Recuerdo
una vez que le dije a mi abuelo Berto que porqué no escribía un diario, porque
alguien con una vida tan intensa como él no podría dejar de interesar a unos
posibles lectores. Mi abuelo me contestó.
-
El que escribe un diario tiene que elegir
entre la veracidad y el entretenimiento. Casi es imposible compaginar ambos.
Yo
sabía, por experiencia, que cuando mi abuelo decía casi es porque se guardaba un as bajo la manga y le pregunté.
-
Háblame del “casi”. Dime alguna obra que
compagine ambas, algún diario de alguien que casara lo que tú dices.
Mi abuelo me sorprendió, como casi
siempre.
- No existe, porque casar ambas es imposible…
si se parte de lo real. Sin embargo, puede hacerse si el diario es inventado,
pero de tal forma que tenga toda la apariencia de real, incluso aunque sea de
tema fantástico. Por eso lo del “casi”. Existe esa obra. Sólo te daré una
pista: cárpatos.
Fue
suficiente. El relato que sigue me la inspiró, pero sólo fue eso, inspiración,
porque en realidad casi todo parece vuelto del revés. He dicho casi. El que lea lo que sigue
comprenderá lo del casi. Así comienza
el relato.
Descansando
estaban Laurita, Valentina, la gata Zinga,
la urraca Marni y la rana Ojazos de todo un día de juegos en La cueva de los sueños, porque tantos
espejos les permitían no ser vistas sin esconderse estando a la vista de todos.
Era un juego muy divertido, porque casi siempre ganaba quien conseguía más
reflejos en los espejos, porque de esta forma era más difícil adivinar donde
estaban realmente cada una de ellas. Y si además se movían hacia atrás o hacia
delante, era más difícil todavía porque el reflejo del reflejo impedía saber la
dirección del movimiento real; más aún si hacían que avanzaban y en realidad
retrocedían. Poco a poco las gemelas y sus amigas iban aprendiendo los trucos
de La cueva de los sueños o de los espejos, que así también la
llamaban. Ya en el descanso dijo Laurita a su hermana y amigas.
-
Esto es muy divertido, pero yo quiero nuevas aventuras. Quiero conocer cosas
nuevas, países nuevos donde haya gente que baile y coma chocolate; y también niños
de nuestra edad para invitarles a nuestra cueva. ¿Qué te parece Valentina? ¿Y a
vosotras, Zinga y Marni?
-
Parece divertido, pero para nosotras eso es desconocido y lo desconocido es
peligroso, porque tan desconocido es para nosotras lo desconocido como
desconocidas somos nosotras para los que no nos conocen y a lo mejor creen que
vamos con malas intenciones.
-
¿Pero Valentina, acaso no somos inmortales? Lo hemos comprobado otras veces. No
envejecemos, no cumplimos años ni lo celebramos, y esto último es la mejor
señal.
-
Sí, pero recuerda que lo somos mientras sepamos volver a la cueva. Fuera
envejecemos, pero cuando volvemos nos quedamos con la misma edad que cuando
entramos por primera vez. Por eso tampoco envejecen nuestras amigas, pero todas
nosotras ahí fuera podemos morir por un accidente -contestó Valentina toda ella
tumbada y mesándose los cabellos-.
-
¿Y vosotras, qué opináis, amigas? -pregunto Laurita-.
-
Sí, viva la aventura, pero donde haya ramas donde posarse y pequeños objetos,
ya sabéis porqué -dijo Marni, la
urraca-.
-
A mí no me gusta moverme, salvo que sea imprescindible, y siempre por tierra.
No quiero vuelos imprevistos ni charcos asquerosos, y menos ahora que me he
vuelto vegetariana como Patucas, la
araña. Yo os acompaño si me prometéis un fogón calentito al resguardo de la
lluvia -fueron las palabras de Zinga,
la gata comodona-.
-
Bien -dijo Valentina-, propongo lo siguiente. Que nos cojamos de la manos,
soñemos y deseemos a la vez, cada una con sus deseos; y ya sabéis que soñar y
desear no son la misma cosa, porque hay deseos que siempre permanecen en los
sueños y nunca llegan, y sueños que cuando despertamos no deseamos haber soñado,
a pesar de que sabemos que son sólo sueños. Pero esta cueva es extraña, como
sabéis, y aquí, para bien o para mal, no se puede distinguir la realidad, los
sueños y los deseos, porque todas estas cosas son la misma cosa. Bueno, es un
lío, pero a esa conclusión he llegado
-dijo Valentina mientras pensaba que la palabra conclusión le había salido de la boca sin saber exactamente lo que
era-.
