LA BIBLOTECA DE MI
ABUELO BERTO (I)
por
Antonio Mora Plaza
PRESENTACIÓN
En
todas las historias que siguen de una u otra manera ha intervenido mi abuelo
Berto: bien porque me las ha contado, bien porque las escribió en solapas, páginas
en blanco y contraportadas de libros, bien porque las he reconstruido a partir
comentarios de mi abuelo, de reproches de mi abuela, o silencios de mi madre.
Mi abuelo era alto, muy alto, barbudo y
siempre con bigote. A mí se me hacía altanero, orgulloso, pretencioso; cuando
crecí descubrí que simplemente era alto. Tenía una biblioteca que de niño se me
hacía enorme. Siempre le conocí leyendo, manoseando libros. Solía decir: “El
placer de hojear un libro, tocar sus hojas, acariciar sus solapas es el principio
de la sabiduría”. Yo al principio no le entendía y un día le pregunté ante su
insistencia qué era eso de la sabiduría y me contestó: “no te puedo dar una
definición porque no creo en las esencias, pero lo importante es el trayecto y
te diré que la sabiduría es el poso de la destilación del conocimiento y la
experiencia”. Seguí sin entenderle y recuerdo que me hice la pregunta que yo
creía entonces original: “¿Cómo es que entiendo cada palabra y no la frase
entera?”. Él hablaba tan convencido que resultaba convincente. Yo siempre le
escuché con respeto y, con el tiempo, con admiración, aunque lo normal es que
hubiera sido al revés. Recuerdo que solía añadir más o menos que “en materia de
artes sólo se puede crear cuando te despojas de lo aprendido como el gusano de
su capucha y se convierte en cursi mariposa”. A mí se me hacía que hablaba
ampuloso, altisonante, críptico. No era tal: es que no sabía hablar de otra
manera. Otro día le pregunté por el secreto de la felicidad -frase que había
oído y que no era capaz de desprenderme de ella- y me sorprendió su enfado: “Ya
te he dicho que no creo en las esencias, maldito sea Aristóteles y toda su
progenie escolástica. No sé lo que es, pero sé cómo se alcanza: convierte tus
medios en fines”. Debí poner tal cara de no entender nada que se sentó –yo ya
lo estaba- y me dijo ya más relajado y echando para atrás su corpachón:
“Procura tener gustos y deseos que te permitan llegar a viejo habiéndoles dado
satisfacción”.
Mi abuela Francisca, su mujer, tuvo 7
hijos. Era también sabia a su manera y, aunque tenía poco tiempo para leer,
usurpaba alguno a sus tareas domésticas para dar rienda suelta a su curiosidad.
Se sentaba al caer la noche siempre en la misma butaca y leía. Era recia,
gordita, no muy alta y de voz grave. Mandaba en toda la casa, en la hacienda y
en la vida de su familia, excepto, claro está, en la biblioteca de mi abuelo.
Cantaba muy bien y cocinaba mejor. Nunca me llamaba por mi nombre sino “nieto”.
Siempre la llamamos Francisca, nunca con un diminutivo; mi abuelo, que era
Humberto, en cambio le llamamos siempre Berto. Mi abuela estaba siempre
presente, cuando se la necesitaba y cuando no.
Tenían
un perro que se llamaba “Lanas”. Siempre estaba con mi abuelo en la biblioteca
y cuando cogía un libro, se sentaba, le miraba y esperaba. Cuando salía mi
abuelo de la biblioteca, Lanas se iba a la vera de mi abuela. Tenían también
una gata que se llamaba “Turca”. Nunca la vi por el suelo y cuando se movía
saltaba de mueble en mueble: nunca pisaba el mismo suelo donde pisaba el perro.
Era muy orgullosa y señorita la jodia. Se dejaba acariciar, pero cuando se
cansaba se iba de tu lado sin avisar. Ahora ya no están ni mis abuelos ni sus
animalitos, pero tengo la mejor herencia posible: su recuerdo y su biblioteca.
Los relatos, cuentos y leyendas que siguen –y otros que seguirán en el futuro- son
mi homenaje.
El
nieto.
Madrid, un día de mayo de 2008
HUMBERTO, MI ABUELO
Ahora
tocaría hablar algo más sobre mi abuelo. Se llamaba Humberto, aunque les
llamábamos Berto y era linotipista y lo tenía a gala; en cambio ocultaba que
estudió en la Universidad. Era muy culto y coleccionaba libros. También narraba
historias y un día le pregunté si lo que contaba era vivido o inventado y me
contestó:
-Si no fueras mi nieto te diría que esa
pregunta es un tanto impertinente, pero te diré que es lo mismo, porque la
memoria no distingue entre lo uno y lo otro.
El
decía que era un “ateo panteísta” y
como quiera que yo le señalara que eso podía ser contradictorio me dijo:
-Se puede tener fe y ser agnóstico porque la
fe no consiste sólo en creer lo que no ves o lo que la ciencia aún no explica,
sino en creer en lo que puede existir aunque no exista; consiste en creer que
todo lo real es racional y todo lo racional es o puede ser real si está exento
de contradicción.
Yo no
le entendía del todo, pero siempre le escuchaba con atención y respeto. En otra
ocasión le espeté:
-Abuelo, qué piensas de la muerte.
Mi
abuelo, circunspecto, me contestó con una pregunta:
-¿Tu recuerdas no haber existido?
Le
dije que no con la cabeza y él, extendiendo el dedo índice me contestó:
-Entonces siempre estamos vivos, de una o de
otra manera.
Ahora
mi abuelo no está entre nosotros, pero hojeando uno de sus libros dejó escrito
en una contraportada esta minibiografía que transcribo a continuación:
Recuerdo
siendo niño emplazar a un compañero que yo tenía por listo y leído: “Pues yo me
propongo leerlo todo, hasta el Ramayana y el Mahabarata”. Estábamos entonces en
los estudios primarios o similares, antes de hacer el ingreso al bachillerato
elemental. Luego fui creciendo, acabé el bachillerato y sentía que no podía
cumplir mi propósito porque, paradójicamente, debía estudiar para aprobar y
acabar los estudios. No lo pasé mal en
los pocos años de Universidad, pero las ilusiones primeras se fueron apagando
poco a poco cual candil que consumiera su mecha. También me sentía frustrado y
culpable porque al estudiar lo que me obligaba la carrera era tiempo perdido
para el sueño de mi niñez y, cuando satisfacía mis deseos, mi conciencia me
torturaba pensando en los perjuicios que ello ocasionaba a mis intereses más
inmediatos. Así transcurrieron mis estudios, con la sensación de perder el
tiempo hiciera lo que hiciera. Trabajé durante 40 años en una imprenta y en un
trabajo que no me gustaba y con unos compañeros que no me aportaron nada. Me
jubilé tempranamente y he leído todo lo que he podido, todo lo que ha caído en
mis manos, porque a casi nada hago ascos y, sin embargo, siento que el mar de
lo desconocido ha inundado las pequeñas islas de mis lecturas. He perdido tanta
vista que apenas puedo leer y recuerdo con añoranza las noches que a la luz de
un candil, a hurtadillas, debajo de las sábanas, como un ladrón que robara
tiempo al sueño, me permitieron disfrutar de mis primeros libros. Ahora que
siento próximo mi final y que soy capaz de mirar a la cara a la “vieja dama”,
pienso que aquella promesa que hice tan temprana y temerariamente, ese pequeño
delirio de grandeza, ha condicionado mi vida y no me ha hecho ni más sabio ni
más feliz, y que la mejor promesa no vale un ardite. Este es el resumen,
lección y epitafio de toda una vida. Por cierto, aquel compañero de la niñez
murió también de niño, pero yo lo he sabido ahora, ya anciano.
Quizá
no se adapta del todo a la verdadera biografía de mi abuelo, pero como decía
él: “Lo real y lo inventado tienen el
mismo valor con tal de que ambos sean verosímiles”. No hago más comentarios,
pero sí recuerdo que poco antes de morir le pregunté con pena no disimulada si
había sido feliz y me dijo:
-Sí, lo he sido, porque no puedo imaginar
nada que me gustaría hacer que no haya hecho o intentado. Toma nota.
¡Qué
grande era mi abuelo!, siempre tenía una contestación para todo, pero no era
una simple ocurrencia, sino siempre fruto de la reflexión, cuya semilla era la
experiencia y sus muchas lecturas.
Ahora
que estoy huérfano de abuelo apenas tengo respuestas para tantas preguntas.
Madrid, 1 de junio de 2008
HISTORIA
DEL ESPEJO Y LA SOMBRA
Mi abuelo por parte de madre me dejó su
biblioteca, cosa ya sabida. Era voluminosa y exquisita: ¡una verdadera joya!
Hojeando un día un libro que era una traducción del árabe pude leer la historia
que sigue y que reconstruyo fiándome de la memoria. Así comienza el cuento…
…Había en Bagdad un beduino burlón que
de todo hacía chanzas y un día se encontró una botella en medio de las dunas
del desierto. Frotó la botella diciendo: -Vamos, mago vidrioso, hazte presente que te
pediré un imposible, a ver si eres capaz de cumplirlo.
Pasaron los minutos y la botella parecía
hundirse en la arena sin que ni mago ni humo ni vapor salieran. El beduino
montó en su camello y cuando hubo recorrido 2 horas se encontró otra botella.
La tomó de nuevo para hacer nuevas gracietas cuando se dio cuenta de que era la
misma. Asustado montó de nuevo en su camello para dejar lo más lejos posible
ese extraño suceso cuando un genio vaporoso, gordinflón y movedizo espantó al
camello y el beduino beso la arena. El genio le dijo:
-Huidizo
beduino, pídeme lo que quieras y te será concedido”.
En el beduino, repuesto del susto, se
dibujaba una sonrisa en sus labios, síntoma de que su ingenio había zurcido
algo. El beduino le dijo al genio de forma enérgica:
-Hazme
a la vez alto y bajo, guapo y feo, bueno y malo.
Pensaba el árabe que tal petición era
una contradicción en los términos y no sería posible atenderlo ni por el más
mago de los genios ni por el genio más genial de los magos. Pero he aquí que el
genio de la botella contestó:
-Sea,
tú lo has querido, a partir de ahora será un espejo.
En efecto, el espejo reflejaba siempre,
no la realidad, sino los deseos de los que se miraban, y así, los bajitos no se
veían como tales, los feos se atusaban hasta parecerse a sí mismos galanes y
los malos, de puro mirarse, se olvidaban de cualquier arrepentimiento. Pero el
beduino, convertido en espejo en el
cruce de caravanas que era Bagdad, vio como su cuerpo se ajaba rápidamente y un
día rogó al genio que se le apareciera porque estaba arrepentido de sus burlas
y chanzas. El genio apareció y el beduino-espejo le preguntó porqué envejecía
tan rápidamente y el genio contestó: -Lastimado beduino, el espejo está dotado de
virtudes, pero tiene un defecto que es la causa de tu decrepitud: no resiste la
mentira.
A lo que el beduino le suplicó:
-Si
no puedes volverme a mi ser anterior conviérteme en algo eterno -pensando
de nuevo que era un imposible, incluso para tan etéreo ser.
El genio le contestó:
-Sea,
serás eterno mientras exista la luz y los objetos materiales -y le
convirtió en una sombra y añadió:
-Serás
casi eterno, pero te arrastrarás siempre, todos te pisarán y dependerás del Sol
para renacer todos los días y, lo peor, cuando te sientas preso de la
desesperación no podrás recurrir al suicidio porque no eres libre, dependes de
todo lo demás.
Y el genio se plegó a la botella.
Mi abuelo dejó en la contraportada la
siguiente nota: “Esta historia es la más
antigua de las historias, anterior a los poemas indios y árabes, anterior al
Gilgamesh, anterior al mito de Osiris y de Moisés y, claro está, anterior al
mito de la caverna de Platón. Ahora ya sabemos que las sombras que dibujan los
objetos tuvieron su origen burlesco y su final trágico en el cruce de caravanas
camino de Bagdad”.
¿Tenía razón mi abuelo? No lo sé, a mí
sólo me toca disfrutar de la historia y espero que los lectores de ella
también. Recuerdo que me dijo que su fuente de inspiración habían sido los
cuentos de Sherezade y añadió:
-Las
mil noches y una noche es el libro que más admiro porque está exento de
retórica: ni un verbo de más ni un adjetivo inadecuado.
Yo le señalé, no sin cierta maldad, que
él adolecía al hablar precisamente de esa retórica cuya ausencia en los demás
tanto valoraba. Mi abuelo, quizá algo molesto por mi tono inquisitorial, se
quitó las gafas, se sentó, me hizo sentar y me soltó lo que sigue:
-Es
mi opinión como lector. El estilo retórico, ampuloso, indica deseo de
inmortalidad, y no me refiero exclusivamente a la obra, sino también a la
persona; en cambio, quién o quiénes escribieron los cuentos de Sherezade sólo
buscaban entretener; el que escribe retórico piensa en él y en su sustento, el
que escribe sencillo piensa sólo en el lector.
No insistí más en el tema porque está
vez me había convencido y añadió en tono más relajado:
-El
cuento del Espejo y la Sombra es quizá el único que he escrito para niños,
porque sólo siendo un niño puede aceptarse como verosímil. Algún día te
explicaré las dos características que debe reunir cualquier relato, cualquier
obra de arte; ahora es tarde y tu madre te espera y a mí tu abuela Francisca.
Nos despedimos. El se quedó como siempre
hojeando sus libros y yo intrigado por sus palabras.
Madrid, 25 de mayo de 2008
EL
AZAR NO EXISTE
Esta es una historia reconstruida a
partir de notas de mi abuelo. Más parece un sueño que una historia real por su
contenido –Freud diría que manifiesto, según la traducción clásica en español-
y por su estilo taquigráfico. Siempre me resultó curioso la riqueza de
sensaciones de los sueños y lo pueril que resulta contarlos en la vigilia: si
no le añades fantasía a la fantasía la narración de lo onírico parece un árbol
deshojado, liviano y grisáceo. Ahí va la breve historia.
Hallábame
en un librería y tomé un libro al azar, abrí por una página cualquiera y empecé
a leer en el primer párrafo en el que mi vista se posó. El texto decía: “El tiempo es el instinto de la memoria”, y
a continuación seguía: “Si volvieras a
abrir otro libro al azar y encontraras la misma combinación de palabras
anteriores –tiempo, instinto y memoria- te será dado la ¿virtud? de la
inmortalidad”. Más sorprendente incluso que lo anterior fue lo que siguió: “… pero ha de ser fruto del azar, nunca ha
de ser buscado; por el contrario, si tu búsqueda fuera fruto del deseo, tus
días estarán contados”. De la impresión se me cayó el libro de las manos y
una hermosa joven me ayudó a recogerlo, quizá apiadada de mi provecta edad. Era
hermosa, alta, con el pelo recogido con una ancha cinta y portaba un vestido de
una sola pieza, de vivos colores, que le tapaba hasta el tobillo. Le di las
gracias y cuando se alejaba ya de espaldas a mí me dijo:
-No olvides la página y el párrafo que has
leído.
Miré
la página instintivamente y sin recuperarme de la sorpresa busqué a la mujer
con la mirada, pero esta había desaparecido. La página era la 365 y el párrafo
el 24. Esto me ocurrió hace 10 años. Desde entonces he estado obsesionado con
visitar librerías y bibliotecas, tomar libros al azar –con los ojos cerrados-,
leer la página 365 -si tantas tenía el libro- y contar las líneas hasta la 24.
Y siempre me preguntaba: ”¿debería ser
azaroso el libro o también página y párrafo?”. Así transcurrió el tiempo
hasta que ayer descubrí por error una librería de viejo y tomé un libro como
siempre al azar y, ¡oh sorpresa!, en la página 365, línea 24, decía las mismas
palabras: “El tiempo es el instinto de la
memoria”. El libro se me cayó de nuevo de las manos, me temblaron las
piernas y me tuve que apoyar en una mesa cercana para no caer. Y de pronto, de
espaldas a mí, la misma voz que oí hacía un decenio decía:
-Tomad el libro que tanto anheláis.
