LAS
GEMELAS y EL BARQUERO
por Antonio
Mora Plaza
-
¡Qué bien se está es en cueva, Valentina! ¿Nunca que te has preguntado que
somos afortunadas más que nadie de haber encontrado esta cueva de las
maravillas donde viajar a cualquier parte es posible con sólo desearlo? ¡Eh,
Valentina! ¿Me estás escuchando? Es verdad que no vemos a nuestros padres, pero
así tenemos la ilusión de que siguen vivos, porque la certeza de la muerte es
lo más triste que puede pasar. ¡Valentina!
Pero
Valentina no la hacía caso porque estaba midiendo la cueva con los pasos.
-
Perdona, Laurita, pero estoy viendo algo que no logro entender. Verás, la
estancia en la que estamos tiene seis lados, pero si abro por fuera y cuento
los lados me salen cinco, lo cual es imposible. Bueno, cabe una posibilidad:
que las paredes no sean igual de gruesas en este recinto y unos trozos sean más
ancho que otros. Pero eso tampoco parece que ocurra porque las puertas de las
paredes son todas iguales de altas y de anchas.
- Pero recuerda que esta cueva es
maravillosa y cualquier cosa es posible, Valentina.
- Sí, pero no puede o no debería haber
cosas incomprensibles. Mejor dicho, cosas imposibles, Laurita
- Al final no sé dónde quieres ir a
parar, Valentina. A mí ese problema no me interesa, pero como a ti parece
preocuparte, ya me empieza a preocupar a mí, no por el problema, sino por tu
preocupación, porque eso puede ser que aquí te aburras y cualquier día me pidas
volver al mundo de las realidades donde todo es más aburrido y peligroso. Y eso
a mí sí me parece preocupante.
- Verás, Laurita, es que pensando en el
problema de antes he descubierto la diferencia entre lo imposible y lo
incomprensible, cosa que hasta ahora había pensado que era la misma cosa, ¿entiendes,
Laurita?
- No del todo, pero es que se me hace
difícil pensar en cosas que desconozco su importancia o que, como lo que tú
dices, no la tienen. Ya sabes que tú eres la que piensas y yo la que me
divierto, aunque no siempre ocurre así.
- Sí, porque además ahora no me
divierto pensando en que este problema de las 6 paredes por dentro y 5 por
fuera, porque me parece imposible e incomprensible. Nosotras imaginamos cosas,
pero lo que imaginamos, lo entendemos, tienen algo que ahora no me sale la
palabra.
- ¿Quieres decir lógica,
Valentina?
- ¿Lógica? ¿De dónde te has
sacado esa palabra? Pero quizá podría valer. Sin embargo, yo busco una palabra
parecida que me valga para explicar –o no explicar- el problema.
- ¿Y por qué no la buscas en el
diccionario, Valentina?
¡Ahora te he pillado, Laurita! Lo que
has dicho no tiene lógica, Laurita.
-
¿Por qué? ¿Y por qué has dicho dos veces Laurita
cuando con una sobra?
- Porque el diccionario sirve para
buscar el significado de las palabras cuando conoces la palabra, pero no al
revés, es decir, cuando conoces el significado, pero no la palabra ¿lo
entiendes?
- Lo entiendo y tengo la solución –dijo
con malevolencia Laurita a su hermana-: puedes buscar todas las palabras del
diccionario de la A a la Z hasta que encuentres ese significado.
Yo te espero hasta la hora de cenar jugando con Zinga al veo veo.
Y todas las amigas de las gemelas se
echaron a reír, salvo Galapa, la
tortuga, que dijo:
- Eso es aburrido hasta para mí- y ya
no pararon de reír, incluida la propia Valentina-.
- Antes de que nos invada
el tedio, deberíamos viajar, pero a un lugar que sea seguro, porque
nuestras aventuras hasta ahora han sido de lo más peligrosas. Por ejemplo,
podríamos pensar en una palabra cada una que nos pareciera poco peligrosa,
cerrar los ojos como siempre, tomar nuestras manos y extremidades y así que
pasen cinco años. ¿Qué os parece? –dijo Laurita, extrañada por la cara de
sorpresa que ponían sus amigas y su hermana-.
