LAS GEMELAS Y UNA
CARTA DESDE BAKER STREET
Antonio Mora Plaza
A pesar de ser invierno era un día
soleado. Valentina había salido de la
Cueva de los Sueños y perseguía a Marni,
la urraca juguetona. Marni, como toda
urraca, no podía evitar el hurto, aunque luego su generosidad le hiciera
devolver lo robado. De ahí que Valentina la entretuviera con juegos de
persecución que no eran de su agrado, porque Valentina era más de reposo que de
acción, al contrario que su hermana Laurita, que era intrépida por demás. Y de
esta guisa estaban ambas cuando oyó Valentina gritar a su hermana Laurita:
- Valentina, ven, rápido, que ha
llegado del Arcón de los Sueños una
nueva carta del Sr. Holmes.
- ¿Seguro, Laurita? ¿No será un truco
tuyo de nuevo para que me distraiga y Marni
me gane al escondite volador?
- Si vienes lo comprobarás –contestó
Laurita ahora más sosegada.
Y Valentina volvió a la Cueva echando una última mirada al árbol
donde creía que se había escondido Marni,
la urraca. Entonces leyó la carta y dijo a su hermana.
- Creo que hay dificultades en el 221
de Baker Street, la casa de Holmes y Watson. Y hay dos cosas en la carta que me
llaman la atención. ¿Cuál crees que son, Laurita?
- Veo que quieres jugar a las
adivinanzas. Vale, lo acepto porque ya sabes que no puedo rehuir el juego.
¿Rehuir? Bonita palabra que me ha salido sin pensar. Bien, en la carta se habla
de un secuestro, pero no dice quién ha sido secuestrado. Además hay una frase
que no entiendo. Dice que “… ni toda la
espesura del mar podría ocultar su rostro. Sólo la luz os lo devolverá”.
Parece una pista, pero ahora no veo dónde nos puede llegar.
- Creo Laurita que estás atinada en
considerar que ahí está el meollo.
¿Meollo? Otra palabra rara, aunque algo fea me parece. Pero para empezar no has
reparado en algo fundamental: que la carta sólo está firmada por el Dr. Watson
y no por el Sr. Holmes, aunque los dos aparecen como firmantes. ¿Qué crees que
eso significa, Laurita?
- Pues que es evidente que la carta la
ha escrito sólo el Dr. Watson, de lo cual hay que deducir que el secuestrado
sea el mismo Sr. Holmes.
- Bien pensado, aunque podría haber
sido secuestrada la mujer deWatson o la dueña de la casa de Baker Street
–replicó Valentina.
- Pero lo que más me extraña es que no
nos pide que vayamos a Baker Street para echar una mano. No dice que hagamos
nada, Valentina.
- Lo cual no tiene sentido porque
entonces, ¿para qué nos escribe?
- Se me ocurre algo, Laurita. Une tres
palabras que parecen que no tienen relación como ocultar, espesura y mar. Piensa en algo que tuviera esas
tres cualidades.
- No perdamos el tiempo porque estoy
segura que a ti ya se te ha ocurrido, Valentina.
- Sí. La palabra es pantano. El pantano de nuestra primera
aventura con Holmes y Watson, el pantano del falso perro.
- Recuerda que el perro existía, pero
que no era tan fiero como parecía. Bien, pues vayamos al pantano, Valentina. No
tenemos nada que perder.
- Pero a mí me parece demasiado fácil.
Si lo ha escrito Watson forzado por el secuestrador o con sus instrucciones
podría habernos dado una pista más fácil como por ejemplo: “cuidar a mi perro en mi ausencia” y como
sabemos que no tenían ningún perro, el perro sólo podría ser el perro del
pantano. Además no sabemos quién en realidad ha escrito la nota. Podría ser el
secuestrador, Holmes o Watson amenazado. En Baker Street no seríamos útiles.
Parece indicar otro sitio muy distinto. ¿Cuál, Laurita, cuál?
- Pues entonces esas tres palabras, ocultar, espesura, mar, no indican
nada y hemos caído en la fantasía de las palabras.
- ¿Fantasía
de las palabras? Creo Laurita que unes palabras sin sentido.
- Quiero decir que quizá unas mismas
palabras puedan indicar cosas diferentes. Debemos pensar otra cosa que pueda
decirse de ella que es a la vez oculta,
espesa y marítima, Valentina.
