viernes, 7 de septiembre de 2012


LAS GEMELAS Y EL AJEDREZ
                                 Antonio Mora Plaza      

        Por una vez y sin que sirva de precedente, ocurrió que estando las gemelas y sus amigas en la Cueva de los Sueños se encontraba más entusiasmada, saltarina y dicharachera Valentina que su hermana Laurita. La razón de tan extraña situación era que Valentina había desempolvado un ajedrez de un arcón maravilloso que se encontraba en la Cueva. El arcón era incomprensible. Sí, lo era porque, aparte de su belleza, ocurría que era transparente por fuera y opaco cuando se le miraba desde dentro. Por fuera sólo se notaba que era un arcón, incluso que era un objeto, porque lo abarcaba varios bonitos herrajes de bronce, tanto en sentido longitudinal como transversal. También era maravilloso porque parecía contener de todo, incluso cosas que, una vez fuera, ya no podían volver a entrar en el arcón porque no cabían. Nada era normal allí en la Cueva como ya se sabe, pero lo del arcón era el súmmum.
         - Mira Laurita lo que he encontrado en el arcón –dijo Valentina a su hermana mientras agarraba con enorme esfuerzo un tablero de ajedrez también enorme.
         - ¡Es muy bonito! Déjame que te ayude porque es tan grande que no le abarcas con los brazos extendidos. Pero, ¿y las piezas? ¿Dónde están la reina, rey, caballos y demás? Espera, déjame acabar las demás: alfiles, torres y peones. Ahora están todas. A mí me gustan los caballos porque pueden saltar sobre sus compañeras y enemigas sin que las pueda detener nadie salvo, claro está, que esté ocupada la… ¿cómo se llamaba, Valentina? ¡Ah, ya recuerdo: casilla! Recuerdo además otra cosa de los caballos. Las demás piezas las hacías girar y parecían las mismas, como si no las hubieras tocado, pero los caballos parecían distintos y más si tenían esto ¿cómo se llamaba? ¡No me lo digas: jinete! Jinete: ¡qué palabra tan bonita! Me gusta la palabra jinete porque acaba como cojinete y periquete, que no sé lo que significan, pero suenan bien.
         - ¡Basta ya, Laurita, que desbarras! –espetó Valentina enfadada-. A veces me pones neurótica, quiero decir, nerviosa. ¿Desbarras? ¿Neurótica? No, si al final me contagias y digo cosas que no sé lo que significan.
         Y Laurita se reía; también Zinga, la gata anaranjada y Marnie, la urraca negra como el tizón, mientra Galapa, la tortuga, las miraba tiernamente como si contemplara a unas hijas díscolas y revoltosas.
         - Lo que tú dices de las piezas creo que se llama simetría y no te lo explico porque tú lo has hecho a ti misma tú solita y sin ayuda foránea –Dijo Valentina mientras se arrepentía de esta última palabra.
         - ¡Foránea! ¡Foránea! ¡Foránea! –gritaron todas las amigas con Laurita y todas rieron, incluida la propia Valentina. Pero la risa acabó cuando, por sorpresa, vieron que del arcón abierto salían por su propio pie piezas y peones que, supuestamente, pertenecían al tablero. Y Allí se colocaron, en la primera y segunda fila, tanto las blanca como las negras. Y la cosa no acabó porque encontraron dentro del arcón también una carta.
         - Mira, esta carta viene del futuro.
         - Eso parece por la fecha: 1978 –dijo Valentina.
         - Podría ser falsa.
         - Mejor la leemos y ya hablaremos de falsedades. Sí, falsedades, Laurita. Esa es una palabra ya adecuada a nuestra edad. ¿No te parece?
         - Paréceme –dijo Laurita con una risa apagada que no podía disimular.
         - Dí mejor “me parece”, que lo que has dicho no sé si es correcto.
         - Pues ya es correcto, porque yo lo he dicho y tú me has entendido, Valentina. Pero vayamos a la carta, aunque más parece un diario. Lee, hermana.
         “Aunque sólo tengo 15 años tengo clara mi meta: ser campeón del mundo. Me siento con fuerza. Dedicaré mi vida a este fin. Quizá sea vanidad, pero quiero que figure mi nombre al lado de Steinetz, Morphy, Capablanca, Alekhine, Rubinstein, Nizomvich, Keres, Tal, y, sobre todo, al lado del gran Lasker. ¡Este jugador, este profesor alemán me obsesiona! Era diferente a todos los demás. Mientras los demás tienen táctica y estrategia, distinguen las aperturas del medio juego y éste de los finales, para Lasker el juego es único, sin fases, sin distingos. Apenas dominaba las aperturas y pasaba al medio juego en una sola jugada, sin prepararlo. No distinguía táctica de estrategia, lo cual resulta increíble. No siempre hacía la mejor jugada aunque supiera cuál era, sino la más molesta, sin que por ello no fuera adecuada al momento. ¡Si pudiera viajar al pasado y jugar con el gran Lasker y mirarle a los ojos mientras jugáramos! Debía tener una fuerza mental extraordinaria, porque su juego hipnotizaba a sus contrarios, los destrozaba mentalmente. ¡Fue campeón del mundo durante 27 años y sólo el gran Capa logró arrebatarle el título! Fue el Leonardo del ajedrez, de este juego que te atrapa, que te corroe hasta los tuétanos y ya no hay vuelta atrás. Fin. Escrito desde Bakú en 1978.