- No está mal pensado, pero tiene
algunos fallos, además de dejarnos a todas boquiabiertas: ¿qué es eso de el
tedio y por qué tienen que pasar 5 años? –contestó Valentina que no salía
de su asombro-. Además, yo no estoy tan segura de que la reunión de palabras
sencillas, inocuas –todo se pega- no sean peligrosas todas reunidas.
¿Sabéis el significado de la palabra inocua, porque yo no tengo ni idea
de lo que significa?
- Veo que no soy la única que se le
ocurren palabras raras –dijo Laurita-.
- Tienes razón en lo de las palabras,
Valentina. Por ejemplo la palabra deber no nos gusta cuando nos dicen
que hagamos los deberes y sin embargo a nuestros padres no parece
disgustarles cuando dicen que nosotras debemos hacer los deberes por
nuestro bien. Sería mejor que nuestros padres hubieran inventado palabras que fueran
buenas y malas sin necesidad de quién las diga y para quien las escuche. Creo
además que habría menos discusiones. Pero hagamos lo que dices y pensemos-.
Eso hicieron las gemelas y sus amigas,
y cuando despertaron se encontraron en una gigantesca cueva, pero sin
vegetación y con un pequeño, pero bravo río. Al principio no vieron nada de
particular o al menos sorprendente.
-
¿En qué pensaste? –preguntó Valentina a su
hermana-.
-
En
un río que fuera entretenido –contestó Laurita-.
-
Yo en cambio he pensado en barcos con los que podamos recorrer los mares como
hacían los marinos de los cuentos que hemos leído. Lo del río entretenido parecía
algo bueno, Laurita, pero quizá para un río la palabra entretenido sólo sería
adecuada para él, pero no para nosotras. Quizá sea un ejemplo de lo que hemos
hablado.
-
Lo que no se ha cumplido es lo de los barcos, porque no hemos visto ninguno y
además no cabrían este río –reflexionó Laurita preocupada-.
-
Paciencia y barajar, Laurita, que ya aparecerá. Además, si queremos
cruzarlo, no queda otro remedio que hacerlo cuando venga alguien que nos ayude
–dijo Valentina algo preocupada-.
Y el ruido es ensordecedor: ¿ensordecedor?
¿Qué hacemos, Valentina? Mira, al final del túnel parece que viene alguien
caminando sobre las aguas –señaló Laurita-.
-
Eso es imposible, pero parece que lleva un palo en las manos. Sí, trae un palo
más alto que él. De ello podemos concluir que no camina, sino que lleva un
barco y que se ayuda del palo –reflexionó de nuevo Valentina-.
-
Navega y remo. Estas son las palabras que se me vienen a la mente
al oírte, Valentina.
Y
en efecto, una figura muy delgada y quizá alta se acercaba a las gemelas. Lo
del barco y la navegación parecieron, en efecto, palabras adecuadas a lo que
veían las gemelas. Cuando estaban cerca pudieron comprobar que, además del
remo, llevaba la enjuta figura otro artefacto, mitad madera, mitad hierro de
forma curvada. También el remero se había percatado de las gemelas e intentaba
acercar su pequeña barca a la orilla donde estaban, aunque el esfuerzo era
colosal, porque las aguas entretenidas de Laurita resultaron ser bravísimas
aguas. Ya cerca de éllas, pero sin abandonar barca y remos, así habló el
barquero tras una breve reflexión de Valentina.
-
"Es extraña la forma de remar de este barquero -observó Valentina como
hablando para sus adentros"-.