- ¡Muy bien pensado, Laurita! Si cuando
te pones a pensar no me vas a la zaga.
-¿Zaga?
¿De donde te has sacado eso? Bueno, ahora da igual porque estoy atascada,
Valentina, porque no se me ocurre nada ahora que tenga esas tres palabras.
Y siguieron las gemelas especulando
sobre las palabras, sobre sus sentidos, sobre sus dobles sentidos y sobre sus
sin sentidos. Durante unos momentos cambiaron de conversación y Laurita le
decía a su hermana:
- Pasa el tiempo, Valentina, y cada vez
es más difícil no saber qué paso con nuestros padres en el incendio. Creo que
llegará el día que no resista sin saberlo y dejaré esta Cueva y también te dejaré a ti.
- Y con ello corres el peligro de
perder el don de la inmortalidad que nos asegura la Cueva, Laurita. Yo ahora me los imagino vivos, pero si supiera
que han muerto ya no podría y me llenaría de tristeza y sin ganas de vivir. ¿Y
qué haríamos, además, cada una por nuestro lado? Yo no tendría ganas de
aventuras y tú no sobrevivirías a éllas. Nuestros padres tarde o temprano
morirán, si es que no lo están ahora, y nada habríamos ganado. Tendríamos la
certidumbre de su muerte. Peor aún, de su asesinato. Sólo nos quedaría el
consuelo de saber quién lo hizo.
- Valentina, yo quiero conocer quién lo
hizo.
Laurita cambió la voz cuando dijo eso.
Era más grave. Ya no parecía la voz de una niña, sino de la de una adulta que
ocultaba un deseo.
- Te prometo una cosa, Laurita: que en
algún momento de nuestras vidas nos dedicaremos a investigar quién lo hizo si
lo hizo alguien. Pero lo haremos dentro de mucho tiempo, cuando ya nada los
devuelva a la vida, cuando sólo los podamos recordar vivos y alegres,
preocupándose de nosotras, como cuando nos despertaban con un beso y con
palabras de caramelo. De esta forma se cumplirán los deseos de las dos. ¿Te
parece?
- Cuando hablamos de esto me convences,
pero luego, cuando lo pienso en silencio y a oscuras, no puedo recordar tus
palabras y vuelven mis dudas y me ganan los deseos.
Y las gemelas se sentaron en las
butacas sin rostro de la Cueva y
ambas parecían meditar: Laurita, sobre la suerte de sus padres y Valentina,
releyendo la carta supuestamente firmada por el Dr. Watson. Luego, cuando ya la
hubo aprendido de memoria, tomó un libro de Geografía, pasando las páginas con
avidez. Y a la tarde, cuando ya se adentraba la oscuridad en la Cueva de los Sueños, aunque en la Cueva siempre había luz, Valentina
dio un grito que asustó a su hermana.
- ¡Lo tengo!
- ¿Qué tienes, Valentina?
- Quiero decir que sé donde está
Holmes. Hay un lugar en el mundo en el que cuadran
esas tres palabras.
- ¿Qué quieres decir con que cuadran, Valentina?
- Me vino a la cabeza esa palabra sin
pensar. Quiero decir que hay un lugar que le viene bien esas tres palabras,
además de las del pantano. Es un sitio del mundo: es el Mar Muerto. He leído que allí hay tanta sal que el agua se hace tan
espeso que puedes flotar sin nadar.
- ¡Bien pensado, Valentina! Aunque veo
un problema. Según eso casan bien las
palabras mar y espeso, pero ¿y la palabra ocultar? ¿Qué oculta ese mar para que
fuera la clave de estas tres palabras?
Y Valentina se quedó pensando ante la
objeción de su hermana. Luego se le iluminó la cara.
- Hasta ahora hemos pensado que esas
tres palabras se refieren al lugar, pero es posible que la palabra ocultar no se refiera al sitio, sino a
la persona. Quiero decir, que quizá sea en lugar del Mar Muerto donde está Holmes secuestrado.
- ¿Querrá decirnos el Dr. Watson que el
Sr. Holmes ha muerto en ese mar? Me daría una pena enorme porque es muy buena
persona, aunque sea tan serio. Es muy inteligente, pero a mí me da pena porque
no se le ve feliz y trata de ocultar que no lo es. Y eso que tiene la suerte de
tener un amigo de verdad, como es el Dr. Watson.
- Así es Laurita. Espero que estés
equivocada en lo primero y que el Sr. Holmes siga vivo. Y debemos ayudarle,
aunque ahora estoy como tú: atascada.
