LAS GEMELAS Y EL CASO
DEL DR. WATSON
Antonio Mora Plaza
Vivir en una cueva de ensueño y
cartearse a través de un arcón mágico tiene sus curiosidades que van más allá
de lo racional, para lo cual es esencial establecer relaciones de causa y
efecto, relación que no puede romperse incluso en los viajes atrás en el
tiempo. Un día de primavera tenían las gemelas la siguiente conversación.
- ¿En qué piensas Valentina? Ven a
jugar a la comba con nosotras. Es muy
divertido porque he comprobado que, a pesar de que la cuerda pesa, nunca
tropiezas con ella. ¿No resulta increíble?
- Pues pensaba precisamente que obtener
lo que se desea no siempre es bueno, porque eso exige desear cosas buenas y no
tenemos garantías que siempre vayamos a desear el bien. Imagínate que fuéramos
unas brujas como la de los cuentos que nos contaba nuestra madre. Aún más, las
cosas buenas no siempre lo son para todos igual. Por ejemplo, para una bruja
convertirse en la más guapa exige que la que lo era hasta entonces quede en
segundo lugar, y eso puede ser triste para la perdedora del galardón -¿galardón?- porque el primer puesto lo
habrá obtenido la bruja con malas artes. Y eso que este es un ejemplo que no es
muy importante –reflexionaba Valentina. También hay gente mala que lo son
porque, como tú dices, no ha tenido amigos ni padres cariñosos, y esa gente
puede desear el mal para los demás aunque para ellos sea el bien. Dicho de otra
forma, en el colegio nos han estado engañando hablando del bien y del mal, de
los buenos y de los malos, porque para cada uno es diferente. Es posible que no
hayan tenido mala intención cuando nos han hablado de estas cosas, pero nos han
engañado.
- Piensas demasiado Valentina. Por
ejemplo, yo voy a expresar un deseo ahora: volver a viajar a la casa del Sr.
Holmes y del Dr. Watson que también nos trataron cuando algunos de los dos lo
deseen. Bueno, ellos, la esposa del doctor y Mirna, la sirvienta del Sr.
Holmes. Nada malo hay en pensar en eso porque ellos no saben de nuestros
deseos. Sería una casualidad que de pronto surgiera una carta del arcón mágico
que nos dijera: “estimadas gemelas, un nuevo caso requeriría vuestra
presencia”.
Y mientras eso decía, Marni, la urraca, se acercó al arcón y
cogió con el pico una carta, la abrió Valentina y esto es lo que decía:
“Estimadas
gemelas, no os escribiría si no fuera porque un nuevo caso requeriría vuestra
presencia. Este es un caso singular porque el Dr. Watson ha sido detenido
acusado de asesinato. Os contaré algunos detalles. Todo ocurrió en nuestra casa
del 221b de Baker Street, aquí, en Londres. Aquí tiene el Dr. Watson una
pequeña consulta, un despacho separado del resto de la casa. Habéis de saber que
los tiempos que corren no son de los más boyantes y necesitamos evitar gastos
en lo posible, por lo que Watson aún no ha alquilado una casa para montar su
consultorio. El caso fue que un buen día que estábamos ausentes tanto Mirna, mi
criada, la esposa del doctor y yo mismo, apareció un cadáver con un disparo en
la frente en el despacho del Dr. Watson; también el propio doctor en el suelo,
vivo, pero con un fuerte golpe en la cabeza producto del golpeo con la base de
las patas de la mesa de su despacho. El disparo mortal fue hecho con la pistola
del doctor que, como sabéis, la conserva de su pasado de capitán-médico en
Afganistán. Producto del golpeo en la cabeza, el doctor Watson no recuerda
nada, pero las pruebas parecen indicar que fue él el que disparó al intruso. El
juez que lleva el caso ha determinado que el intruso sólo iba a la consulta del
doctor para aliviar su dolor porque se le ha encontrado en la autopsia una
enfermedad terminal en los huesos. Ya no tenía mentón. Según se ha podido
averiguar el intruso había nacido en Cachemira y seguramente no hablaba nuestro
idioma porque llevaba una nota encontrada
en su bolsillo derecho que dice: “Ayúdeme a calmar mi dolor como sea. Son los
huesos los que me matan en vida”. Hay algún otro detalle, pero no tiene
importancia. Yo no he podido aportar pruebas para la defensa. Ni siquiera mi
hermano Mycroft, que es la inteligencia suprema en Londres y al que recurro
para los casos –aunque pocos- que no logro desentrañar, me ha servido de ayuda.