         - ¡Parece desesperado este señor! ¿No te parece, Valentina?
         - Todavía no tiene años para ser señor, como tú dices. A mí ya sabes que me gusta el ajedrez y que jugábamos con nuestro padre las dos contra él, pero eso del tuétano me parece exagerado, aunque no sé donde está el tuétano. Míralo en el diccionario, Laurita.
         - Déjate de tuétanos y pétalos –dijo Laurita orgullosa por la rima-. Vayamos a ver al tal Lasker y luego a… Bakú para contárselo al de los tuétanos.
         - Pues ver jugar al ajedrez es muy aburrido, ya lo sabes. No puedes hablar casi, no puedes comentar las jugadas; tampoco avisar de alguna mala jugada. Además, por si no lo has observado, nunca hay niños de nuestra edad para comentar las vacaciones y las cosas de los profesores. No te va a gustar, Laurita.
         - ¡La sorpresa, Valentina, la sorpresa! Debemos esperarla siempre. Aquí somos felices con nuestras amigas y nuestros juegos, pero todo resulta, como diría… predecible. ¿Te has fijado qué palabra me ha salido? Y no era predecible que me viniera a la mente la palabra predecible. ¡Lo ves cómo hay siempre sorpresa donde menos lo esperas! Por cierto, que eso de donde menos lo esperas sobra porque si no, no hay sorpresa. ¡Cómo les gusta a los mayores hablar demás! Venga, juntemos las manos y extremidades de nuestras amigas y pensemos: Lasker, ajedrez.
         Y allí se fueron las gemelas y sus amigas. Allí quiere decir que, en parte por casualidad, se encontraron en San Petersburgo en 1914.
         - Mira, Valentina, hay cinco jugadores, dos sentados y tres de pie. Vamos a escribir lo que vemos y luego lo guardaremos en el arcón junto con la carta del misterioso ajedrecista que dice ser de Bakú, que no sé donde está. Mira, de los tres que están de pie, dos miran a al que está sentado a la izquierda. Uno de ellos lleva como un uniforme y parece asombrado por lo que ve en el tablero; el otro, que lleva pajarita, mira al que está sentado fijamente, como si leyera su mente. ¡El tercero parece que nos mira a nosotras! Es muy guapo. Espero que no nos descubran detrás de estas cortinas. Los dos que están sentados tienen bigote y casi visten igual, pero el de la derecha tiene gafas. Quizá sea el jugador que decía el de la carta.
         - Yo apuesto Valentina a que es el otro del bigote, al que miran los dos de los tres que están de pie. Mira, apenas se mueve, parece tranquilo a diferencia de su… oponente. Creo que se dice así, oponente. No mira a nadie, sólo al tablero. ¿Qué hace el de la derecha? Ha cogido una pieza y la ha puesto horizontal sobre el tablero. ¡Mira, ahora le da la mano al de la izquierda! Definitivamente Lasker es el de la izquierda por lo que decía el de la carta del arcón: es frío como… , como el hielo. Creo que se dice así. No, espera, se dice frío como un… témpano, eso, témpano. ¡Pobre hombre el de la derecha porque mira el tablero como si buscara algo! Ahora el más bajito de los tres de pie le comenta algo al derrotado, como si quisiera consolarle. También lo hace el más guapo. Por contra, el de uniforme no se mueve y mira a todos y al tablero sin entrar en conversación. Creo que es el más antipático.
         - Pues no parece muy alegre el ganador, el que tú dices que es Lasker, porque mira el tablero muy serio, como si no hubiera ganado. Estos señores del ajedrez, Valentina, los veo muy raros y muy preocupados por algo que es un juego, es decir, que sólo sirve para divertirse.
         - Laurita, piensa que a lo mejor ellos no lo ven de esa manera, que se lo toman muy en serio y por eso tienen caras tristes. Bueno, no todos, porque el del centro y el guapo parecen más divertidos.
         - Salgamos a ver la ciudad antes de que nos descubran porque este sitio es muy aburrido y hay mucho humo –dijo Laurita.
         - Y no hay que olvidarse que tenemos que escribir lo que hemos visto y mandárselo al del los tuétanos, Laurita –remató Valentina.    
Lasker-Alehine-Capablanca-Marshall-Tarrasch
San Petersburgo, 1914