Guardaron ambas un silencio, un largo
silencio, porque tan preocupadas estaban que ya no podían jugar y hasta se
olvidaron de comer los manjares que las traía Galapa, la tortuga maternal. Fue entonces que habló la tortuga por
ese don de lenguas que otorgaba la Cueva
y dijo:
- No desesperéis. Seguro que la solución
vendrá con ayuda. No está escrito que sea la carta que habéis recibido la
última que recibáis. No tendría sentido recibir una carta con tantas
incógnitas. Algo quiere de vosotras quien la haya escrito y os ayudará a
resolver el enigma cuando vea que no salís de la Cueva. Por eso lo mejor es esperar acontecimientos.
Quedáronse las gemelas entre
sorprendidas y agradecidas por la sabiduría de la tortuga y se tumbaron en las
flexibles e invisibles butacas a esperar acontecimientos. Ambas miraban al Arcón Mágico. Y la espera tuvo su
recompensa y regaló la razón a la tortuga, porque una carta con una breve nota
se deslizó por el suelo procedente del arcón hasta los pies de Laurita. Tomó la
nota y la leyó en voz alta: “Sólo en la
luz está la verdad. La luz vendrá con la confusión de las lenguas”.
- Esto es lo que dice la nota,
Valentina. Nada más. De momento no entiendo nada, pero espero que algo se nos
ocurra. O al menos espero que se te ocurra a ti, Valentina, porque yo estoy sin
ideas.
- Pero ahora tenemos nuevas palabras
que fusionar. Tenemos confundir, lenguas. Además no debemos perder de
vista el Mar Muerto. Más aún, debemos
pensar en un lugar en el que pueda ocultarse alguien, Laurita.
- Lo mejor es una cueva como esta donde
nadie nos ve.
- Cierto, pero de no tener una cueva o
algo parecido donde no puedas evitar que alguien te vea: ¿dónde te ocultarías,
Laurita?
- Pues si no puedo evitar que nadie me
vea lo mejor sería estar en un sitio donde haya mucha gente que vaya vestida
como yo, Valentina.
- ¡Exacto, un lugar donde todo el mundo te
vea, pero que no te reconozca!
- ¿Y sabes, Valentina, un lugar así?
Porque tiene que ser un lugar donde, además, nadie pregunté por ti porque no
parezcas extraño.
- Lo hay, Laurita, lo hay: el Gran Bazar turco, en Estambul. Lo he
leído en el libro de Geografía que he estado ojeando toda la tarde.
- ¡Pues vayamos al Gran Bazar, Valentina! Por cierto: ¿ojeando se escribe con h o sin ella? Porque si es con h significa pasar hojas, que es con h, y si es sin h significa pasar por los ojos, y ambas cosas haces cuando lees un
libro.
-
¿Y luego dices Laurita que yo le doy vueltas a la cosas?
Y ambas hermanas rieron con las
ocurrencias de Laurita. Entonces hicieron lo de siempre cuando querían viajar:
cerraron los ojos, tomaron sus manos y pensaron dos palabras que en realidad
era una por su significado: Gran Bazar.
- Bueno, Valentina, ya estamos aquí.
Esto es impresionante, es como un laberinto. Me recuerda a nuestra cueva con
tantas callejas cubiertas. Aquí nos podemos perder.
- Sólo tenemos que seguir a la gente
que ha comprado tantas cosas que ya no le queda dinero para comprar y tiene que
irse, Laurita.
- Buen truco, Valentina, pero eso no
nos dirá dónde está el Sr. Holmes, suponiendo que está aquí.
- Cierto, pero recuerda las sabias
palabras de Galapa: “esperemos acontecimientos”. Y mientras tanto, miremos,
incluso toquemos. ¡Hay tantas cosas, tantos vestidos, tantas comidas, tantos
perfumes! Hay de todo, Laurita.
- Sí, pero no tenemos dinero.
- Cierto, pero tampoco necesitamos
estas cosas en la Cueva de los Sueños,
porque allí no tenemos hambre y sólo comemos por placer; ni tenemos frío y sólo
nos cubrimos y perfumamos para estar guapas. No necesitamos dinero porque somos
inmortales, Laurita.
- Sí, Valentina, pero me gustaría
sentir la necesidad de vestir esta hermosa toga de seda, llena de piedras
preciosas. Sería como estar viva de otra forma.
