LAS GEMELAS Y LA
CUEVA DE MONTESINOS
Antonio Mora Plaza
- ¿En qué piensas, Valentina? Te veo más… ¿cómo diría?...
más retraída que de costumbre.
- Pues desde
nuestra aventura del caso del Dr. Watson todo me da vueltas. Es como si ya todo
fuera posible y se me escapara de la cabeza o, como decía nuestra madre, de las entendederas. Debemos volver otro
día a la casa del Sr. Holmes para comprobar si recuerdan el caso del Dr. Watson
o sólo ha sido un sueño nuestro, lo cual tiene otra dificultad y es la de que
cómo es posible que tengamos el mismo sueño, y eso encierra …
- ¡Basta,
Valentina, que me vuelves loca! Ya te he dicho que piensas demasiado. Mira,
disfruta como Mirna, nuestra urraca favorita, que no para de escarbar -¿se dice
así?- en el arcón mágico. Fíjate, ya ha sacado un escudo, un orinal y hasta una
lanza… inmensa.
- ¿Has dicho
un orinal? Eso no es un orinal porque está muy aplastado y como roto. Mira,
sirve como de sombrero –dijo Valentina mientras se colocaba el objeto sobre la
cabeza–. Realmente es mágico este arcón.
- No es de
extrañar, Valentina, porque toda la cueva lo es. Mira, esta especie de orinal
tiene una etiqueta que pone “baciyelmo”. En mi vida he oído esa palabra.
- Pues más
rara aún es la etiqueta que cuelga de la lanza, porque pone “adarga”. A mi todo
esto me suena aunque no sé porqué ni de qué –comentó Laurita haciéndose la
interesante más que la reflexiva.
Y en esa
discusión estaban cuando vieron a Mirna, la urraca, salir espantada del borde
del arcón. No era para menos, porque del arcón salía una mano y luego un brazo
desnudo y casi esquelético; luego una cara enjuta y barbuda, y la cosa siguió
con unas piernas largas y macilentas. La figura no estaba desnuda, pero sí
cubierta como un pordiosero. Al menos eso les pareció a las gemelas, que presto
se ofrecieron para dar de comer a tan estrafalario personaje que tan lentamente
emergía del arcón. Como siempre fue Laurita la primera en dirigirse al pobre
diablo que ya había salido completamente de su habitáculo y se sentaba
recostando su espalda en él.
- ¿Cómo ha
llegado hasta aquí, señor de estado lamentable?
- Será mejor,
Laurita, que le preguntemos por su nombre y luego si tiene hambre, porque si
primero ha de contarnos lo que le has preguntado a lo mejor no tiene ni fuerzas
para comenzar.
Entonces alzó
los ojos el lamentable y esto fue lo
que dijo.
- No tengáis
cuidado por mi estado y figura. Mentiría si dijera que no tengo hambre, pero
son otras muchas las cuitas que me embargan. Me llamo Quijano, Alonso de nombre
de pila, que quiere decir de pila de bautismo. Aquí me trajo mi creador, el
gran don Miguel, porque le pareció que no podía
faltar
en su libro una aventura en las tierras del Hades y quiso satisfacer su
curiosidad -siempre insatisfecha- para que averiguara que pasó con Durandarte y
su amada Belerma; también si los encantamientos del mago Berlín eran ciertos o
sólo fanfarronadas propias de un francés, si es que lo era, que en esto las
crónicas no se ponen de acuerdo. También quiso saber, sin pedirlo, que
averiguara sobre la reina Guadiana y las 7 princesas Ruidera. Toda la historia
está contada en un libro que ahora dicen que empieza por “en un lugar de la
Mancha…”; y que es mentira, porque en realidad comienza con “desocupado lector…
“, pero es que el tiempo muda tanto las cosas -y más las que afectan a la
república de las letras- de tal forma que ya no se leen los prólogos, y ese que
puso mi padre y creador es magnífico, el mejor de todos, quizá con la posible
excepción que aquel que puso el gran Bacon a la obra de Erasmo, El elogio de la locura. Ahora es tiempo
de epílogos, que lo son de epitafios, porque ambos, epílogos y epitafios, son
casi la misma cosa cuando la tierra se lleva los nobles deseos.
- Señor lamentable, o Quijano como ha dicho, me
temo que no entendemos nada de lo que nos ha contado. Que no digo que nos
mienta o engañe; quiero decir que no es que no sea verdad –interrumpió Laurita
al extraño individuo.
