LAS GEMELAS EN EL LABERINTO
por Antonio Mora Plaza
Un día supuestamente de verano en el que
Valentina y Laurita estaban aburridas porque sus amigos la urraca Marni, la gata Zinga y el árbol Tronco
estaban durmiendo la siesta, dijo Laurita a su hermana:
- Valentina, deberíamos hacer algo nuevo,
jugar a las sorpresas, buscar alguna nueva salida de esta cueva, aunque sea
para volver a ella luego. Nuestros amigos son muy divertidos, pero o están
trabajando procurándose comida o durmiendo.
- Tienes razón porque como no han ido al
colegio, no saben distinguir entre lo aburrido y lo divertido. Ellos sólo
conocen lo divertido y por eso nos resultan aburridos –contestó Valentina
tumbada como estaba mirando al techo de la cueva observando cómo cambiaba de
colores según miraba con un ojo o con el otro o con los dos a la vez-.
Y como quiera que no la hacía caso del
todo y veía Laurita cómo Valentina no hacía ademán de incorporarse le preguntó
a su hermana en qué pensaba, a lo que Valentina contestó:
- Estaba pensando en cómo encontrar los
límites de esta cueva sin ninguna duda, salvo que la cueva tenga un número de
hexágonos… infinitos.
- Me gustaría, hermana, porque también es
aburrido salir por la misma puerta por donde hemos entrado -dijo Laurita dando
algunos pasos del baile del cangrejo-. ¿Acaso sabes cómo?
- Lo acabo de descubrir. Esta cueva está
formada por hexágonos, como los panales de las abejas. Todos los lados tiene
una puerta, pero nada está indicado en ellas la dirección al exterior. Si fuéramos
a tontas y a locas, abriendo la
primera puerta que se nos ocurriera nada nos aseguraría que encontráramos la
salida. En cambio, si hacemos lo siguiente: abrimos una puerta cualquiera de
este hexágono, luego abrimos la primera del siguiente a la derecha y luego la
que está en medio entre la de enfrente y la de la derecha; y si así vamos
cambiando continuamente: derecha, en medio, derecha, en medio, etc., nos
aseguramos salir porque eso es una espiral, rara, pero espiral. ¿Qué te parece,
Laurita?
- Que me tienes hecha un lío, pero
hagámoslo porque podemos pedir que nos acompañe nuestra amiga Patucas, la araña vegetariana, y así no
perderemos el hilo de… nuestra aventura -dijo Laurita-.
- Vale, pero si observamos bien la regla
derecha, en medio, derecha, en medio, etc., no lo necesitamos; sólo necesitamos
saber cómo fue la última puerta -replicó Valentina-.
Y eso hicieron y, andando muchas jornadas
sin amaneceres y sin anocheceres, encontraron la salida en una pradera que se
perdía en el horizonte. De cerca no se divisaba ni árboles, ni casas, ni ríos.
- Pues esto no va a ser tan divertido
como tú pensabas, Laurita. ¿Qué hacemos ahora? -dijo Valentina un tanto
enfadada-.
Se sentó entonces la impulsiva Laurita y
meditó largamente la respuesta, cosa propia de Valentina, pero no de su hermana
gemela.
- Esperar a la aventura. Tenemos todo el
tiempo que queramos porque no envejecemos, y si no nos movemos, no necesitamos
comer ni beber, y tarde o temprano la aventura vendrá a nosotros.
Y tenía razón Laurita, porque nunca
podrían haber imaginado lo que las esperaba. Pasaron así, sentadas en la
salida, un tiempo que contaron con las salidas y puestas del Sol, y éstas
fueron muchas, pero éllas no notaban el discurrir del tiempo porque nada las
apremiaba y nada las envejecía. De pronto, un día de un amanecer soñoliento,
divisaron a lo lejos un rebaño de… ¿ovejas? que las conducía un pastor.
- ¡Mira Valentina, son ovejas! Vamos a
darlas los buenos días, que no piensen que somos unas maleducadas.
- Prudencia, Laurita, que los rebaños
suelen guiarlos perros adiestrados y no vayan a pensar que somos ladrones y se
enfaden con nosotras. Además ese pastor que las acompaña le veo raro.
- ¿Raro? ¿En qué lo notas? Yo lo veo
normal, anda normal. Quizá la cara me resulta original, pero tan lejos no puedo
decir más.