La
mujer se alejaba de espaldas; su vestido y su porte era el mismo que el de
antaño y, como quiera que yo deseaba ver el rostro de quien me traía la buena
nueva de la vida eterna, la tomé del brazo y la giré hacia mí. Lo que vi me
horrorizó: sí, llevaba el mismo vestido, la misma cinta, tenía el mismo pelo,
pero su rostro era el de una anciana decrépita. Recuerdo que sólo la pude
preguntar: “¿Porqué?”. Ella me
contestó: “El azar no existe”, y
desapareció.
Desde
entonces no he vuelto a leer un libro de más de 364 páginas, ni he vuelto a
pisar una librería.
Pregunté
a mi abuelo en el último año de su vida si creía con Freud que los sueños son,
sin excepción, una realización de deseos, y recuerdo que me contestó desde una
escalerilla que tenía para alcanzar los últimos anaqueles de la biblioteca:
-Ay, Freud, el primero y el último: el
último mago y el primer científico de la mente, el último alquimista, gran
especulador y ¡qué gran dramaturgo hubiera sido! Abrió un mundo nuevo –o como
dice un filósofo francés, un nuevo continente del conocimiento-, pero no estoy
seguro de que no sea todo un castillo de naipes, un monumento a la oquedad.
Y a continuación algo que para mí ha resultado siempre enigmático a
pesar de su comprensión: “Sin método no
hay ciencia, pero sólo con él, tampoco”.
Aquí
me perdí, pero lo dejo tal como lo oí de sus labios por si un avispado lector
entiende mejor a mi abuelo.
Madrid, 27 de mayo de 2008
LEYENDA DEL GUACAMAYO
Esta historia me la contó mi abuelo. No
haré ningún comentario. Dice así:
Hace 2 días que estaba en mi casa de
Lima, en Perú, y cuando tomaba la pluma para contarles la increíble historia de
un ave de vivos colores, el pecho azul y verde, las plumas exteriores azules
brillantes y la cola roja, que es conocido por guacamayo, se me ha posado en el
alféizar de la ventana un ave de estas características. La cosa no tendría
mayor importancia si no fuera por 2 hechos que relato a continuación: que me
disponía a contarles precisamente una leyenda sobre esta ave que no espero sea
creída ni por el más creyente en leyendas ni desmentida por el más incrédulo de
los escépticos; y que el ave que se posaba en la ventana me saludó con estas
palabras:
-Soy
Celso Gomes, investigador y extravagante.
Es conocida la capacidad de aprendizaje
de estas aves y sus dotes de imitación de la voz humana o de cualquier sonido,
pero lo que me dejó impávido fue lo que dijo a continuación:
-Creo
que ya he pagado mi culpa y anhelo la libertad como la más libre de las aves y
como el más soñador de los humanos. El emperador ha muerto y sin embargo…
Les contaré la leyenda a continuación
para que puedan hilvanar los hechos con la urdimbre de la memoria.
Cuenta la leyenda que un día el
emperador inca, descendiente del Sol como todos los emperadores, se adentró por
tierras conquistadas por su pueblo -los quichuas- a lules y tonocotes, cuando
en uno de sus paseos en parihuelas se le acercó un viejo que le dijo:
-Suplico
¡oh señor emperador! por mi hijo que ha sido condenado a muerte.
El emperador le preguntó “cual había sido su ofensa”, a lo que el
anciano contestó:
-Tener
hambre y robar para él y para la familia, porque llevamos un mes sin alimento
por las malas cosechas”.
El emperador parecía consternado, pero
esta fue su respuesta:
-Comprendo
tu inmenso pesar por la vida de tu hijo, pero yo tengo que respetar las leyes
que yo mismo he impuesto; de lo contrario no sería un legislador respetado,
sino un déspota arbitrario.
Y el emperador se alejó en su liviano
trono sostenido por 12 funcionarios del Templo del Sol. El anciano se tendió en
el suelo desesperado, hundiendo su cabeza en el barro hasta casi perder el
sentido, y los miembros de la tribu que allí estaban congregados quedaron mudos
y cabizbajos. Pero apenas anduvo la comitiva una distancia que la leyenda no
precisa, cuando uno de los funcionarios tropezó e hizo caer a todos hasta dar
con el emperador en el barro. Los funcionarios se temieron lo peor por haber
provocado el contacto del descendiente del Sol con el suelo. Por el contrario,
mandó el emperador volver sobre sus pasos y llegar de nuevo hasta donde el
anciano aún permanecía ahora arrodillado y le dijo:
-Apenado
anciano, no puedo ir contra la justicia sobre los humanos, pero es potestad mía
decidir sobre el resto de los seres vivos. Tu hijo, tú y tu familia vendréis a
mi palacio, pero tu hijo no podrá tener forma humana mientras yo viva: será
convertido en un ave maravillosa, de vivos colores y de incansable piar. Esa es
mi última palabra y no hay réplica posible.
El noble anciano asintió con la cabeza y
así ocurrió. Una vez en el palacio, un mago enseñó al converso guacamayo a
hablar, puesto que hasta entonces y según la leyenda, estas aves eran
cantarinas pero no habladoras ni imitadoras. Toda la familia trabajó en el
templo del emperador hasta que éste murió y desde entonces todas la aves
imitadoras, loros, papagayos y calandrias, han aprendido tan noble arte del
guacamayo-ladrón y transmitido a generaciones futuras.
Quedó consternada de nuevo la familia,
sin trabajo ante la muerte del emperador, pensando de nuevo que su único camino
para sobrevivir sería el robo; al menos les consolaba el hecho de que, de
acuerdo con la sentencia del emperador, su hijo volvería a la forma humana una
vez muerto aquél.
Y aquí acaba la leyenda que estoy
traduciendo del quechua. Hasta hace dos días no tenía despejada la duda de qué
fue del hijo ladrón convertido en guacamayo y de su familia, pero ahora la duda
se ha transformado en asombro y consternación: ¿el ave que tengo en el alfeizar
de la ventana es el hijo-ladrón transmutado en guacamayo? ¿Si es así, porqué no
se cumplió la palabra del emperador? ¿Quizá sea inmortal y su muerte una falsa
leyenda? No lo sé y lo que es peor: no sé qué hacer con tan parlanchina ave, ni
como tratarla, si como ave o como humana. Creo que arrastraré la duda toda mi
vida.
Lo único que sé de cierto de esta
historia es que mi abuelo tenía una casa en Lima que no sé que ha sido de ella.
Madrid, 29 de mayo de 2008
FREUD
Y EL SUEÑO DE LA DAGA
Esta podría considerarse una historia apócrifa del
psicoanálisis porque nunca leí algo parecido en mis lecturas del genio vienés.
Mi interés no es la biografía ni la información, sino la reflexión. Conocí a un
especialista en Freud que estaba
haciendo una tesis sobre el origen y la importancia de los sueños en el
nacimiento de la ciencia de la mente. Su nombre no tiene importancia, pero sus
palabras me dejaron intrigado: “me tesis supone una revolución a la par que una
revelación del creador del psicoanálisis. Si tengo éxito gran parte de la
profesión y los cimientos de la ciencia del diván serán puestos en un brete”.
Yo le miré con atención, extrañeza, intriga y escepticismo. Profano como
científico, he sido asiduo lector de sus obras; así, a los 15 años leí su “Psicopatología de la vida cotidiana” que
me dejó vivamente impactado y con la sensación que un mundo nuevo se me abría
en mi mente. Ya entonces comencé a atisbar de que eso de que somos seres
racionales es un cuento de curas y de algún cartesiano despistado. El caso es
que, bien fuera porque mi cara delataba el velo de escepticismo que amenazaba
sus palabras o bien por la impaciencia de mi amigo en dar a conocer su tesis,
sin esperar mis palabras añadió:
-No digas nada, paso a referirte un sueño
que ocultó el autor y que resulta revelador.
Y así
comienza el relato del sueño:
“Apenas tuve tiempo de despertarme y la
pesadilla empezó a ser realidad. Había soñado que tomaba un libro de la
librería de mi habitación, que aquél se convertía en una pesada daga, que me
dirigía al cuarto de mis padres que dormían plácidamente y que les hundía en
sus cuerpos ese instrumento que ahora me parecía liviano; que clavaba y
desclavaba hasta desaparecer la blancura de las sábanas y caer la sangre por
las patas de la cama. Me dije: “esto no es un crimen, sino un justo castigo por
no recibir regalos por mis cumpleaños como los otros niños, por obligarme a
estudiar en lugar de dejarme jugar a la pelota, por castigarme en mi cuarto sin
salir cuando hurgaba entre sus cosas.
Al fin desperté, me vestí
temblando y en ese momento me vino a la cabeza el libro que fuera daga en el
sueño. Me dirigí a la librería y comprobé aliviado que estaba allí. Sin
embargo, con todo el aire aún en los pulmones, se me aceleró el corazón y el
vacío se me hizo en el estómago: el libro estaba boca abajo, cuando yo estaba
seguro haberlo hojeado y colocado boca arriba el día anterior. Me dejé caer en
la cama tiritando a pesar de ser verano: sólo era capaz de mirar de reojo al
pasillo que daba a la puerta de mis padres.
Agotado por el miedo, me volví a
dormir –eso creo- porque me despertó un policía y una señora para mí
desconocida y me hablaron de un terrible suceso en mi casa. Ahora soy adulto y
no recuerdo bien sus palabras, pero me dijeron que mis padres habían muerto y
creían que el motivo era el robo. Sin embargo a mí siempre me ha angustiado dos
cosas: que no encontraran a los culpables y que el instrumento del crimen
fuera… un afilado abre-cartas que tenía mi padre en el escritorio, donde
guardaba… sus cosas”.
Es
sabido que Freud no mató a sus padres pero mi amigo, el especialista, me dijo
que este sueño condicionó su obra. Mi curiosidad me llevó a pedirle que sacara
algo de su valioso tiempo y que me lo explicara porque, a pesar de lo que
traslucía el sueño narrado, no veía la relación y la importancia entre él y el
giro copernicano que su tesis pretendía. Y mi
amigo me dijo:
-El sueño referido es sólo una muestra
significativa del resultado de mis investigaciones. La semana que viene tengo
un hueco y te llamaré.
Asentí con la cabeza. Sin embargo tengo que decir que la reunión nunca
se celebrará: ayer recibí la noticia de que mi amigo apareció muerte en su casa
apuñalado con un fino abrecartas. Como dicen los cristianos: “que descanse en paz”. No se sabe quién
le ha matado; no tenía -que se sepa- enemigos y no ha sido fruto de un robo,
porque todo en su casa ha quedado intacto. A mí me ha dado por pensar en cosas
que yo mismo no me atrevo a relatar. Es más, he empezado a tener un miedo atroz
de mi amistad con el amigo muerto. Sé que es irracional, pero no lo puedo
evitar. Espero que con el tiempo se me pase.
En
esta historia no intervino mi abuelo, pero me hubiera gustado saber lo que
pensaba acerca del sueño. Tenía una opinión entre crítica y escéptica del genio
vienés, como se refleja en otra historia de este conjunto de historias. Ahora
está de moda decir que no puede ser científica una teoría que no pueda ser
refutada mediante los hechos. Yo soy, en cambio, un admirador suyo, pero me
pone nervioso que nunca pueda distinguir entre lo característico y lo
patológico. Probablemente se deba a mis limitaciones.
Madrid, 31 de mayo de 2008
EL ALQUIMISTA DE TOLEDO
En la ya referida biblioteca de mi abuelo había algunos libros del
viejo arte de la alquimia, el arte por excelencia de muchos pueblos: de chinos,
indios, babilonios, egipcios, árabes, etc. Hojeando varios de ellos me llamó la
atención uno por sus excelentes dibujos de los aparatos que usaban estos
predecesores, tanto de científicos como de charlatanes: destiladores,
alambiques, atanores, redomas, morteros, etc. Abrí por una página al azar y
encontré un texto que decía que…
…un día un alquimista de Toledo -ciudad
de tantas culturas, de tanta historia, de tantos conversos, de… tanto
sufrimiento- le dijo a su ayudante:
-Tengo
que salir a casa de un nobiliario señor y te dejo al cuidado de todo. No toques
ningún preparado, especialmente el contenido en la vasija de barro. Es un
destilado reciente del alambique nuevo, que dicen que es mágico y como tal lo
he comprado; ya sabes que los legos en la materia confunden y nos confunden
magia con alquimia, a magos y charlatanes con nosotros, los alquimistas
honrados. Volveré al caer la noche.
El ayudante, que no era tan honrado como
suponía el viejo alquimista, miró el contenido de la vasija que su maestro le
señalara y quedó asombrado del fulgor áureo que desprendía. Pensó que su
maestro había tenido éxito en su intento, como todo alquimista que se preciara,
de convertir algún metal innoble en precioso metal y se lo llevó a su casa sin
intención de volver: es decir, lo hurtó.
El
viejo alquimista, que tardó más de lo esperado, se encontró por la mañana sin
su preciada vasija, su anhelado precipitado y su engañoso ayudante y montó en
cólera. Salió a buscarlo y así estuvo durante 3 días infructuosamente. Al
cuarto día se enteró de que un joven había perecido en su casa sin señales de
haber sido golpeado o envenenado, sin motivo aparente de muerte, pero con un
hecho singular: las uñas de sus dedos se habían convertido en oro. El
alquimista ahora sintió miedo al pensar que pudieran relacionarle con él y que
su profesión, trabajo, incluso su vida, estuvieran en peligro. Pensó en la
vasija de barro. Afortunadamente no se encontró nada, puesto que el ayudante
acudía sólo por la noche y siempre solo al taller. Pasaron los días y el viejo
alquimista fue encontrando la paz y sosiego que requería su profesión. Siguió
con sus experimentos y preparados, utilizando la fórmula secreta heredada nada
menos que de Hermes Trismegisto y Helvetius. Así obtuvo un nuevo preparado en
una nueva vasija de barro de cuello ancho.
Decía
que todo fue así hasta que un día sucedió algo terrible: su apreciado gato
Tritón apareció muerto al lado de la chimenea. Al enorme disgusto por la muerte
de su minino se añadió una sorpresa doble: el gato estaba tendido plácidamente
y con la misma cara de satisfacción que cuando le acariciaba y aquél le
respondía con ronroneos; y la segunda sorpresa fue mayor: las uñas del gato y
todos los dientes estaban duros y fulgurantes. Los examinó y no hubo duda: eran
de oro a pesar de su brillo. Procedió a disecar a su querido animal para
tenerle siempre presente cuando de nuevo otra sorpresa: no sólo eran de oro las
uñas y los dientes, sino todo su esqueleto y se preguntó: “si esto es así, donde esté enterrado mi deshonesto ayudante hay una
verdadera fortuna”. A veces la codicia hace presa de los seres humanos y
hasta el más honrado se ve arrastrado por el diablo de la tentación, y nuestro
viejo alquimista buscó durante días la tumba de su ayudante-ladrón hasta que la
encontró. Tampoco fue difícil porque, dada las extrañas circunstancias de su
muerte, no fue enterrado en el amplio lugar del cementerio dedicado a los que
fallecen en gracia, sino el apartado para los que han llevado una vida de
pecado, para los falsos conversos, impíos y adoradores de falsos ídolos. Y
cuando, acompañado de una carreta tirado por un caballo percherón, procedía al
desentierro de su joven ayudante, un alguacil le vio, le detuvo, le llevo al
justicia y fue condenado a 10 años de prisión por hurto; y gracias que no fue
condenado por sacrílego, por no ser la tumba de un cristiano o converso.
Una
vez en la cárcel pidió al alcalde de la prisión que le trajeran todos sus
aparatos de alquimia, sus preparados y sus innobles metales. Se sentía viejo y
enfermo, pensaba que no saldría vivo de allí y se dijo: “puesto que no tengo ya salida de este sitio y no tengo miedo a la
muerte, comprobaré yo mismo esta calcificación áurea de mis experimentos.
Pasaré a la historia de la alquimia, puesto que mi vida ya lo es”.
Extrañamente el alcalde cedió a su petición, pensando quizá que nada tenía que
perder de ese mago –porque para él todo eso era magia- y sí que ganar en el
caso de que el alquimista tuviera éxito antes de que el Altísimo se lo llevara
a su seno o Satán a su madriguera. No pasaron muchos días cuando los rudos
carceleros de la prisión se encontraron al alquimista muerto, pero lo que les
dejó asombrados fue su expresión: estaba sentado plácidamente en el jergón de
paja de su celda, una sonrisa cruzaba su cara de lado a lado y el libro de Thot
a sus pies. Había también no muy lejos una vasija de barro exhalando un fulgor
áureo, un alambique vacío pero aún caliente y una nota de amarillo brillante
que decía: “He sido el primero y el
último: el primero de la nueva ciencia y el último de la vieja alquimia”.