- Laurita, no
le interrumpas porque parece tan cansado y tan a punto de desfallecer que creo
que va a perder el hilo de un momento a otro –interrumpió sotto voce a su vez Valentina a su hermana. Y eso ocurrió, porque
el extraño individuo quedó como dormido, pero sin impedir por ello que soltara
unos ajados papeles más propios de otra época.
- De todo lo
que ha dicho sólo me suenan dos cosas: Guadiana y Ruidera. Lo primero sé que es
un río, pero lo segundo no acabo de caer. ¿Tú sabes algo, Valentina?
- Algo sí: que
lo de Ruidera me suena a las lagunas que están muy cerca de aquí y que nos
llevó un día nuestro padre a visitarlas. Te has de acordar porque tú, siempre
tan revoltosa, te caíste en una de ellas y te sacó nuestro padre cuando casi
estabas ahogada. Fíjate que si hubieras perecido
-¿qué te parece la palabra?- ahora yo ya no sería gemela sin haber hecho nada
para dejar de serlo, lo cual me parece absurdo, pero creo que así es. Eso me
lleva a pensar…
-¡Nada de
pensar, Valentina! Ahora debemos reanimar al Sr. Quijano y hacer otra cosa que
me mata de curiosidad. ¿A ti no?
- ¿Te refieres
a coger y leer esos papeles tan amarillos que tan agarrados tiene el señor lamentable? –dijo Valentina con mirada
cómplice y boca sonriente a su hermana.
Y eso hicieron
las gemelas. Y fue Laurita, siempre más decidida, la que leyó esas cuartillas
en voz alta que ahora se cuenta:
S – Venid a mis brazos, querido Miguel.
C – Aquí os reciben, gran William, como han recibido
vuestras comedias: con agrado y con deseos de leer vuestras últimas obras y
conocer también vuestras andanzas en tierras tan septentrionales.
S – Leí también la
Segunda parte de vuestro Quijote, estimado Miguel.
C – Yo he disfrutado de vuestro Otelo, Rey Lear,
Pericles, las últimas de las que he tenido noticia. Pero sentaos y bebamos.
S – Bebamos primero, Miguel, que la alegría del
encuentro no necesita más acomodo.
C – Tenéis razón, pero mis piernas, al igual que mi
brazo, se fatigan más de lo que yo quisiera. Sabed, estimado William, que tengo
ya un pie en el estribo y siento próximo el día de la cita con el Creador.
S – Yo también siento próximo mi final y ya sin magias
para encantamientos que trasladar al teatro. Por eso os pido un juicio sobre mi
obra: el vuestro será la única sentencia que admita hasta el día del silencio
eterno.
C – Vos utilizáis la pluma como un cincel para
esculpir en versos las pasiones que guían nuestros actos.
S – Y vuestra prosa es la paleta del pintor que
refleja las grandezas y miserias de nuestra existencia: ¿Quizá fuera mejor
dejar el juicio sobre nuestras obras a esos críticos que sellan el futuro por
carecer del don de la fantasía?
C – Sea la fantasía nuestro mejor epitafio.
S – Dejemos nuestro destino a su suerte y hablemos de
la farsa y del teatro, si os parece. Para mí, la vida, farsa y teatro son la
misma cosa. El mundo nos pone un traje y nos fuerza a representar un papel que
no hemos elegido, donde los locos son los cuerdos y los cuerdos son locos sin
imaginación: un cuento contado por un loco lleno de ruido y furia.
C – No andáis del todo descaminado, querido William,
y próximas me resultan vuestras palabras. Creedme si os digo que en la vida
elegimos un papel y luego nos ponemos el traje que mejor se ciñe a nuestros
deseos, pero el tiempo hace de lo real y de lo imaginado un puchero que no
distingue paladares. Digno del gran Sófocles es vuestro Hamlet; notable la
escena de la llegada de los cómicos y su parodia del mismo tema que en la obra
toma asiento principal. El teatro dentro del teatro: con ello convertís a los
personajes en público y al público en espectador de espectadores. Sin falsa
adulación, diría que vuestro ingenio mostrose alado como nunca.
S – Adulación por adulación, genial resulta la
aparición del Quijote y de su autor en la Segunda parte como personaje de la
Primera: la novela dentro de la novela. Nunca vi cosa igual. Con ello conseguís
que sea leído como historia aquello que es producto de la fantasía. Y qué decir
del diálogo entre caballero y escudero que es vuestro Quijote todo: lo que de
mísero y de noble tiene nuestra existencia cabe en él, en él se sustenta y a
élla representa.
