por Antonio Mora Plaza
De mi anterior relato titulado
“Geraldy, la pizpireta” recuerdo que
mi abuelo me previno de creerme ser un escritor de la siguiente manera: “Un breve y hermoso primer relato no te hace
escritor, porque eso puede ser fruto de esa chispa, de esa musa caprichosa que
de vez en cuando nos visita a quienes hemos convertido la lectura en una
necesidad más que en un placer. Debes escribir aún un segundo relato, y todavía
más, un tercero. El segundo puede ser fruto del primero, de su recuerdo y quizá
la analogía te lleve a repetir su bondad; el tercero, en cambio, es otra cosa,
porque tanto la chispa como el recuerdo desfallecen por agotamiento si sólo
poseemos inteligencia para comprender. Para el tercero necesitamos talento para
ordenar y algo de genio para crear. Vas por buen camino, pero ahora tendrás a
la vez que caminar y trazar el camino. Tienes la máxima libertad, pero también
la máxima… angustia. Nada está hecho y sólo hay un hacedor: tú mismo. Suerte”.
Este es el segundo relato enteramente mío. Dice que…
…por tierras
centroamericanas iba al colegio un niño de 10 años que se llamaba Mikel. Era
aplicado, limpio y puntual. Además sacaba buenas notas. Y era feliz; mejor
dicho, hubiera sido totalmente feliz si no fuera porque un compañero –que lo
era poco- se divertía tirándole disimuladamente y de vez en cuando unos piñones
que todos los días recogía de un hermoso y altivo pino que había en mitad del
patio del colegio. Un día Mikel se quedó dormido en la clase porque el día
anterior había pasado la noche pensando en cómo arreglar el asunto de las
piñonadas de Lucho, que ese era el nombre del fastidioso compañero. Y ese día
tuvo el más extraño sueño, aunque el pensaba que aquello fue algo distinto que
un mero sueño por lo que luego se verá. Soñó que era un hermoso pino, altísimo
como una secuoya y frondoso como un sauce; que tenía piñas tan grandes como
melones; que esparcía los piñones a su antojo y con tal fuerza que algunas
caían fuera de los linderos del bosque. Soñó –si es que era un sueño- que no
estaba en un bosque sin más, porque sus compañeros de arbolada, no es que
fueran altos como secuoyas, es que eran las más altas secuoyas conocidas, de
cientos de metros; junto a ellas había sauces tan grandes que bajo su manto de
ramas y hojas podían cobijar todo un campamento de gritones e incansables colegiales;
y así multitud de especies, como encinas, olmos, chopos, abedules y más aún,
con toda mezcla de climas y latitudes. Mikel era feliz y además estaba
orgulloso de ser el único árbol de su especie y con esa fuerza para sembrar las
semillas a su antojo. Pero un día se dio cuenta que tenía una cualidad que, a
pesar de serlo, no le hacía feliz y era que podía pensar y recordar como un
colegial. Y ello porque sabía que la raza de los humanos a veces cortaban los
árboles para quemarlos y dar calor o fuego, otras lo hacían por capricho y
otras alimentaban la codicia de sus propietarios, porque a veces valía más el
suelo donde arraigaban sus raíces que sus frutos. Todo esto le produjo tal
angustia que comenzó a mustiarse, a no sentir la savia subir por sus raíces, a
tiritar en el invierno y sudar en el verano, cosas todas ellas impropias de las
especies arbóreas y se dijo: “No quiero
ser más un ser con raíces que no pueda moverme. Tengo todas las cualidades de
los de mi especie, pero me sobra la humana del pensar”. Sucedió entonces
que pasó a su lado un ser que los humanos llaman hada, que es un ser mágico
hecho a base de ramas y frutos, y que convierte en realidad los deseos de los
próximos. Y así ocurrió que Mikel se despertó convertido en un… girasol.
Sí, estaba en una llanura o meseta rodeado de una cantidad
ingente de girasoles. Y Mikel se preguntó si esa hada de los bosques había
cumplido su promesa porque no tenía piernas. Pasaban las horas y no percibía
ningún movimiento. Bueno, no lo percibía porque se fijaba en sus compañeras,
pero cuando alzó la vista vio que las montañas y las nubes giraban muy despacio
en dirección contraria al Sol. Entonces no echó de menos su capacidad humana de
pensar y se dijo: “Ya lo entiendo. Los
girasoles se llaman así porque giran en torno al Sol. No son pues las montañas
lejanas ni las altas nubes las que se mueven, sino que soy yo y todas mis
compañeras las que seguimos al Sol y lo que percibimos es el efecto relativo
del movimiento”. Por un momento se sintió feliz, pero de nuevo se
arrepintió de la capacidad humana de pensar y de preveer –si es que no es lo
mismo- y la siguiente reflexión le llevó de nuevo a la tristeza y a la
angustia: “Se por mi pasado escolar
humano que los agricultores arrancan los girasoles para sacar las pipas y
producir aceite y es muy probable que este sea mi destino. No deseo ser un
girasol por más que me satisfaga el calor y el color del Sol”. Entonces
imploró a la arbórea hada de los bosques y ella apareció revoloteando de entre
los girasoles como un grácil colibrí, le tocó con su rama mágica y transformó a
Mikel de un aterrado girasol en un orgulloso… clavel reventón.