- Laurita, fíjate en ese árbol en el que
se ha apoyado al levantarse. ¿No notas nada?
- Sí, que es muy frondoso, pero muy
pequeño para ser un árbol. Quizá estemos en un país que nunca hemos visto antes
y las cosas sean de otras proporciones.
- O pude ser, Laurita, que el árbol sea
normal y lo que sea enorme sea… el pastor.
- Pero si así fuera, el pastor, que viene
hacia aquí, tendría más de… tres metros, lo cual es imposible en el mundo real.
- ¿Y cómo sabes que estamos en el mundo
real si nosotras mismas vivimos en otro irreal? Bueno, es real porque existe,
pero no es real como los que son reales. Bueno, tú ya me entiendes. Además, he
visto otra cosa rara en el pastor -dijo Valentina algo nerviosa viendo como el
pastor se acercaba a ellas, aunque aún estaba lejos-. Volvamos a la cueva de
los sueños de nuevo, Laurita.
- ¿Y para eso tanto empeño en salir? Si
ahora nos metemos, si volvemos ante cualquier percance nunca volveremos a salir
de la cueva y cuando el aburrimiento nos invada no sabremos que hacer, y eso es
muy malo porque si no envejecemos, ¿te imaginas una eternidad sin saber que
hacer? Vámonos corriendo en sentido contrario primero, Valentina.
Y Valentina hizo caso a su hermana Laurita
y corrieron como locas en sentido contrario hasta que un montículo dejó fuera
de su vista al pastor y Valentina invitó a su hermana a sentarse.
- Laurita, ahora debemos pensar cómo
correr, porque si lo hacemos en línea recta el pastor nos divisará cuando
llegue a este montículo, verá que vamos en línea recta y nunca le
despistaremos, aunque a veces no nos vea. Desde aquí se divisan muchos
montículos. Saca la moneda que llevas siempre en el bolsillo y tírala al aire:
si sale cara nos vamos al montículo de la derecha y si sale cruz al de la
izquierda, y así haremos hasta que se nos acaben los montículos.
- ¿Y si se nos acaban los montículos, qué
haremos? Además no soporto la curiosidad: ¿cuál era la otra cosa rara que
vistes en el pastor, además de su posible estatura? Dímelo Valentina mientras
reponemos fuerzas.
- La otra cosa rara que vi es que el
pastor tenía un sólo… ojo –dijo Valentina-.
- Es decir, que era tuerto –replicó
Laurita-. Eso ya lo observé yo también
- No. Yo he dicho que tenía un solo ojo,
no que hubiera perdido uno de ellos.
- Me confundes, porque ser tuerto y
perder un ojo es lo mismo.
- No, si nació con un solo ojo. Además el
único que tenía lo tenía entre… las cejas –contestó Valentina-.
- Por eso yo le veía raro: yo veía que él
no miraba como vemos los demás cuando miramos.
- Pues sigamos corriendo, Laurita, al
próximo montículo y veamos si conseguimos esquivar su mirada.
“Esquivar” -pensó Valentina-: “¡Vaya
palabra rara que me ha salido!”.
Y
eso hicieron. Y tanto corrieron de montículo en montículo, fiando a la suerte
la elección de cada uno que llegaron a una construcción que les resultó
familiar.
- Mira, Valentina, es nuestra cueva,
nuestro laberinto: hemos llegado al sitio de dónde salimos.
Y ambas entraron en el laberinto de
cristales opacos que, en efecto, parecía la
cueva de los sueños. Sin embargo, nada más pasar una puerta advirtió
Valentina:
- Prudencia, Laurita, que esta no es
nuestra cueva.
- ¿Cuál es la diferencia, hermana?
–preguntó Valentina mientras Patucas,
la araña vegetariana, se asomaba extrañada por uno de los bolsillos del
pantalón-.
- Pues que aquí las puertas se abren
hacia afuera y en la nuestra se abren hacia adentro –replicó Valentina,
observadora como siempre-.
- No conocemos nuestro laberinto y puede
que a partir de algún hexágono eso cambie.
- Por si las moscas, seamos prudentes. Y
hablando de moscas, mejor será que Patucas
empiece a echar hilo por doquier –dijo Valentina-.
- ¿Por dónde has dicho? –preguntó Laurita
extrañada-.