Y este es uno de esos casos. De momento el doctor Watson está detenido a la
espera de juicio. Un saludo a vuestros padres y espero vuestra ayuda. Firmado:
detective Holmes”.
- ¡Es asombroso! Ha sido pensar en
viajar a Baker Street y, como dice el propio Sr. Holmes, ya tenemos un caso
–dijo Laurita.
- Pero lo curioso del caso, como tú y
Holmes decís, es que es anterior a tu deseo de viajar. Lo digo por la fecha de
la carta. Quizá si no hubieras deseado viajar a la casa del Sr. Holmes no
hubiera pasado lo que se relata en la carta. ¿Te das cuenta, Laurita? Tus
deseos son posteriores a hechos que desconocíamos. Esto más que magia.
- Todo es posible en esta cueva y con
este arcón, porque son mágicos y hacen que nuestros deseos se cumplan, aunque
en este caso el resultado no haya sido el esperado –comentó Laurita sentándose
como abatida.
- Sí, pero estos deseos que se cumplen
al revés de nuestros buenos deseos, van en contra de toda lógica porque se
cumplen cambiando el pasado. Como diría nuestro padre, esto es de locos, expresión que nunca acabé de entender del todo.
Pero tienes razón, debemos ayudar a nuestros amigos, y más si estamos
implicados, quiero decir, si nuestros deseos nos han jugado una mala pasada. No
te sientas culpable, Laurita, porque tu intención ha sido hacer el bien.
Y eso hicieron las gemelas y las
amigas: cerraron los ojos, pensaron en 221b de Baker Street y allá que fueron. Y fueron recibidos por el Sherlock
Holmes. Él mismo les abrió la puerta.
- Gracias por venir. Estamos
consternados por lo ocurrido. Pasad. Ya conocéis a la señora Watson y a Mirna.
Ellas os harán té y tenéis ricas pastas para vosotras y vuestras amigas.
Y el detective fue saludando a Marni, la urraca, a Patucas, la araña herbívora, a Zinga,
la gata, y a Ojazos, la rana. Galapa, la tortuga, se había quedado en la cueva porque decía que el
reumatismo ya la impedía viajes tan largos y sitios tan fríos.
- ¿Podemos observar el lugar de los
hechos? –preguntó Valentina emulando a un detective profesional.
- Por supuesto. Este es el despacho del
doctor. Aquí en el suelo, entre la entrada y la mesa, se encontró el cadáver.
El doctor, desmayado por el golpeo, estaba también por delante de la mesa y,
por tanto, cerca del cadáver porque la habitación, como podéis comprobar, es
pequeña.
Estuvieron las gemelas durante un buen
rato indagando en la sala, arrastrándose por el suelo -como hacía el detective-
con sendas lupas. Holmes las miraba un tanto asombrado y esgrimiendo una leve
sonrisa. Su orgullo no le permitía pensar que las gemelas, aficionadas al fin y
al cabo, fueran a descubrir algo que él no hubiera descubierto. Su invitación
era para el pasado, para que las gemelas, al igual que en el caso del tren de
Londres, viajaran a ese mismo lugar de los hechos pero tres días antes, es
decir, cuando el extraño acontecimiento tuvo lugar. Extraño y enigmático para
Holmes, pero no así para Scotland Yard,
como se demostraba por la inmediata detención del doctor. Sin embargo, la
sonrisa de Holmes se quebró antes las palabras de Valentina.
