OTROS ECONOMISTAS,
OTRAS VISIONES,
OTRAS POLÍTICAS POSIBLES
Antonio Mora Plaza
Cuando se asiste como espectador a las
tertulias de economía de periodistas en las “teles” privadas y públicas o se
lee en los medios no especializados de información general, da la impresión de
que no sólo no es posible una política económica distinta de la de déficit
cero, menos Estado, menos gasto público y todo para el mercado, sino que parece
que tampoco existieran economistas ni explicaciones (teorías) sobre lo que pasa
distintas a las existentes. No es cierto. Ni siquiera es verdad que, desde el
punto de vista de la enseñanza, sea mayoritaria las supuestas explicaciones
surgidas de supuestas teorías neoliberales (en lo político), neoclásicas (en
los aspectos teoréticos). En las facultades se siguen estudiando el keynesianismo,
aunque sea en la versión adulterada conocida como modelo IS-LM. Un economista
importante y heterodoxo para lo que el mismo llama “pensamiento único” es Marc
Lavoie, canadiense, que ha escrito un estupendo libro (L´economie postkeynesieene, 2004; La economía postkeynesiana, 2005, edit. Icaria), donde recoge
sucintamente las alternativas a las teorías (explicaciones) y políticas económicas
existentes. Sus raíces no son mancas y arrancan del Cambridge inglés de los
años 30 con varios de los más importantes economistas del siglo XX: Harrod,
Kaldor, Robinson, Keynes, Kalecki, Sraffa, Garegnani, por señalar algunos de los
más destacados. Ya entonces tuvieron que bregar estos autores con la ortodoxia,
es decir, con la visión de la economía irradiada por Alfred Marshall (1842-1924)
y su obra Principios de Economía. Y
entonces, como ahora, los economistas ortodoxos aconsejaban al presidente
Roosevelt que dejara que el sólo
mercado arreglara la situación económica cuando el 25% de la población activa
en USA estaba en paro. Roosevelt no les hizo caso, aunque tuvo que rectificarse
a sí mismo dos veces. Entonces el mantra era el sólo mercado; ahora son los déficits. El error, el inmenso error de
los ortodoxos que explican –no me atrevo a decir que piensan– la ortodoxia es
olvidarse de la demanda y creer que siempre se cumple la ley de Say
(Jean-Baptiste Say, 1767-1832), esa que dice que la oferta crea siempre su propia demanda. Keynes escribió su famoso
libro con el fin de demostrar que eso era falso, cosa que se podía comprobar
con sólo abrir las ventanas y mirar al mundo real. Lo mismo que ahora con la
enfermiza obsesión –ya no es ni teoría– de querer acabar con los déficits
reduciendo sólo el gasto público –sin
hablar de los ingresos–, en plena crisis. Kalecki dio la mejor versión
explicativa y la más clara por la política económica que implicaba, pero Keynes
se ha llevado la gloria porque el primero era polaco y comunista, mientras que
Keynes era inglés y dominaba el marketing a su favor como nadie lo ha hecho. No
es verdad que se cumpla la ley de Say; tampoco aquello del escocés andarín Adam
Smith (1723-1790) de que buscando el interés particular se consigue el general.
En la obra mencionada, Marc Lavoie da una versión del principio de la demanda
efectiva y dice que consiste en que “la producción se ajusta a la demanda”.
Esto lo reconocen no sólo los economistas heterodoxos –keynesianos, marxistas, kaleckianos, esrafianos– sino también la
mayoría de los economistas ortodoxos. El problema es que sólo lo consideran a
corto plazo, pero lo obvian o niegan cuando pasan al medio o largo plazo.
Ocurre que estas ideas, fruto de estudios empíricos, del simple conocimiento de
la realidad y de la historia, la niegan los políticos que no son estadistas, es
decir, que sólo actúan con la visión del corto plazo porque ese es el que
corresponde a sus mandatos políticos. Toda la economía ortodoxa y la política
económica ortodoxa –aunque esta no necesariamente se derive de la primera–
participa del error de la paradoja de la
agregación, también conocida como la
paradoja kaleckiana de los costes o
keynesiana del ahorro. Consista ésta en la tendencia de cada empresa
individual a ahorrar costes rebajando salarios. Si esto lo hiciera una sola
empresa le valdría a élla para aumentar sus ganancias, pero al generalizarse
ocurre que las rentas salariales se deterioran, con ello el consumo y la
subsiguiente producción y empleo globales. La paradoja del ahorro es otra
versión de la paradoja de la agregación desde otro punto de vista: dice que un
aumento del ahorro individual no lleva al ahorro colectivo. La razón de ello es
que al aumentar el ahorro disminuye el gasto y con ello la producción, con lo
que el conjunto de la economía tiene menos posibilidades de ahorro. Por ende
también afecta a la inversión, porque ésta no sólo depende del ahorro (visión
neoclásica), sino de la producción y de sus cambios (visión kaleckiana);
también de los tipos de interés esperados.