Y
eso hicieron. Se cogieron de las manos y desearon lo que habían dicho y alguna
cosa más, porque ya tenían edad las gemelas y sus amigas como para ocultar
algunos deseos que, sin saber porqué, no les gustaban hacer hablar de ellos.
Pensaron, soñaron, y tanto soñaron y pensaron que se encontraron a la entrada
de un extraño castillo, negro, alto, muy alto, con las puertas abiertas. Estaba
en una montaña y desde el castillo se divisaban cumbres nevadas y nubes por
debajo de ellos. Valentina dijo entonces en voz alta.
-
Esto es muy extraño.
-
Claro -contestó Laurita-. En cualquier sitio que no hayamos estado forzosamente
es extraño.
-
No, no me refiero a esa extrañeza, sino a la extrañeza de la incoherencia -replicó Valentina-.
-¿Incoherencia? ¿De dónde has sacado esa
palabra? ¿Qué significa? -dijo Laurita, soltándose de la mano de su hermana y
desabrochándose la blusa porque tenía calor-.
-
No lo sé, es algo que me ocurre, ya lo sabes. Me llegan palabras extrañas.
Verás, lo que quiero decir es que no parece normal que siendo esta montaña más
alta que las demás, en esas demás haya
nieve y nubes por encima de éllas y aquí tengamos hasta calor.
-
Pues ahora que lo dices, tienes razón. No importa. Ahora entremos porque la
aventura no parece que esté aquí fuera, sino dentro, porque en todos los
castillos no pasa nada fuera y todas las intrigas
están entre sus muros -dijo Laurita con extrañeza de sí misma. En esto que
Valentina, entre risas, replicó a su hermana.
-
¿Intrigas entre muros? ¡Vaya frase! Y
luego dices que yo digo cosas raras. Pero bueno, entremos si nuestras amigas Patucas, Zinga y Marni no se oponen.
Miraron
las amigas de las gemelas, con caras mitad de miedo y mitad de intriga, afirmando
temerosamente con la cabeza. Lo primero que vieron fue una enorme estancia
llena de columnas que apenas divisaban su final; también puertas ojivales muy
bonitas. En el centro había una gran mesa muy iluminada con todo tipo de
manjares hechos de carnes, especies y vegetales; con frutas del bosque, variados
zumos y pasteles, muchos pasteles. Cada cosa reflejaba su propia luz y todo
parecía iluminado. Laurita y Marni,
la urraca, ya se lanzaban a tan suculenta mesa cuando Valentina les dijo, como
hablando para sí misma, pero en voz alta.
-
Esto es muy extraño.
-
¿Otra vez con lo extraño? Claro, no
es de extrañar que te resulte extraño porque nunca hemos estado en un lugar
como este -dijo Laurita parándose y como enfadada-.
-
No. Al igual que antes no me refiero a extraño como desconocido sino como incoherente -replicó Valentina con los
brazos en jarras-.
-
Otra vez con esa palabreja. Busca un sinónimo,
Valentina, porque esa palabra te domina.
-
¿Sinónimo? Veréis: ¿no os habéis
preguntado que todo esté tan iluminado y que sin embargo no haya luces ni
lámparas? No puede ser. Eso ocurre sólo con las luciérnagas, como su propio
nombre indica, ¿pero desde cuando una tarta de chocolate emite luz?
Y
Laurita y la urraca se sentaron en un escalón que precedía a la mesa de los
manjares y se quedaron pensando: Laurita rascándose la cabeza y Marni picoteándose sus plumas. Mientras
tanto la gata Zinga había
desaparecido. Y cuando así de ensimismadas estaban todas, un enjambre de moscas
salió de no se sabe donde diciendo como en un murmullo.
-
Bienvenidas a un lugar de acogida que
existe desde siempre. Nuestro dueño os desea una feliz estancia. Aquí tenéis
cuanta comida queráis, porque si se acaba habrá más, porque no veréis ni
sentiréis que se agota. Dentro tenéis amplias habitaciones y confortables
camas. También agua caliente. Una cosa: en las estancias hay muy poca luz, pero
suficiente para reconoceros. Otra cosa más: no hay espejos, pero detrás del
castillo hay un gran charco helado donde podréis patinar y ver vuestras
imágenes reflejadas. Buen apetito.
Y
las moscas desaparecieron como habían venido. A continuación todas, hasta la
araña Patucas que llevaba Laurita en
un bolsillo de la falda, comieron de todo hasta saciarse. Entonces les entró
una modorra y quedaron dormidas al pie de los escalones. Al cabo de un rato
despertó Laurita porque oyó un ruido raro y vio algo que le sorprendió sin
saber porqué. Dijo en voz alta.