-
Permitidme pequeñas que me presente. Mi nombre Caronte y soy el enviado del
Hades, el Señor del Inframundo, lugar de donde todo el que entra quiere salir
para ver la luz de nuevo aunque esta les ciegue. Yo soy el encargado de llevar
a los mortales e inmortales del mundo mortal al mundo de lo que existe sin más
cualidad. Más aún, el inmortal que va y viene, si lo consiguiera, perdería el
don de la inmortalidad. Yo diría que no estáis aquí por propia voluntad, porque
nadie viene aquí de esta manera y porque sois muy jóvenes. Sabed que el que
cruza este río, el río Aqueronte, no retorna a la orilla de donde vino. Aun
así, ¿acaso queréis pasar a la otra orilla? ¿Portáis los óbolos correspondientes,
uno por cada ojo?
Y
la impetuosa Laurita contestó primero.
-
No venimos a haceros daño, señor, Caronte. Estamos de paso y venimos de paso de
la Cueva de los Sueños, donde no envejecemos. Nos gusta la aventura,
pero no nos gusta el peligro, porque fuera de la Cueva somos vulnerables. Lo que sí nos gustaría
sería viajar en tu barca contigo. Lo que no tenemos es eso que has llamado óbolos,
porque sería improbable que lleváramos algo que no sabemos cómo se llama,
porque entonces no podría decir a mi hermana -es un ejemplo-: "¿Valentina,
no se te olvide coger el óbolo por si lo necesitamos?". Si no
tuviera un nombre no sabría qué cosa coger. ¿Entiendes lo que te digo? Y ten
cuidado con la barca no vaya a ser que vuelques y te ahogues.
Quedose
tan sorprendido el barquero del Aqueronte que no supo qué decir. Pero le
esperaban además las palabras de Valentina.
-
La verdad es que a todas sus preguntas hay que contestar que no. Señor Caronte,
a mí se me ocurre algunas cuestiones. Usted dice que ningún mortal e inmortal
puede cruzar la orilla y volverse atrás o volver a cruzarla, si no entiendo
mal. Si eso es así, ¿usted cómo es que vuelve, va, retorna sin más? Dice además
que la vuelta haría mortal al inmortal. Según eso, usted debería ser mortal e
inmortal a la vez porque va y viene de una a la otra orilla continuamente, y
eso es imposible porque se tiene que ser una cosa o la otra. En cuanto a lo de
los óbolos, no nos ha dicho que son,
pero si fueran dinero como a mí me parece que lo son: ¿para qué quiere dinero en
este sitio si no hay tiendas donde comprar? ¿Quizá es que las haya en el Inframundo
ese? ¿Se puede elegir vivir en el Inframundo
o de qué depende? Además, si vivís aquí siempre será porque habéis hecho algo
malo, porque aquí, por lo que se ve, no hay luz, es decir, no llegan los rayos
del Sol.
Repuesto
el barquero del desparpajo y de la precocidad de las gemelas, de su falta de
miedo, así respondió a lo que pudo responder.
-
No sé si tengo respuesta a todo lo que me habéis preguntado, pero intentaré no defraudar
vuestra aparente curiosidad ilimitada. En efecto, los óbolos son monedas para
dar entierro digno a los que así lo querían en vida y aún lo deseaban ya
muertos. No sé lo que son tiendas, pero sospecho que no hay de eso en el
Inframundo porque allí de nada sirve el dinero, por lo que ricos y pobres
sufren por igual sus incomodidades. No podéis viajar en mi barca porque ese es
un viaje sin retorno. Aunque tengo que decir que hubo una excepción y no fue
nada grata. Se llamaba Orfeo y su amada Eurídice, pero sobre esto no me quiero
alargar. Sabed que yo no piso en ningún momento ninguna orilla, por lo que esa
puede ser la explicación a la cuestión de la mortalidad. Yo, en realidad, aún
no sé si soy mortal o no, pero nunca podré averiguarlo por cuenta propia.
Pequeñas, llegados a este río, a esta barca y a este barquero, nada se puede
elegir, todo lo que acontece lo escribimos con nuestros actos en nuestra vida.
Y
cuando más embobados y embobadas estaban en estas pláticas, Valentina le dijo a
su hermana.
-
Debemos irnos porque creo que alguien nos vigila, Laurita.