- Es un bonito deseo, pero es el deseo
de los mortales.
Y Laurita guardó silencio porque miraba
cómo el cielo traía a Marni, la
urraca ladrona y curiosona. En su pico llevaba un papel. Laurita lo tomó y
leyó: “Recordad que hasta los gatos
tienen siete vidas”.
- De nuevo no entiendo nada, Valentina.
- Yo tampoco, pero preguntemos si hay
algo aquí que tenga siete vidas, Laurita.
- Pero eso no tiene sentido, Valentina.
- Cierto, pero por preguntar nada se
pierde y en la respuesta quizás esté el
lugar y el sentido, Laurita.
- No acabo de entenderte, Valentina.
- Verás, Laurita, la frase no sirve
para buscar un lugar, pero cuando nos ha llegado es porque lo tiene, o porque,
aunque no lo tenga, nos da una pista para algo que sí lo tiene. De no tenerlo
en absoluto no nos habría llegado. Recuerda las palabras de Galapa.
Y preguntando preguntando dieron con la
respuesta: había un lugar que se llamaba Siete
Vidas en el Gran Bazar. Es decir,
la frase no indicaba un lugar, pero era la pista de un lugar, de un local. Y
allí fueron las gemelas. No tenían temor porque sabían que nada les podía
pasar, pero que en sus manos quizá estaba la salvación de su amigo inglés y eso
las ponía nerviosas, sobre todo a Laurita.
- Hemos llegado, Laurita. Ves que el
nombre del local es Siete Vidas.
Sentémonos y esperemos.
- ¿Cuándo has aprendido turco,
Valentina?
- No sé turco, pero he observado que en
las mesas está dibujado un gato y eso es mucha casualidad para que no fuera el
local que buscamos.
Y esperaron pacientemente. Pasaron casi
dos horas y nada cambiaba. Laurita desesperaba por la espera y Valentina pedía
paciencia a su hermana. A las dos horas ambas vieron aparecer una figura que ya
a lo lejos parecía Holmes a pesar de que iba vestido con el traje típico turco.
Se acercó, se sentó y les habló.
- Estoy inmensamente agradecido con
vosotras. Vuestra inteligencia ha vencido la dificultad de las pistas. No
quería que las notas enviadas cayeran en manos de mi pertinaz enemigo, el
profesor Moriarty. Ya una vez estuve en el valle, perdón, quiero decir, al
borde de la muerte por la mano de tan siniestro y criminal personaje. Os
preguntaréis qué hago aquí y por qué de tanto misterio, pero la cosa es muy
sencilla. Quiero pillar desprevenido a Moriarty, que salga de su cueva, que se
confíe, que crea que su implacable perseguidor -que soy yo con la ayuda
inestimable del médico Watson- está fuera
de combate y salga a la luz. Y para eso nada mejor que fingir mi propio
secuestro. Dejaré pasar un tiempo y volveré a Londres. Entonces actuaré y haré
lo posible para ponerle entre rejas.
- ¿Y qué hacemos nosotras? Según eso no
nos necesita –preguntó Laurita.
- Quiero que estéis advertidas por si
os necesito en la caza de Moriarty. No necesitáis exponeros y procuraré que no
corráis peligro. Sí os necesito en algo concreto y es para avisar al Sr. Watson
de que estoy bien, vivo, pero no digáis nada del falso secuestro porque quiero
que el militar que fue en Afganistán se comporte como si yo estuviera
secuestrado. Estoy seguro que de eso se enterará Moriarty y dará más argumentos
a mi secuestro. Watson no corre peligro porque Moriarty no tiene nada contra
él, no es un enemigo para él. Al fin y al cabo son colegas de profesión, ambos
practican la medicina general. Yo soy
su competidor en el título de inteligencia máxima de Londres, aunque él para el
mal y yo para detener a criminales como el mismo Dr. Moriarty. Ahora debo
desaparecer porque Moriarty tiene informadores en medio mundo, y más en este
bazar que es un nido de espías. Ahora haced como que me compráis estas
baratijas que parecen pulseras de plata porque es posible que haya ojos
escrutadores en este mismo momento.
- Nadie podría reconoceros con ese
disfraz, Sr. Holmes. Realmente no pareceríais al que sois ni siquiera sin
disfraz. Tenéis hasta la voz algo cambiada –dijo Laurita.