También fue enterrado muy cerca de su ayudante-ladrón por mago y suicida.
El
autor de este relato no dice en qué lugar del cementerio están enterrados
ambos, pero yo, que nací en Toledo y donde ahora vivo sé dónde están. A veces
voy a ese lugar y piso sus tumbas y siempre tengo que evitar la tentación que
el lector puede imaginarse.
Sobre
este relato le pregunté a mi abuelo si la historia era inventada o había algo
de verdad y me contestó:
-Eso no tiene importancia. La dificultad en
la literatura es contar algo que sea a la vez verosímil y sorprendente. Casar
ambas es muy difícil: si se consigue surge el arte. Y esto vale para todas las
artes”. Asentí con la cabeza y me quedé pensando. Mi abuelo tenía siempre la
virtud –o la maldad- de hacerme pensar sin saber muy bien si lo era por la
profundidad de su pensamiento o por la intriga con que lo exponía. Si lo tiene
el Diablo en su seno seguro que será un buen compañero de tertulia.
Años
más tarde, cuando estaba ultimando la biografía de mi abuelo, me encontré este
escrito en unos legajos que versaban sobre los trabajos del gran Newton sobre
la Alquimia: “Curiosa la relación entre
los alquimistas del Medioevo y la jerarquía del papado: los primeros buscaban
transmutar los innobles metales en oro para llegar a la vida eterna; la segunda
vendía la vida eterna a cambio de oro. Por eso se reveló Lutero y…”.
A
partir de ahí el texto se hace ilegible.
Madrid, 1 de junio de 2008
EL DIÁLOGO QUE PUDO
SER
Decía mi abuelo Berto que el escritor es como un camaleón: debe
camuflarse de cualquiera sin dejar de ser el mismo. Yo me atreví un día a señalarle que eso estaba más cerca de la
copia que de la originalidad y él me contestó frunciendo el ceño: “No me has
entendido. Si has leído mucho a un autor y sus aledaños no necesitas recordar
sus escritos cuando tomas la pluma –el utilizó siempre la pluma para escribir-,
sino que debes ponerte en su lugar, saquear su alma, adueñarte de su espíritu,
y la escritura fluirá conforme a tus deseos como el agua del río se adapta a su
terrenal contorno”. Mi abuelo era muy ampuloso cuando hablaba y gustaba de las
metáforas. El día que se lo hice notar me dijo: “la metáfora es la reina de la
república de las letras, que además tiene su rey y su príncipe”. Con tono
irónico le dije que para ser republicano a machamartillo hablaba con un
lenguaje inadecuado y me contestó: “Es otra metáfora cuyo rey es el divino
William y su príncipe nuestro gran Federico”. El lector no debiera necesitar
más aclaración, aunque yo siempre le entendía a medias y él lo sabía: eran
restos de su educación religiosa que dio como resultado su ateísmo panteísta y
su anticlericalismo. Mi abuelo es autor de este diálogo, fruto de un supuesto
encuentro entre Shakespeare y Cervantes:
S – Venid a mis brazos, querido Miguel.
C – Aquí os reciben, gran William, como han recibido
vuestras comedias: con agrado y con deseos de leer vuestras últimas obras y
conocer también vuestras andanzas en tierras tan septentrionales.
S – Leí
también la Segunda parte de vuestro
Quijote, estimado Miguel.
C – Yo he
disfrutado de vuestro Otelo, Rey Lear, Pericles, las últimas de las que he
tenido noticia. Pero sentaos y bebamos.
S – Bebamos
primero, Miguel, que la alegría del encuentro no necesita más acomodo.
C – Tenéis
razón, pero mis piernas, al igual que mi brazo, se fatigan más de lo que yo
quisiera. Sabed, estimado William, que tengo ya un pie en el estribo y siento
próximo el día de la cita con el Creador.
S – Yo
también siento próximo mi final y ya sin magias para encantamientos que
trasladar al teatro. Por eso os pido un juicio sobre mi obra: el vuestro será
la única sentencia que admita hasta el día del silencio eterno.
C – Vos
utilizáis la pluma como un cincel para esculpir en versos las pasiones que
guían nuestros actos.
S – Y
vuestra prosa es la paleta del pintor que refleja las grandezas y miserias de
nuestra existencia: ¿Quizá fuera mejor dejar el juicio sobre nuestras obras a
esos críticos que sellan el futuro por carecer del don de la fantasía?
C – Sea la
fantasía nuestro mejor epitafio.
S – Dejemos
nuestro destino a su suerte y hablemos de la farsa y del teatro, si os parece.
Para mí, la vida, farsa y teatro son la misma cosa. El mundo nos pone un traje
y nos fuerza a representar un papel que no hemos elegido, donde los locos son
los cuerdos y los cuerdos son locos sin imaginación: un cuento contado por un
loco lleno de ruido y furia.
C – No
andáis del todo descaminado, querido William, y próximas me resultan vuestras
palabras. Creedme si os digo que en la vida elegimos un papel y luego nos
ponemos el traje que mejor se ciñe a nuestros deseos, pero el tiempo hace de lo
real y de lo imaginado un puchero que no distingue paladares. Digno del gran
Sófocles es vuestro Hamlet; notable la escena de la llegada de los cómicos y su
parodia del mismo tema que en la obra toma asiento principal. El teatro dentro
del teatro: con ello convertís a los personajes en público y al público en
espectador de espectadores. Sin falsa adulación, diría que vuestro ingenio
mostrose alado como nunca.
S –
Adulación por adulación, genial resulta la aparición del Quijote y de su autor
en la Segunda parte como personaje de la Primera: la novela dentro de la
novela. Nunca vi cosa igual. Con ello conseguís que sea leído como historia
aquello que es producto de la fantasía. Y qué decir del diálogo entre caballero
y escudero que es vuestro Quijote todo: lo que de mísero y de noble tiene
nuestra existencia cabe en él, en él se sustenta y a élla representa.
C –
Temeridad por temeridad, que sean los tiempos venideros los que lancen su
juicio de nuestras andanzas en la república de las letras: ¿os parece?
S – Sea,
aunque yo vivo y preocúpame sólo el presente; de él como, por él siento y a él
lego mis obras.
C – ¿Sois
creyente, querido William?
S – No como
vos, estimado Miguel: no puede imaginar ese lugar donde no retorna viajero
alguno. Yo, en cambio, sé que vos sois piadoso, pero contemplo en vuestras
obras ímprobos esfuerzos para aceptar al Dios católico de la Iglesia de Roma.
C – Si no
otearais como lo hacéis el corazón del hombre, no podríais ser padre de tantos
corazones que palpitan en vuestras obras. Dejémoslas a los demás como herencia
y guardemos como en cofre el secreto de nuestras creencias, ¿trato?
S – Trato.
Fijaos que no cumplimos las promesas, y al final hablamos de nuestras obras y
no de nuestras vidas.
C – Ha
querido el Cielo o el destino que en nosotros ambas se confundan. Pero sigamos,
aunque para ello sea menester dejar en la vereda nuestras promesas.
S –
Vuestras comedias son entretenidas, regocijantes y bien tramadas, y vuestro
verso notable, aunque yo no domino vuestra lengua como para estar atinado en la
crítica, ¿Por qué entonces os pasasteis a la forma novelada?
C – Esta
vez no me dio el Cielo la gracia que dio a Lope, a Góngora y a otros muchos
poetas de esta edad dorada de nuestra república. A cambio, fui el primero en
novelar sin copia ni imitación, sin la aguja italiana a la que otros se
aferran. De nuestra vida somos deudores del Altísimo y no debemos malgastarla
en caminos que nos importunan. El Quijote, en gran medida, es fruto de la
casualidad y se ha inspirado en un anónimo, en el que un lector de romances se
vuelve loco, sale a los caminos y retorna a su hogar apaleado. Allí vi a
personajes y aventuras como en semilla: la fantasía y las ansias hicieron el
resto. Sin embargo, mi verdadera novela es el Persiles, que aún no ha salido a
la estampa: ahí es dónde expreso mi ideal de esta cocina de conceptos y sonidos
que es esta nuestra república de las Letras. Pero hablemos de vos. Sois un gran
poeta, como puede apreciarse por vuestros sonetos, por vuestro Venus y Adonis,
y por la historia de Lucrecia, que tan maravillosamente habéis versificado,
aunque yo, que apenas conozco vuestra lengua, tenga que dejar su juicio en suspenso
¿Por qué os fuisteis al terreno de la comedia?
S – Como
vos sabéis, empecé siendo actor antes que autor, y aún antes fui guardador de
caballos. Nuestras comedias no eran dignas de las que nos precedieron en Grecia
y en Roma: o eran malas imitaciones o peores traducciones. En común tengo con
mis contemporáneos, Johnson y Marlowe, su destino: servir a una jauría, nuestro
público, que había que aplacar con terribles sucesos, captar su atención con
tramas intrigantes y lanzar versos como dagas, que más hieren el corazón que
mueven el pensamiento. Apenas había un momento para el sosiego; sólo cuando la
fiera aplacaba sus instintos lanzaba algún que otro monólogo y remansaba la
acción para volver, al poco tiempo, al delirio, a la pasión de mis criaturas, a
su destino inevitable. Quizá vos habéis podido elegir, pero yo no escribí para
la posteridad, sino para comer, respirar y vivir. Insisto: la vida es una
farsa; ponerle pluma y tabla y tendréis el teatro, la representación de una
representación, comedia para comediantes.
C – Sé que
vivís por y para el mundo de la farándula, y que habéis alcanzado a nuestros
antepasados, Eurípides, Plauto, Ovidio y a otros tantos modelos de la
antigüedad, y diría que los habéis sobrepasado en trama y determinación. Yo he
repartido, como vos sabéis, mi vida a partes iguales entre las armas y las
letras. Fui marino en Lepanto, en la más alta ocasión que vieron los siglos.
Allí quedé manco, pero el orgullo de aquella victoria fue bálsamo para mis
heridas. Para mí el teatro encierra la vida pero no la sustituye; nos
adentramos en vidas inventadas, pero sin confusión con la propia; respiramos
otros aires durante breves momentos, pero el aire que nos alimenta lo llevamos
con nosotros cuando la farsa acaba. La vida tiene su fin que la comedia no
puede torcer. Acepto que la vida es comedia, pero esa comedia no cabe en las
tablas de un teatro.
S – Sin
embargo, sí habéis logrado confundiros con vuestros personajes y no creo
adularos en exceso si dijera que vos y vuestro Quijote sois una misma cosa.
Confusión por confusión, el teatro es para mí lo que vuestro hidalgo es a vos.
C – No vais
descaminado, pero ello surgió sin propósito, como por encantamiento y
carcelariamente. Sin embargo, El Quijote es un ideal que ningún mortal puede
alcanzar, al igual que vuestro Hamlet, al que yo veo tan entremezclado con vos
en sus reflexiones y en sus pasiones que apenas podría distinguiros. Confusión
por confusión.
S – Pero
recordar su final: muere a manos de otros tras cumplir su venganza; vuestro
Quijote muere tras recuperar el juicio. ¡Querría para mí el final de vuestro
héroe aunque mi corazón se acompasa con Hamlet!
C – Sí,
pero recordad los principios: El Quijote se volvió loco a causa de sus
lecturas, vuestro Hamlet, príncipe noble y culto, se encuentra sin padre, con
la corona usurpada por su tío que además es su asesino y comparte el tálamo con
su madre; ¿Podría acabar de otra manera de no ser por mediación del Hacedor?:
del barro de la desesperación surgió el lodo de la venganza. Final terrible, pero
acomodado a su principio.
S – En
cambio, el final de vuestro héroe es reposado, recupera el juicio, hace
testamente y muere, pero me parece más terrible que el de Hamlet, porque muere
como personaje, muere su maravillosa locura al recuperar el juicio, muere sin
ver cumplir su ideal y su ideal muere porque su locura no es simiente de otras
locuras. Mi Hamlet también muere pero, al menos, mata la hierba putrefacta que
nace en la cloaca que es este mundo.
C – El que
siembra viento recoge tempestades, pero también una hierba sustituye a otra
hierba. Vos mismo decís en una obra que la “culpa no es de nuestra estrella
sino nuestra”. Vuestro Hamlet cambia la vida por la suya; El Quijote cambia el
mundo con su ejemplo; Hamlet siembra y recoge; El Quijote siembra, pero deja
que sea de otros la cosecha; Hamlet nos muestra lo que de innoble tiene nuestra
existencia, El Quijote lo ejemplar de nuestros pasos.
S – Con su
locura, El Quijote desnuda nuestras miserias.
C – Con su
venganza, Hamlet hace justicia.
S – Larga
vida a ambos.
C – Sea.
No soy
capaz de valorarlo, pero lo que sí me llama la atención es el perfecto
equilibrio que consiguió mi abuelo. No se puede decir que uno gane al otro en
el espacio utilizado, ni en la fuerza expresiva, ni en las emociones desatadas,
ni en la construcción de caracteres; y eso a pesar de que expresión, emociones
y caracteres sean para ambos tan dispares. ¡Nunca estuvo mi abuelo tan
camaleónico! Entonces aproveché la ocasión para preguntarle a cuál de los dos
le hubiera gustado parecerse o reencarnarse, a lo cual me contestó con cierto
desapego: “Cuando leas más a estos ingenios sabrás que me hubiera gustado
parecerme a uno, pero que en realidad me parezco al otro. En cualquier caso con
cualquiera quedaría contento. No te voy a decir la respuesta porque con el
tiempo la sabrás”. Ahora, cuando hace ya algunos años que de mi abuelo sólo
tengo sus libros y su recuerdo, sé la respuesta. ¿La sabría el lector?
Madrid, 3 de junio de 2008
EL TESORO DE LA FLOTA
Siempre escuché con curiosidad y satisfacción las historias que me
contaba mi abuelo. Bueno, siempre no. Esta es una excepción. De esta me
arrepiento, de esta maldigo el día que me la contó y cómo de forma inesperada
fui protagonista. Al final se verá porqué. La reconstruiré fiado de mi memoria,
puesto que de esta no guardo escrito alguno.
La
historia se remonta al saqueo de Cádiz por los ingleses en 1596 y su intento
frustrado de apoderarse de la flota de las Indias presta para zarpar a su destino. Allí y en Puerto Real
fueron quemados y hundidos muchos barcos por los propios marinos para impedir
que ingleses y holandeses se apoderaran de los muchos tesoros que guardaban en
sus entrañas. De allí surgieron muchas leyendas sobre tesoros hundidos y nunca
recuperados. Una de estas me la contó mi abuelo. Decía que una familia gaditana
que había seguido con una barcaza a uno de los galeones antes de hundirse, pudo
subir a la cubierta del barco y apoderarse de un cofre lleno de piedras
preciosas engastadas en oro. Mi abuelo siempre omitía los nombres propios para
–según él- no comprometer a nadie. Así era mi abuelo, muy radical para lo bueno
y para lo ¿malo?. Pero dice la leyenda que ese tesoro estaba maldito por
haberse obtenido en aquellas circunstancias: con robo y aprovechamiento de la
desgracia de toda una ciudad. El caso es que un día los propietarios gaditanos
decidieron venderlo a un rico comerciante de Cáceres que había hecho su fortuna
en las Indias, o dicho de otra manera, era lo que se conocía por un indiano. El
comerciante pagó la extraordinaria cifra de 5.000 ducados y cuando estaba
haciendo la transacción ante el Colegio Notarial de Cáceres, el rico indiano le
preguntó al cabeza de familia gaditano porqué no se quitaba los guantes y éste
respondió:
-Es una antigua costumbre de las familias
nobiliarias de Cádiz. Supersticiones en las que la libertad de obrar queda
atrapada como la polilla a la luz de la vela; a veces para siempre. No crea que
no es incómodo para un comerciante; supongo que usted tendrá también alguna
costumbre que no cuadre con la razón.