C – Temeridad por temeridad, que sean los tiempos
venideros los que lancen su juicio de nuestras andanzas en la república de las
letras: ¿os parece?
S – Sea, aunque yo vivo y preocúpame sólo el
presente; de él como, por él siento y a él lego mis obras.
C – ¿Sois creyente, querido William?
S – No como vos, estimado Miguel: no puede imaginar
ese lugar donde no retorna viajero alguno. Yo, en cambio, sé que vos sois
piadoso, pero contemplo en vuestras obras ímprobos esfuerzos para aceptar al
Dios católico de la Iglesia de Roma.
C – Si no otearais como lo hacéis el corazón del
hombre, no podríais ser padre de tantos corazones que palpitan en vuestras
obras. Dejémoslas a los demás como herencia y guardemos como en cofre el
secreto de nuestras creencias, ¿trato?
S – Trato. Fijaos que no cumplimos las promesas, y al
final hablamos de nuestras obras y no de nuestras vidas.
C – Ha querido el Cielo o el destino que en nosotros
ambas se confundan. Pero sigamos, aunque para ello sea menester dejar en la
vereda nuestras promesas.
S – Vuestras comedias son entretenidas, regocijantes
y bien tramadas, y vuestro verso notable, aunque yo no domino vuestra lengua
como para estar atinado en la crítica, ¿Por qué entonces os pasasteis a la
forma novelada?
C – Esta vez no me dio el Cielo la gracia que dio a
Lope, a Góngora y a otros muchos poetas de esta edad dorada de nuestra
república. A cambio, fui el primero en novelar sin copia ni imitación, sin la
aguja italiana a la que otros se aferran. De nuestra vida somos deudores del
Altísimo y no debemos malgastarla en caminos que nos importunan. El Quijote, en
gran medida, es fruto de la casualidad y se ha inspirado en un anónimo, en el
que un lector de romances se vuelve loco, sale a los caminos y retorna a su
hogar apaleado. Allí vi a personajes y aventuras como en semilla: la fantasía y
las ansias hicieron el resto. Sin embargo, mi verdadera novela es el Persiles,
que aún no ha salido a la estampa: ahí es dónde expreso mi ideal de esta cocina
de conceptos y sonidos que es esta nuestra república de las Letras. Pero hablemos
de vos. Sois un gran poeta, como puede apreciarse por vuestros sonetos, por vuestro Venus y
Adonis, y por la historia de Lucrecia,que tan
maravillosamente habéis versificado, aunque yo, que apenas conozco vuestra
lengua, tenga que dejar su juicio en suspenso ¿Por qué os fuisteis al terreno
de la comedia?
S – Como vos sabéis, empecé siendo actor antes que
autor, y aún antes fui guardador de caballos. Nuestras comedias no eran dignas
de las que nos precedieron en Grecia y en Roma: o eran malas imitaciones o
peores traducciones. En común tengo con mis contemporáneos, Johnson y Marlowe,
su destino: servir a una jauría, nuestro público, que había que aplacar con
terribles sucesos, captar su atención con tramas intrigantes y lanzar versos
como dagas, que más hieren el corazón que mueven el pensamiento. Apenas había
un momento para el sosiego; sólo cuando la fiera aplacaba sus instintos lanzaba
algún que otro monólogo y remansaba la acción para volver, al poco tiempo, al
delirio, a la pasión de mis criaturas, a su destino inevitable. Quizá vos
habéis podido elegir, pero yo no escribí para la posteridad, sino para comer,
respirar y vivir. Insisto: la vida es una farsa; ponerle pluma y tabla y
tendréis el teatro, la representación de una representación, comedia para
comediantes.
C – Sé que vivís por y para el mundo de la farándula,
y que habéis alcanzado a nuestros antepasados, Eurípides, Plauto, Ovidio y a
otros tantos modelos de la antigüedad, y diría que los habéis sobrepasado en
trama y determinación. Yo he repartido, como vos sabéis, mi vida a partes
iguales entre las armas y las letras. Fui marino en Lepanto, en la más alta
ocasión que vieron los siglos. Allí quedé manco, pero el orgullo de aquella
victoria fue bálsamo para mis heridas. Para mí el teatro encierra la vida pero
no la sustituye; nos adentramos en vidas inventadas, pero sin confusión con la
propia; respiramos otros aires durante breves momentos, pero el aire que nos
alimenta lo llevamos con nosotros cuando la farsa acaba. La vida tiene su fin
que la comedia no puede torcer. Acepto que la vida es comedia, pero esa comedia
no cabe en las tablas de un teatro.