- Es que estoy cambiando mi acento
inglés para parecer turco. Sé el idioma, pero el acento es muy difícil de
ocultar –dijo Holmes algo contrariado-. Me voy. Nada os doy por escrito para el
bueno de Watson porque os lo podrían quitar y dar al traste con mi plan. Un
saludo a vuestros amigos de la Cueva de
los Ensueños.
Y Holmes desapareció como vino, casi
sin notarse, a la luz del día, pero rodeado de personas que vestían como él.
- Bueno, Valentina, todo parece
aclarado. No es que haya estado muy simpático, pero es que él es así. Creo que
debemos avisar al Dr. Watson de que el Sr. Holmes está bien, aunque
secuestrado. Por cierto, no estaba claro ni me ha quedado claro con las
palabras del Sr. Holmes qué es lo que pide el supuesto secuestrador, Valentina.
¿No has preguntado nada? ¿No tenías preguntas?
- No, Laurita, porque a veces las
preguntas dan pistas indeseables.
- No te entiendo, Valentina.
- Vayamos con el Dr. Watson y te lo
aclararé en Londres porque a veces las cosas no son lo que parecen.
Y se cogieron de las manos, pensaron en
el 221 de Baker Street y cayeron en la casa de Holmes y Watson. Antes de entrar
pudieron contemplar la larga calle donde vivían y trabajaban sus amigos;
también la niebla que acortaba la vista y las espesas nubes que amenazaban
lluvia sobre Londres. Laurita entró, siempre audaz, la primera. Valentina la
siguió, no sin antes contemplar con dificultad que un coche de dos caballos
permanecía quieto, como esperando órdenes, en frente del portal de la casa.
- ¡Dichosos los ojos, pequeñas! ¡Me
alegro tanto de veros! Aunque mi alegría no es total porque habéis de saber que
el Sr. Holmes ha desaparecido. He recibido una nota en la que se habla de un
secuestro. Lo extraño es lo que se me pide a cambio de la vida del Sr. Holmes:
que deje de ejercer la medicina. Ya sabéis que es mi profesión y mi vocación.
¿Qué haría yo sin mis escarpelos y mi mesa de cirujano? ¡Si pudiera tener una
entrevista con Moriarty y negociar su liberación! Estaría dispuesto a ceder a
sus pretensiones.
- Nada de eso Dr. Watson, porque eso es
lo que quiere Moriarty, que vaya a negociar con él el secuestro del Sr. Holmes,
aunque el Sr. Holmes no estás secuestrado.
Quedáronse atónitos Watson, su esposa.
Incluso un cristalero que estaba dentro de la casa arreglando una ventana movió
la cabeza y esgrimió una leve sonrisa, de la cual nadie se percató. Laurita les
explicó.
- Porque hemos estado con el Sr.
Holmes. Está en el Gran Bazar, en
Estambul. Hemos hablado con él, ¿verdad, Valentina?
Laurita había roto la promesa que ambas
hicieron a Holmes en el local Siete Vidas
porque no podía soportar que el bueno de Watson fuera hasta allí y
encontrarse con el criminal Dr. Moriarty.
- Nada de eso, Laurita –dijo Valentina,
dejando atónita también a su hermana.
- ¿Cómo dices eso? ¿Acaso te ha dado
algo en la cabeza y no recuerdas nada de nuestro viaje al Gran Bazar, Valentina?
- Recuerdo todo, pero ya te dije que
las apariencias engañan. Te daré algunas pistas para que ates cabos. El Sr.
Holmes en el bar Siete Vidas llamó médico al Sr. Watson en lugar de doctor; dijo que era un colega que, como
él, practicaba la medicina general, cuando
es sabido que el Dr. Watson es cirujano;
nos prometió que nos protegería de cualquier peligro, cuando el Sr. Holmes sabe
que nada nos puede pasar; habló de Cueva
de los Ensueños, cuando lo es de lo Sueños.
A ti misma te extrañó su voz. No era el Sr. Holmes, Laurita.
- ¿Entonces, quién era?
- Adivínalo, Laurita.
- ¡Cáspita, era el mismísimo Moriarty! Pero
entonces, ¿para qué tanto disfraz y tanta nota?