Sí, el hada le había convertido en un oloroso y rojizo clavel.
Además era el centro de todas las miradas de rosas, violetas, orquídeas,
margaritas y otras muchas flores; también la envidia de algunos tulipanes que
no muy lejos danzaban febrilmente (es un decir). Y como Mikel estaba entrando
en la etapa de la adolescencia, empezó a notar que se ruborizaba cuando le
miraban sus florestas compañeras, pero que no sólo no le resultaba
desagradable, sino que le hacía erguirse, estirarse y parecer más alto que los
mismísimos altivos tulipanes. Entonces sintió la felicidad como nunca la había
sentido: no tenía que trabajar, no tenía que ir al cole, no tenía que esperar a
la comida cuando tenía hambre porque el suelo era su despensa, no tenía que
lavarse ni vestirse. ¡Qué más se podía pedir! Mikel se dijo: “Este es el destino nunca soñado y de esta
especie no he de moverme, y cuando pase el hada convertidora me haré el remolón
y procuraré no pensar en nada negativo para que no se fije en mí. Es más, procuraré
no pensar nunca más, porque cada vez que pienso me lleno de una angustia insoportable”.
Y Mikel, así convertido, fue feliz durante un tiempo. Sí, durante un tiempo,
porque no habían pasado unos meses cuando vio que se acercaban algunos
campesinos con unos instrumentos afilados que servían para… cortar. Entonces no
fue la angustia que otras veces le embargaba lo que notó, sino la desesperación
porque pensó –otra vez- en el final que le esperaba y dijo para sí dado que no
tenía garganta para gritar: “¡Buena hada
de los bosques, ven a socorrerme porque no saldré de esta y si me cortan, tarde
o temprano moriré de hambre y sed mientras adorno alguna mesa de esas donde se
alimentan los humanos!”. Y el hada apareció y esta vez le habló:
-Me invocas con
demasiada frecuencia y yo sólo atiendo a los deseos de los próximos en mi imprevisto
deambular. Esta vez, y será la última, te convertiré en algo sin gracia, sin
belleza, flexible para que no te partas con el aire; no estarás orgulloso de
serlo, pero vivirás mucho más porque nadie se fijará en ti; morarás al lado de
los ríos y sobrevivirás a los humanos, a las tormentas, a los calores y a los
inviernos”.
Y el hada le convirtió en un simple… junco.
Y así vivió Mikel, convertido en un desapercibido junco,
flexible sin doblegarse, inhiesto sin altivez, liviano pero bien arraigado, y
con el pan (es un decir) asegurado. Es verdad que nadie se fijaba en el porque
era igual por fuera que el resto de sus compañeros, pero ahora podía pensar sin
angustia y ver pasar las estaciones sin preocupaciones. ¡Ahora sí era feliz!...
Bueno, ya se sabe que la felicidad no es eterna, porque un día que estaba
sumido en estas meditaciones… se despertó y se encontró rodeado de sus
compañeros y con el profesor que le preguntaba:
-Mikel, ¿acaso has
dormido poco esta noche?.
Mikel le dijo que así era y que sentía haberse dormido. Pero
notó algo más; mejor dicho, no notó algo, y era que nadie le tiraba piñones.
Miró tras de sí y el pelma de su compañero Lucho no estaba. ¡Respiraba
tranquilo! Y más aún cuando al preguntar a otro compañero sobre Lucho le
contestó:
-No sabemos nada de él;
de pronto un día desapareció y sin noticia. Mejor así, porque era insoportable.
Y esto no lo decía por lo de las piñonadas porque, por extraño
que pueda parecer, nadie sabía de su afición a molestar con tal fruto del pino.
Llegó el descanso y salió al patio. Allí se sentó debajo del frondoso pino,
cerró los ojos y se sintió feliz y se dijo: “No se si ha sido un sueño, pero ha sido emocionante conocer a tantas
especies del reino vegetal, saber como sienten y piensan -¿o sólo pensaba yo?
De todas las maneras ahora me siento feliz, y más con la ausencia para siempre
de Lucho, el pelma”. Y cuando estaba pensando eso notó que le había caído
un piñón del pino. Miró hacía arriba y le cayeron dos más, apartándose justo a
tiempo porque en ese momento cayó una piña entera. Y cuando el resto de sus
compañeros se acercaron a recoger las piñas caídas, Mikel miró a la copa del
pino y le pareció que entre sus ramas se dibujaba una sonrisa y que las mismas formaban
algo semejante a una cara: ¡era la de Lucho! Al menos eso le pareció a Mikel, y
eso le aterrorizó. Luego, ya apartado del molesto pino, se dijo: “No sé si el hada de los bosques te ha
visitado, impertinente Lucho, pero de ahí no te moverás, ni tus frutos entrarán
en clase para apedrearme la nuca. Creo que el hada me ha hecho un último favor,
quizá el único que me podía hacer”.
Y así termina
el cuento, aunque Mikel arrastró toda su vida una duda: ¿fue aquel deambular
por el reino vegetal un sueño o una realidad? ¿Hay alguna diferencia? ¿Importa
que la haya? Nunca, claro está, tuvo respuesta, porque hay preguntas que aún no
tienen respuestas y quizá… no las tengan nunca; quizás así la vida sea más
interesante, ¿o no?
Madrid, 16 de abril de 2009
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