S – Sin embargo, sí habéis logrado confundiros con
vuestros personajes y no creo adularos en exceso si dijera que vos y vuestro
Quijote sois una misma cosa. Confusión por confusión, el teatro es para mí lo
que vuestro hidalgo es a vos.
C – No vais descaminado, pero ello surgió sin
propósito, como por encantamiento y carcelariamente. Sin embargo, El Quijote es
un ideal que ningún mortal puede alcanzar, al igual que vuestro Hamlet, al que
yo veo tan entremezclado con vos en
sus reflexiones y en sus pasiones que apenas podría distinguiros.
Confusión por confusión.
S – Pero recordar su final: muere a manos de otros
tras cumplir su venganza; vuestro Quijote muere tras recuperar el juicio.
¡Querría para mí el final de vuestro héroe aunque mi corazón se acompasa con
Hamlet!
C – Sí, pero recordad los principios: El Quijote se
volvió loco a causa de sus lecturas, vuestro Hamlet, príncipe noble y culto, se
encuentra sin padre, con la corona usurpada por su tío que además es su asesino
y comparte el tálamo con su madre; ¿Podría acabar de otra manera de no ser por
mediación del Hacedor?: del barro de la desesperación surgió el lodo de la
venganza. Final terrible, pero acomodado a su principio.
S – En cambio, el final de vuestro héroe es reposado,
recupera el juicio, hace testamente y muere, pero me parece más terrible que el
de Hamlet, porque muere como personaje, muere su maravillosa locura al
recuperar el juicio, muere sin ver cumplir su ideal y su ideal muere porque su
locura no es simiente de otras locuras. Mi Hamlet también muere pero, al menos,
mata la hierba putrefacta que nace en la cloaca que es este mundo.
C – El que siembra viento recoge tempestades, pero
también una hierba sustituye a otra hierba. Vos mismo decís en una obra que la
“culpa no es de nuestra estrella sino nuestra”. Vuestro Hamlet cambia la vida
por la suya; El Quijote cambia el mundo con su ejemplo; Hamlet siembra y
recoge; El Quijote siembra, pero deja que sea de otros la cosecha; Hamlet nos
muestra lo que de innoble tiene nuestra existencia, El Quijote lo ejemplar de
nuestros pasos.
S – Con su locura, El Quijote desnuda nuestras
miserias.
C – Con su venganza, Hamlet hace justicia.
S – Larga vida a ambos.
C – Sea.
-
Pues si antes no le entendía al Sr. Quijano, esto aún lo entiendo menos, pero
me ha resultado entretenido. Es como un diálogo de los que tenemos tú y yo,
pero de mayores, ¿no te parece, Valentina?
- Tienes mucha
razón, Laurita, porque aunque a veces te corte o te lleve la contraria, la
razón no te falta y con el tiempo ha de faltarte menos.
- Ahora
hablas raro, como si imitaras al señor lamentable
sin darte cuenta.
- Es posible,
Laurita, porque además tengo el mismo hambre que decía tener el Sr. Quijano.
Y ambas
rieron. Y al poco siguió Valentina con estos comentarios.
- Te decía que tenías razón en lo
que dices y en lo que aventuro que dirás y es que, medio entendido lo que has
leído, no puedo imaginar el mundo de los mayores. Y lo que imagino no me gusta.
Hago excepción de nuestros padres porque eran nuestros y porque, quizá sin
darnos cuenta, procuraban hablarnos y contentarnos como niñas que somos y se
ponían a nuestra altura. No quiero decir altura física, ¿me entiendes?
- Te doy la
razón, Valentina. Además, al dártela me la doy a mi misma porque tú me la das y
es como si rebotara. Tú ya me entiendes. Yo pienso que los mayores se complican
las cosas porque dicen cosas sobre las cosas que hay que, ¿cómo se dice?,… que
hay que sobreentenderlas, con lo
sencillo que es decir: “tengo hambre”, “no tengo sueño”, “me gusta este dulce”,
“te echo de menos”, “me gustaría que estuvieras aquí”.