Entonces el cristalero dejó sus
instrumentos y se quitó el bigote, la gorra y el traje del oficio y todos
quedaron asombrados: ¡era mismísimo Sherlock Holmes! La esposa de Watson fue la
primera en saludarlo con un efusivo abrazo, al que Holmes se mostró algo
esquivó, luego saludó a Watson. En cambio besó a las gemelas con un ademán
demasiado efusivo para lo que en él era habitual. De alguna manera Laurita y
Valentina eran las hijas que hubiera querido tener, una con su inteligencia y
la otra con su intrepidez. Y dijo:
- Eso es lo que pretende Moriarty, Dr.
Watson, que vaya usted al Gran Bazar
a negociar mi secuestro. Las pistas que ha comentado Valentina no son descuidos
de Moriarty. Es demasiado inteligente para cometer esos errores. Sabe demasiado
que usted es cirujano, que no tiene el título de médico, sino de doctor, y sabe
que a vosotras, mis admirables amigas, nada os puede pasar. Confiaba en vuestra
inteligencia para descubrirle y que fuera, Dr. Watson, a negociar mi secuestro,
porque el verdadero objetivo de Moriarty no soy yo sino usted, mi querido amigo.
El sabe que yo no le tengo miedo, ni tengo miedo a morir, pero sabe que
destruyéndole me destruiría a mí. Sabe que usted y yo somos tan complementarios
como esa pareja ilustre literaria que recorre para siempre los parajes de la
Mancha de España.
- Pero Sr. Holmes, todo eso tiene un
fallo, porque si usted no estaba secuestrado corría el riesgo de que, antes de
que Watson partiera a Turquía, usted se descubriera ante el doctor y de nada le
hubiera servido tanta artimaña. Ahora es Moriarty quien se ha descubierto y
sabemos donde está –dijo Laurita a los presentes.
Entonces Holmes se dirigió a Valentina
que guardaba silencio.
- Estoy seguro que Valentina tiene la
respuesta a esas preguntas. ¿Me equivoco?
Y Valentina comenzó su parlamento algo
nerviosa y dubitativa.
- Eso creo, pero todo demuestra lo
retorcido que es ese Moriarty. El Sr. Holmes fingió su propio secuestro para
hacer salir a Moriarty de su escondite, pero el siniestro personaje se enteró
de ello y fingió ser Holmes delante de nosotras. No tenía nada que perder. Si
no le descubríamos, habríamos hecho caer al Dr. Watson en la trampa, le hubiera
matado y nosotras hubiéramos cargado con la culpa toda la vida. Si, por el
contrario y como ha ocurrido, le descubríamos, obligaba a salir al Sr. Holmes
de su falso secuestro y estar expuesto a la luz del día, que es lo que quiere
Moriarty, tener al Sr. Holmes en su objetivo, ser su perseguidor y no sentirse
perseguido. Moriarty está ahora ya en Londres, quizá observándonos a través de
la ventana. Al llegar vi un coche de caballos con unas cortinillas echadas.
Supongo que el Sr. Holmes estaba viendo ese coche cuando aparentaba arreglar la
ventana.
- Así es Valentina, aunque en una cosa
te equivocas –dijo Holmes con una pequeña e inhabitual sonrisa-: que sí que
estaba arreglando la ventana, además de vigilar, claro está, al coche de
caballos.
Y todos rieron por las palabras de
Holmes. Las gemelas pasaron una jornada inolvidable, con la esposa de Watson
llenándolas de atenciones, con Marni,
la urraca, escondiendo objetos de la casa y Watson, la dueña de la casa y
Laurita tratando de encontrarlos. Entonces Valentina se dirigió a Holmes y le
dijo de forma enigmática:
- Sr. Holmes, siempre que quiera que
visitemos su casa no tiene más que pedírnoslo. No es necesario tanta, como
diría, tanta… parafernalia. ¿Parafernalia?
Menos mal que no ha oído la palabra Laurita porque se hubiera reído de mí. Sé
que nos quiere como a las hijas que no ha tenido.
- Acaso crees que todo este número es
para que nos honréis con vuestra visita.
- Eso es exactamente lo que ha hecho.
Todo es falso. Yo he corroborado la historia para no descubrirle y que
pareciera sensiblero, porque sé que no le gusta mostrarse como es, aunque eso
le impida ser feliz –dijo Valentina mientras miraba por la ventana aún no
convencida de lo del coche.
- Si tan convencida estáis, ¿quién era
el tipo con el que hablasteis en el local Siete
Vidas del Gran Bazar? ¿Y por qué
miráis por la ventana como si ahí estuviera Moriarty o alguno de sus secuaces
vigilándonos?