- Sr. Holmes, el doctor Watson fue
golpeado antes de caer al suelo –dijo Valentina.
- ¿Es posible? Todo hacía indicar que
el golpe en la sien fue fortuito, producto del golpeo con la pata de la mesa;
quizá un tropezón –dijo Holmes entre asombrado y preocupado.
- Debajo de la pata de la mesa, pero en
su borde, hay dos pelos como arrancados porque tienen la raíz. Examínelos y
comprobará que se trata del mismo tipo de cabello que el del doctor. Eso no
puede ser fruto del golpeo en la sien, donde no hay cabello.
- ¡Caramba, tienes razón! Tenemos que
examinar la cabeza del doctor antes de que se cure de las heridas porque, según
esto, debiera tener dos heridas: una en la sien y otra un poco más arriba, en
el parietal, donde ya nace el cabello. ¿Cómo pudo pasarme desapercibido tal
hecho? Mil gracias Valentina.
- Es posible que ambos golpes, ¿cómo se
dice…? -hablaba Valentina intentando buscar una palabra que impactara al
detective.
- Quieres decir que se solapen, que se monten uno sobre el
otro. Quizá por eso me llevó a pensar en un solo golpe –dijo Holmes buscando la
complicidad de Valentina.
En esto que Laurita se había sentado
cansada de no encontrar nada relevante y preguntó a Holmes:
- Sr. Holmes, ¿qué hubiera podido hacer
el doctor Watson para mitigar
-¿mitigar?- el dolor del intruso?
- Pues seguro que inyectarle morfina,
porque siempre lleva algunas dosis en su maletín, precisamente para calmar a
sus pacientes de traumatismos. Es una costumbre heredada de su época de
capitán-médico en Afganistán. ¿Has visto algo, Laurita? –preguntó Holmes.
- No, nada, quiero decir. Otra
pregunta. ¿Se han encontrado restos de esa morfina en el muerto?
La pregunta de Laurita sorprendió a
Holmes porque no sabía que escondía o si era mera curiosidad sin sentido
definido.
- Ningún resto de esa sustancia se ha
encontrado en el cadáver. Eso dice la autopsia. Eso es seguro –contestó Holmes.
- ¿Es posible realizar al cadáver un
examen mas concienzudo? “Hoy me salen
palabras desbocadas que no conozco” –pensó Laurita-. Quiero decir, un nuevo
examen. Estoy segura que van a encontrar restos de morfina. He examinado el
maletín del doctor Watson y le falta una ampolla, porque donde están las
ampollas hay cinco huecos y sólo cuatro ampollas.
- ¡No es posible! Yo mismo examiné el
maletín y había cinco ampollas.
Holmes quedó de nuevo consternado por
su impericia que consideraba imperdonable, y más cuando la libertad de su amigo
estaba en juego.
- Esto cambia el caso. Ahora mismo iré
a ver al juez para pedirle la libertad condicional de Watson. Somos amigos; tan
amigos como se puede ser amigo de un juez inglés, pero me debe muchos favores y
las pruebas encontradas dejan dudas razonables.
- Pero aún debemos esperar porque las
pruebas no son concluyentes, señor Holmes. Estoy pensando que los pelos
encontrados pueden ser restos arrancados al peinarse. He encontrado un peine en
el cajón de la mesa del doctor y tiene algún pelo arrancado. Puede ver Sr.
Holmes que también tiene la raíz. Es decir, los pelos que he encontrado pueden
ser producto de un peinado anterior a la visita del intruso. Sabemos que el doctor
Watson es algo coqueto y se peina antes de las visitas; de no ser así no
tendría el peine tan a mano y algo descuidado, y dado que el doctor Watson se
asea todos los días, o dicho de otra manera, es muy aseado, es por lo que es
seguro que se acicala y peina antes de cada visita, como queda dicho. Es una
prueba no concluyente porque pudiera pensarse que esos pelos encontrados casi
debajo de la pata de la mesa son el resultado de un peinado de algún otro día.