Y en esas
pláticas estaban las gemelas cuando
volvió
en sí el señor Quijano y esto fue lo que dijo.
- Habéis de
perdonarme, pequeñas infantas, que no sé si sois reales o fruto de mi fantasía,
de la que no logro escapar, o de esos encantadores que dice mi creador han
invadido su literatura, de la que yo soy actor y paciente, aunque ya no sea
literario por ser yo quien vive, siente y padece; y vistos mis atuendos y mi
palidez, más parece que padezco que otra cosa.
- Sr. Quijano,
mientras ha perdido el sentido mi hermana Laurita ha buscado en el diccionario
y sabemos qué personaje es usted y de ello deduzco que no está aquí por deseo
propio. Tiene un encargo, ¿me equivoco, Sr. Quijano? –preguntó Valentina
sorprendiendo a su hermana.
- Ya sé de
vuestra astucia y que habéis colaborado con los señores Holmes y Watson, que
son herederos literarios del gran don Miguel, mi creador. Llevo en esta Cueva de los Sueños más de 400 años,
aunque don Miguel me obligó a seguir el viaje literario que me llevó a morir,
también en la literatura, en las playas de Barcelona. Veis que me he
actualizado el lenguaje y ya casi me expreso como vosotras, pero no sin
esfuerzo. Y tengo un encargo de mi creador. Sé que habéis leído las cuartillas
que tenía asidas en mi mano, que es la mano de la posesión. Es un diálogo entre
don Miguel y un inglés de nombre William que con el tiempo ha llegado a ser el
más famoso escritor inglés de todos los tiempos. Habita allí, en el Olimpo
donde están Miguel, Homero, Dante, Goethe.
- Sr. Quijano,
perdonad que os corte, pero ese diálogo es real o no. Quiero decir, si se dio
alguna vez o es que alguien lo ha escrito como si fuera real –preguntó Laurita.
- Astucia, esa
es la palabra. Nada tienes que envidiar a tu hermana, Laura.
- Sr. Quijano, yo no tengo envidia de mi
hermana. Eso debe ser cosas de ustedes, los mayores.
- Te creo,
pequeña infanta, pero no caigas nunca en ese pozo porque la envidia es de los
vicios que más pronto se engendra en el corazón y más tarda en desaparecer, si
es que llega alguna vez a morir. Procurad que ese vicio no anide nunca en
vuestros corazones porque ese día dejaréis de ser amigas y sólo seréis
hermanas. Tengo tres misiones que cumplir en este renacer en esta cueva, que es
la de Montesinos a la vez que la de los Sueños. Una: saber, en efecto, si el
diálogo que habéis leído es real o imaginario. Otra es averiguar si don Miguel,
mi creador, y William, el genial bardo, creador de criaturas como Hamlet o
Ricardo III, se conocieron alguna vez como indica el escrito. Y aún hay otra
más importante y tan difícil de averiguar que quizá ni la astucia de ambas
juntas sea suficiente.
- Sr. Quijano,
si nos recompensa con algo somos muy capaces. A mí me gustan los dulces –dijo
Laurita. Entonces ocurrió que Laurita y el Sr. Quijano miraron inquisitivamente
a Valentina.
Y entonces
Valentina les miró, se sentó cerca de ambos y estas fueron sus palabras.
- Sr. Quijano,
sé que buscáis la verdad. Y sé que vuestra amargura viene de que vuestro
creador os obligó a vagar por tierras duras para hacer la justicia en lugar de
buscar la verdad. Yo creo que os habría ido mejor si hubierais estudiado para
mirar por un microscopio y curar enfermedades. Nosotras también ayudamos a los
demás, que es la forma en que podemos hacer eso que hacéis con la justicia.
Hemos ayudado al Sr. Drácula, al Sr. Quasimodo, al Minotauro, al Sr. Holmes, al
doctor Watson, a nuestras amigas que ha conocido, Sr. Quijano. La tercera cosa
es algo que sólo le importa a su creador. El conoció al Sr. William, pero el
Sr. Miguel tuvo una duda que, como dicen ustedes los mayores, se llevó a la
tumba.
- ¿Puede ser,
Valentina, que dudara si el que conoció era ese señor William? –preguntó
Laurita.