El
indiano asintió con la cabeza pero no dijo nada, y cuando ya habían firmado los
legajos e iban a estrecharse las manos como era costumbre para indicar que el
honor también tiene su papel, el indiano le quitó un guante y lo que vio le
estremeció: tenía la mano descarnada y ennegrecida. El comerciante gaditano
dijo que se trataba de una rara enfermedad de la piel, excusó sus prisas
alegando que le esperaba su familia porque hacía más de un mes que estaba lejos
de élla y se fue.
Cuando
todo acabó el indiano se llevó el cofre a su mansión de Trujillo y lo dejó en
el patio a la vista de todos porque le podía más la presunción que el temor a
los ladrones. Eso sí, dejó a su custodia 2 podencos de pura raza entrenados
sólo para la guarda. Y cuando familiares y visitantes le preguntaban si podían ver el tesoro él
siempre contestaba lo mismo: “Su valor
está sujeto a plazo; tiempos vendrán”.
En
realidad, y aunque presumía de valiente, algún temor irracional le corría por
todo el cuerpo y hasta por el fino traje. Pero como quiera que la tentación y
la curiosidad son la llave de muchas desgracias, uno de los invitados que
conocía a los podencos desde cachorros, les engatusó, se acercó al cofre, lo
abrió y cogió a la vez que miraba un puñado de piedras preciosas. El curioso
dio un grito espantoso diciendo: “¡Mis
manos, mis ojos!” y de él nunca más se supo. Bueno, nunca más no, porque
pasado cierto tiempo apareció un ciego con las manos vendadas que pedía como un
pordiosero pero que hablaba como un licenciado de Palencia. Muchos sospecharon
que era el mismo curioso que abrió el cofre, pero nunca pudo probarse. Lo que
sí dice la leyenda es que el indiano caído en desgracia logró vender el cofre
con su maldito tesoro a otro comerciante de Medinaceli que se había hecho rico
con el comercio de la lana. Éste, aunque no se sabe cómo, logro sacar las
piedras preciosas del oro que las aferraban y fundir este último con la
intención de venderlo; y cuando estaba en esa tarea en la fragua de un amigo,
empezó a sentirse mareado sin poder casi respirar y al tercer día se lo llevo
el Altísimo –al menos eso deseaba la familia-. Sin duda fueron los gases de la
fundición. Lo curioso es que esta vez los ojos y las manos quedaron indemnes.
La familia del de Medinaceli no quiso saber nada del maldito tesoro o lo que
quedara de él y vendió el oro a un rico escultor italiano que se decía heredero
en artes del mismísimo Donatello. Fundió el escultor las piezas y creó una
estatua que más que brillar fulguraba y tanto era su brillo con ser de ser de
oro la escultura que el escultor en poco tiempo quedó ciego, y a pesar de lo
cual decía: “Para un escultor las manos
son los ojos y sus dedos son su vista. En poco estimo el ver para mi trabajo y
en mucho gano con no ser testigo de la maldad de este mundo y de las miserias
de los corazones que lo habitan”.
Decía
mi abuelo que el consuelo es el bálsamo de la desesperación y no seré yo quien
le lleve la contraria. Pero, como siempre ocurre, los hijos del escultor no
pensaban lo mismo, enterraron la escultura en sus tierras de Toledo y las
vendieron sin decir nada. Dice la leyenda que desde entonces las tierras de los
cigarrales están malditas y buena parte de las muertes en Toledo a lo largo de
su rica historia no se debieron a la brutalidad de alanos, visigodos, árabes,
muladíes, cristianos o judíos que lo habitaron, ni a las pestes, ni a las
hambrunas, sino a las tierras de un ciego escultor que quedaron malditas.
Perdón por el anacronismo histórico, pero las leyendas no entienden de
historia.
Todo
esto son sólo pinceladas de una leyenda que un día le contó a mi abuelo un
amigo suyo. Un día se presentó a casa de mi abuelo el amigo cuando me contaba
una leyenda de un pájaro parlanchín e imitador que en tierras de América llaman
guacamayo. El caso me sorprendió porque el amigo llevaba unos finos guantes en
el mes de junio. Hablaron de unas tierras en Toledo. Recuerdo que se quitó uno
de los guantes y por el ademán debió enseñar la mano izquierda a mi abuelo,
pero yo quedaba a la espalda y no pude ver nada. Cuando se fue tomé un guante
que se había dejado el amigo y me lo puse. Mi abuelo que me vio me soltó un
grito atronador:
-Quítate eso, maldito curioso”.
Luego
de disculparse por el exabrupto me contó la leyenda. Desde entonces me miro las
manos continuamente y a veces creo tenerlas más ennegrecidas que el resto del
cuerpo. Desde entonces es una obsesión que me persigue. Incluso en pleno
invierno no me pongo guantes para poder ver mis manos continuamente. Sí, estoy
arrepentido de conocer esta leyenda.
Madrid, 6 de junio de
2008
LA INDIANA
Un
día le hice notar a mi abuelo que en sus relatos orales o escritos, o en las
notas que había dejado en los libros, nunca -o casi nunca- aparecían personajes
femeninos, ni tampoco algún amorío propio de la juventud. Mi abuelo se quedó
meditando y me dijo:
-Es cierto y no tengo ahora una explicación.
Para compensar te relataré una historia donde la protagonista es una mujer. Es
también ejemplo de cómo y porqué el buey de la fuerza de la razón ha de tirar
siempre del carro de la razón de la fuerza.
A
continuación expongo el relato que deseo que mi pobre ingenio no apague al
brillante orador que era mi abuelo Berto. Dice una leyenda sevillana…
…que llegó a Sevilla un rico castellano
que había hecho su fortuna comerciando con el trigo de su reino. Corría el año
1717 y aún en las Españas no se habían cerrado las heridas por las guerras de
sucesión a la corona. Nuestro rico comerciante, que aún era joven y soltero,
quería cumplir con el rito o el deseo –que cada cual lo cuadre como mejor
quiera- de ir a Sevilla, la ciudad de las maravillas, que como dijo el poeta “bien valía un doblón por describilla”.
Era justo el año en el que su Casa de Contratación perdía el monopolio sobre el
comercio americano por decisión del nuevo rey Felipe V. Y quiso la fortuna –o
más bien el infortunio, que esto es opinable- que se encontrara con unos
indianos en la Casa de Contratación, dueños de un barco, que según los deseos
del castellano les llevaría a las Indias; y quiso la misma diosa que le
mostraran los indianos –padre e hijo- un retrato al óleo de la hija y hermana.
El comerciante quedó tan prendado que les dijo a ambos: -Juro que invertiré mi
tiempo y mi fortuna hasta conseguir casamiento con tal beldad, humana
representación de la diosa Afrodita.
Los dos familiares se miraron nada
sorprendidos, esbozaron una sonrisa, y el padre dijo:
-No
es necesario una fortuna, pero sí tiene su tiempo y su valor traerla desde
Lima, ciudad donde tienen asiento nuestras vidas. Ella es aún casi una niña,
pero ante tan noble y principal persona sólo júbilo nos produce su deseo.
Quedáronse discutiendo los pormenores
que debían llevar ante el altar al comerciante y a la indiana ausente. La
leyenda dice que el primero pagó una fuerte cantidad para llenar todos los
gastos que hicieran posible sus deseos y se despidieron con la promesa no
escrita de que en la próxima flotilla que viniera de Nueva España traerían a la
bella indiana para los desposorios. Pero pasaron 6 meses y los indianos no
aparecieron; y 2 años después no daban señales de vida. Visto lo cual, el rico
castellano, de nombre Sebastián García de Cienfuegos, marchó a Cádiz, tomó un
barco, navegó hasta Perú y recorrió Lima hasta dar con la bella nativa del
retrato, cuyo nombre era Dolores. Pero se encontró con algo más: que ni era de
noble cuna, ni era una niña que no pudiera contraer nupcias –incluso sin contar
los 2 años de espera-, ni la familia tenía la menor intención de casarla porque
ya lo estaba con un campesino bien acomodado, aunque no rico, de la bella
ciudad andina. Y el rico comerciante castellano, que aspiraba a algún título
nobiliario porque la sola fortuna le sabía a poco, se dijo: “Padre e hijo merecen morir por la estafa que se me ha hecho a mi
persona y a mi honor, y porque estoy seguro de que no soy el único”. No
obstante pensó que con mal pie empezaría una boda si la consorte tuviera que
lamentar la pérdida de sus seres queridos y dejó su odio para mejor ocasión. Un
día se hizo el encontradizo con Dolores, le explicó sus sentimientos y le contó
la historia que conocía de sus parientes y la bella indiana le dijo:
-Ruego
por los cielos y sus círculos donde habitan seres celestiales que no hagas
ningún daño a mi familia por sus mentiras. Somos una familia venida a menos y
con muchas deudas contraídas por negocios ruinosos. Mi padre y hermano han
obrado mal, pero dejad que el Altísimo los juzgue; yo me casaré con vos, a
pesar de que mi corazón no os pertenece.
El aspirante a noble le contestó:
-Nada
más lejos de mi intención que compartir fortuna y lecho con alguien que no me
desea. Estaré aquí dos años más e intentaré con mis artes que Cupido haga de
las suyas y, quizá entonces, sea otra la opinión de la más bella de las andinas
diosas.
Pasaron, no dos, sino tres años, y
cuando parecía que lo había conseguido –eso creía él-, la bella indiana se negó
a marcharse con el castellano alegando que lo primero era su familia y luego su
felicidad, porque la segunda no se podía darse sin la primera. El comerciante
de trigo, que era conocido por sus ataques de furia, la aferró por el cuello
con ánimo de dar salida más a su ira que de hacerla grave daño, pero fue tal su
exceso que perdió el mínimo control debido hasta que la bella quedó inmóvil; y
con Dolores en sus brazos se dijo: “Debo
volver a España, pero no puedo dejar a padre e hijo estafando a castellanos y
no castellanos; además, la única manera de recuperar mi fortuna será a costa de
la vida de los estafadores”. Ahora se dio cuenta de que no tenía una
explicación de la muerte de la bella indiana para sus parientes; pensó también
que su pecado era muy grande, su ofensa imperdonable y que no merecía seguir
viviendo después de todo aquello. Y así decidió que compraría un barco con el
resto de su fortuna, embarcaría con engaños al padre y al hermano, y lo
hundiría en medio de la mar. Y así hizo, pero fuera porque la fortuna estaba de
su lado o porque aún no había llegado su hora, increíblemente se despertó
después de la explosión de la santa bárbara del barco agarrado a un tablón y
siendo recogido por otro barco que hacía la misma ruta. Todo parecía indicar
que era el único superviviente. El capitán del barco era una mujer que portaba
un vestido largo y ocultaba parcialmente su rostro con una capucha, y
acercándose a él le dijo:
-Aunque
pienses lo contrario, esto no es obra de la fortuna.
El castellano le preguntó porqué
ocultaba su rostro y su cuello y élla le contestó:
-No
puedo enseñarte mi rostro porque tiene cicatrices de un incendio y mi cuello
señales de un bruto furioso. Estás salvado, no por la generosidad de quien os
habla, sino para que vivas en la desesperación y el arrepentimiento lo que te
resta de vida, ¡asesino!
Tan injustas le parecieron estas
palabras –aunque no exentas de verdad- de la capitana que, no pudiendo de nuevo
dominar su furia, mató a su guardián e intentó quitarla la capucha; élla se
resistió y se zafó de él, pero con tan mala suerte que calló para atrás, se
golpeó la nuca y murió. El castellano, ahora ya sin oposición, le quitó la
capucha y lo que vio le llenó de desesperación: ¡era la bella indiana!, la que
creía que había sido víctima de su furia en tierra, ahora lo era en medio de la
mar, más por el azar que por su deseo. Arrepentido y desesperado, en efecto, se
tiró al mar para acabar con tanto desacierto, con tanta sinrazón que le
dominaba. Pero cuando el destino no hace diana es inútil forzarlo y el
castellano despertó en el Guadalquivir en una chalupa. Había sido recogido por
otro barco de nuevo ya cerca de las costas gaditanas. Y así acabaron los
intentos de desposorio del rico comerciante y las vidas de los indianos. Hizo
construir una estatua toda de oro y plata en honor de Dolores que el tiempo y
la codicia no han perdonado. Y dice la leyenda que desde la muerte del furioso
merodea por los campos de Castilla un fantasma que repite continuamente:
“¡Oh Satán, llévame a tu guarida que otra cosa no
merezco!”.
A medida que me iba contando mi abuelo
la leyenda apareció en mí una inquietud que no se debía ni a la intriga de la
historia ni al sosiego con que la contaba. No sabía porqué hasta que llegó mi
abuela Francisca y dijo:
-¡A
ver, nieto y abuelo, la cena está lista para los dos!
En efecto hoy comía en casa de mis abuelos,
pero lo que pasó de la inquietud al asombro fue ver a mi abuela: ahora caí que
siempre llevaba un grueso pañuelo de seda aferrado a su garganta y que nunca
había visto su cuello; además tenía señales de antiguas quemaduras en su
rostro. Yo no tengo carácter para soportar la curiosidad sin darla satisfacción
y un día pregunté a mi abuela Francisca cómo había conocido al abuelo mirando
fijamente su cuello; ella me contestó mientras tocaba su pañuelo con sus dedos
y los apretaba contra la prenda:
-En
trágicas circunstancias. A tu abuelo le debo todo: le debo la vida… y la
muerte, y el me debe la muerte… y la vida. Pero no quiero hablar de eso: cuando
los recuerdos no nos hacen felices es mejor no sacarlos a pasear.
Tengo que decir que mi abuela era muy
lacónica y estas frases eran muy largas para lo que acostumbraba, todo lo
contrario que mi abuelo, que gustaba del verbo pomposo, del adjetivo brillante
y de la metáfora sorprendente.
Yo estoy intrigado por esta historia,
por ciertos anacronismos históricos, por el pañuelo y las heridas de mi abuela,
por la falta de concreción de la historia –como la de los indianos-, por lo
pueril de algunas concreciones, y por el esfuerzo de mi abuelo en emplear un
lenguaje que no es propio de nuestro tiempo. Parecería que hubiera situado la
leyenda en una época que no es la suya.
No he vuelto a hablar de todo esto con
ellos porque parecen más felices en el olvido que en la memoria. Cosas de la
edad, supongo.
Madrid, 10 de junio de 2008
EL ORÁCULO
Todo
empezó el día que me armé de valor y pregunté a mi abuelo el porqué de su
empeño de que yo heredara su Biblioteca. Le dije que mi agradecimiento era
infinito y que la cuidaría como una madre cuida a un hijo, pero que no quería
ser ni instrumento ni objeto de discriminación o privilegio, que la familia era
frondosa y yo una rama de tercer grado. Mi abuelo me dijo:
-Quiero romper la profecía, las palabras del
oráculo indio, no perderé la riqueza que para mí es la biblioteca; además tu
alma coincidirá en esta vida con la mía en el tiempo y así no se producirá la
transmigración jainista de las almas y podré ser consecuentemente ateo.
En mi
vida –poca aún- me había quedado tan estupefacto. No sabía nada de la índica
profecía, de la creencia en la transmigración, ni en el empeño de mi abuelo en
ir contra la profecía que el padre de mi abuelo había recibido en estigma en
tierras indias. Interrogando a mi abuelo me dijo que él no estuvo en esas
tierras orientales donde se profesa la no violencia, las tierras de Buda y
Mahavira, del budismo y del jainismo, del valle del Indo, donde se escribieron
los inmensos poemas de el Ramayana y el Mahabharata, donde se fundaron los
poblados de Mohenjodaro y Harappa. Todo esto lo he sabido mucho después, cuando
concluí mi investigación acerca de la profecía. Días después mi abuelo, sentado
en su sillón preferido me dijo sin que yo le preguntara nada:
-De joven tuve la osadía, la falsa modestia,
de saberlo todo. Tarde me he dado cuenta de mi error. Quiero reparar el daño a
mi alma transmigrante porque el pecado de la soberbia se paga con el olvido y
la desmemoria.
