FUTBOL Y POLITIZACIÓN
Antonio Mora Plaza
Vi ayer al acabar el partido –soberbio
partido, por cierto– de la selección, de la
Roja, a Mariano Rajoy haciendo declaraciones sobre el tema. Nada importa lo
que dijo, porque el de Santiago nada que no sea trivial puede salir de su boca,
de esa lengua que sospecho no le cabe en la boca. Es un defecto físico que nada
importa, que ni quita ni pone nada a su trivialidad. Es difícil encontrar un
político más anodino, pero eso le ha ayudado a llegar a la presidencia del P.
P., porque a este partido y a ese cargo nadie que no sea tan anodino puede
llegar; cualquier pensamiento original, cualquier idea original es un obstáculo
para esa meta. De eso ya se ocupó Aznar y por eso le señaló digitalmente,
quiero decir con el dedo, en lugar de a Rato el huidizo y de Oreja, otro anodino, al que el cese de la actividad
armada de ETA le ha dejado en el paro. Lo importante para el de Santiago era
estar ahí, apareciendo en televisión, hablando de futbol –es un decir–, aunque
no tenga tiempo para dar explicaciones en el Parlamento y se niegue al debate
del estado de la Nación. ¡Enterarse de que el prestatario de los 100.000
millones del FEEF es el FROB, un órgano del Estado español y que computa como
deuda le ha dejado exhausto! La neurona que le queda no le da para más, porque
la otra media que le ha quedado desde el esfuerzo de las oposiciones a registrador
de la propiedad la tiene dividida en dos tareas: la intención de voto y la
prima de riesgo.
El futbol es un sucedáneo de aquel
principio militar de que la política es la guerra con otros medios, cosa mucho
mejor que sea la guerra la política con otros medios, medios que ya sabemos que
hacen pupita. El futbol es a los Estados modernos lo que la Olimpiadas lo fueron
para la Hélade desde siglo VIII a. de C y siguientes. Cuando se enfrentan, por
ejemplo, Inglaterra y Alemania resulta difícil aislarse de cuando la RAF
destruía a los messermicht germanos y
estos bombardeaban Londres en la II Guerra Mundial; cuando juegan Francia y
Alemania pareciera que los franceses no puedan evitar recordar que los
franceses han perdido todas las guerras con Alemania desde Napoleón. Cuando en el Mundial de España del 82 Tardelli
marca el gol y a continuación aprieta los puños, tensa los brazos y grita a la
vez que corre, parece sacudirse en nombre del pueblo italiano las humillaciones
germanas y también austríacas de la historia. Quizá algo menos, pero cuando se
enfrentan España con Francia parece inevitable que algún espectro del 2 de mayo
de 1808 y algunas pinturas del genio de Fuendetodos quieran convertirse en
actores. No digamos si juegan Alemania con Rusia y los 20 millones de rusos –la
inmensa mayoría civiles– que mataron los militares germanos mandados a
distancia por el campeón de los genocidas de la Historia. También algún
vestigio de Aljubarrota se cuela cuando están sobre el verde césped disputando
el balón españoles y portugueses, y eso que la batalla la ganaron los lusos.
Cuanto más cercanos los países, más deudas históricas pretenden saldarse,
pretensión vana, porque el futbol no da para más… afortunadamente. ¿Qué pasarán
por sus cabezas cuando ahora juegan entre sí serbios, croatas, bosnios,
montenegrinos en cualquier deporte? La lista de agravios imposibles de
satisfacer se haría larguísima si añadimos Latinoamérica. En otros continentes
quizá menos, porque el futbol llegó más tarde, pero quizá hubiera tenido algún
efecto balsámico en África si hubiera llegado antes. El futbol es el más
universal de los deportes politizados –con lo bueno y lo malo que eso entraña-,
pero no es el único deporte. También tienen su rol el rugby en el torneo ahora
de las 6 naciones, por ejemplo, entre ingleses, galeses, irlandeses y
escoceses. Señalaba Ortega y Gasset una conexión entre la formación de lo que
puede ser entendido como Estado griego con el deporte. Es posible que fuera
verdad, porque el filósofo madrileño especulaba tanto en las esferas del
pensamiento que es muy difícil que alguna vez no acertara. El hecho es que el
futbol se ha convertido –y lo hace todos los días- en una especie de sucedáneo
de enfrentamientos manu militari
entre naciones y pueblos. Bien es verdad que quienes organizan las guerras no
son los pueblos, aunque luego los historiadores de los vencedores se lo endilguen
a los pueblos con tal de exonerar de culpa a los verdaderos organizadores y
decisores de tales desatinos. Si en lugar de disparar balas, meter cañonazos o
disparar misiles se pegan patadas a un balón y, además, se hace con el arte,
tesón y tensión como lo hace la Roja,
pues bienvenido sea. Cualquier cosa mejor que el llamado arte de la guerra, que
consiste en matar para evitar que te maten, aunque no sepas ni cuestiones por
qué te han llevado los que te han llevado a semejante tesitura. El futbol
engendra y supura lo que yo llamaría el máximo
chovinismo aceptable. Es inevitable, pero en manos de gente normal no
resulta dañino para la convivencia entre los naturales de un mismo país. En
España hay un antinacionalismo vasco y catalán que utiliza el futbol para
moldear sus ribetes fascistoides. Recuerdo al segundo de Del Bosque, el tal
Toni Grande -futbolista de méritos escasos- que le quitaba la senyera que se
había entorchado un jugador catalán de la
Roja en el pasado Mundial. Ahora se las ha comido con papas porque ya es normal ver a los jugadores de la selección
anudarse a modo de gigantesca faja o echarse sobre los hombros a modo de
mantilla sus enseñas comunitarias. Sería saludable, no obstante, que cretinos
como el tal Toni Grande no estuvieran en cargos públicos alimentados con
nuestros impuestos.