Concreta Marc Lavoie un modelo
explicativo que asume la visión kaleckiana de la producción y el empleo. Para
Kalecki la demanda global de la economía depende de los salarios unitarios
reales (w/p), de la población ocupada en cada momento (N) y de un componente autónomo real (a) que depende del consumo de –diríamos ahora- de empresarios y
autónomos. Es decir:
(1) Demanda
= masa salarial (wN/p) + gasto autónomo real (a)
siendo
p un índice de precios. Para Kalecki
la función de oferta viene dado por la productividad del trabajo (T) y por la población ocupada N, es decir:
(2) Oferta
= productividad (T) x población
ocupada (N)
Cuando
la economía mantiene un equilibrio entre oferta y demanda obtenemos la función
de los salarios reales (w/p) tal
como:
(3) w/p = (TN – a) / N
A
diferencia de las versiones del salario y el empleo neoclásicas que vienen
determinadas sólo por supuestas productividades, aquí hay una multiplicidad de
puntos de equilibrio (toda la curva) que permite: 1) diversos salarios reales (w/p) y diversos niveles de empleos; 2)
y lo que es más importante, el salario y el empleo no tienen una relación
inversa (como en la visión neoclásica), sino que para mantener niveles de
empleo altos (cuanto más nos dirigimos a la derecha en la coordenada horizontal
N) se necesita ¡aumentar los
salarios reales! (coordenada vertical), dados unos mismos niveles de
productividad (T). La explicación
económica ya la hemos dicho: si aumentan los salarios, aumentará la demanda
global (ecuación 1) y con ello la producción y el empleo, aunque no de forma
proporcional (lineal), porque el consumo de empresarios y autónomos compite con
los salarios en la demanda efectiva.
A la ecuación de equilibrio entre oferta y demanda
globales le añadimos una versión simplificada de la oferta de trabajo tal como:
(4) N = (1/b)w/p – c/b
que
indica que a mayor salarios reales (w/p)
habrá mas trabajadores dispuestos a trabajar y/o a mayor tiempo (N), donde (1/b) es la proporción entre ambas variables y c/b da el mínimo de salarios reales para que haya oferta de empleo
(si c/b fuera cero estaríamos en la
esclavitud). En el gráfico hemos dado la vuelta a la fórmula, aunque esta debe
conservar el sentido causal mencionado, y queda:
(5) w/p = c+bN
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Pues
bien, lo notable de la visión kaleckiana
es que no existe un solo punto de equilibrio entre salarios y empleo, sino dos,
que en el gráfico están expresados por N1
y N2, siendo N2 el que corresponde al
pleno empleo o, al menos, el que corresponde a un empleo mayor. El problema es
que, de acuerdo con esta visión, si la economía se deja al libre mercado, el
punto de equilibrio se quedará en N1,
es decir, el de menos empleo. La razón económica es la ya anunciada: si los
intentos individuales de los empresarios de reducir los salarios reales (w/p) para obtener mayores ganancias o
resolver los problemas de viabilidad de las empresas se llevan a cabo, ello
conducirá a una menor demanda global y con ello menores niveles de producción y
empleo (N). El segundo punto de
equilibrio depende de la acción de los gobiernos. Si estos permiten con leyes mayores
niveles de salarios reales (con salarios mínimos elevados y con leyes que
favorezcan la negociación colectiva, por ejemplo), aumentará la demanda global,
la producción y el empleo. Es decir, lo contrario de lo que se está haciendo en
Europa y en la España de Rajoy y del P. P. Por el contrario, el criterio de
Obama en USA parece más dirigido a buscar el nivel N2 de máximo empleo mediante el aumento del gasto
público (como Roosevelt en su momento), aunque el gasto para ese fin haya sido
insuficiente.
Es verdad que, como todo modelo, deja
algunos aspectos fuera. En concreto no aparece la inversión y el ahorro
correspondiente, por lo que este último debe aminorar el efecto sobre el empleo
–al igual que ocurre con los modelos keynesianos–, pero ello no anularía la
diferencia entre ambas políticas: la neoliberal confiando sólo en el mercado (la imperante) y la que combina mercado con
gasto público y leyes que permitan mantener salarios altos (la heterodoxa).
Madrid, 12 de marzo de 2012.
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