-
Hermana, mira a esa mujer que está escalando una de las torres. ¡Con qué
facilidad lo hace! Debe tener mucha fuerza.
Valentina
hacía un rato que estaba despierta, aunque con la resaca de la copiosa comida,
había visto lo que le señalaba Laurita y replicó.
-
Sí, mucha facilidad, sobre todo porque sube ¡sin escala ni cuerda alguna! ¿No
te has dado cuenta?
-
Tienes razón, pero eso es imposible en el mundo real.
-
¿Y cómo sabes que estamos en el mundo real? -le dijo Valentina-. Nosotras
vivimos en una cueva que a nosotras nos resulta real, pero que no sería real a
nuestros padres o, incluso, a
nosotras mismas cuando salimos de La
cueva de los sueños.
-
¿Incluso? Bueno, ya hablaremos de esa
palabra, porque esto si es un misterio si esto es el mundo real -dijo Laurita-.
-
Y si no estamos en el mundo real, también el misterio está en cómo salimos de
un mundo irreal, porque una cosa es entrar en una cueva irreal rodeada del
mundo real y otra cosa distinta es cuando todo el mundo es irreal, porque en
ese caso no podemos salir aunque salgamos: ¿no te parece? -señaló Valentina
mientras permanecía absorta contemplando a la mujer que subía por la torre del
castillo como si nada-.
Medio
asustadas, pero satisfechas por la comida, se fueron adentro, hacia las
estancias que las moscas-murmullo les
habían prometido. Vieron muchas habitaciones, cada una con su cama, pero todas
buscaron la estancia con la cama más grande, porque las gemelas y sus amigas
dormían juntas. Incluso Zinga, la
gata, había aparecido muerta de miedo, y de tal forma que se metió debajo de la
cama. Durmieron, pero entre sueños oían murmullos como voces. No entendían lo
que decían, pero aquello parecía que estuviera lleno de gente que conversaba.
De vez en cuando se oía una voz más alta que otra, pero enseguida alguien
señalaba silencio con los labios. Veían también figuras entre sombras, pero no
les asustaban porque eran bonitas figuras que caminaban lentamente en los
aires, con ligerísimos vestidos. Nunca vieron un movimiento brusco, sino que
todo era como una danza lenta, muy lenta. Olía además todo muy bien, todo muy
perfumado, como a sándalo. Y en mitad de la noche se levantó Laurita para ir al
baño cuando tropezó con una mesa y tiró algo al suelo. Lo recogió y era un
libro. Volvió a la cama y despertó a su hermana.
-
Valentina, mira lo que he encontrado. Parece un diario porque al principio dice: “Diario
de Lucy”. ¿Lo leemos?
-
Laura, eso no está bien. O eso dicen las personas mayores.
-
Bueno -replicó Laurita-, pues entonces cuando lleguemos a mayores no lo leemos
y ya está, pero de momento somos unas niñas.
-
Pero Laura, si lo leemos ahora y no lo leemos cuando seamos mayores de nada
servirá porque recordarlo es equivalente a leerlo. Eso es una incongruencia-.
-
¿Incongruencia? Cada día estás peor. Pero,
razón de más para leerlo, porque ninguna de las dos sabemos lo que significa incongruencia.
-
Está bien, lee, porque la curiosidad rompe cualquier incongruencia -replicó Valentina aburrida del empeño de su hermana-. Ambas abrieron el diario por cualquier
sitio y este es el texto que encontraron:
“Mi querida Lucy. Hoy vuelvo a ti con el
pecho dolorido. Ya son más de dos años de tu ausencia y tu imagen es aún más
nítida, más definida, más bella que la primera vez que te vi. Sabes que eres mi
alimento y mi vida. Todo sin ti son noches y sombras. Nada consuela a un eterno
moribundo. ¡Si al menos fuera mortal! Es tu amor lo que me haría mortal, es el
único sentimiento que mitiga mi desgracia. Ni las bellezas de estos parajes en
invierno ni el olor de las flores en primavera ya me sirven de consuelo.
Condenado a la existencia y a tu ausencia, es una doble condena que nadie
merece. Todas las leyendas sobre mi son falsas, inventos de las criaturas para
mantener alejados a ladrones y curiosos. Sólo cambiaría tu amor por la risa, ni
siquiera por la mortalidad. Pero si así eres feliz, yo no lo cambio por nada,
por nada,… por nada”.
