. Sería como estar viva de otra forma.
         - Es un bonito deseo, pero es el deseo de los mortales.
         Y Laurita guardó silencio porque miraba cómo el cielo traía a Marni, la urraca ladrona y curiosona. En su pico llevaba un papel. Laurita lo tomó y leyó: “Recordad que hasta los gatos tienen siete vidas”.
         - De nuevo no entiendo nada, Valentina.
         - Yo tampoco, pero preguntemos si hay algo aquí que tenga siete vidas, Laurita.
         - Pero eso no tiene sentido, Valentina.
         - Cierto, pero por preguntar nada se pierde y en la respuesta quizás  esté el lugar y el sentido, Laurita.
         - No acabo de entenderte, Valentina.
         - Verás, Laurita, la frase no sirve para buscar un lugar, pero cuando nos ha llegado es porque lo tiene, o porque, aunque no lo tenga, nos da una pista para algo que sí lo tiene. De no tenerlo en absoluto no nos habría llegado. Recuerda las palabras de Galapa.
         Y preguntando preguntando dieron con la respuesta: había un lugar que se llamaba Siete Vidas en el Gran Bazar. Es decir, la frase no indicaba un lugar, pero era la pista de un lugar, de un local. Y allí fueron las gemelas. No tenían temor porque sabían que nada les podía pasar, pero que en sus manos quizá estaba la salvación de su amigo inglés y eso las ponía nerviosas, sobre todo a Laurita.
         - Hemos llegado, Laurita. Ves que el nombre del local es Siete Vidas. Sentémonos y esperemos.
         - ¿Cuándo has aprendido turco, Valentina?
         - No sé turco, pero he observado que en las mesas está dibujado un gato y eso es mucha casualidad para que no fuera el local que buscamos.
         Y esperaron pacientemente. Pasaron casi dos horas y nada cambiaba. Laurita desesperaba por la espera y Valentina pedía paciencia a su hermana. A las dos horas ambas vieron aparecer una figura que ya a lo lejos parecía Holmes a pesar de que iba vestido con el traje típico turco. Se acercó, se sentó y les habló.
         - Estoy inmensamente agradecido con vosotras. Vuestra inteligencia ha vencido la dificultad de las pistas. No quería que las notas enviadas cayeran en manos de mi pertinaz enemigo, el profesor Moriarty. Ya una vez estuve en el valle, perdón, quiero decir, al borde de la muerte por la mano de tan siniestro y criminal personaje. Os preguntaréis qué hago aquí y por qué de tanto misterio, pero la cosa es muy sencilla. Quiero pillar desprevenido a Moriarty, que salga de su cueva, que se confíe, que crea que su implacable perseguidor -que soy yo con la ayuda inestimable del médico Watson- está fuera de combate y salga a la luz. Y para eso nada mejor que fingir mi propio secuestro. Dejaré pasar un tiempo y volveré a Londres. Entonces actuaré y haré lo posible para ponerle entre rejas.
         - ¿Y qué hacemos nosotras? Según eso no nos necesita –preguntó Laurita.
         - Quiero que estéis advertidas por si os necesito en la caza de Moriarty. No necesitáis exponeros y procuraré que no corráis peligro. Sí os necesito en algo concreto y es para avisar al Sr. Watson de que estoy bien, vivo, pero no digáis nada del falso secuestro porque quiero que el militar que fue en Afganistán se comporte como si yo estuviera secuestrado. Estoy seguro que de eso se enterará Moriarty y dará más argumentos a mi secuestro. Watson no corre peligro porque Moriarty no tiene nada contra él, no es un enemigo para él. Al fin y al cabo son colegas de profesión, ambos practican la medicina general. Yo soy su competidor en el título de inteligencia máxima de Londres, aunque él para el mal y yo para detener a criminales como el mismo Dr. Moriarty. Ahora debo desaparecer porque Moriarty tiene informadores en medio mundo, y más en este bazar que es un nido de espías. Ahora haced como que me compráis estas baratijas que parecen pulseras de plata porque es posible que haya ojos escrutadores en este mismo momento.
         - Nadie podría reconoceros con ese disfraz, Sr. Holmes. Realmente no pareceríais al que sois ni siquiera sin disfraz. Tenéis hasta la voz algo cambiada –dijo Laurita.