- Es una expresión que he oído en algún
sitio, pero que en realidad creo que no significa nada.
Y se adentraron en el laberinto eligiendo
al azar las puertas, confiando en el hilo de Patucas para la vuelta. Así
transcurrió una jornada y sólo pararon cuando se puso el Sol. Sí, el laberinto
era como el de su cueva de los sueños, pero sin techos, al aire libre, con una
altura de dos metros. Y así, cansadas, se sentaron en la hierba en mitad de un
hexágono cualquiera. También lo hicieron porque Patucas les dijo:
- O descanso o se me acaba el hilo de mi
ovillo, queridas: que yo no soy tan joven como vosotras.
Y sin embargo, y a pesar de lo andado,
oyeron las voces del pastor que decía:
- ¡Vamos, mis carneros, vamos mis
amaestrados zorros, olisquear que no está muy lejos la carne que ha de
alimentarnos! ¡Para mí, el pastor Polifemo, ningún laberinto es un obstáculo para
perder una presa!
- ¿Carnero? ¿Presas? ¿Polifemo? –se
preguntó en voz alta Laurita-.
- No importa, Laurita; luego, en casa,
buscas las palabras en el diccionario de la tortuga Galapa, pero ahora sigamos corriendo –dijo Valentina tomando de la
mano a su hermana-.
Y eso hicieron, abriendo y cerrando
puertas durante un buen rato hasta que Laurita se paró y dijo a su hermana:
- Valentina, ¿no has notado algo raro en
el laberinto? Es como si faltaran puertas.
- Sí lo he notado, porque ahora los
hexágonos se han convertido en pentágonos. Curioso e imposible.
- Curioso puede ser, pero imposible no
porque lo que es no puede ser imposible y estos son pentágonos –replicó Laurita
parándose para tomar aire-.
- Me he explicado mal. Quiero decir que
así como los hexágonos cierran el espacio,
los pentágonos no. Dicho de otra forma, los pentágonos no teselan una superficie –dijo Valentina tirada en la hierba y
casi exhausta-.
- Hermana, hoy dices unas cosas muy raras:
¿teselar?
- No me calces las palabras al vuelo. Yo
tampoco sé lo que significa, pero al pasar de los hexágonos a los pentágonos me
ha traído la mente esa palabra a los labios. Lo que quiero decir es que entre
los pentágonos debe haber huecos porque estos no rellenan el espacio, cosa que
sí hacen los hexágonos, como has podido comprobar en los panales de las abejas
y en nuestra propia cueva de los sueños. Si no estoy equivocada podemos
escondernos del Polifemo ese subiendo las paredes –dijo Valentina algo
malhumorada-.
- Pero Valentina, si miden al menos dos
metros. Nosotras no llegamos. A lo mejor una encima de la otra sí, pero
entonces sólo podría esconderse una –dijo Laurita casi sollozando-.
- No te preocupes, Laurita, tengo una
idea. Tú déjame a mí obrar. Cerremos todas las puertas de este pentágono menos
una. Hemos visto cientos de ovejas que el pastor Polifemo llaman carneros y no
más que tres o cuatro zorros. Las ovejas siguen a los zorros, pero dentro del
laberinto se sentirán perdidas y se moverán a tontas y a locas. Eso quiere decir que es mucho más probable que
nos encontremos con un carnero de esos que con algún zorro. Además, si vemos
venir a uno de estos troteros
animales le cerramos la puerta, abrimos otra para huir y san sacabó –dijo Valentina esperanzada de consolar a Laurita-.
- ¿A
tontas y a locas? ¿San sacabó?
Hoy dices cosas muy raras, Valentina. Además, yo no conozco al santo ese. Pero
aparte de eso, no me parece mala la idea si es verdad lo de la teselación esa. ¿Pero cómo subir a lo
alto de la pared? –replicó Laurita ya más serena-.
- Esperemos que entre un carnero, que son
animales mucho más grandes y altos que las ovejas –dijo Valentina cogiendo las
manos de su hermana-.
- ¿Y cómo sabes que son más grandes que
las ovejas si no las has visto de cerca?
- Cierto –contestó Valentina-, pero las
he visto de lejos. Veía que esos carneros le llegaban por encima de la rodilla al
pastor Polifemo, que a su vez medía al menos tres metros. Eso significa que
deben medir más de un metro de alto pero sin llegar al metro y medio. Eso es
justo lo que necesitamos para llegar a la pared: más bajos los carneros no nos
servirían quizá; más altos, no podríamos subirnos a ellos.