-
Pobrecillo. Parece muy desgraciado, pero algo de lo que dice no nos resulta extraño -y ahora empleo tu palabra-,
aunque sí que diga que la inmortalidad no le hace feliz, al revés que a
nosotras. Eso sí es extraño -comentó
Laurita-.
-
Pero ya has visto lo de las nieves y nubes, lo de las moscas murmurantes, lo de la mujer que subía sin escalas, lo de la
iluminación sin luces. Puede ser que estemos en un castillo, quizá en un país
que todo funciona al revés. Ve al final del diario, porque otra cosa extraña del libro es que parece que es
un diario de esa Lucy, pero parece
escrito por alguien que se dirige a Lucy.
Hizo
Laurita lo que le pedía Valentina y vieron un nombre.
-
Valentina, hermana, pone “Dracul, conde
de los Cárpatos”. Nunca hemos visto a un conde. Si tenemos suerte y vive en
alguna de estas cientos de habitaciones a lo mejor le vemos.
-
Te recuerdo que fuera de la cueva somos vulnerables.
Ya lo sé, es otra palabra extraña, pero ahora estamos en otra cosa. No sabemos
las intenciones. Además relee el tercer punto y seguido -dijo Valentina
preocupada por la ingenuidad de su hermana-. Y Laurita leyó en voz alta el
tercer párrafo: “Sabes que eres mi
alimento y mi vida”.
-
Puede ser una exageración. Eso es como cuando yo te digo: “si vuelves a darme otro susto igual te mato”. Tu sabes que no lo
voy a hacer, pero lo digo, aunque no sé porqué. Y ahora que lo dices, también
podría ser una cosa que a lo mejor tu no sabes, hermana, que ahora me ha venido
a la mente -dijo Laurita como satisfecha-.
-
¿Qué cosa?
-
Metáfora. ¿Qué te parece? ¿Sabes lo
que significa?
-
Creo tener una idea, pero dímelo a ver si coincidimos, porque si coincidimos
podremos estar más seguras de lo que sabemos -le replicó Valentina en tono
amable a pesar de todo-.
-
Metáfora es como una imagen, como un
espejo que refleja lo que queremos decir con imágenes, aunque lo real y lo que
se refleja sean muy distintos.
Y
como reflexionando, continuó Laurita.
-
Yo no le daría más importancia al diario.
-
Quizá tengas razón, pero lo que es un lío es quien lo ha escrito, porque al
principio dice “Diario de Lucy” y al
final aparece “Dracul” -dijo
Valentina-.
-
Creo que lo mejor será seguir durmiendo, porque a veces los sueños cambian la
realidad. O a lo mejor esto lo estamos soñando y lo real esté al despertar. Por
la mañana leeremos más párrafos del
libro - dijo Laurita con cara de extrañeza-.
-
¿Párrafos? Ya no soy sola -repitió
Valentina mientras se reía a mandíbula batiente-.
Durmieron
todas. Bueno, todas menos la gata Zinga,
que no pegaba ojo porque olía azufroso, y ese olor la ponía nerviosa. Por la
mañana encontraron la mesa de nuevo llena de manjares. Sin embargo, en la mesa
parecía que había un comensal. Laurita le dijo a Valentina.
-
Mira que estatua más blanca hay en la mesa. Está muy bien esculpida -vaya palabra, pensó la propia Laurita-. Tiene un peinado
de señora, pero parece un señor por las arrugas de la cara.
-
Precaución Valentina. Yo también observo otras cosas. Mira que el vestido se
mueve por el viento.
-
Lógico, Valentina, todos los vestidos se mueven por el viento -dijo Laurita-.
-
Sí, pero aquí los nuestros no se mueven, luego, ¿hay o no hay viento? Además
fíjate que uñas tiene tan largas. Para ser una estatua de piedra las uñas
parecen de verdad. A mí el corazón me pide irnos, pero la cabeza, no sé porqué,
me dice que es mejor ir a la mesa sin hacer caso a la estatua -dijo Valentina-.
-
Como si no estuviera. Perfecto, porque con algo que no se mueve podemos hacer
como que no existe, cosa casi imposible si tiene movimiento. Vayamos. Además
tengo hambre y el hambre me impide pensar, no como a ti, Valentina, que piensas
mejor hambrienta.
Se
acercaron las gemelas, aunque no la gata Zinga,
ni la urraca Marni, que voló a lo
alto de una torre del castillo para contemplar la escena. Comieron sin quitar
ojo a la estatua. No se movía, pero Valentina, muy observadora, dijo a su
hermana.
-
Juraría que la estatua está menos seria que antes.
-
Eso es imposible, porque entonces no sería una estatua sino una persona
-contestó Laurita-.