         Y eso hicieron las gemelas. Y para sorpresa de éllas recibieron respuesta a través del mismo arcón. Ya queda dicho que era mágico, aunque esto era más de lo que podían imaginar las gemelas. Esta  fue la respuesta desde el arcón:
         “No sé quienes sois, pero si podéis viajar al pasado y volver al presente es que no sois de este mundo. Al menos no sois del mundo conocido. Me gustaría a mi tener ese don para enfrentarme a Morphy, Alekhine o Capablanca. ¡Si pudierais darme ese don os entregaría mi alma, como hizo Fausto a Mefistófeles! Tenía razón Valentina: el del bigote sin gafas es el inmortal Lasker.  Ved esta partida que ganó a Capablanca. El gran Capa quiere colocar su caballo en e5 pasando por c4. Si lo consigue habrá equilibrado la posición; incluso ya estará mejor, aunque Lasker lograra cambiar el caballo porque entonces el peón negro de d6 pasaría a e5. Y aquí viene la genialidad de Lasker, porque el alemán sacrifica un peón avanzando el situado en e4 a e5. La finalidad es poder llevar el caballo de la línea 3 hasta e4 una vez que el contrario haya tomado el peón adelantado de Lasker con el peón de d6. Hecho esto, Lasker ya está libre para ocupar con uno de los dos caballos c5. De paso consigue la calidad al atacar el caballo simultáneamente desde esa posición a la torre y al alfil. Ni siquiera el gran Capa pudo prever semejante maniobra, donde se aúnan táctica y estrategia, donde de un plumazo se pasa del medio juego a un final ganado por las blancas. Hasta entonces Capablanca, la Máquina, había jugado bien la partida, pero nada pudo hacer ante el genio. Sólo saludar y reconocer la derrota. Así veo la vida: victorias y derrotas parciales hasta la derrota definitiva. Sólo el ajedrez puede redimirme de estas ideas que cada vez más me hieren insufriblemente. Y ahora habladme de vosotras, de vuestros poderes. ¿Podré ir al pasado con vosotras? No me importa quedarme allí, al lado de mis maestros, para mirarles a los ojos y decirles: soy vuestro alumno y también vuestro retador; vengo a aprender, pero también a participar de vuestra gloria, a compartir vuestro Olimpo con mi juego por los siglos de los siglos. ¿Querréis ayudar a este escrutador de los misterios del juego de los juegos que ha nacido demasiado tarde?”.
Lasker-Capablanca
San Petersburgo, 1914

         - Parece desesperado. Yo no lo entiendo: todo por un juego. Es como si nosotras quisiéramos vender nuestra alma por jugar, por ejemplo, al escondite inglés. Por cierto, ¿por qué se llamará inglés? Aunque yo te advierto, Valentina, que prefiero el juego del tacón, o el del gua, que no necesita cosas para esconderse –dijo Laurita mientras leía en voz alta la carta-respuesta que había salido del mágico arcón.
         - Además nos ha mandado un foto. Mira, Laurita, es igual que el que decía yo que era Lasker, sólo que en esta foto tiene gafas y donde le vimos en nuestro viaje no las usaba. Mira, es elegante, pero no es guapo; tampoco feo. Quiero decir que, viéndole, no te puedes imaginar que sea un genio, como dice nuestro amigo de Bakú.