- Espero que estés en lo cierto, pero
ahora echo de menos a nuestros padres –dijo Laurita-.
- Yo también, hermana, pero no están aquí,
ni siquiera en sueños –como estamos nosotras-, ni en el mundo de los olores
–replicó Valentina-.
Y eso hicieron y todo se avino como
pronosticó Valentina y así se escondieron entre los huecos de los pentágonos.
Afortunadamente para ellas la distancia del suelo a la parte superior de la
pared de los huecos de los pentágonos era sólo de un metro y pudieron salir de
nuevo a los pentágonos sin mayor problema. Siguieron andando y abriendo y
cerrando puertas hasta que de nuevo llegaron a una parte en la que retornaron
los hexágonos, ya sin ningún peligro aparente. Entonces se tumbaron en la
hierba. Y cuando llevaban un rato descansando Laurita se preguntó:
- Valentina, quiero hacerte una pregunta:
sí los pentágonos tenían cinco puertas, ¿cómo se construían los huecos entre
pentágonos? Te lo digo porque siempre que abríamos una puerta nos encontrábamos
otro pentágono. Yo me pregunto: ¿cuál es el máximo de puertas posibles que debe
tener cada pentágono para que se pueda teselar, como tú dices, el laberinto
mediante huecos entre pentágonos junto con los mismos pentágonos?
- ¡Caramba, Laurita, no esperaba esta
profunda reflexión de tu parte! Eso se debe a que para pensar necesitas estarte
quieta, y yo, en cambio, pienso mejor andando. Mi respuesta es que en el mundo
de los sueños todo es posible –replicó Valentina asombrada-.
Pasaron así muchas horas contando éstas por
las rectas que hacía Patucas en sus
redes. Y, cuando estaban adormiladas por los muchos esfuerzos que habían hecho
hasta entonces, se despertaron ya de noche oyendo estos lamentos que provenían
no se sabe de donde:
- ¡Maldito fuera quién escribió los destinos!
¡Compañeras, perlas de la bóveda celeste, mudos testigos de este cornudo ser,
monstruoso en el espejo y sin libertad, el más preciado don al que se puede
aspirar! ¡Habladme errantes perlas del Cielo de ese libertador que llaman Teseo
y que pronto vendrá a liberarme de la profecía! Si al menos pudiera llorar,
pero mi mitad toro me lo impide. Sé que soy hijo de un capricho, pero daría
cien reencarnaciones por volver contigo, a tu regazo, madre, escondiéndome de
los bravos compañeros de juegos. ¡Rutilantes astros, errabundos planetas,
abrasador Sol, imperturbable Luna, caprichosos cometas, envolved mis pecados en
mi piel de toro si es ese mi destino, pero que sea pronto! ¡Al oráculo sólo le
concedo un día más, así me tenga que enfrentar al mismísimo Poseidón! ¡Un día
más y que se haga lo que ha de hacerse!
Asombradas, mudas e inmóviles quedaron
Valentina y Laurita. Pasó un rato y ya en silencio Valentina dijo a su hermana:
- Laurita, debemos volver aunque no sé
por donde esta vez. Y tampoco sé que es lo me das más miedo, si ese pastor
Polifemo de un solo ojo o este ser mitad toro que así se dice así mismo.
Laurita pensó un rato y dijo a su
hermana:
- Antes debemos hablar con este monstruo.
- ¿Te has vuelto loca, hermana? –dijo
asustada Valentina-.
- A mí no me ha dado miedo y sí mucha
pena. Nosotras vivimos en un sueño y nada nos puede pasar, sopena pasemos al
mundo de la realidad y esto lo sabremos si olemos las cosas y nos huelen. Las
aventuras son para correrlas y no para huirlas. ¿Qué raro? Iba a decir una
palabra que no sé lo que significa: solventarlas.
Bueno, el caso es que debemos hablar con ese ser que tanto se lamenta y hacernos
amigas de él. Necesitamos amigos nuevos porque ya lo somos y mucho de Zinga, Galapa, Marni, Patucas y Tronco,
y eso mismo es una razón.