Con la
edad parecería que lo de panteísta había transmigrado de adjetivo engreído a
sujeto protagonista y lo de ateo –que también lo era-, de orgulloso sujeto a
precavido adjetivo. Entonces le pregunté por la profecía y él, casi a
regañadientes, me la dijo. Dice así:
“Serás
hijo de harapientos, pero rico
vivirás en
medio de la riqueza, pero pobre
y cuando
mueras no sabrás que fuiste pobre y rico, rico y pobre
y perderás
toda tu riqueza antes de morir”
Y
añadió:
-Yo no acabo de entenderla del todo, sólo en
parte. Yo quiero romperla y tú me servirás doblemente para interpretarla y
romperla.
Y
entonces mi abuelo me soltó la divagación que sigue:
-Hay que interpretarlos con amplitud de
miras: sin oráculos no habría Edipo, Macbeth, Segismundo. Por cierto, te digo
que el teatro es hijo de la ambigüedad, de la polisemia, del engaño y de la
traición, que todo viene a ser lo mismo. Y todo ello adulterado con la metáfora,
que es la dulce mentira de los dioses. Y sin embargo, sin metáfora no habría
arte, sólo descripción. La vida es una mascarada que no puedes elegir, pero que
sí puedes interpretarla. Sólo nos queda hacerlo bien o mal.
Mi
abuelo tapaba la incredulidad de sus palabras con la fascinación de la
sorpresa: no había tiempo para reponerse y pensar.
Y un
día ya lejano, cuando mi abuelo hacía cinco años que había muerto, me fui a la
actual Pakistán, a tierras de Harappa, al poblado del río Ravi donde ¿predicó?
mi bisabuelo el castellano y dejó escuela, y dónde hubo un templo famoso por
sus oráculos. Allí encontré a un monje jainista que le conoció y que sabía de
la profecía porque era el escribano del oráculo, el notario de sus palabras o,
como él decía poéticamente –para el gusto occidental algo cursi- “el viento de los destinos”. Charlamos
largamente porque el hablaba el castellano fruto de la siembra de mi bisabuelo.
Poco a poco fui descubriendo los secretos de la profecía, algunos evidentes y
otros no tanto, que luego se verán. A mí me inquietaba si, a la postre, mi
abuelo se había salido con la suya, había roto el destino, desacreditado el
oráculo, contradicho lo profético. Y así estábamos cuando apareció un niño de
poca edad; que me sorprendió la reprimenda que el monje le echó. El niño se
alejó mirándome con una curiosidad y una altanería impropia de su edad. El
monje, ante mi cara de estupor y desagrado, me dijo:
-Es mi hijo como podéis haber imaginado.
Todo su afán es salir del entorno del templo cuando no está en la biblioteca
con los profesores y resto de los alumnos. Parece mayor porque habréis podido
comprobar su altura, pero sólo tiene cinco años recién cumplidos. Afuera
acechan delincuentes de toda laya y no puede mezclarse. Sueña con visitar Occidente,
sueña a veces con ciudades donde se mezclan lenguas y religiones, donde se pisa
sobre tesoros escondidos, donde el sol caliente pero no quema, donde la lluvia
moja pero no empapa; sueña con ciudades como belenes rodeadas de secas tierras
y claros cielos. Si lo deseáis podéis hablar con él; os entenderá porque tiene
el don de lenguas.
Agradecí
su ofrecimiento, pero ya había tenido bastante y decidí volver sin hablar con
el niño por miedo a que la razón y la ciencia no cuadraran con la intuición que
me salía a borbotones. Volví a Toledo, pasó el tiempo y todo lo di por
olvidado, pero el lector merece una explicación de la profecía. No es
complicada: “Serás hijo de harapientos,
pero rico”. En efecto mi abuelo –porque la profecía se refería a mi abuelo
y no a su padre- era hijo adoptivo de los naturales de Harappa, aunque el
patronímico aceptado es harapenses; y rico porque mi abuelo lo era, al menos
intelectualmente. “Vivirás en medio de la
riqueza, pero pobre”. Estará claro para el que haya leído el relato de “El Alquimista de Toledo”, donde mi
abuelo tenía una casa y sabía de la tumba del alquimista que transmuto sus
huesos en oro y que en un rincón del cementerio reposan, justo muy cerca de su
finca; “Cuando mueras no sabrás que
fuiste pobre y rico, y rico y pobre”. ¿Sabía mi abuelo lo anterior a la
hora de su muerte? A mi abuelo le sobraba perspicacia para eso y mucho más; “Y perderás tu riqueza antes de morir”.
La riqueza, claro está, era su biblioteca, que me legó.
¿Se
cumplió entonces el oráculo o no?: que el lector lo juzgue. Yo en cambio sigo
pensando en la muerte mi abuelo hace cinco años, en el hijo del monje jainista
de cinco años, en su don de lenguas, en la descripción de la ciudad de sus
sueños y en la transmigración de las almas, y una sombra recorre mis certezas:
¿consiguió mi abuelo romper el mito de la transmigración declarándome heredero
de la biblioteca para que coincidieran su alma, mi alma y su riqueza? ¿Logró
evitar su reencarnación? A veces he deseado volver a Harappa y hablar con el
hijo del monje jainista, pero no he tenido valor. Quizá algún día. El lector
sabe porqué.
Madrid, 18 de junio de 2006
EL UNIVERSO Y EL
INFINITO
Normalmente era yo el que distraía la atención de mi
abuelo de sus lecturas lanzándole interrogantes, pero esta vez fue él el que
requirió mi atención: “Nieto, tengo al menos 2 problemas que plantearte ahora
que ya eres ingeniero”. Doble sorpresa, porque no imaginaba nada que yo pudiera
hacer o pensar que captara la atención de mi abuelo, satisfacer su curiosidad o
resolver una duda. Esto fue lo que me planteó:
-Empezaré con un texto de Borges que habla
del sótano de un comedor donde se encontraba lo que el llama un Aleph, que es
el lugar donde están sin confundirse, todos los lugares del mundo vistos desde
todos los ángulos. Querría que…
Y
entonces le interrumpí pensando que deseaba que resolviera ese problema
ingenieril, pero no era eso exactamente y continuó:
-No ese el problema que quiero que
resuelvas, sino otro parecido. La solución de éste es fácil, porque estaría en
el centro de una esfera donde cupiera todo el Universo y fuera de la cual se
construyera un espejo que sería una esfera concéntrica y exterior al mismo de
tal forma que reflejara hacia el centro todas la imágenes. En ese centro
estaría un observador con un telescopio que girara en todas la direcciones; con
ello se cumpliría el requisito del Aleph de Borges. Yo voy más allá y te
planteo cuál sería el lugar del Universo –si es que hay a un solo lugar- desde
donde se vería el mismo desde todos los puntos de vista posible
simultáneamente.
Le
pedí entonces unos días para reflexionar sobre el problema y cuando ya me iba
se sentó en su butaca, me invitó a sentarme en el sofá y me dijo:
-Nieto, este problema es un aperitivo, un
entremés en este teatro del mundo que es nuestra existencia. Hay algo mucho más
importante que quiero que hagas por mí. Tú conoces mi amor por los libros y
aquí he pasado horas felices hojeándolos a veces, meditando sobre tantas
lecturas, y muchas veces tú has sido testigo y una excelente compañía. Pero
tantas otras no me has encontrado arguyendo por mi parte todo tipo de excusas,
dando pie a conjeturas. Te diré ahora que esas ausencias –para tu abuela
andanzas- se deben en realidad a mi pertenencia –y esto es un secreto incluso
para tu abuela- a la secta… -y mi abuelo
siguió de la misma manera a pesar de mi cara de sorpresa- … de los pitagóricos.
No es el momento de que te explique porqué y cómo he llegado a ser un personaje
principal en la rama española de esta secta a pesar de mi ateismo y mis
divergencias con la teoría de la transmigración de las almas de la línea
ortodoxa pitagórica. A pesar de ello, digo, he sido encargado de valorar el
daño que ha hecho la teoría de los números de un gran matemático. Ese
matemático, como ya habrás adivinado, es Georg Cantor: personaje de gran valía
intelectual, de origen ruso, que escribió en alemán, que vivió en Alemania y
murió loco o casi; también el encargo versa sobre su posible refutación. Quiero
decirte que el trabajo entraña algún riesgo, por lo que entenderé que desistas
en ayudarme.
Nunca
estuve más inmóvil escuchando a mi abuelo, nunca con tanta atención, nunca con
tanta sorpresa, nunca con tanta intriga. Mi abuelo siguió:
-Ya nos hizo mucho daño el descubrimiento
-¿o es invención?- de los irracionales en el triangulo rectángulo de catetos
iguales de valor 1; también el desplazamiento de los números naturales por los
números primos como ladrillos de la Aritmética; pero la teoría cantoriana de la
posibilidad de infinitos de diferente tamaño nos ha dado la puntilla.
Mi
respuesta fue como sigue:
-Tengo un conocimiento limitado de lo que me
decís, pero conozco a una persona especialista en el tema de los transfinitos y
podrá ayudarme y ayudarte.
Mi
abuelo terminó la reunión con estas palabras:
-Siento hacerte partícipe de todo esto, de
inmiscuirte en semejantes berenjenales, pero estoy metido en un gran lío. Hay
gente muy dogmática, muy exaltada, dispuesta a defender esto no con la
serenidad del filósofo, no con el rigor del científico, sino con la fe del
guerrero o con el dogmatismo del converso. Y para nosotros estas cuestiones son
tan importantes como el evolucionismo para un darwiniano, la teoría del eterno
retorno para un conformista, o la teoría del arrepentimiento para un pecador
cristiano.
La
compañera experta en los transfinitos y en los conjuntos cantorianos se llamaba
Luz. Era pequeña, pero de enorme energía, decidida y crítica al sistema
cantoriano. Yo lo expresé la extrañeza de que hubiera escuelas en la matemática
que estuvieran enfrentadas hasta extremos peligrosos y me contestó:
-Ahora no, pero en tiempos podían llegar al
duelo. Precisamente a Cantor le hicieron la vida imposible. Es tradicional
reunir a los matemáticos en 3 escuelas: la intuicionista, la logicista y la
formalista, cada una con sus líderes, más de antaño que de hogaño. Te haré un
resumen de lo que me pides.
Y
terminó con una despedida y alguna conversación personal que no reproduzco
porque no viene al caso. Yo, por mi parte, había resuelto el problema del
Aleph, versión mi abuelo; o al menos eso creía yo. Un día que le pillé relajado
en su sillón, sin libro alguno en sus manos, se lo conté:
-Abuelo, creo que tengo resuelto el problema
planteado. La solución es parecida a la suya, pero en lugar de un conjunto de
espejos planos con espejos parabólicos de anchura cada espejo del diámetro del
Universo y el foco hacia el centro del mismo, en una esfera también exterior al
Universo. En ese centro habría también un observador con un telescopio que
rotara sobre sí mismo en todas las direcciones. ¿Qué le parece, abuelo?
Yo
creía que se sumergiría en alguna profunda meditación, recostando más su
corpachón sobre el sillón y exhalando humo de su pipa; todo lo contrario, se incorporó
hacia delante, se sonrió y me dijo:
-Crees acaso que no he pensado en esa
solución. Sin embargo tiene algunos defectos: 1) cada espejo nos da, en efecto,
un punto de vista del Universo diferente y completo, pero debe construirse en
el infinito para tener una infinidad de puntos de vista posibles; 2) no se
puede ver simultáneamente porque los objetos estarían a diferentes distancias
tanto de la corona exterior de espejos como del centro, donde está ubicado el
observador; 3) la velocidad de la luz no es infinita, no es instantánea, como
bien sabes, y lo que veríamos no es el Universo en un momento determinado, sino
todo un historial del mismo; 4) la luz, fruto de tanto espejo, llenaría el
Universo y no podríamos distinguir la distancia entre objetos. Ha sido un
intento loable, pero no hay solución. Medítalo con la almohada.
Nunca
le pillabas, todo lo tenía pensado, con o sin solución.
En
pocos días tenía un escrito de Luz sobre el problema cantoriano de la
multiplicidad de infinitos de distinto tamaño. Decía así:
“Es
este un leve resumen de un trabajo más amplio que presento como tesis de
doctorado. Voy al grano, sin preámbulos ni consideraciones históricas. Te voy a
indicar 2 defectos al menos del trabajo de Cantor: 1) el matemático de origen ruso
parte de la hipótesis de que se puede contar, trabajar con el infinito actual
como un conjunto ya hecho, sobre y con el que podemos operar de acuerdo con la
regla de la teoría de conjuntos, frente al infinito potencial de Aristóteles,
Euclides, Galileo, Gauss, etc., que es sólo la posibilidad de hacer algo
–contar, ordenar, etc.- indefinidamente. Para mí el error de Cantor es el de
mezclar en el curso de una demostración los 2 infinitos, lo cual no me parece
permitido: parte del conjunto de los números reales (infinito actual) y con el
método de la diagonal obtiene un número distinto de todos los demás por
construcción (infinito potencial); 2) Cantor demuestra con toda razón que el
conjunto de los subconjuntos de un conjunto tienes más elementos que el conjunto
primitivo, lo cual es una demostración genial e irrefutable. Pero entonces qué
pasa si partimos del conjunto Universal, es decir, del conjunto de todos los
conjuntos posibles. Si hacemos lo mismo y calculamos –mera hipótesis- el
conjunto de todos los subconjuntos posibles del conjunto Universal obtendríamos
un conjunto mayor que el conjunto Universal, lo cual es una contradicción
porque hemos partido del conjunto mayor posible (el Universal). Tengo más
cosas, pero de momento y para tranquilizar a tu abuelo creo que esto será
suficiente”.
Y
Luz se despedía con consideraciones personales de nuevo y comunicándome que
había recibido una carta anónima estos días con un dibujo de un pentagrama, con
el número 666 debajo y el siguiente comentario: “desiste de cambiar la música de las esferas”. Se lo enseñé a mi
abuelo un día que buscaba desesperadamente un libro.
-Un
momento, nieto, que no encuentro el libro sobre Pitágoras de Bergua de 1958.
Una vez encontrado el texto y feliz como
un niño, tomó mi abuelo el escrito de Luz y la carta anónima. Una sonrisa de
satisfacción recorrió su rostro cuando leyó el escrito para apagarse después
cuando vio la carta y me dijo:
-Conserva
el anonimato de todo cuanto te he dicho, de este escrito, de ti y, sobre todo,
de tu amiga Luz. Hay quienes se han vuelto creyentes: guárdate de ellos porque
querrán que seas su cómplice.
Con el tiempo he recordado que al irme
de la reunión con mi abuelo pude observar que había restos de 2 cigarros en un
cenicero y que mi abuelo sólo fumaba largos y parsimoniosos puros.
Yo no
guardé ninguna prevención de las advertencias del abuelo porque las creía
exageradas. Dicen que con la edad se adivinan fantasmas donde sólo hay
preocupaciones, obsesiones, frustraciones del pasado. Y sin embargo, cuando
murió mi abuelo ocurrió que al día siguiente desapareció Luz. Han pasado 5 años
desde entonces y no hemos vuelto a saber nada de élla. Cuando recuerdo a Luz
siento en mi cara ondear el velo de la culpa y un vacío que aún no he llenado.
Madrid, 21 de junio de 2008
EL FINAL DE SALGARI
Siempre
que iba a casa de mis abuelos se repetía la misma escena, el mismo ritual: me
abría mi abuela, le daba un beso, le preguntaba por el abuelo y ella decía: “donde puedes imaginarte”. Y a continuación
saludaba a mi abuelo, que solía estar paseando con un libro en la mano o
sentado en el sillón. Pero esta vez no, esta vez le encontré sentado, con un
libro en la mano y… dormido. El libro era “Los
misterios de la jungla”, de Emilio
Salgari. Tomé yo a su vez un libro de Conan
Doyle, me senté en el sofá y esperé a que despertara. Mi abuelo decía que
para los artistas “los sueños eran el
silbido de las musas”. A mí me parecía algo cursi, pero era una opinión que
siempre callé. Cuando se despertó le dije:
- Abuelo, me has contado muchas historias,
algunas de misterio, algunas leyendas, pero ninguna policíaca como las que he
estado leyendo: ¿sabes de alguna?
Sonriendo
me contestó:
- No sólo se una, sino que he vivido alguna
notable. Por cierto, los dos personajes del libro que tienes entre manos
sobrepasan en mucho a su autor.