-
Siempre te pasa lo mismo, aunque he de reconocer que casi siempre tienes razón.
¿Quién puede ser, Valentina?
-
Seguro que alguien enemigo del barquero, porque si fuera amigo no se ocultaría
de él y de nosotras -contestó Valentina en voz baja-.
Y
en efecto, como desde el fondo del río un sonido parecido a un aullido
comenzaba a oírse. El barquero, al principio, aún no se había percatado, pero
luego su actitud delató lo contrario: comenzó a mirar en derredor y asir
fuertemente el remo como si se lo fueran a quitar. Entonces miró a las gemelas
como buscando desesperadamente una solución y dijo.
-
Rápido, pequeñas, subid a la barca antes de que llegue el feroz Cerbero, el
guardián del río y de las almas que inician el viaje para que no piensen nunca
más en el retorno, es decir, para que desechen cualquier esperanza de volver.
Os digo todo esto porque sé que me lo vais a preguntar y no tenemos tiempo que
perder.
Y
fue justo a tiempo, porque un extraño horrible y enorme animal, mezcla de
animales conocidos, con enormes pezuñas, afilados dientes y nervudos brazos se
acercaba por la orilla donde estaban las gemelas. Una vez en la barca, el
barquero, las gemelas y sus amigas se fueron hacia el centro de la corriente
del agua donde ésta era más fuerte. Cuando llegó el fantástico y terrible
animal, emitió un gruñido aterrador e intentó saltar sobre la barca. Las
gemelas mostraron su miedo, pero el barquero las tranquilizó.
-
Nada que temer por más que sufran nuestros oídos. Este animal grita mucho, pero
no sabe nadar y no le gusta el agua. Es más peligro por otro defecto: es un
delator, un chivato y de lo que ha pasado seguro que tendrá noticia el Señor
del Inframundo, el dios Hades.
-
Eso le iba a decir, porque ahora nos lleva en su barca, pero nosotras no
queremos viajar al Inframundo, porque, aunque no sabemos exactamente
cómo se vive, seguro que peor que en la Cueva de los Sueños -dijo
Laurita al barquero mientras Valentina pensaba-.
-
Creo tener la solución. Dígale al dios ese, el Hades, que nos subió al barco,
pero que a la hora de pagar se nos cayeron las monedas a este maldito río y que
nos tuvo que devolver a la orilla -improvisó Valentina mientras observaba las
pezuñas del animal e intentaba mojar su mano en el río-.
-
Yo debiera haber guardado los óbolos. Mi torpeza sería entonces peor que mi
intención. Aquí, en este mundo del que el vuestro es un reflejo, la traición es
la moneda corriente, es un pecado más terrible que la pérdida de los óbolos,
que al fin y al cabo sólo sirve para el que el emigrante a la otra vida se
presente sin deudas de la dignidad ante el Señor del Inframundo.
-
Nos da pena dejarle sólo con el Hades ese, pero nosotras no sabemos cómo
ayudarle -dijo Laurita-.
-
Tampoco si podemos, porque a lo mejor es imposible, y si eso es así, nosotras
somos un estorbo. Y no se moleste lo que le voy a decir, señor Caronte, pero
usted no puede existir, no puede ser real si es verdad todo lo que nos ha dicho
y a lo que se dedica: usted no puede ser mortal e inmortal a la vez, por lo que
no puede cruzar el río y volver; por lo que nos ha dicho y por su ayuda, usted
no ha cumplido su función y eso es traición, el peor de los pecados según
usted; usted no puede estar permanentemente en el río, porque me he fijado que
su barca toca la orilla cuando recoge un pasajero, y si su barca toca la orilla
y usted está en su barca, también usted toca la orilla. Nada de lo aquí ha
acontecido es real. El Cerbero ese
venía por la orilla y hubiera podido alcanzarnos porque el río es sola una
ilusión, porque yo observé que sus pezuñas estaban secas, ¡secas! Más aún, el
río no mojaba mi mano la mano. Nos vamos a
la Cueva de los Sueños, pero su Parque de Atracciones, señor Caronte es muy bueno: ¿es usted el
jefe del parque o sólo un empleado? Quizá algún día volvamos, pero con dinero
real, no con óbolos, que ni tenemos
ni sabemos cómo conseguirlos. ¡Todo pareció tan real! -dijo Valentina dejando
asombrada a su hermana-.
