viernes, 7 de septiembre de 2012


OTROS ECONOMISTAS, OTRAS VISIONES,
 OTRAS POLÍTICAS POSIBLES

Antonio Mora Plaza

         Cuando se asiste como espectador a las tertulias de economía de periodistas en las “teles” privadas y públicas o se lee en los medios no especializados de información general, da la impresión de que no sólo no es posible una política económica distinta de la de déficit cero, menos Estado, menos gasto público y todo para el mercado, sino que parece que tampoco existieran economistas ni explicaciones (teorías) sobre lo que pasa distintas a las existentes. No es cierto. Ni siquiera es verdad que, desde el punto de vista de la enseñanza, sea mayoritaria las supuestas explicaciones surgidas de supuestas teorías neoliberales (en lo político), neoclásicas (en los aspectos teoréticos). En las facultades se siguen estudiando el keynesianismo, aunque sea en la versión adulterada conocida como modelo IS-LM. Un economista importante y heterodoxo para lo que el mismo llama “pensamiento único” es Marc Lavoie, canadiense, que ha escrito un estupendo libro (L´economie postkeynesieene, 2004; La economía postkeynesiana, 2005, edit. Icaria), donde recoge sucintamente las alternativas a las teorías (explicaciones) y políticas económicas existentes. Sus raíces no son mancas y arrancan del Cambridge inglés de los años 30 con varios de los más importantes economistas del siglo XX: Harrod, Kaldor, Robinson, Keynes, Kalecki, Sraffa, Garegnani, por señalar algunos de los más destacados. Ya entonces tuvieron que bregar estos autores con la ortodoxia, es decir, con la visión de la economía irradiada por Alfred Marshall (1842-1924) y su obra Principios de Economía. Y entonces, como ahora, los economistas ortodoxos aconsejaban al presidente Roosevelt que dejara que el sólo mercado arreglara la situación económica cuando el 25% de la población activa en USA estaba en paro. Roosevelt no les hizo caso, aunque tuvo que rectificarse a sí mismo dos veces. Entonces el mantra era el sólo mercado; ahora son los déficits. El error, el inmenso error de los ortodoxos que explican –no me atrevo a decir que piensan– la ortodoxia es olvidarse de la demanda y creer que siempre se cumple la ley de Say (Jean-Baptiste Say, 1767-1832), esa que dice que la oferta crea siempre su propia demanda. Keynes escribió su famoso libro con el fin de demostrar que eso era falso, cosa que se podía comprobar con sólo abrir las ventanas y mirar al mundo real. Lo mismo que ahora con la enfermiza obsesión –ya no es ni teoría– de querer acabar con los déficits reduciendo sólo el gasto público –sin hablar de los ingresos–, en plena crisis. Kalecki dio la mejor versión explicativa y la más clara por la política económica que implicaba, pero Keynes se ha llevado la gloria porque el primero era polaco y comunista, mientras que Keynes era inglés y dominaba el marketing a su favor como nadie lo ha hecho. No es verdad que se cumpla la ley de Say; tampoco aquello del escocés andarín Adam Smith (1723-1790) de que buscando el interés particular se consigue el general. En la obra mencionada, Marc Lavoie da una versión del principio de la demanda efectiva y dice que consiste en que “la producción se ajusta a la demanda”. Esto lo reconocen no sólo los economistas heterodoxos –keynesianos, marxistas, kaleckianos, esrafianos– sino también la mayoría de los economistas ortodoxos. El problema es que sólo lo consideran a corto plazo, pero lo obvian o niegan cuando pasan al medio o largo plazo. Ocurre que estas ideas, fruto de estudios empíricos, del simple conocimiento de la realidad y de la historia, la niegan los políticos que no son estadistas, es decir, que sólo actúan con la visión del corto plazo porque ese es el que corresponde a sus mandatos políticos. Toda la economía ortodoxa y la política económica ortodoxa –aunque esta no necesariamente se derive de la primera– participa del error de la paradoja de la agregación, también conocida como la paradoja kaleckiana de los costes o keynesiana del ahorro. Consista ésta en la tendencia de cada empresa individual a ahorrar costes rebajando salarios. Si esto lo hiciera una sola empresa le valdría a élla para aumentar sus ganancias, pero al generalizarse ocurre que las rentas salariales se deterioran, con ello el consumo y la subsiguiente producción y empleo globales. La paradoja del ahorro es otra versión de la paradoja de la agregación desde otro punto de vista: dice que un aumento del ahorro individual no lleva al ahorro colectivo. La razón de ello es que al aumentar el ahorro disminuye el gasto y con ello la producción, con lo que el conjunto de la economía tiene menos posibilidades de ahorro. Por ende también afecta a la inversión, porque ésta no sólo depende del ahorro (visión neoclásica), sino de la producción y de sus cambios (visión kaleckiana); también de los tipos de interés esperados.