- ¿Y de dónde hemos sacado que es una estatua?
Es verdad que no se mueve, pero, por ejemplo, los mimos que no se mueven
parecen estatuas y no por ello dejan de ser personas. Además, ¿quién vestiría a
una estatua sentada a una mesa? ¿Y quién o cómo ha llegado hasta aquí, porque
ayer no estaba? Y si de verdad es una estatua, ¿quién la ha puesto ahí? ¿Porqué
no nos ha saludado esa persona? ¿Por qué nos teme o quiere que la temamos?
-
Valentina, te haces muchas preguntas. Come, nos vamos y ya está.
Eso
hizo Valentina mirando de reojo. Y cuando estaban acabando los manjares,
especialmente la inmensa tarta de chocolate que estaba exquisita, una voz profunda
y grave como saliendo de la estatua dijo.
-
¡Oh no me abandonéis tan pronto, mis
pequeñas invitadas!
Valentina
y Laurita se levantaron como impulsadas por un resorte y dieron un paso atrás.
La voz continuó.
-
Yo soy el conde del diario que habéis
visto. He contemplado vuestros sueños que demuestran la pureza de vuestros
corazones. Hace años que no hablo con nadie… humano. Aquí podéis permanecer cuanto
tiempo queráis e iros cuando queráis también. Nada ni nadie os lo impedirá. Yo
pertenezco a otro mundo, al mundo de las sombras y sólo puedo estar a la luz en
forma de estatua. Vuestras estancias están por eso iluminadas, para que nadie,
ni yo mismo, pueda haceros daño. Debéis prometerme que la carta leída la
olvidaréis, que sé que podéis, a diferencia del resto de los humanos. Ahora
seguir comiendo que no quiero importunaros.
Eso hicieron las gemelas, más por
precaución que por hambre. Pasaron unos eternos segundos y Laurita preguntó a
la estatua.
-
¿Porqué estáis solo? ¿No tenéis amigos? ¿Cómo os entrenéis?
Y
la estatua contestó.
-
En mi mundo no existe la amistad, porque
la inmortalidad lo impide. Somos como los dioses del Olimpo, pero sin más cualidad
que la mera existencia. Sí, estamos solos porque asustamos a aquellos que el
temor, el deseo de riqueza, el egoísmo, ha teñido sus corazones. Se han hecho
adultos, que dicen vuestros mayores. Sólo los corazones puros como los vuestros
temen sólo a lo desconocido. Ese es un temor natural, porque la bondad no cubre
a todos los seres. Mis antepasados fueron crueles y ese es mi castigo y mi
fama. Se me acusa de hechos horribles que no he cometido. Y sin embargo, no soy
perfecto porque la mortalidad en mí sólo es posible si mi alimento es esa cosa
roja que corre por vuestras venas y arterias. Pero no temáis, porque yo he
renunciado a la mortalidad desde que conocí a Lucy, la mujer del diario. Estuve
a punto de acabar con ella, pero he caído en la inmortalidad y renunciado a ese
alimento. Sé que Lucy vive. Sólo deseo que su recuerdo me consuele toda la vida;
y llamo “vida” a esto por llamar algo entendible a mi
existencia. Vosotras y vuestras amigas sois libres de hacer lo que os pida
vuestros deseos.
Entonces
Valentina, Laurita y sus amigas acabaron de comer, se cogieron de la mano y
desearon volver a La cueva de los sueños,
a su hogar. Y una vez de vuelta, dijo Laurita.
-
Me ha dado mucha pena, más aún que El
monstruo del Laberinto. Parecía tan triste y tan solo, y así para siempre. Y
pensar que estuvo a punto de matar a la chica del diario. Eso hubiera sido
horrible. Tenemos que volver a verle porque ahora somos sus únicas amigas -dijo
Laurita dirigiéndose a su hermana-.
-
Ni lo sueñes, Laura, ni lo sueñes -replicó Valentina mientras se sentaba
abriendo un libro-.
-
¿Y eso? ¿No te da pena? -preguntó Laurita-.
-
Porque he recordado una historia que nos leyó Guille, el chico que iba dos
cursos por delante de nosotras. ¿Te acuerdas que le gustaba asustarnos
leyéndonos historias de miedo? Pues tengo aquí el libro que nos leyó y su final
es distinto de lo que nos ha contado el
conde -dijo Valentina con mucho énfasis-.
-
No recuerdo nada. Quizá es que yo no estuviera ese día. ¿En qué es distinto?
-
Que Dracul sí mató a Lucy.
Madrid,
28 de octubre de 2010
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