Le
dije que estaba de acuerdo y que suponía para mí a veces un problema cuando
redactaba las historias que me contaba cómo situarlas ante el lector. Me soltó
lo que sigue:
- Esa es una decisión personal que cada
escritor debe resolver, pero que dice mucho de su actitud y personalidad.
Valle-Inclán comentaba que había tres formas de colocarse ante las criaturas de
ficción. Te lo diré con mi propias palabras: una es como un demiurgo que
manejara a sus criaturas a su antojo, mirándolas por encima del hombro, como
hace Zeus con sus héroes y mitos donde el destino y el dios de los dioses están
sujetos por un imperceptible hilo que nadie puede romper: es el caso de
Cervantes; otra actitud es la de Shakespeare, tratándolas de tú a tú, paseando
con ellas, sufriendo con ellas hasta sucumbir con ellas, como el fantasma del
padre de Hamlet; la tercera es de rodillas, como hace Homero ante sus héroes de
la Iliada, con Aquiles en la Odisea, oculto tras el telón del teatro de la
vida, como un discreto amanuense que fuera más un notario de la época que su
autor.
Le
dije que me parecía que se había desviado del tema, pero que no obstante
agradecía lo que de provechoso tenían sus palabras y prosiguió:
- Resultó impactante la noticia de que en
1911 el celebrado escritor italiano Emilio Salgari se suicidara haciéndose el
hara-kiri, ritual japonés que castiga a los que pierden el honor u ofenden sin
justificación. La fotografía publicada en Blanco Y Negro aparecía con un corte
en el vientre de derecha a izquierda que subía luego hasta el esternón. Durante
mucho tiempo guardé el recorte y la fotografía por casualidad, hasta que un día
fui al Museo del Prado y volví a ver las Meninas. Eso me dio una pista para
resolver el caso.
Miré
atónito a mi abuelo: no sabía que hubiera “caso” y menos aún podía relacionar
el cuadro de Velázquez con un asesinato de un escritor italiano acaecido en
1911. Pero con mi abuelo había que tener cuidado porque era un taimado jugador
de cartas y siempre sacaba ases de donde menos se esperaba o, como el decía, “en el juego de cartas, los hábiles dedos
juguetean con el azar hasta menoscabar su dignidad”. Al ver mi nerviosismo
me dijo:
- Tranquilo, nieto, que todo se andará. En
un relato no importa lo que cuentas, sino la cadencia de sonidos y silencios
que son las palabras, al igual que una sinfonía, y tan malo es caer en la
precipitación omitiendo información vital, como alargar con banalidades lo que
la imaginación puede suplir. Creo que por hoy es bastante. Mañana seguiremos.
Al día
siguiente estaba de nuevo en la biblioteca de mi abuelo. No pude entender
porqué cortó la reunión del día anterior: con el tiempo he comprendido que hay
un mundo que hay que recorrer entre las ansias de la juventud y el escepticismo
de la vejez. Entonces, más animado que el día anterior, continuó:
- Mira nieto, hay cuadros de gran fuerza
expresiva, como los de Miguel Ángel o Caravaggio; otros que nos relatan una
época, como los de Goya o Rembrandt, y otros de gran perfección, como los de
Durero o Rafael. Sin embargo, nada tan inolvidables como los de Velázquez y,
especialmente, el de Las Meninas. Recuerda: 11 personajes llenan una estancia
con pinturas. El propio pintor aparece como asomándose detrás del cuadro y deja
de pintar; la infanta Margarita mira de frente, pero su cara está ladeada a su
izquierda, como si acabara de dejar de mirar el juego del más pequeño de los
personajes, Nicolasito, que pisa al mastín. Una de las meninas le da un búcaro
con agua a la infanta, mientras la otra parece iniciar un saludo al Rey y la Reina
que acaban de entrar a la sala, según se refleja en el espejo del fondo. Al
lado del espejo hay una puerta abierta por donde se dibuja la silueta del
aposentador de la Reina. Hay 2 personajes más en un segundo plano, pero que
omito para no alargarme, además de la enana hidrófila Mari Bárbola.
Mi
abuelo tenía la teoría de que el cuadro fue pintado en dos etapas: “en la primera –decía él- Velázquez pintó los personajes que
aparecen en primer plano, los hizo reflejar en un espejo, enfrente del cual
había a lo lejos una puerta abierta y a su izquierda una ventana también
abierta. Eso le dio el increíble juego de luces y de planos que aparece en el
cuadro. Hay que decir que durante mucho tiempo estuvo en una sala enfrente del
cual había un gran espejo para poder observar el cuadro a través de él. Además…
”. No pude aguantar y levantándome le dije que no entendía qué relación
había entre el cuadro y la muerte de Salgari y me contestó:
- Cuanto antes adquieras la virtud de la
paciencia, antes podrás disfrutar de la madurez que pueden darte los años. Es
largo de explicar, pero el resultado es que, como ocurre con las figuras
reflejadas en el espejo, la derecha se hace izquierda y al revés. Esto me dio
la pista para percatarme de que el recorrido de la herida producida por la
espada corta era la contraria de la que corresponde al ritual suicida japonés:
este exige que sea de izquierda a derecha. La conclusión es fácil: alguien se
tomó la molestia de que la muerte de Emilio Salgari no pareciera un suicidio,
sino un homicidio, y fotografió al cadáver frente a un espejo. La misma
fotografía se publicó en todas las revistas de la época. Nadie se percató del
detalle y la cosa no se investigó. Había ya precedentes de suicidios en la
familia Salgari y tres de sus hijos acabaron así: parecía natural que el
escritor corriera la misma suerte. Le
dije a mi abuelo que era un caso digno del mismo Holmes y me dijo:
- Le hubiera parecido muy sencillo, porque
el misterio de la muerte de Salgari no sólo estriba en si fue un suicidio o un
homicidio, sino también porqué alguien se tomó tantas molestias para que
pareciera un homicidio, dando sólo una pista y no fácil en lugar de recurrir a
una revista o periódico de la época y contar sus sospechas: sólo un experto en
el ritual japonés podría haberse percatado. Los años han enterrado todo esto y
nadie que yo sepa ha replanteado la cuestión.
Le
sugerí que él, que tenía acceso a algún periódico y a alguna revista, lo
replanteara y estas fueron sus palabras:
-Cuando el Diablo está enredado con
encíclicas y asuntos teologales más vale no meneallo.
No sé
si toda esta peripecia es real o inventada. Quizá tampoco importe. A mí lo que
me sorprende es el mecanismo mental le llevó a mi abuelo a relacionar sus
opiniones sobre el cuadro pintado en 1656 por el sevillano con la muerte en
1911 del escritor italiano: los caminos de la mente son realmente insondables.
Madrid, 26 de junio de 2008
MARDUCK Y BALTASAR
Era
normal que fuera yo el se presentara en la biblioteca de mi abuelo para charlar
con él, hojear sus libros o, simplemente, hacerle compañía. Sin embargo, un día
fue él el que me llamó y me dijo:
- Querido
nieto, ya sabes que tengo muchos años y siento que la naturaleza ha trazado ya
casi todo su curso. Te quedaste huérfano en temprana edad y sé que he sido para
ti más que un reverente anciano el padre ausente. Estás dotado de grandes
cualidades, pero tienes que saber que no siempre la virtud lleva a la
felicidad. Debes administrar la generosidad con la astucia suficiente para que
el egoísta no cobre ventaja. Sé que esto es fácil de decir, pero muy difícil de
amarrar. A modo de ejemplo y huyendo de cualquier tentación moralizante propia
de los que creen que sus principios están escritos en tablas indelebles, te
contaré una leyenda babilónica que permite la reflexión sin descuidar el
entretenimiento. Y mi abuelo comenzó la siguiente narración. Dice el cuento
que…
…un
zapatero, que antes fue comerciante, tenía un cachorro de perro que se llamaba
Marduck y una gata cumplida en años que se llamaba Baltasar. Estamos en
Babilonia en el año 605 a .c., riquísima ciudad, poblada por más de 300.000
almas, cruce de caravanas, lugar de lujuria para unos, depósito de la felicidad
para otros, ombligo de civilizaciones para los más, centro del Mundo. Gobierna
el gran Nabucodonosor II. El ingenuo zapatero, aunque gran amante de los
animales, daba de comer a la vez y juntos a sus animalitos antes de ir a su
tarea de echar suelas de esparto a los zapatos y coserlos con finas cuerdas
traídas de Arabia. Pero cuando se quedaban solos, la astuta gata cogía entre
sus dientes todas las tajadas de carne y pescado que podía, saltaba la valla
que separaba la zapatería y a los pies de la misma enterraba las viandas para
que su familia minina, que no tenían la suerte de tener un amo -tres gatitos y
sus ancianos padres-, pudieran comer algún bocado al cabo del día. Y la gata
decía para sus adentros: “Lo siento joven
chucho, pero eres de otra raza y antes están los míos. Además no soporto tu
olor y ese trato de favor y esas babas que se le caen a nuestro amo cuando
juega contigo; en cambio conmigo y, a pesar de ser un ser superior como felino
que soy -pariente de tigres y leones- apenas me pasa la mano por el lomo dos o
tres veces al día. No, no soporto esta discriminación”. Y pasaron unos
meses y el pobre cachorro estaba cada vez más escuálido, fruto del poco comer y
de su mucha actividad, y un día era tan fuerte el hambre que se escapó de la
casa. El zapatero quedó compungido y, en cambio, la gata parecía más oronda que
nunca. Sin embargo el cachorro tuvo suerte y dio a parar en casa de un cocinero
que cocinaba para el ejército del rey y enseguida recuperó el peso, la salud y
la felicidad. Pero el perro añoraba la casa de su más tierna -aunque hambrienta
infancia- y a su amo anterior, y un día mirándose en un friso que reflejaba
parcialmente su imagen se dijo: “Soy lo
suficientemente grande para enfrentarme al minino egoísta y juro que me vengaré”.
Y volvió a casa del zapatero, su antiguo amo. Este le reconoció, le abrazó y le
dijo:
- La
fortuna ha querido que encuentres tus orígenes. Aquí estamos, tu amo y tu
compañera de los primeros juegos, Baltasar.
Marduck pensó: “Este amo es la personificación de la ingenuidad, pero yo le haré
despabilar”. Y nada más llegar a la casa sometió a persecución a la gata,
ocasionando el máximo estropicio posible entre los enseres de su dueño con el
fin de que se cansara de él, de la gata o de ambos y los echara de la casa.
Pensaba Marduck: “Yo no tengo nada que
perder, porque en el peor de los casos volveré con los amos anteriores
simulando extravío, donde por cierto se come hasta reventar”.
Y en efecto, llegó el día en el que el
amo se cansó, los tomó a los dos por el cuello como cogen las madres de perros
y gatos a sus cachorros y les dijo:
- Ya
no lo soporto más: ambos sois incompatibles. He perdido clientes con vuestras
peleas a todas horas, me habéis destruido material y estoy casi arruinado.
Ahora tendré que volver a mi antigua profesión de comerciante de telas. Me iré
con Marduck porque para ese oficio un perro de tu porte es muy conveniente
contra ladrones y celosos competidores; en cuanto a ti, Baltasar, te tengo que
dar en adopción hasta que pueda ahorrar y volver al oficio zapateril.
Y el nuevo comerciante de telas dio en
adopción Baltasar a una familia de panaderos no muy lejana de su ya fenecida
zapatería.
Y así
estuvo el antiguo zapatero un par de años, pero en una reyerta con salteadores
de caminos –que era casi una profesión en la periferia de Babilonia-, quedó
cojo y robado su querido Marduck. Y el viejo zapatero tuvo que volver con lo
que le había quedado a su antiguo oficio, a su antigua casa y sin sus queridos
animalitos. Pasaron unos días y pensó: “Me
encuentro muy solo sin mis amigos. Iré a los panaderos que adoptaron a Baltasar
y les contaré lo que ha pasado para ver si se apiadan de mi situación y me
devuelven a mi gata”. Así hizo, pero la familia de panaderos, también
amantes de los animales, dijeron:
- Comprendemos
tu pesar, pero por encima de nuestras añoranzas está el bien de Baltasar: que
decida ella.
La sorpresa para el zapatero fue que la gata
no quiso moverse de la casa pensando: “No
quiero volver a las andadas, porque no estoy segura que no vuelva el maldito
chucho, que además ahora será aún más grande y con mayor genio, que hasta los
perros pierden la ingenuidad con la edad”. Pasó el tiempo y un día apareció
en la zapatería un perro andrajoso, en los huesos y llenos de heridas, que
nadie quería que se le acercara. El bueno del zapatero le recogió, le lavó, le
curó, le dio de comer y, cuando hizo todo esto, comprobó que era Marduck, su
querido perro. Y no pasaron muchos días hasta que Baltasar, que hacía sus
salidas por la noche como buen felino, se dio cuenta que estaba Marduck de
nuevo con su antiguo amo y se dijo: “Pensándolo
bien, estaba mejor con mi antiguo amo. Aquí me dan de comer, sí, pero siempre
estoy sólo en casa porque mis nuevos amos siempre están en la panadería. Ya no
tengo familia que alimentar, pero si quiero formar de nuevo una debo volver
donde solía y comprobar que puedo alimentarla robando y escondiéndola como
antes”. Y eso hizo, pero cuando Marduck vio venir a Baltasar a instalarse
de nuevo al lado del nuevo fuego y que de nuevo que le robaba la comida se
dijo: “No importa, no quiero nuevas
trifulcas que puedan perjudicarme: me dejaré robar, seguiré al minino,
descubriré donde esconde la comida, me la comeré y el creerá que se la ha
comido sus parientes gatunos”. Baltasar comprobó que la comida enterrada en
el día desaparecía en el mismo día o al día siguiente y se dijo: “No importa, servirá para alguien necesitado
y en el futuro, cuando tenga familia, la cambiaré de lugar para no ser un
ladrón robado”. Y eso hizo y vivieron los tres en armonía: el zapatero
sorprendido de la paz que habían firmado sus animalitos, el gato creyendo que
se había salido con la suya y el perro demostrando que la astucia vale más que
la fuerza.
Y
quiso el destino en su capricho que murieran los 3 en la misma semana. La
leyenda dice que enterraron al zapatero, al perro y al gato en la misma tumba,
y que un día apareció en ella el siguiente epitafio, sin que nadie supiera
quién lo había escrito:
frente a la
bondad, bondad
frente a la
astucia, astucia
pero
siempre sin mezclar
Recuerdo que mi abuelo en sus últimos
días me dijo:
- Si
piensas en esta leyenda en tu obrar cotidiano apenas cometerás errores y no
conocerás el arrepentimiento, que es un insufrible padecer para los que ya
están embarcados en el último viaje.
Al día siguiente de su muerte vi que un libro
de Bertrand Russell de su biblioteca
sobresalía del resto, lo tomé para colocarlo, miré su solapa, su contraportada
-como hacía siempre- y me encontré este aforismo de puño y letra de mi abuelo:
“La generosidad sin presunción es la
última frontera de la libertad”.
Él sabía que lo encontraría. Ahora figura como
epitafio en su tumba.
Madrid, 30 de junio de 2008
LA
SECTA DE LOS POLIGONALES
Cuando escribo estas líneas hace ya dos años que mi
abuelo nos dejó. A veces ocurren cosas, coincidencias, que para su explicación
tenemos que recurrir a ese depósito de ignorancia que llamamos casualidad o
probabilidad. Hace unos días que estaba en la biblioteca de mi abuelo leyendo
un librillo de Kant sobre la paz perpetua y cuando acabé me vino a
las mientes que mi abuelo jamás me había contado algún amorío real. Es verdad
que me narró la historia de la “Indiana”, pero con ello eludía mi verdadera
intención cuando mostraba mi extrañeza ante la falta de personajes femeninos en
sus relatos; en realidad fue una manera de salir del paso. Ahora que redacto
estas líneas tampoco pude entender cuál fue el mecanismo mental que me llevó a
relacionar a Kant con la palabra amor. Volviendo atrás en el tiempo de nuevo a
la biblioteca de mi abuelo, en esas estaba cuando ocurrió que, hojeando el
libro, me encontré en sus últimas páginas la siguiente nota de mi abuelo:
“Cuando leas esto en muy pocos minutos alguien
llamará a la puerta, te contará una historia que sin ser cierta no es falsa y
siendo imposible al final no la verás como tal. Escúchala, pero sé sólo
espectador y no dejes que tu corazón aturda con su latir tu juicio. ¡En este
caso elude, nieto, elude, que yo no estaré para ayudarte!”.