         - Es que estoy cambiando mi acento inglés para parecer turco. Sé el idioma, pero el acento es muy difícil de ocultar –dijo Holmes algo contrariado-. Me voy. Nada os doy por escrito para el bueno de Watson porque os lo podrían quitar y dar al traste con mi plan. Un saludo a vuestros amigos de la Cueva de los Ensueños.
         Y Holmes desapareció como vino, casi sin notarse, a la luz del día, pero rodeado de personas que vestían como él.
         - Bueno, Valentina, todo parece aclarado. No es que haya estado muy simpático, pero es que él es así. Creo que debemos avisar al Dr. Watson de que el Sr. Holmes está bien, aunque secuestrado. Por cierto, no estaba claro ni me ha quedado claro con las palabras del Sr. Holmes qué es lo que pide el supuesto secuestrador, Valentina. ¿No has preguntado nada? ¿No tenías preguntas?
         - No, Laurita, porque a veces las preguntas dan pistas indeseables.
         - No te entiendo, Valentina.
         - Vayamos con el Dr. Watson y te lo aclararé en Londres porque a veces las cosas no son lo que parecen.
         Y se cogieron de las manos, pensaron en el 221 de Baker Street y cayeron en la casa de Holmes y Watson. Antes de entrar pudieron contemplar la larga calle donde vivían y trabajaban sus amigos; también la niebla que acortaba la vista y las espesas nubes que amenazaban lluvia sobre Londres. Laurita entró, siempre audaz, la primera. Valentina la siguió, no sin antes contemplar con dificultad que un coche de dos caballos permanecía quieto, como esperando órdenes, en frente del portal de la casa.
         - ¡Dichosos los ojos, pequeñas! ¡Me alegro tanto de veros! Aunque mi alegría no es total porque habéis de saber que el Sr. Holmes ha desaparecido. He recibido una nota en la que se habla de un secuestro. Lo extraño es lo que se me pide a cambio de la vida del Sr. Holmes: que deje de ejercer la medicina. Ya sabéis que es mi profesión y mi vocación. ¿Qué haría yo sin mis escarpelos y mi mesa de cirujano? ¡Si pudiera tener una entrevista con Moriarty y negociar su liberación! Estaría dispuesto a ceder a sus pretensiones.
         - Nada de eso Dr. Watson, porque eso es lo que quiere Moriarty, que vaya a negociar con él el secuestro del Sr. Holmes, aunque el Sr. Holmes no estás secuestrado.
         Quedáronse atónitos Watson, su esposa. Incluso un cristalero que estaba dentro de la casa arreglando una ventana movió la cabeza y esgrimió una leve sonrisa, de la cual nadie se percató. Laurita les explicó.
         - Porque hemos estado con el Sr. Holmes. Está en el Gran Bazar, en Estambul. Hemos hablado con él, ¿verdad, Valentina?
         Laurita había roto la promesa que ambas hicieron a Holmes en el local Siete Vidas porque no podía soportar que el bueno de Watson fuera hasta allí y encontrarse con el criminal Dr. Moriarty.
         - Nada de eso, Laurita –dijo Valentina, dejando atónita también a su hermana.
         - ¿Cómo dices eso? ¿Acaso te ha dado algo en la cabeza y no recuerdas nada de nuestro viaje al Gran Bazar, Valentina?
         - Recuerdo todo, pero ya te dije que las apariencias engañan. Te daré algunas pistas para que ates cabos. El Sr. Holmes en el bar Siete Vidas llamó médico al Sr. Watson en lugar de doctor; dijo que era un colega que, como él, practicaba la medicina general, cuando es sabido que el Dr. Watson es cirujano; nos prometió que nos protegería de cualquier peligro, cuando el Sr. Holmes sabe que nada nos puede pasar; habló de Cueva de los Ensueños, cuando lo es de lo Sueños. A ti misma te extrañó su voz. No era el Sr. Holmes, Laurita.
         - ¿Entonces, quién era?
         - Adivínalo, Laurita.
         - ¡Cáspita, era el mismísimo Moriarty! Pero entonces, ¿para qué tanto disfraz y tanta nota?