Lo de las ampollas es más intrigante, pero nada obliga al doctor a tener tantas
ampollas como huecos. Es más, lo normal sería que tras una jornada de visitas
le falte alguna ampolla de morfina que debería reponer al día siguiente. ¿O no?
Y, según lo que nos ha dicho, el desgraciado hecho ocurrió por la tarde –
intervino Valentina.
- Concluyente,
acicalar, reponer, hoy estás que lo
tiras, hermana –dijo Laurita sonriéndose.
- Pues si lo pienso no se me ocurren. Es de locos. Lo ves, otra vez con lo de locos, como en la Cueva –replicó Valentina a su hermana y ambas rieron, aunque
pararon la risa en seco al contemplar la cara más seria, seca y contrariada que
de costumbre de Holmes.
- En todo caso son las suficientes para
volver a examinar el cadáver. Si hubiera restos de morfina en él la cosa podría
cambiar. Claro está que eso puede ser un arma –nunca mejor dicho- de doble
filo, porque si hay poca puede demostrar una cosa, pero si hay mucha puede
demostrar lo contrario. Salgo ahora mismo a casa del juez. Y os pediría un
favor más: que retrocedierais al momento de los hechos y contemplarais lo
sucedido, al igual con el caso del tren de Londres, porque lo cierto es que si
hay dudas sobre las pruebas, en cambio no tengo una teoría de lo ocurrido, es
decir, una reconstrucción de los hechos. Con la dudas sobre las pruebas quizá
pueda sacar a Watson de la cárcel, pero no podré parar la imputación de
asesinato. Espero estar de vuelta para la hora de la cena.
Y Sherlock Holmes montó en su landó y partió a casa
del juez.

- Ahora es nuestro turno, Valentina.
Holmes no sólo se ha ido para ver al juez, sino para dejarnos libres de ir al
momento de los hechos. Vayamos –dijo Laurita a su hermana.
- Pero ya sabes que aunque viéramos lo
que ocurrió nuestro testimonio -¡vaya
palabra!- no serviría para nada porque nos tomarían por locas si decimos que
hemos vuelto atrás en el tiempo. Además, yo sé lo que pasó, Laurita.
- ¿Tienes la reconstrucción de los
hechos, como diría el Sr. Holmes? –preguntó Laurita asombrada a su hermana.
- Es muy fácil si apartamos algún hecho
para que no tenga la categoría de pista. Me explico, porque la frase anterior
me ha salido redonda y yo mismo no sé cómo. Veamos: el intruso vino a
suicidarse, de una manera o de otra. Estaba loco –otra vez con lo de loco- por
el dolor y quería una dosis de morfina. Watson se prestaría a tratarle, pero no
a dársela sin más. Fruto de la ira, el intruso empujó a Watson, pero con tan
mala suerte que cayó con la cabeza sobre el pie la mesa de su despacho y perdió
el sentido. Entonces el intruso arrebató la pistola del doctor, golpeó a Watson
en el forcejeo -¡qué palabra!- con
algunos de los cachivaches que hay en la mesa y después se suicidó utilizando
las manos del doctor para apretar el gatillo. El fin era no dejar huellas. Sólo
hay dos cosas que no me cuadran: que falten las ampollas y por qué vino a casa
del doctor para suicidarse.
- ¿Porqué estás tan segura de lo del
suicidio? –preguntó Laurita a su hermana.
- Porque si los hechos son como te he
descrito, una vez desmayado el doctor muy bien hubiera podido coger el intruso
una ampolla de morfina o las cinco, inyectársela e irse. El intruso vino a
suicidarse y a inculpar a Watson del hecho. Aquí hay algo más en ese misterioso
intruso que el Sr. Holmes no nos ha contado.