Mi abuelo en vida era sorprendente a
veces, enigmático las más y volcánico siempre, pero esta vez sobrepasaba todo
lo imaginable. Me quedé unos larguísimos minutos mirando la puerta y con el
libro caído deseando como nunca que oscureciera. Pasó el tiempo de esta guisa y
cuando me levantaba para avisar a mi abuela –ya muy anciana- de que me iba,
sonó el timbre de la puerta y una mujer aún joven, vestida convencionalmente,
vino hacia la biblioteca acompañada de mi abuela, se sentó en una de las
butacas de la sala y estas fueron sus palabras:
-Eres
sin duda el nieto preferido de tu abuelo Humberto Ortega. Yo me llamo ahora
Isabel Cremades. Estoy muy asustada porque he recibido amenazas por teléfono
desde hace dos años. Ahora también por escrito, como puedes ver en esta nota.
Esto es lo que decía:
“Has
roto la cadena de muchas almas transmigrantes con tu atroz crimen. La tuya no
puede descansar en paz y debemos evitar su transmigración.
Firmado:
La secta de los poligonales”.
Yo no me había recuperado de la enorme
¿casualidad? de la nota de mi abuelo en un libro de Kant y la llegada de esta mujer, cuando el relato me dejó atónito,
con la boca abierta, sin saber qué decir. Pasaron unos minutos, se ahondó el
silencio y cuando el paso del tiempo se me hacía insufrible le pregunté lo
obvio: -¿Isabel, qué relación tienes o has tenido con mi abuelo?
Su respuesta me remató:
-He
sido su primera novia.
Me erguí en el sillón, bebí agua y le
contesté:
-Cuéntame
lo que quieras, que yo intentaré colar la razón por algún lado.
Este fue su relato:
-Decía que mi nombre actual es Isabel
Cremades, pero soy tan sólo el alma transmigrante de Teresa de Velasco,
descendiente de la menina Isabel de Velasco que pintara Velázquez en el cuadro
famoso. Tu abuelo sabía cómo se pintó el cuadro por algo más que simples
deducciones. Yo fui, es decir Teresa de Velasco fue, el primer –y quizá también
el último- amor de tu abuelo. Yo, es decir Teresa entró en la secta de los
pitagóricos llevada a partes iguales por la curiosidad, madre de la ciencia, y
por el amor, padre del género humano. Fui, o fue, la primera mujer que entró en
la secta, porque hasta entonces estaba vedada para nosotras, las mujeres,
traicionando así sus orígenes, porque se tiene registrado a Teano como la
primera mujer matemática y pitagórica. Pero no todos lo aceptaron,
especialmente la secta de los poligonales –herederos de los acusmáticos-, más
tradicionales en sus actitudes, más dogmáticos en sus creencias, más gregarios
en su liderazgo, y se opusieron a toda adecuación a los tiempos modernos;
rechazaron cualquier duda sobre la transmigración, cualquier avance en la
Aritmética; se quedaron en Pitágoras, Platón, Tales y Euclides; extrañan a
Arquímedes, rechazan los infinitorum, abjuran de Cantor y sus transfinitos,
desconocen a Gödel; para ellos cualquier Savonarola engendra su Torquemada. En
definitiva, los miembros de esta secta se han vuelto creyentes y han perdido su
condición de científicos: de ahí surge el mal. Y, en lo que a Isabel afecta,
rechazan de plano la pertenencia de las mujeres a la secta. Tu abuelo luchó por
cambiar eso y lo consiguió sólo con los pitagóricos. A pesar de todo, todo
parecía encauzado hasta que en una sesión de la secta el maestro de ceremonias nos comunicó un oráculo
de su alma transmigrante:
“El fuego
de la heterodoxia acabará con la heterodoxia;
entonces la
heterodoxia de la heterodoxia apagará el fuego… con su sangre”.
Desconocíamos
en absoluto que podía significar eso hasta que un día se quemó la casa del
maestro de los poligonales y gran parte de sus obras y enseres. Los poligonales
culparon, claro está, a Isabel de Velasco y a tu abuelo del suceso por su
heterodoxia y su valor al enfrentarse al dogmatismo como Teseo al Minotauro.
Pero algo falló, porque Isabel pereció en el incendio y las dudas quedaron
flotando: ¿qué hacía Isabel en esa casa? ¿Su muerte fue un accidente? ¿Era
culpable o tan sólo una víctima? Con tu abuelo no se atrevieron por su poder y
su personalidad, pero la venganza insatisfecha impregnó para siempre la
convivencia de unos y otros: todo permaneció como en un lacerado murmullo. Todo
lo recuerdo como si lo hubiera vivido. De hecho lo viví, porque yo soy a la vez
Teresa e Isabel.
Permanecí
impávido escuchando la voz dulce de Isabel y pensé que lo primero que tenía que
conseguir era aclarar lo de la transmigración de su alma desde la de Teresa,
pero antes de que pudiera interrogarla me dijo:
-Ya sé que no crees en lo de la
transmigración, pero te daré algunos datos. Tu abuelo estuvo en Harappa donde
sufrió una profecía, cerca de su casa de Toledo hay un cementerio con un
alquimista áureo enterrado, “la paz perpetua” es su libro de cabecera, es
adicto a la moral kantiana, se casó con Francisca y tuvo 7 hijos…
… Y así un largo etcétera, con datos cada vez más
precisos de la vida de mi abuelo, sus intimidades, sus deseos, sus manías:
nadie que no hubiera estado con él podía conocer su intimidad, sus gustos, sus
principios, nadie quien no hubiera sido Teresa de Velasco. Pasé con élla las 2
horas más agradable de mi vida charlando de todo: de mi abuelo sobre todo, de
nosotros, de la finitud de la vida, de cómo el dogmatismo de sectas y
religiones engendran perversión, odio, guerra y muerte, en definitiva, de la
catolicidad de las creencias. Cuando nos despedimos sentí que Cupido había
estado revoloteando por nuestras cabezas, jugueteando caprichosamente con sus
dardos que hieren pero casi nunca matan. Prometimos vernos a la semana
siguiente.
Han
pasado 3 años y ya no quedan ni mi abuela ni sus animalitos, yo he acabado mis
estudios, he conocido la angustia y la insatisfacción, pero no he vuelto a ver
a Isabel Cremades: el Hades, quizá Neptuno, quizá Satán, quizá otro ser
angelical haya recibido su alma para vivir entre nosotros, y quizá quiera el
destino que un día me haga compañero de Isabel. Todo esto lo pensaba –o mejor,
lo deseaba- en la biblioteca de mi abuelo cuando, hojeando el libro de Kepler sobre los cielos, me encontré
esta nota de él escrita en la última página:
“A veces, hasta las personas más inteligentes
y los corazones más puros naufragan ante sectas y religiones porque el
conocimiento es un islote en el mar de las creencias; también porque las
grandes preguntas no resisten el juicio de la duda y sucumben al corazón como la
polilla a la luz”.
Sólo
me quedaba la satisfacción -a la vez que el temor- de haber descifrado el
oráculo: el fuego de la heterodoxia
es el incendio supuestamente provocado por la heterodoxa Teresa de Velasco, que
acabará –sólo lo intentará- con los heterodoxos
poligonales; ello justificará que estos últimos –heterodoxos respecto a los pitagóricos- persigan a Teresa de
Velasco hasta su muerte -con su sangre-.
Pero las sombras de la duda apagaron para mí las ilusiones de la juventud: si
Teresa había muerto en el incendio, los poligonales perseguirían a su alma
transmigrante, es decir, a Isabel Cremades.
Aún
más años han pasado y ni rastro de Isabel. Tenía razón como siempre mi abuelo:
la historia, sin ser cierta para un
juicio racional, no es falsa y, siendo imposible, no la acepté nunca como tal. Prefiero la esperanza de lo irracional
a la certeza de la razón. ¡Cuánto he echado de menos a mi abuelo en toda esta
historia!
Madrid, 8 de julio de 2008
LA PUPILA DE LA AURORA
El
mismo día del año 1975 que se murió mi abuelo había decidido escribir sus
memorias porque las creía de sumo interés. Había vivido 101 años a plena
lucidez y con una actividad inusitada en muchos campos y distintas profesiones,
y sabía que aún me esperaban muchas sorpresas, aunque quizá no tanta como la
que aquí se verá. La biografía, decía mi abuelo, “si no es hagiografía, es una disculpa para hablar de historia, también
de la microhistoria de la que hablaba el otro gran Don Miguel”. A mi abuelo
no le eran muy simpáticos los historiadores que interpretaban la historia,
porque sostenía que esta “es una sucesión
aleatoria de hechos ligados por la lógica –en el mejor de los casos-, los
gustos, o las manías de cada historiador; estaba en contra de las teoría de las
decadencias porque justificaban los nazismos de toda laya, de los biólogos de
la historia –a pesar de que Toynbee era una de sus lecturas favoritas-, porque no entendía cómo podía encorsetarse
lo que nos pasa a los humanos con la lógica de la biología: le parecía mucha
casualidad; lo estaba también de los historicistas, porque llenaban el zurrón
de la historia a bulto, según caen en su fondo hechos, batallas, fechas y…
sufrimientos”. Decía que “lo que se
llama historia es un puchero donde los historiadores cuecen acontecimientos
soportables para paladares amaestrados desde la escuela”. Ya he comentado
que mi abuelo era radical y también un buen… comensal. A pesar de todo había
decidido investigar su pasado el mismo día de su entierro. Fue el día más triste
de mi vida porque conversar con mi abuelo me permitía decidir en el qué hacer
sin pensar en el qué soy: ahora lo tenía que pensar todo. En el duelo me llamó
la atención una anciana que iba en una silla de ruedas -y no por esa
desgraciada circunstancia-, sino porque su cara, aún tersa a pesar de su edad,
me resultaba familiar. Una vez en casa de mi abuela le pregunté quién era y su
respuesta me sorprendió, aunque más por la serenidad de sus palabras que por su
significado:
-Su nombre en España es Guillermina y fue el
amor no consumado de tu abuelo, porque nunca pudieron disfrutar de ello por
circunstancias. Me ha dicho que tiene escritas sus memorias y que
escandalizarán y sorprenderán al mundo y, especialmente, a Europa, pero que
había esperado a la muerte del abuelo para evitarle a su edad cualquier contrariedad,
cualquier sufrimiento.
La
cosa quedó ahí pero, como quiera que la curiosidad insatisfecha impide el
sosiego, yo iba todos los días a la biblioteca de mi abuelo a buscar ese
documento, esa fotografía que me resultaba familiar. A la quinta semana de
enredar con mis pesquisas abrí un libro de Asín
Palacios y en él había una carta que decía:
“Siento
que tus días de danza y baile hayan terminado porque las mieles de la juventud
ya apenas endulzan el paladar de la madurez. Puedes iniciar una nueva vida de
relajación y estudio, a la par que transmitir lo que la experiencia y la
reflexión te han enseñado. Nunca es tarde”.
Lo que me sorprendió fueron las últimas
palabras de la carta:
“Sé
que has vivido con el trauma de aquel simulacro; fue un acto criminal y un
escarnio a la dignidad por actos que no has cometido. Yo he creído siempre en
tu inocencia. Ahora lo que importa es el presente: el pasado es cuestión que
atañe a la memoria y el futuro no existe, es sólo deseo de perdurar; sólo
existe el presente y con él hay que bregar. Siempre estaré ahí: presente si me
llamas, ausente si no me necesitas. Firmado: de Humberto a Margareta”.
Sorprendente también era el parecido de la
foto del escrito en el libro y la persona en silla de ruedas que mi abuela dijo
llamarse Guillermina. Pasaron unos días en los que me hice más si cabe el
encontradizo con mi abuela y un día que ella estaba leyendo en la biblioteca un
ajado libro de Victoria Kent me
decidí: -Abuela, creo que deberíamos hablar sobre el
abuelo. He decidido escribir una biografía de él aunque se pierda en el inmenso
baúl de lo que nunca es objeto de comercio y tú serías mi mayor y mejor fuente
de información. Ahora que él no está te diré que, entre otras andanzas que yo
no me atrevo a contarte, pertenecía a la secta de los poligonales y que a ti te
lo ocultó desde el principio. Y ahora está el asunto de Guillermina o
Margareta. Dime algo que quieras de lo que sepas.
Mi abuela sonrió maliciosamente:
-Eres
encantador porque aún conservas la ingenuidad de la juventud acompañada de su
vigor. Yo he sabido siempre las andanzas de tu abuelo: las de las sectas –en
plural-, las amorosas, los simples amoríos insatisfechos, sus servicios al
Estado, sus misiones para el gobierno de la República en los pocos años que la
dejaron. Te diré que su gran amor fue Teresa de Velasco, la pequeña menina
descendiente de la velazqueña. Luego ha tenido aventuras que sólo sirvieron
para alimentar un ego mermado por los años; el de Guillermina fue el último
amor. El me ocultaba estas cosas para no preocuparme y yo me dejaba engañar
para que no se ocupara de lo inevitable: tu abuelo antes se cortaba una mano
que darme un disgusto.
Le pregunté que cómo sabía lo de la
secta y me dijo:
-Sabes
que, como ahora, yo leo por las tardes en la biblioteca, a veces con él
presente y otras sin él; también que él no escribía en ningún diario sino que
lo hacía en el primer libro que pillaba, porque su prodigiosa memoria le
permitía saber donde estaban escritas sus ocurrencias a lo largo de más de 80
años. Además tenía un ligero temblor de manos desde muy joven y nunca dejaba
los libros bien colocados, con lo que era muy fácil adivinar dónde escribía;
luego yo los colocaba bien y él siempre pensó que su mal no le afectaba para
esa tarea. Fácil, no crees. Me voy a la cocina y tú decide si te quedas o te
vas.
Y cuando ya se levantaba le pregunté por
la misteriosa señora en silla de ruedas que llamaba Guillermina y esta fue la
respuesta:
-Así
la llamo porque así se llama, pero nada puedo más decirte porque tengo una
promesa que cumplir, pero te puedo asegurar que en la biblioteca hay suficiente
material para que averigües lo que quieras. Sólo te pido que ni me lo cuentes
ni me interrogues más sobre el tema y ya sabes que a veces las cosas no son lo
que parecen.
Y así hice y sin más le di un beso a mi
abuela y me fui a mi casa.
Se
puede imaginar el lector la febril búsqueda que acometí en la semana siguiente
en la biblioteca de mi abuelo antes de iniciar el pesado trabajo de hablar con
todas las personas que conoció él, tarea casi ímproba. No sé porqué me
rectifiqué a mi mismo y me dije: “Creo
andar errado. Creo que nada tienes que ver el asunto de la señora Guillermina o
Margareta y la secta de los poligonales. Esto traspasa fronteras aunque aún
carezca de evidencias”. Durante una semana recorrí las páginas de cientos
de libros de una biblioteca ya de 12.000 volúmenes. La tarea era ardua, porque
mi abuelo escribía en el primero trozo en blanco que encontraba. El solía decir
que en materia de lecturas era anarquista, en el trabajo perfeccionista, en
política radical, en religión ausente, en amistades perseverante, en amores
contumaz y en temas de moral, entre kantiano y lascivo. Ahora maldecía yo su
libresco anarquismo. Sin embargo, o tuve suerte o quizá la merecí, porque al
quinto día encontré una nota escrita a pluma dirigida a mi abuelo que decía:
“Esto
es alto secreto. No habrá fusilamiento, pero sí simulacro. Vivimos tiempos muy
difíciles y ya no podemos ocultar que estamos perdiendo la guerra o, desde
luego, no la estamos ganando. Nuestras tropas están en el límite y la moral
baja. Nuestras sociedades son muy conservadoras y la inquietud ante la
situación militar es insoportable. Necesitamos levantar la moral. A veces una
acción ejemplar vale más que cientos de discursos patrióticos. Firmado: el
embajador francés y amigo, en octubre de 1917” .