- Está bien, pero hablas tú con él y yo
dejaré abierta las puertas de siete hexágonos por si hay que salir corriendo
–contestó Valentina, esta vez muerta de miedo, a diferencia de las otras veces-
Avanzó así Laurita dos hexágonos y se
encontró un gigantesco hexágono en medio del cual se hallaba un ser de poco más
de dos metros, mitad toro, mitad hombre, ataviado con una cadena que le daba
varias veces la vuelta al cuerpo. En el suelo se podía leer como un letrero: Minotauro. Entonces Laurita, precavida
pero sin miedo, le habló así al monstruo:
- Señor monstruo, no os quiero importunar
pero, ¿qué hacéis tan sólo en este lugar? ¿No tenéis amigos?
El monstruo miró a Laurita y caminó unos
pasos hacia ella y se detuvo en mitad de la estancia.
-Soy hijo de un capricho, quizá de un
error, de una profecía y seguro que de una leyenda –dijo el Minotauro
arrodillándose para poder hablar de tú a tú a la niña-.
- ¿Entonces tenéis muchos padres? Eso no
puede ser. Explicaos mejor.
- Debo mantener la leyenda de un falso
tributo porque de lo contrario me dejarían aquí abandonado a mi suerte y no puedo
salir del laberinto; el capricho lo fue de Poseidón y Pasifae, mi madre, pero
eres muy niña para entenderlo; la profecía es la de Teseo, mi futuro
libertador. Y también soy hijo del error, porque algo ha se ha torcido en el
mundo de los dioses para haber perdido la libertad.
- Es lo que tiene tener muchos dioses que
te manden, que como tienen que ser distintos, cada uno te manda una cosa; en
cambio, con uno solo no hay discusión. Claro que, ahora que lo pienso, si hay
uno y se equivoca, ¿haber quién se lo dice? –dijo Laurita al Minotauro mientras
este quedaba ensimismado por las palabras de la niña-.
- ¿Acaso de donde tú vienes hay otros
dioses? –preguntó el monstruo sin salir de su asombro-.
- Yo vengo del país de los sueños, donde
todo es posible aunque parezca que no puede serlo. Allí no necesitamos dioses,
aunque estoy segura que sería más divertido verlos discutir entre ellos. ¡Ah!,
casi se me olvidaba con esta discusión tan entretenida: ¿a tí te gustaría salir
de aquí? Porque yo sé cómo. He venido con mi hermana Valentina y nuestra araña
vegetariana Patucas y ha dejado su
hilo por el camino: sólo tenemos que seguirlo para encontrar la salida –dijo
Laurita acercándose al Minotauro mientras su hermana observaba la escena casi
aterrorizada-.
- ¿Es de oro el hilo de la araña?
–preguntó el Minotauro-.
- Señor monstruo, has de saber que las
arañas no fabrican oro porque de nada les serviría para cazar: ¿no le han
enseñado eso en el cole?
- ¿Cole? –preguntó el monstruo
inocentemente-.
- Es una abreviatura. Tú a lo mejor lo
conoces por colegio; también se llama escuela, instituto: ¿porqué los mayores
pondrán nombres distintos para decir lo mismo?: son ganas de fastidiar. Claro,
que yo me pregunto ahora si es que no has ido al colegio porque se burlaban los
otros niños de tí. Los niños son muy crueles con los que no parecen niños sin
más y quizá de niño no parecías un… niño –dijo Laurita ya algo temerosa viendo
que se estaba metiendo en un lío del que no sabía como salir-.
- Querida niña,
mi destino es seguir alimentando el mito. Fuera sólo provocaría el espanto y la
caza: ¡Cuantos seres vivos son cazados por vuestros mayores sólo por diversión,
por miedo o por presunción! Debes irte de aquí antes de que no pueda contener
mi hambre porque hace muchas lunas que no como. Pensaré en ti para congraciarme
con los que me apresaron de tu raza aunque fuera por designio de los dioses.
¡Vete porque mi corazón ha latido con fuerza y no sé porqué! Sólo te pido que
cuando seas mayor cuentes lo que has visto, que hablaste conmigo y nada te
hice. Acaba con esta leyenda: el destino no puede cambiarse, pero la leyenda es
pura invención; cámbiala y este monstruo profesará
la religión de tu inocencia y de tu recuerdo. Yo debo esperar a mi libertador,
Teseo. ¿Entiendes lo que te digo?