         Entonces el cristalero dejó sus instrumentos y se quitó el bigote, la gorra y el traje del oficio y todos quedaron asombrados: ¡era mismísimo Sherlock Holmes! La esposa de Watson fue la primera en saludarlo con un efusivo abrazo, al que Holmes se mostró algo esquivó, luego saludó a Watson. En cambio besó a las gemelas con un ademán demasiado efusivo para lo que en él era habitual. De alguna manera Laurita y Valentina eran las hijas que hubiera querido tener, una con su inteligencia y la otra con su intrepidez. Y dijo:
         - Eso es lo que pretende Moriarty, Dr. Watson, que vaya usted al Gran Bazar a negociar mi secuestro. Las pistas que ha comentado Valentina no son descuidos de Moriarty. Es demasiado inteligente para cometer esos errores. Sabe demasiado que usted es cirujano, que no tiene el título de médico, sino de doctor, y sabe que a vosotras, mis admirables amigas, nada os puede pasar. Confiaba en vuestra inteligencia para descubrirle y que fuera, Dr. Watson, a negociar mi secuestro, porque el verdadero objetivo de Moriarty no soy yo sino usted, mi querido amigo. El sabe que yo no le tengo miedo, ni tengo miedo a morir, pero sabe que destruyéndole me destruiría a mí. Sabe que usted y yo somos tan complementarios como esa pareja ilustre literaria que recorre para siempre los parajes de la Mancha de España.
         - Pero Sr. Holmes, todo eso tiene un fallo, porque si usted no estaba secuestrado corría el riesgo de que, antes de que Watson partiera a Turquía, usted se descubriera ante el doctor y de nada le hubiera servido tanta artimaña. Ahora es Moriarty quien se ha descubierto y sabemos donde está –dijo Laurita a los presentes.
         Entonces Holmes se dirigió a Valentina que guardaba silencio.
         - Estoy seguro que Valentina tiene la respuesta a esas preguntas. ¿Me equivoco?
         Y Valentina comenzó su parlamento algo nerviosa y dubitativa.
         - Eso creo, pero todo demuestra lo retorcido que es ese Moriarty. El Sr. Holmes fingió su propio secuestro para hacer salir a Moriarty de su escondite, pero el siniestro personaje se enteró de ello y fingió ser Holmes delante de nosotras. No tenía nada que perder. Si no le descubríamos, habríamos hecho caer al Dr. Watson en la trampa, le hubiera matado y nosotras hubiéramos cargado con la culpa toda la vida. Si, por el contrario y como ha ocurrido, le descubríamos, obligaba a salir al Sr. Holmes de su falso secuestro y estar expuesto a la luz del día, que es lo que quiere Moriarty, tener al Sr. Holmes en su objetivo, ser su perseguidor y no sentirse perseguido. Moriarty está ahora ya en Londres, quizá observándonos a través de la ventana. Al llegar vi un coche de caballos con unas cortinillas echadas. Supongo que el Sr. Holmes estaba viendo ese coche cuando aparentaba arreglar la ventana.
         - Así es Valentina, aunque en una cosa te equivocas –dijo Holmes con una pequeña e inhabitual sonrisa-: que sí que estaba arreglando la ventana, además de vigilar, claro está, al coche de caballos.
         Y todos rieron por las palabras de Holmes. Las gemelas pasaron una jornada inolvidable, con la esposa de Watson llenándolas de atenciones, con Marni, la urraca, escondiendo objetos de la casa y Watson, la dueña de la casa y Laurita tratando de encontrarlos. Entonces Valentina se dirigió a Holmes y le dijo de forma enigmática:
         - Sr. Holmes, siempre que quiera que visitemos su casa no tiene más que pedírnoslo. No es necesario tanta, como diría, tanta… parafernalia. ¿Parafernalia? Menos mal que no ha oído la palabra Laurita porque se hubiera reído de mí. Sé que nos quiere como a las hijas que no ha tenido.
         - Acaso crees que todo este número es para que nos honréis con vuestra visita.
         - Eso es exactamente lo que ha hecho. Todo es falso. Yo he corroborado la historia para no descubrirle y que pareciera sensiblero, porque sé que no le gusta mostrarse como es, aunque eso le impida ser feliz –dijo Valentina mientras miraba por la ventana aún no convencida de lo del coche.
         - Si tan convencida estáis, ¿quién era el tipo con el que hablasteis en el local Siete Vidas del Gran Bazar? ¿Y por qué miráis por la ventana como si ahí estuviera Moriarty o alguno de sus secuaces vigilándonos?