- Bueno, al Dr. Watson o a al Sr.
Holmes, porque el intruso no sabía con quién se iba a encontrar, ¿no es así,
hermana? –dijo Laurita.
- Mucha razón tienes. Y ese es otro
misterio, al menos para nosotras. ¿Lo es también para el Sr. Holmes? That is the question.
- ¿Qué has dicho, Valentina?
- No sé, me ha salido sin pensar.
- Pues razón demás para ir al tiempo de
los hechos hace tres días. Yo estoy preparada –dijo Laurita.
- ¿Porqué dices eso? Tú siempre estás
preparada.
- Pero esta vez más –replicó Laurita
con una sonrisa socarrona.
Y eso hicieron, pero cuando llegaron a
la misma habitación en la que estaban, pero tres días antes, ya todo había
ocurrido. Watson en el suelo con la sien cerca de la mesa y el intruso
agonizando, con un disparo en la cabeza. Valentina miraba el maletín del doctor
y Laurita merodeaba en torno al intruso. Este sólo pudo decir tres palabras: “Morty,
está hecho”.
- Laurita, esta vez le hemos fallado al
Sr. Holmes porque hemos llegado demasiado tarde. Pero no hace falta, porque los
hechos son como los hemos descrito. Aquí está Watson, donde se puede ver cómo
tiene dos golpes casi juntos en la sien; está el maletín con una ampolla de
morfina menos; también algunos pelos por el suelo que no hemos encontrado al
llegar esta mañana. Quizá al barrer o el simple aire los haya disipado - ¡disipado!- u ocultado. Nada
nuevo y, además, nuestro testimonio no va a servir porque no somos testigos de
nada. Al menos en el caso del tren de Londres llegamos antes de los hechos.
Creo que esta vez hemos fracasado porque no hemos visto lo que ha pasado y
tenemos que contentarnos con hacer…. conjeturas,
como hacen los mayores, que emplean palabras raras como esta de conjetura, pero
que son mentiras. ¡Y para eso hay que ir a la escuela: para hacer conjeturas,
para engañar! ¿Qué haces Laurita? Del muerto no vas a sacar nada porque los
muertos no hablan.
- No estoy de acuerdo, Valentina. Lo
que pasa es que los muertos hablan de otra forma. Nunca había visto uno tan de
cerca y este ha hablado.
- Insisto, Laurita, los muertos no
hablan.
- Ya verás como sí, Valentina. Te
apuesto lo que quieras.
Y sin más que hacer y discutir volvieron a Baker
Street a esperar el retorno de Holmes. Este lo hizo exultante.
- ¡Laurita, Valentina, el caso está
resuelto! El doctor Watson está libre y viene conmigo.
- ¡Qué alegría, doctor! –dijo Laurita.
- Y más sabiendo que era injusto que
estuviera preso –reseñó Valentina.
- Ya me ha comentado Holmes vuestra
presencia y ayuda. Os estoy agradecido por vuestro esfuerzo.
Dicho eso, el doctor Watson abrazó a su
esposa y saludó efusivamente a Mirna. También saludó a las amigas de las
gemelas una por una, porque el doctor era muy amante de los animales, cosa que
no era el caso de Holmes.
- Lo asombroso del caso es cómo se ha
solucionado, porque ha sido decisivo una segunda autopsia que el juez había
ordenado, aunque no sé bien que le ha llevado a ello. El caso es que en esta
segunda autopsia se ha encontrado restos de morfina en el cuerpo del intruso
con la dosis mínima para calmar el dolor pero no tanto como para que peligrara
su vida. Y eso sólo lo podía hacer el doctor Watson. Lo que ocurrió fue que el
intruso quería suicidarse e inculpar a uno de nosotros. Quería utilizar la
morfina de Watson en dosis elevada para parecer un homicidio y, como no lo
consiguió, se pegó un tiro con la pistola del doctor simulando un homicidio.