Lasker

         - Ya que nos hemos metido en esto debemos ir al pasado y hablar con él. Sólo así podremos ser útiles al del arcón, Valentina.
         - ¿Te refieres a Lasker o a nuestro amigo de Bakú? -preguntó Valentina a su hermana.
         - Yo pensaba en Lasker, pero tampoco estaría demás ir a Bakú y localizar también a nuestro misterioso amigo. Tenemos que ayudarle, Valentina. Si le enseñamos otros juegos quizá, al ver varios, se de cuenta que ninguno es tan importante como para vender eso del alma.
         Y sin más dilación pensaron en Bakú, ajedrez, y se encontraron una casita a las afueras de la ciudad. En la casa estaban una señora aún joven y el misterioso ajedrecista de 15 años que soñaba emular a los más grandes del pasado. Esto es lo que escribía en su diario el joven mientras le observaban sin que las vieran Laurita y Valentina.
         “¡Qué fantástico aparente sacrificio de torre en e4 en la partida contra Tarrasch en 1908! Es como un relámpago en la oscuridad. Lo veo y no lo creo. Y lo sobrecogedor es que toda la partida parece preparada para ello, como si el genio lo hubiera previsto desde la misma apertura. Y después de la toma del peón el final es un problema de técnica: juegan negras y ganan. Y eso que aún no hemos salido del medio juego. Lasker no es como Alekhine, mi maestro en el pasado, donde el sacrificio es la búsqueda del mate; Lasker no hace sacrificios como Tal, el de la mirada terrible, o como Fisher, el maníaco-depresivo. El alemán da a lo inesperado, a lo sorprendente, a lo oculto, un rango lógico, un sesgo de suceso inevitable. Siembra luz en la ceguera. Yo aún no percibo esa luz, pero ya oigo al relámpago. Con esfuerzo me ha de llegar también a los ojos lo que sólo oigo. Lasker el irrepetible, el maestro sin alumnos, el genio imperturbable, el hombre tranquilo, pero profundo como las simas y extenso como los desiertos. El aparente improvisador”.
        