         - Porque sé lo teatrero que es usted, Sr. Holmes, y es muy capaz de haber contratado a alguien para que toda la historia pareciera verdadera con la esperanza de que yo descubriría la parte de la historia que le conviene, pero sólo esa parte.
         Entonces se levantó Holmes de su sofá, abrió la puerta y se dirigió al coche de dos caballos que estaba cerca de la ventana, pero algo apartado, de tal forma que a través de la ventana no se le veía. Valentina se dirigió a la puerta y vio como Holmes le daba una propina al cochero y éste desapareció con el coche de caballos. Los demás no se percataron de tal cosa, tan entretenidos estaban descubriendo los escondrijos donde Marni guardaba los objetos que robaba. Holmes volvió a la casa y se sentó de nuevo en su sofá habitual.
         - Supongo que habrá sido generoso con el cochero, Sr. Holmes, porque hacía un frío que pelaba, que decimos en mis tierras manchegas –le dijo Valentina.
         - Lo soy, la generosidad es el egoísmo más inteligente. En cuanto quién era el personaje de Siete Vidas no lo desvelaré. Debo tener mis propios secretos, porque temo que con vosotras al final no me va a quedar nada que ocultar y yo vivo del ocultamiento, el engaño y la mentira. En eso no me diferencio de Moriarty. La única diferencia son los objetivos.
         Y ambos rieron, pero Valentina, en nada de acuerdo con no desvelar el secreto del personaje de Siete Vidas, le replicó a Holmes.
         - Elija: o me lo cuenta a mí o le cuento la verdad a Laurita y aguanta su regañina, porque a mi hermana le gusta jugar, pero no que jueguen con élla y la engañen. Yo soy de otra pasta, que se dice también en mi tierra.
         Entonces Holmes se levantó y llamando a Laurita, le dijo a su vez a Valentina:
         - Entiendes por qué no me he casado ni tenido hijos: eso sería incompatible con mi profesión.
         - Pues no le ha servido de nada, porque con nosotras es como si las hubiera tenido.
         Y ambos rieron de nuevo, aunque Holmes, claro está, de forma más comedida. Y cuando todo parecía que había acabado y las gemelas se disponían a volver a la Cueva de los Sueños, Laurita regañó a Holmes en los siguientes términos:
         - Sr. Holmes, nos ha dado un buen susto con sus trucos, sobre todo a mí, que me lo he creído todo. A cambio debe decirnos quién era ese personaje con el que hablamos en el Gran Bazar. Sólo así nos volveremos contentas. Yo me creí que era usted, Sr. Holmes, aunque ya le dije a mi hermana que tenía un raro acento, muy distinto del que tenían los demás turcos.
         Entonces Holmes se levantó de un salto, púsose pálido y paso su mano por la frente.
         - ¿No puede ser, Laurita, porque yo encargué eso a un colaborador mío, de nombre Mustafá Amsrani, que es turco hasta la médula?
         Asombrada quedó Laurita y Valentina también, que les oyó porque estaba detrás de la butaca donde estaba Holmes persiguiendo a Marni.
         - Era muy, muy alto, Sr. Holmes, más que usted, ahora que lo pienso, ¿verdad, Valentina? -dijo Laurita, mientras Valentía asentía con la cabeza.
         - Pues lo cierto es que mi colaborador no es más alto que yo –puntualizó Holmes mientras se dirigía a la ventana como para cerciorarse que nadie de fuera les estuviera observando. El coche de caballos que hubo licenciado Holmes no estaba, pero sí llamó a la puerta alguien que resultó ser el cartero. Llevaba un telegrama para Holmes. Lo abrió y lo leyó en voz alta mientras todos se sentaban en las butacas y sofás que había en el inmenso salón de la casa: “Siento comunicarle, Sr. Sherlock Holmes que un supuesto amigo o colaborador suyo ha muerto en extrañas circunstancias. Su nombre es Mustafá Amsrani. Era miembro del cuerpo diplomático del Foreign Office de su Majestad en Turquía. Le informamos de tal lamentable hecho porque en su agenda figura usted como albacea testamentario. Firmado: Foreign Office, U.K., Estambul.
Y todo quedó así, en el aire, como si los acontecimientos de esta aventura formaran parte de la neblina londinense.



                   Madrid, 9 de septiembre de 2012.


        


        
















            

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