Todo aclarado.
- Pero hay algunas dudas porque, ¿cómo es
posible que no encontraran morfina en la primera autopsia y sí en la segunda?
–preguntó y se preguntó Valentina.
- Desde luego es un caso de grave
negligencia. El juez ya ha tomado cartas en el asunto, pero no tiene otra
explicación –dijo Holmes.
- Hay otra duda, Sr. Holmes: ¿por qué
vino el intruso y a quién quería matar? Cuando llegamos el intruso aún no había
muerto y pude oír que decía: “Morty, ya está hecho”. ¿Eso qué significa, señor
Holmes? –preguntó inquisitorialmente Laurita con los brazos en jarras.
Holmes y Watson se miraron de forma
cómplice. Holmes contestó.
- Morty,
es la abreviatura de Moriarty, mi mortal enemigo. Tiene adoctrinados e
hipnotizados a un montón de sicarios que no dudarán en atacarme si ello diera
conmigo a la tumba. Es una larga historia que podéis entender si leéis los
libros que ha escrito el doctor Watson sobre nuestras aventuras detectivescas.
Este “intruso” tiene nombre, pero no merece que pase a la historia, por lo que
le he pedido al doctor que cuando relate este caso lo llame así: “el caso del
intruso suicida”. Sin nombre propio.
Luego cenaron todos, bailaron todos
menos, claro está, Sherlock Holmes. La noche se acercaba y las gemelas y sus
amigas decidieron volver a la Cueva de
los Sueños porque no querían dar más trabajo a la abnegada Mirna, aunque
ella estaba encantada de tenerlas porque las quería como a las hijas que no
había tenido. También la esposa de Watson era muy cariñosa con las gemelas y
con sus amigas porque amaba a la naturaleza y sus animales como están en élla,
libres y salvajes. Decía élla que no había distinción entre animales y seres
humanos porque ya Darwin había demostrado de forma inapelable que unos
procedían de los otros y nadie tenía derecho a matar o maltratar a ningún ser
vivo, ni siquiera para comer. Era vegetariana y una adelantada para su tiempo.
- Laurita, aún me intriga lo de la
morfina en el cuerpo del intruso y que no pudieran encontrarla en la primera
autopsia. ¿Tú qué crees, Laurita?
- Yo no creo nada, Valentina. Como dijo
el Sr. Holmes, negligencia, que es
una palabra que desconocía.
- ¿Entonces qué hace esta ampolla medio
llena en el arcón mágico? –preguntó Valentina poniendo a su vez los brazos en
jarras.
- Misterios del arcón. Así son los
arcones mágicos, tienen cosas, pero sobre todo tienen deseos y preguntas, que a
veces tienen respuestas y otras no. Esa es la verdadera magia, la que cambia
las cosas y no la que engaña, aunque no sepamos cómo lo hace –contestó Laurita
mientras sonreía taimadamente.
- ¿Te das cuenta lo que has hecho? Has subvertido el orden del tiempo, Laurita.
- ¿Subvertir?
Dices unas cosas muy raras, Valentina. No, simplemente he trocado ese orden que dices en un sueño. No tenía elección. Esta
aventura es ya sólo un sueño. Ya sabes: tú piensas y yo actúo.
- ¿Has dicho trocado? Y luego dices que yo digo cosas raras, Laurita.
- Trocar
es como cambiar, pero es más musical, ¿no te parece? Además trocar es como la
suma de tocar y tronco, como nuestro amigo el árbol. Eso significa que cuando
abrazamos a Tronco le estamos trocando. De esta manera trocar y
abrazar son sinónimos, y si no lo eran antes, lo son ahora gracias a nosotras,
Valentina.
Y todas rieron. Así acabó la historia.
Está claro lo que hizo Laurita cuando merodeaba en torno al intruso cuando
viajaron al momento de los hechos. ¿O no lo está?
Madrid, 24 de julio de 2011.
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