- Porque sé lo teatrero que es usted,
Sr. Holmes, y es muy capaz de haber contratado a alguien para que toda la
historia pareciera verdadera con la esperanza de que yo descubriría la parte de
la historia que le conviene, pero sólo esa parte.
Entonces se levantó Holmes de su sofá,
abrió la puerta y se dirigió al coche de dos caballos que estaba cerca de la
ventana, pero algo apartado, de tal forma que a través de la ventana no se le
veía. Valentina se dirigió a la puerta y vio como Holmes le daba una propina al
cochero y éste desapareció con el coche de caballos. Los demás no se percataron
de tal cosa, tan entretenidos estaban descubriendo los escondrijos donde Marni
guardaba los objetos que robaba. Holmes volvió a la casa y se sentó de nuevo en
su sofá habitual.
- Supongo que habrá sido generoso con
el cochero, Sr. Holmes, porque hacía un frío que pelaba, que decimos en mis
tierras manchegas –le dijo Valentina.
- Lo soy, la generosidad es el egoísmo
más inteligente. En cuanto quién era el personaje de Siete Vidas no lo desvelaré. Debo tener mis propios secretos,
porque temo que con vosotras al final no me va a quedar nada que ocultar y yo
vivo del ocultamiento, el engaño y la mentira. En eso no me diferencio de
Moriarty. La única diferencia son los objetivos.
Y ambos rieron, pero Valentina, en nada
de acuerdo con no desvelar el secreto del personaje de Siete Vidas, le replicó a Holmes.
- Elija: o me lo cuenta a mí o le
cuento la verdad a Laurita y aguanta su regañina, porque a mi hermana le gusta jugar,
pero no que jueguen con élla y la engañen. Yo soy de otra pasta, que se dice
también en mi tierra.
Entonces Holmes se levantó y llamando a
Laurita, le dijo a su vez a Valentina:
- Entiendes por qué no me he casado ni
tenido hijos: eso sería incompatible con mi profesión.
- Pues no le ha servido de nada, porque
con nosotras es como si las hubiera tenido.
Y ambos rieron de nuevo, aunque Holmes,
claro está, de forma más comedida. Y cuando todo parecía que había acabado y
las gemelas se disponían a volver a la
Cueva de los Sueños, Laurita regañó a Holmes en los siguientes términos:
- Sr. Holmes, nos ha dado un buen susto
con sus trucos, sobre todo a mí, que me lo he creído todo. A cambio debe
decirnos quién era ese personaje con el que hablamos en el Gran Bazar. Sólo así nos volveremos contentas. Yo me creí que era
usted, Sr. Holmes, aunque ya le dije a mi hermana que tenía un raro acento, muy
distinto del que tenían los demás turcos.
Entonces Holmes se levantó de un salto,
púsose pálido y paso su mano por la frente.
- ¿No puede ser, Laurita, porque yo
encargué eso a un colaborador mío, de nombre Mustafá Amsrani, que es turco hasta la médula?
Asombrada quedó Laurita y Valentina
también, que les oyó porque estaba detrás de la butaca donde estaba Holmes
persiguiendo a Marni.
- Era muy, muy alto, Sr. Holmes, más
que usted, ahora que lo pienso, ¿verdad, Valentina? -dijo Laurita, mientras
Valentía asentía con la cabeza.
- Pues lo cierto es que mi colaborador
no es más alto que yo –puntualizó Holmes mientras se dirigía a la ventana como
para cerciorarse que nadie de fuera les estuviera observando. El coche de
caballos que hubo licenciado Holmes no estaba, pero sí llamó a la puerta
alguien que resultó ser el cartero. Llevaba un telegrama para Holmes. Lo abrió
y lo leyó en voz alta mientras todos se sentaban en las butacas y sofás que
había en el inmenso salón de la casa: “Siento
comunicarle, Sr. Sherlock Holmes que un supuesto amigo o colaborador suyo ha
muerto en extrañas circunstancias. Su nombre es Mustafá Amsrani. Era miembro
del cuerpo diplomático del Foreign Office de su Majestad en Turquía. Le
informamos de tal lamentable hecho porque en su agenda figura usted como
albacea testamentario. Firmado: Foreign Office, U.K., Estambul”.
Y todo quedó así, en el aire, como si los
acontecimientos de esta aventura formaran parte de la neblina londinense.
Madrid, 9 de septiembre de
2012.

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