En España la utilización del futbol por
la política está ligada indeleblemente a Franco y al Real Madrid. Hubiera
podido ser otro equipo, pero lo fue el equipo merengue. El Sr. Bernabeu –don
Santiago, por favor– cedió su campo para las demostraciones sindicales de la
Dictadura; convirtió el campo de futbol del equipo blanco en lugar inevitable
de la final de la copa llamada por el propio dictador “del Generalísimo”, y
maniobró con intermediarios para que Di Stéfano se quedara en El Madrid definitivamente en lugar de
compartirlo con el F.C. Barcelona.
Más tarde el equipo de don Santiago se convirtió en el embajador, en la única
ventana al exterior del dictador con sus 6 copas de Europa. Y don Santiago se
prestó a ello, aunque parece ser que a regañadientes. Ahora lo utiliza Rajoy y
sus secuaces en el Gobierno y demás poderes. Normal, porque además Rajoy y su
P. P. son los herederos ideológicos y hasta antropológicos del franquismo y de
la dictadura franquista. Lo llevan en los genes ideológicos, que también la
ideología lleva genes, porque de lo contrario sería pensamiento crítico, y de
esto huyen los del P. P como de la peste. Ello tiene su reflejo en alguna
prensa de la derecha. El ABC es paradigmático en ello. Este periódico decía en
1964 cuando la selección española ganaba la
Copa de Naciones de Europa a la URSS en el Bernabeu que “lo mismo que se le
había ganado en los campos de batalla se les había ganado al futbol”. Este
periódico, que pregona su monarquismo como coartada, pero que en realidad fue
baluarte del franquismo en la Dictadura y ahora es portavoz del P. P. en la
democracia, evita llamar la Roja a la
selección de Del Bosque. Así de mezquinamente facha este diario para vergüenza
de los periodistas que trabajan en él. Y este es un ejemplo menor. Pensemos,
por ejemplo, que a pesar de las evidencias, sigue llamando ayuda al rescate porque
así cree favorecer a los intereses del P. P. Volviendo al futbol, durante el
franquismo se potenció el mito de la furia como pancarta del futbol español, en
especial con la selección. Un mito que le venía bien al dictador, pero que no
cosechó más triunfos que el de la Copa de Naciones de Europa del 64. Clemente,
el seleccionador mal educado y camorrista, se creyó el mito y fracasó en su
intento de conquistar títulos, aunque ganaba muchos amistosos.
Dejando a mezquinos y mezquindades mediáticas, este
deporte tiene una grandeza de la que carecen otros, salvo alguna excepción como
la comentada del rugby y de forma muy localizada. Es el deporte de los pobres,
aunque luego un puñado se haga rico con él. Sólo se necesitan dos piedras a
modo de postes y algo redondo y golpeable con los pies para jugar. Y en manos
–mejor dicho, en los pies– de artistas como Xavi, Iniesta, Silva, Cesc, Pirlo,
Özil, Messi, se convierte en arte. En el pasado hubo otros y estos son sus
herederos. Por eso los futboleros lo disfrutamos a pesar que otros quieran
convertirlo en el panem et circenses
modernos, pero no lo van a conseguir, no lo consiguen, aunque la cruda realidad
parezca evaporarse por sus títulos y conquistas como ahora es el caso español. Pero
es flor de un día, porque al día siguiente seguiremos las políticas de recortes
sobre educación, sanidad, impuestos, dependencia, subida de precios, etc. que
Rajoy y sus secuaces practican para dar satisfacción a la Merkel y a los
mercados, aunque digan que todo lo que están haciendo para crear empleo –ni
siquiera es creíble como intención–, y que el paro y la prima de riesgo
desmienten por más que la lengua del compostelano diga lo contrario. Pero eso
no nos distrae a los que no tenemos un gramo de chovinismo, porque creemos, con
Miguel Delibes, que nuestra patria es la infancia y –yo añado– sólo nuestra
infancia. Nos gusta la selección, nos gusta la
Roja, nos gusta como juega y cómo nos satisface, aunque sea por breves
momentos, aunque sólo sea durante 90 minutos una vez al mes, porque la
felicidad es eso: breves instantes de emoción y la larga vida de su recuerdo.
Madrid, 2 de julio de 2012.
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