         Concreta Marc Lavoie un modelo explicativo que asume la visión kaleckiana de la producción y el empleo. Para Kalecki la demanda global de la economía depende de los salarios unitarios reales (w/p), de la población ocupada en cada momento (N) y de un componente autónomo real (a) que depende del consumo de –diríamos ahora- de empresarios y autónomos. Es decir:

(1)    Demanda = masa salarial (wN/p) + gasto autónomo real (a)

siendo p un índice de precios. Para Kalecki la función de oferta viene dado por la productividad del trabajo (T) y por la población ocupada N, es decir:

(2)    Oferta = productividad (T) x población ocupada (N)

Cuando la economía mantiene un equilibrio entre oferta y demanda obtenemos la función de los salarios reales (w/p) tal como:

(3)             w/p = (TN – a) / N

A diferencia de las versiones del salario y el empleo neoclásicas que vienen determinadas sólo por supuestas productividades, aquí hay una multiplicidad de puntos de equilibrio (toda la curva) que permite: 1)  diversos salarios reales (w/p) y diversos niveles de empleos; 2) y lo que es más importante, el salario y el empleo no tienen una relación inversa (como en la visión neoclásica), sino que para mantener niveles de empleo altos (cuanto más nos dirigimos a la derecha en la coordenada horizontal N) se necesita ¡aumentar los salarios reales! (coordenada vertical), dados unos mismos niveles de productividad (T). La explicación económica ya la hemos dicho: si aumentan los salarios, aumentará la demanda global (ecuación 1) y con ello la producción y el empleo, aunque no de forma proporcional (lineal), porque el consumo de empresarios y autónomos compite con los salarios en la demanda efectiva.

A la ecuación de equilibrio entre oferta y demanda globales le añadimos una versión simplificada de la oferta de trabajo tal como:

(4)              N = (1/b)w/p – c/b

que indica que a mayor salarios reales (w/p) habrá mas trabajadores dispuestos a trabajar y/o a mayor tiempo (N), donde (1/b) es la proporción entre ambas variables y c/b da el mínimo de salarios reales para que haya oferta de empleo (si c/b fuera cero estaríamos en la esclavitud). En el gráfico hemos dado la vuelta a la fórmula, aunque esta debe conservar el sentido causal mencionado, y queda:

(5)              w/p = c+bN



Pues bien, lo notable de la visión kaleckiana es que no existe un solo punto de equilibrio entre salarios y empleo, sino dos, que en el gráfico están expresados por N1 y N2, siendo N2 el que corresponde al pleno empleo o, al menos, el que corresponde a un empleo mayor. El problema es que, de acuerdo con esta visión, si la economía se deja al libre mercado, el punto de equilibrio se quedará en N1, es decir, el de menos empleo. La razón económica es la ya anunciada: si los intentos individuales de los empresarios de reducir los salarios reales (w/p) para obtener mayores ganancias o resolver los problemas de viabilidad de las empresas se llevan a cabo, ello conducirá a una menor demanda global y con ello menores niveles de producción y empleo (N). El segundo punto de equilibrio depende de la acción de los gobiernos. Si estos permiten con leyes mayores niveles de salarios reales (con salarios mínimos elevados y con leyes que favorezcan la negociación colectiva, por ejemplo), aumentará la demanda global, la producción y el empleo. Es decir, lo contrario de lo que se está haciendo en Europa y en la España de Rajoy y del P. P. Por el contrario, el criterio de Obama en USA parece más dirigido a buscar el nivel N2 de máximo empleo mediante el aumento del gasto público (como Roosevelt en su momento), aunque el gasto para ese fin haya sido insuficiente.

         Es verdad que, como todo modelo, deja algunos aspectos fuera. En concreto no aparece la inversión y el ahorro correspondiente, por lo que este último debe aminorar el efecto sobre el empleo –al igual que ocurre con los modelos keynesianos–, pero ello no anularía la diferencia entre ambas políticas: la neoliberal confiando sólo en el mercado (la imperante) y la que combina mercado con gasto público y leyes que permitan mantener salarios altos (la heterodoxa).


                   Madrid, 12 de marzo de 2012.


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