Una
vez en la Cueva de los Sueños dijo
Laurita a su hermana.
-
¡Caramba, Valentina, me has dejado asombrada, porque yo he picado totalmente!
¿Cuándo sospechaste de todo era un truco? ¡Todo parecía tan real! -dijo
Laurita-.
-
Para nosotras era real. También para el barquero. Desde el principio. Te
acuerdas que te dije que ese barquero tenía una forma extraña de remar. Observé
que no cambiaba de lado el remo, lo cual provocaría navegar en círculo. Y si no
pudiera ser en círculo exacto por la corriente, provocaría al menos que la
barca fuera de orilla en orilla.
Y
así acaba el relato. He guardado silencio en estos últimos relatos de las
gemelas, pero ahora, que me he tomado un descanso sobre las aventuras de estas
singulares niñas de un mundo singular, vuelvo con las palabras de mi abuelo de
algo que amaba, pero de lo que no hablaba: la música. A él, que le gustaba
hablar de todo y que de tantas cosas sabía, con la música nos regalaba su
silencio. Y cuando le preguntaba algo sobre ella, se acercaba su dedo índice a
los labios indicándome silencio, se iba al piano y tocaba. Mi impresión es que
lo hacía con pasión, pero que los resultados no se hermanaban con aquélla. Un
día, en un silencio, en un descanso obligado porque la ejecución de la música
le cansaba, le pregunté sobre cuál era el más grande músico que había existido,
por el que más le gustaba. Esta fue su respuesta:
-
Decídete, porque me has hecho dos preguntas creyendo que son una sola. Yo soy
un mozartiano casi de nacimiento. Cuando estoy solo y los pensamientos y
recuerdos no me martillean, pienso en la música de Mozart; en cambio, reconozco
que el más grande es el Gran Sordo, el gran Ludwig. Ludwig es grandioso-.
-
Abuelo, ¿cómo me gustaría entender de música para apreciarla como tú lo haces?
Sabes que no sé nada, ni una palabra de solfeo. Sólo tengo el gusto, la
sensación-
-
Querido nieto, eso es más que suficiente: lo demás es un estorbo. Yo, cuando
oigo o imagino la música, no pienso en su lenguaje, sino en imágenes-.
-
Ponme un ejemplo, abuelo-.
-
Verás. Cuando me viene a la mente la música de Mozart, siempre imagino pompas
de jabón, pompas de muchos colores que se golpean con suavidad, que apenas se
deforman y que pugnan todas ellas por alcanzar las alturas, pero sin prisa, y
riéndose unas de otras. Pompas que no llegan a explotar, pero que desaparecen a
la vista como lo hace el horizonte en la mar. En cambio, cuando pienso en la de
Ludwig, porque con Ludwig tengo que pensar, me imagino su música como de
oleadas de… silencios, rotos por estruendos armoniosos a su pesar. Su música es
una tormenta que nos levantara los pies del suelo, que nos dejara ingrávidos, y
que luego nos volviera los pies, pero con todos los objetos de nuestro
alrededor descolocados, armoniosamente descolocados. Con Mozart nos sentimos a
gusto con nosotros mismos; con Ludwig ya no volvemos a ser los mismos. Supongo
que para bien, claro. Un consejo: cuando oigas música no pienses; cuando
quieras pensar, no oigas música. La música, cuando es bella, nos recuerda que
pensar y sentir son incompatibles-.
Y
mi abuelo se dirigió al piano y comenzó a tocar. Sabía que esa tarde ya no
hablaríamos más. Tocaba, según decía, la Gran
Fuga. Al día siguiente, tampoco dijo una palabra. Al otro, ya leía, pero
sólo leía.

Madrid, 2 de enero de 2011.
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