- No, la duda
es si el señor William escribió las
obras que dicen que escribió. Que se conocieran o no a usted, Sr. Quijano, le
importa un… bledo. Sí, creo que se dice así. Y si el diálogo es real o
inventado, no hay duda: es inventado, pero tampoco importa mucho. Si don Miguel
le confinó -¿se dice así?-, le
confinó, decía, en esta cueva fue porque quería saber en ese otro mundo del que
hablan los mayores si el poeta que conoció fue el autor de esas obras que se
mencionan en el diálogo o no lo fue –dijo Valentina dejando estupefactos al
señor Quijano y a su hermana.
- El Sr.
Quijano ha dicho que esta cueva es la de Montesinos y nosotras la conocemos por
la Cueva de los Sueños. Entonces no
estamos aquí por casualidad, sino para cumplir los deseos de su creador. ¿Es
así, Sr. Quijano? Pero eso es imposible porque nosotras caímos en la cueva por
casualidad –se preguntaba y se contestaba a la vez Laurita.
- Para esto no
tengo respuestas. Mi tiempo ha pasado. Creo que fue el bardo el que dijo al
final de su obra que ya no tenía gracia
para encantamientos; mi creador también decía que estaba con el pie en el estribo. Ya no puedo
desfacer entuertos ni enderezar agravios. En mi época un solo caballero, como
ese del Arremangado Brazo, o el
invencible Lanzarote, el enamorado de la princesa Ginebra, o el gran Amadís de
Gaula, o el mismo Durandarte, o el Palmerín de Grecia, o el fiel Perceval, o
cualquier de tantos y tantos caballeros que poblaban los campos o velaban las
armas, lanzábanse sin un pestañeo a los caminos y a las sierras y luchaban por
los menesterosos, por los agraviados, por los desterrados, por los que habían
perdido la libertad con injusticia manifiesta, y con ello reparaban con la sola
fuerza de su brazo todo el mal afligido. Eran tiempos de injusticia, pero
también de reparación; de brega y andares antes que de vida regalada. Ahora, en
cambio, solo queda eso: paciencia y
barajar. ¿Qué fue de mi compañero Sancho, Sancho el Bueno? ¿Volvió con su mujer Teresa y su hija? También fue
burlado, manteado y apaleado, y cuando creyó que yo abandonaba este mundo me
propuso hacernos pastores y recorrer de nuevo los caminos, pero ya sin molinos
que fueran gigantes, sin carneros que fueran ejércitos, sin duques burladores,
sin sansones traidores, sin obispos mequetrefes, sin falsas dulcineas, y yo le
abandoné entregándome al Hacedor. O eso creí, porque aquí estoy, desterrado,
confinado, y todo fruto de la curiosidad de don Miguel. Él ha sido mi creador y
mi carcelero. ¿Soy real o de ficción? ¿Qué pensáis, pequeñas infantas?
- Para usted,
Sr. Quijano, todo es real y eso es lo que importa –dijo Laurita.
- Ahora, Sr.
Quijano, nos ha dado un trabajo casi imposible, pero lo intentaremos. Podemos
viajar en el tiempo y en el espacio, aunque eso ya lo sabía porque de lo
contrario no nos hubiera encargado encontrar al verdadero autor que se esconde
tras el nombre de William. Ya sabe: paciencia
y barajar –dijo Valentina. Y ambas rieron, y el señor Quijano le vino, casi
sin querer, la sonrisa.
- Os diré un
secreto que he guardado en esta tumba mágica, pero tumba al fin y al cabo: me
creador siempre supo quien se escondía detrás de ese William. Lo supo de cuando
su viaje a Italia, donde se inspiró para la escritura y donde supo de la vida y
del arte. Él me confió el secreto, pero bajo la indicación de no revelarlo
jamás. Investigad y daréis con ello alimento a la curiosidad.
Y el otrora
caballero andante volvió al arcón mágico esperando que las gemelas averiguaran
la tercera incógnita, la tercera cuestión. Las gemelas le pidieron que se
quedara con ellas, pero adujo el otrora andante -ahora lamentable caballero-
que se encontraba cansado de tantas peripecias, de tantos agravios, de tantos
manteos, de tantas pedradas, de tantas descabalgadas, de tantas hambres, de
tantos sudores, de tantos apresamientos, de tantos caminos polvorientos, de
tantos deseos y tan pocos logros; que prefería seguir siendo lo que nunca debió
dejar de ser: un soberbio personaje literario, pero sólo literario.
Madrid, 4 de agosto de 2011.

la cueva de Montesinos
FIN
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