Tarrasch-Lasker, 1908

- Dice cosas terribles es chico que no llega a señor como tú dices. ¡Cuantas veces me ha ganado Marni al escondite y luego nos hemos reído! –dijo Laurita contrariada por la forma de hablar del joven.
         - Siempre te digo, Laurita, que los mayores ven las cosas diferente a nosotras porque a ellos se les ha pasado la edad de jugar. Lo extraño es que este jugador de ajedrez aún no tiene la edad para ser mayor. Quizá piense ya como un mayor.
         - Lo cual es una desgracia, Valentina, porque para qué quieres jugar si te va a sentar mal perder. Siempre que se juega hay quien gana y quien pierde. No puede ser tan terrible perder, porque lo mejor es que no juegues. Así te evitas disgusto.
         - Se me ocurre que podíamos intentar un encuentro entre nuestro joven y ese tal Lasker que dice ser su maestro. Veremos que pasa –dijo Valentina casi más para calmar a su hermana que para colmar un deseo. Y eso hicieron. Es más, hicieron algo más que eso. Pensaron las gemelas que debían estar ellas con el joven enigmático y con el mismísimo Lasker en algún torneo –éllas no sabían que se llamaban así los encuentros entre ajedrecistas– y le mandaron una carta en estos términos a través del arcón mágico:
         “Joven ajedrecista de Bakú. Somos las gemelas. Te vemos tan atribulado -¡atribulado, qué palabra nos ha salido!- que deseamos viajar contigo al pasado y al lugar donde quisieras estar y jugar al ajedrez, con el adversario –sabemos que se dice así- que prefieras, aunque ya sabemos tus preferencias, pero somos educadas y no podemos decirte a quién elegir aunque sepamos a quién elegirás. No tenemos duda, pero puedes sorprendernos, es decir, engañarnos, es decir, engañarte. Bueno, nos estamos liando. Elige, pide y allí estaremos contigo”.
         Esperaron las gemelas dos días la respuesta y cuando pensaban que no habría llegó al arcón una lacónica contestación:
         “En Nueva York, 1907, Campeonato del Mundo”.
         Y el sólo deseo de las gemelas les llevó a los tres y a las amigas a ese lugar y tiempo.
         - ¡Sí que os parecéis! No podría saber quién es quién. Mi sueño ha sido enfrentarme a Lasker aunque mi maestro en la distancia temporal sea mi compatriota Alekhine. Y aquí estamos, mi sueño hecho realidad. ¿O es sólo un sueño? Este hotel es enorme y de columnas griegas. Dejadme daros un beso.
         Y eso hizo el joven de Bakú, pero su sorpresa fue enorme cuando no sintió ningún contacto en las mejillas de las gemelas. Las veía, pero no las sentía. El susto le dejó petrificado, pero Valentina le habló de esta manera:
         - Joven de Bakú, no sintáis temor ni sorpresa. Bueno, la sorpresa es no se puede evitar. Has de saber que hemos viajado al pasado y nada que podamos hacer puede modificarlo. Por eso no nos sentimos; nos oímos, nos vemos, pero nada más –dijo Valentina.
         - Os hemos visto con tanta ansia por jugar con ese tal Lasker que esto es una invitación para que realicéis vuestro sueño, porque los sueños que no se cumplen nos hacen daño y nos dan nervios. Debéis serenaros porque el ajedrez es un juego como otro cualquiera que nos debe hacer felices o no jugar. O también jugar a juegos en el que no haya perdedores –remató Laurita.
         En estas pláticas estaban los tres cuando, descorriendo una cortina de un gran salón vieron a dos jugadores con una mesa y un tablero de ajedrez. Había otro tablero enorme vertical que lo movía un tercero. También había público que guardaba silencio y fumaba.
         - ¡Mirad, es Lasker frente a Marshall! Lasker es el del bigote y juega con negras. Es la primera partida del Campeonato del Mundo. La partida está avanzada. Alcanzamos el medio juego. ¡Sé de memoria la partida! Mirando el tablero aún parece que tiene una ligera ventaja las blancas, pero el movimiento de la torre de Lasker es tan magistral que casi ella sola da la vuelta a la partida. Si pudiera avisar a Marshall sobre su error en el movimiento 24 de torre podría cambiar el signo de la partida, el signo del campeonato y el signo quizá de la historia. ¡No lo ha hecho! Alea jacta est. Demasiado tarde hemos llegado. Esta derrota que se avecina es el preludio de otras siete derrotas más por ninguna victoria de Marshall. Lástima, porque Marshall era todo un caballero, pero se enfrentaba al genio, al Gran Improvisador.
                                                                                                                                                                                                 
                            
Marshall-Lasker, USA, 1907

¡Podéis comprobar que la posición de Marshall, doce jugadas más tarde Marshall y sin cometer errores de bulto, es una ruina! Sólo el genio puede hacer estas cosas. Veréis…
         Entonces fue Laurita quien detuvo el monólogo sin fin del joven de Bakú.
         - ¡Alto, joven de Bakú! No entendemos lo que queréis decir y eso que nos enseñó nuestro padre a jugar. Nada podéis hacer. Ya os lo ha dicho Valentina: sólo oir, ver y callar. Bueno, callar no, pero nadie os oirá, salvo nosotras. Ni siquiera vuestro admirado Lasker os verá ni os oirá. Contemplad el juego y luego nos iremos, porque para nosotras todo esto es un juego. Y cuando digo todo, es todo: venir aquí, contemplar el juego, pasear entre estas columnas, correr por el patio de butacas porque no vamos a molestar ni ser vistos. ¡Es un escondite inglés a lo grande!
         Pero las palabras de Laurita no pudieron cambiar el semblante del joven de Bakú y los tres, de común acuerdo y con el consentimiento de las amigas de las gemelas, volvieron cada cual a su nido: el de Bakú a Bakú y las gemelas y sus amigas a la Cueva de los Sueños.
         - Ves Laurita que no es posible volver al pasado porque si no podemos cambiarlo es como si lo soñáramos.
         - Lo sé, Valentina. Nuestro don sólo nos permite mirad el pasado como con un telescopio, como con un catalejo –dijo Laurita como sorprendida de sí misma.
         - ¡Esa si que es una palabra rara, pero bonita!
         - Y rima con conejo, pellejo, trejo y añejo, y todo eso me recuerda que tengo hambre y sed –dijo Marni, la urraca, y todos rieron por la ocurrencia.
         El joven de Bakú llegó a ser un ajedrecista famoso, pero el lector deberá averiguarlo.


                   Madrid, 17 de julio de 2011.



































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