- Menos lo penúltimo, lo de profesar, creo que sí. Pero del sitio de
donde yo vengo los sueños son realidad y la realidad son sólo recuerdos. Ven
conmigo al país de los sueños donde todo es posible y nada malo pasa. Conocerás
a mi hermana gemela, que también tiene nueve años como yo, porque si no, no
sería gemela; conocerás a un árbol tranquilón de nombre Tronco; a una rana saltarina llamada Ojazos; a Zinga, la gata
más coqueta que he conocido; a la urraca Marni,
muy amiga de lo ajeno. A Patucas la llevo aquí, conmigo y puedes saludarla. Además, esas
cadenas están sueltas y puedes dejarlas aquí –le habló Laurita al Minotauro
mientras se alzaba un poco para acariciarle los cuernos y Valentina se
adentraba al gran hexágono-.
- El hilo no es de oro; Teseo, mi
libertador, es un héroe, no dos niñas. No cumplís lo escrito. No os puedo
seguir. Mi prisión no es física, mis cadenas no son materiales, mis deseos no
son libres. Sé que os persigue el pastor Polifemo. Seguid esta ruta: atravesad
tú, tu araña y tu hermana este recinto, y seguid recto cada tres hexágonos y la
tercera puerta a la derecha del cuarto hexágono; volved a repetirlo así: tres
rectos y el cuarto, tercera puerta a la derecha: así saldréis del laberinto,
aunque dando un gran rodeo. Y por favor, idos que noto por primera vez húmedos
mis ojos. Yo me haré cargo del Polifemo si llega aquí: quizá mis cadenas y mi cornamenta
me sirvan al final para algo aunque ello no esté escrito.
Y Laurita llamó a Valentina, la cogió de
la mano, ambas dieron un beso en cada cuerno al monstruo y se fueron tal como
éste les señalara. Anduvieron muchas lunas, salieron a un bosque y, de pronto,
cayeron en una cueva: era su cueva, la
cueva de los sueños. Y así acabaron Laurita y Valentina la aventura conocida
en todo el orbe como la aventura del
Laberinto.
Pero aquí falta algo, porque una vez en
la cueva Laurita buscó todas las expresiones y palabras que surgieron durante
la aventura y que no entendía, y buscando la palabra Teseo la angustia le invadió su corazón y así habló a su hermana:
- ¡Valentina, hemos de volver al
laberinto! Teseo, en el diccionario de Galapa,
no es su libertador, sino su asesino: ¡es horrible! ¡Si hubiera sabido esto
antes le habría advertido al monstruo!
- Laurita, ¿tú sabes lo que quiere decir en sentido figurado? –la contestó
Valentina-. Demasiado sabía el monstruo lo que significaba libertador. A ti no te quiso decir el verdadero significado porque
quizá no te hubieras ido de allí y sólo quedaba un día para el acontecimiento.
Todo esto es mitología que no podemos cambiar y menos desde el mundo de los
sueños.
Con ello tranquilizó Valentina a Laurita,
pero pensó Valentina para sus adentros: “Si no ando rauda en la explicación
podría perder a mi hermana por la puñetera mitología. ¡Rauda!: vaya, otra palabra rara; esto es un no parar”.
Bien, este es el relato que escribí, que di
a leer a mi abuelo Berto y le pedí su opinión. Estas fueron sus palabras:
- Excelente. Veo que vas dominando los
pormenores y los pormayores del relato: intriga, sentido del tempo, verosimilitud a pesar de lo
fantasioso. Sólo una objeción: ¿qué pasó con el Polifemo y su ejército de
carneros? ¿Cómo salieron del laberinto?
Reflexioné o hice que reflexionaba porque
me esperaba esa objeción y le contesté con una pregunta:
- ¿Acaso es imprescindible para el
sentido y comprensión del relato? ¿Añade algo al cuento que no sea distracción
y distensión inútil?
Se sonrió y me dijo mirando al techo:
- Nieto, aprendes muy rápido, quizá
demasiado.
- ¿Y cómo puede ser eso un defecto? –le
pregunté hurgando en lo que yo pensaba que era el punto débil de su argumento-.
- No lo es, pero has de rumiar lo
aprendido –fue su breve respuesta-.
Y ya no recuerdo más de aquella velada.
Madrid, 27 de agosto de 2009
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