En la
hemeroteca repasé en periódicos españoles y franceses los acontecimientos de
1917 que me pudieran dar una pista y aparté definitivamente a los pitagóricos
de mis preocupaciones. Al principio andaba entre la negra espesura, pero a
medida que leía, la aurora echaba a codazos a la oscuridad y los rayos del Sol
empezaban a iluminarme. Cada vez tenía más claro cuál era el acontecimiento que
consternó a toda Europa y en el que estaba involucrado de alguna manera mi
abuelo, pero aún veía muy lejos la solución definitiva. Y en esas estaba,
debatiéndome entre dudas y certezas, cuando un día que estaba en la biblioteca
ahora de mi abuela me dijo:
-Nieto, hay una persona que quiere hablar
contigo. No te muevas que estará aquí en cinco minutos.
Esperé
como pude y en pocos minutos oí una silla de ruedas y vi entrar con un
acompañante a la misteriosa señora del entierro: Guillermina para mi abuela,
Margareta para mi abuelo. Y sin mediar palabra…:
-Sé que el querido nieto de Francisca está
escribiendo una biografía de su abuelo. Yo formo parte de su historia, pero te
pido que encuentres lo que encuentres e interpretes como lo interpretes, no
publiques nada sobre mí; y si tu curiosidad y determinación no pueden ocultar
tus hallazgos, te pido que lo dejes en la ambigüedad que protege lo que no
queremos que aflore. Hay dos posibles soluciones y tengo derecho a mi pasado, a
la intimidad en el presente y a la dignidad de mi memoria en el futuro. La
mayor parte de las personas viven en el claroscuro de los sentimientos, pero yo
viví en el blanco y negro de las pasiones. No me arrepiento de nada porque
ningún mal hice y, a pesar de ello, satisfice mis deseos y cumplí con mis
ideales. Sé que quieres saber si soy Guillermina o Margareta, la holandesa. Esa
es la ambigüedad que te pido. La historia no se puede modificar, sólo
interpretar. Puedes ser fiel a la memoria de tu abuelo y a mi dignidad: que lo
consigas depende de tu inteligencia. Me voy. Suerte con tu trabajo y recuerda
nuestra conversación”.
Y se
fue. Lo menos que puedo decir es que tenía una idea peculiar de la palabra
“conversación”. Por mi parte había llegado a la mitad de la solución del
problema. Traslado una simple nota de un periódico de la época:
“En
el día de hoy -15 de octubre de 1917- ha sido fusilada Margaretha Geertruida
Zelle, más conocida como Mata-Hari. La famosa bailarina había sido acusada de
espiar para el ejército alemán. Tenía 41 años”.
Durante
mucho tiempo se habló de su vida licenciosa, de sus múltiples y notables
amantes, de la muerte de su hijo, de su paso por todos los grandes países y
escenarios europeos –estuvo en Madrid poco antes de su muerte-, y se especuló
si el fusilamiento fue de verdad, si fue sólo un simulacro o si se fusiló
realmente a una doble engañada. Al poco tiempo aparecieron muchos supuestos
dobles que decían ser la verdadera Mata-Hari o, como ella misma se llamaba, La Pupila de la Aurora. Quizá la
autobiografía que está escribiendo Guillermina –¿o es Margareta?- lo aclare
todo. Yo, por lo que ella me dijo, no lo creo. Yo sé que la solución está en la
biblioteca de mi abuelo porque él conoció en su juventud a la verdadera
Margaretha, ¿pero dónde está?: en una carta, en una nota en un libro, en una
página cualquiera, en la parte interior de una solapa, en una clave quizá esté
la respuesta. O quizá deba dejar la cosa como está porque la verdad sea tan
insoportable que sea preferible la injusticia que la mentira. No tengo la
respuesta y mi abuelo no está.
Madrid, 14 de julio de 2008
LOS BRISHANIANOS
Cuando estaba pasando mi adolescencia tuve que ir
variando notablemente mi opinión sobre mi abuelo. Yo, hasta entonces, creía que
era eso que de mayor me he enterado que se llama un “ratón de biblioteca”. En
efecto, siempre le veía ahí, hojeando, leyendo, acariciando sus queridos
libros, y creía que mi abuelo formaba parte de la biblioteca al igual que las
butacas, su querido perro “Lanas”, que siempre le acompañaba, y los miles de
libros que acumulaba. Con el tiempo me he ido convenciendo de que eso fue así
en sus últimos años, cuando su vigoroso espíritu había cedido el testigo a la
celosa naturaleza y había coincidido con el despertar de mi curiosidad. La
longevidad de mi abuelo dio para mucho hasta su muerte en 1975. Cuando le
señalaba que debía salir más a la calle y prodigarse en la tertulia me decía:
“Tu sólo conoces al abuelo desde los 80 años, no a la persona que se acerca al
centenario. Yo he sido más un Aviraneta
que un Menéndez y Pelayo: no te dejes
llevar por tus sentidos que tanto mal hacen a la razón, porque los primeros
llevan a las pasiones sin pasar por los sentimientos, que son hijos del
escepticismo. Sólo te puedo contar una ínfima parte de mis andanzas, mis
trabajos, mis dedicaciones, mis servicios, porque, incluso su mero
conocimiento, puede ser peligrosos. Sólo soy lo que un día decidí parecer que
soy por mero instinto de conservación. A ello me han llevado mis ideales,
porque sin ellos somos barquillos en el mar de las dudas. Ideales sin
dogmatismos, sin catecismos de cualquier tipo. Toledo es una encrucijada de la
historia, agua brava que el cansino paso de los siglos ha convertido en
remansada y… olvidada. Es el lugar ideal para mí, aunque no tanto quizá para un
joven como tú”. Y mi abuelo siguió con otras consideraciones que se apartan de
esta historia. Yo no estaba convencido de ello hasta que hojeando un libro del
poeta Manuel Altolaguirre me encontré
una ajada carta que decía:
“Han pasado muchos años, pero al fin hemos
dado en vida con el que no la mereció por su traición. Juramos entonces
venganza, pero nuestro Dios nos la niega. Queremos justicia para vos o para
vuestros descendientes, porque el mal no se repara ni con el perdón ni con el
olvido. Firmado: los brishanianos”.
La verdad es que me quedé frío y
paralizado, pero incluso entonces me dije: “Este caso lo tengo que resolver sin
molestar a mi abuelo, porque su vejez y su persona no lo merecen. Tarde o
temprano él no estará y yo he de seguir con las muchas dudas y las pocas
certezas que es esta cosa que llamamos vida. Pero todo sin precipitarme”. Y eso
hice. Seguí hojeando libros, leyendo partes de ellos y, sobre todo, parándome
en tantas y tantas notas que había dejado mi abuelo en sus miles de libros,
porque no había uno solo que estuviera libre de su pluma. Tengo que decir, no
obstante, que mis pesquisas estaban encalladas –verbo que será luego
proverbial-, sin ningún avance hasta que un día le enseñé la carta que había
encontrado a mi abuela. La leyó y me dijo: “Mira, no des preocupaciones al
abuelo que ya nos queda poco tiempo de él. Investiga lo que quieras, sobre todo
la parte que te toca. Hace muchos años que recibimos este tipo de amenazas. Tu
abuelo apenas me contaba nada, pero recuerdo que un día del último año del
pasado siglo me dijo: “Francisca, debemos dejar todo aquí y hacer las Indias:
en España corremos peligro. Tengo algún amigo en Lima y allí nos iremos. Soy
deudor de mi pasado y hay cosas que no puedo reparar. Algún día sabrás de
ellas”. Pasaron los años y volvimos a España y las cartas dejaron de llegar,
pero el año pasado y este hemos vuelto a recibir otras parecidas. El abuelo
esta vez las ha destruido. Con los años todos nos volvemos avestruces; ya
sabes: escondemos la cabeza porque ni tenemos vigor, ni nos asusta casi nada,
porque ya contemplamos a la dama blanca
de frente, sin temor. Este es el caso de tu abuelo y el mío. Yo creo recordar
oír a tu abuelo algo relacionado con la
mar. Ahí está el secreto. Tú, si quieres, persevera, porque debes saber qué
es todo esto”.
Se puede entender cómo otra vez volví
febrilmente a buscar todos los libros que hablaran del mar, de la mar, directa
o indirectamente, cualquier libro que tuviera relación con el mundo de Neptuno.
Pasaron los libros y los días y todo fue infructuoso. Sí, había muchos libros
sobre la mar, pero nada de cartas
guardadas, anotaciones, subrayados, nada que estuviera relacionado con la carta
y la firma tan extraña de los brishanianos. Nada, hasta que un día de
pronto esa cortinilla que nos tapa la vista y nos cierra la mente se descorrió
por casualidad -o porque todos los caminos del mar estaban agotados- y pensé:
“la abuela habla de la mar refiriéndose
al libro y el abuelo del mar”, y me
vino de golpe el precursor de Darwin,
el naturalista francés Lamarck, que
hablaba de los caracteres adquiridos y menos de la selección natural del
teólogo inglés metido a científico. En este caso la homofonía había sido mi
aliada. Busqué un libro sobre el naturalista francés titulado Philosophie Zoologique y la luz se hizo:
encontré otra carta que decía:
“Sólo 2 supervivientes, tú y yo. Yo un simple
marinero, pero tú en misión diplomática por orden del mismo Martínez Campos. Te
debo la vida gracias a tu traición, pero has sacrificado muchas vidas de
compañeros y amigos. La mía es suficiente para el perdón, pero no para la
justicia, y si ésta no surge del mazo de los jueces saldrá de la voluntad del
que os escribe. Firmado: marinero Posada”.
El marinero Posada debía desconocer que
en España los jueces no usan mazo, pero lo que sí era cierto es yo que estaba
lejos de descifrar todo el misterio porque me faltaba al menos una fecha para
poder bucear en la historia, y porque me resistía a pensar que pudieran tener
fundamento semejantes acusaciones. Le enseñé a mi abuela la carta y me dijo:
“Muchos libros se quedaron en Lima. Quizás escribiendo al amigo de tu abuelo,
si es que vive, o a sus descendientes, puedan ayudarte”. Dicho y hecho. Pasó
más de un mes y recibí un sobre procedente de la capital peruana con una carta
de salutación de uno de los hijos, porque su padre -el amigo de mi abuelo- ya
había fallecido; iba acompañada de otra muy arrugada y amarillenta que decía:
“Tu
misión principal, Humberto, es limar asperezas con el sultán de Marruecos por
el incidente Margallo, respetando el tratado de Melilla y con el savoir
faire de las concesiones económicas
acordadas. Secundariamente, tienes también, en la medida de lo posible, que
estar el día 10 en la botadura del Carlos V. Firmado: el ministro de la Guerra
Arsenio Martínez Campos”.
Como en todas las anteriores cartas, la fecha
había desaparecido, pero los datos históricos eran inequívocos; no así la
interpretación de los hechos y la implicación de mi abuelo en ellos; y quiero
decir que era tal el sentido del deber con el Estado de mi abuelo que no le
importó seguir las instrucciones del mismo general que acabó con el sexenio
democrático. Volviendo a la carta de Lima, había también una copla escrita al
reverso más legible; era evidente que se había escrito mucho después, aunque no
me parecía letra del abuelo. La copla decía:
“El diez de marzo todos los gaditanos
alzan la vista allá al horizonte
porque muchos de su hermanos
están en un barco que ha perdido el norte”
Han pasado 5 años desde la última carta
y casi un año de la muerte de mi abuelo y nada hemos recibido. Todo parecía
olvidado; todo parecía indicar que los años habían dormido a la fiera; quizá el
perdón, quizá la desaparición de esa –no sé como llamarla- firma de los
brishanianos y de ese tal marinero Posada; quizá a ambos se los había tragado
la tierra o también la mar. Pero no, porque cuando el diablo enreda puedes
tener de todo menos sosiego. Hoy, en mi casa, he recibido la carta que a
continuación transcribo:
“Sabemos
de la muerte de tu abuelo. Ahora somos libres de actuar, porque los
descendientes no están inmunes de la culpa de su predecesor. Quizá no estés al
corriente de los hechos. El 10 de marzo de 1895 el barco Reina Regente
desapareció en el mar a 3 millas de Tánger.
Perecieron 412 hombres. Su misión fue llevar a Tánger al sultán de Marruecos
Sidi Brisha, cosa que hizo el día anterior. Sólo hubo 3 supervivientes: 2
marineros que se quedaron en tierra y un perro terranova que fue rescatado por
un barco inglés. Uno de los marineros se llamaba Posada; el otro marinero se
apellidaba Navaro, tu abuelo, porque tu abuelo se llama Humberto Navarro
Ortega, y no Ortega Navarro. Tu abuelo no era un marinero, sino un diplomático
y no se quedó en tierra por casualidad, sino por orden del mismo ministro de la
Guerra D. Arsenio Martínez Campos. Tu abuelo sabía que no se podía forzar al
buque a estar el día siguiente en la botadura del crucero Carlos V, y lo sabía
porque tenía información telegráfica del ministro de la Guerra. Pero para
nosotros lo que resulta insoportable es la ofensa Margallo a nuestro Sultán.
Ahora los descendientes de tu abuelo habéis heredado la necesidad del perdón y
de la reparación. Firmado: los brishanianos”.
Los primeros días de la llegada de esta
carta no podía dormir y apenas paraba en casa; con el tiempo me fui
acostumbrando. Un día, en tiempos del dictador, me dirigí por escrito a la
Administración, al Ministerio de Defensa, pidiendo investigación y protección.
No me contestaron, pero recién estrenada la democracia recibí una carta del
Ministerio de Defensa fechada en 1983, cuando creo recordar que era ministro el
Sr. Narcís Serra. Transcribo sólo la parte de interés:
“…
nunca ha existido peligro real para su abuelo y su familia, porque hace tiempo
que, fruto de la colaboración con el monarca alauita, fueron detenidos los
miembros de la secta de los brishanianos y están en la cárcel cumpliendo
condena por otros motivos. Las cartas fueron escritas desde la cárcel. No
tenemos conocimiento del marinero Posada, pero por ley de vida tiene que haber
muerto o ser un anciano de más de 100 años. Agradecemos en nombre del
Ministerio de Defensa y del Gobierno los servicios prestados por su abuelo al Estado.
Descanse en paz”.
Era de agradecer, pero lo que nadie
puede hacer –ni siquiera la Administración del Estado- es volver atrás en el
tiempo y cambiar la vida de mi abuelo y su familia. Todas sus vidas estuvieron
condicionadas por ese hecho y con dudas sobre su honorabilidad. Yo no tengo
ninguna de que mi abuelo obró con honestidad, con sentido del deber y
anteponiendo lo que más apreciaba: la vida propia y ajena. Sé que los hechos y
sus interpretaciones dejan dudas. Yo no puedo resolver lo que ni siquiera la
historia ha resuelto. Sólo puedo recordar a mi abuelo cuando me decía: “obra de
tal manera que tu conciencia no conozca el arrepentimiento. Huye de códigos,
patrias y banderas, y huye de los que defienden a muerte códigos, patrias y
banderas, porque ellos querrán que tú mueras por ellas: quédate sólo con tu
conciencia y duerme”. Y eso es lo que he hecho a lo largo de mi vida. Gracias
abuelo, gracias también, abuela.
El lector pensará -como yo creía
entonces- que todo habría acabado ya, aunque con muchas dudas que, como esas
moscas que revolotean incansables en torno a tu cabeza, nada puedes hacer
contra ellas. Así me sentía al cabo de los meses cuando un día me avisaron de
que debía ir urgente a casa de mi abuela. Me temí lo peor, pero no fue tal: mi
abuela estaba bien, aunque ya con muchas limitaciones. Llegué y me dijo:
“Nieto, tengo una sorpresa para ti. Ve a la biblioteca que hay una persona que
quiere conocerte. Os dejo a solas”. Eso hice y me encontré a un anciano sentado
en el sofá con un bastón y unos ojos que, como diría Quevedo, parecían avecinados en el cogote. Le saludé, no
le permití que se levantara y yo a su vez me senté en la butaca. Estas fueron
sus palabras: “Eres sin duda el nieto de Humberto. Ya me ha comentado tu abuela
que eres ingeniero y que estás escribiendo una biografía de tu abuelo. Yo puedo
servirte en esa tarea porque yo le conocí en su juventud en Tánger y… ”. Yo en
ese momento me inclinaba para preguntarle lo obvio, pero no hubo necesidad
porque continuó: “Perdón, soy un maleducado porque no me he presentado. Ya la
cabeza me funciona como los viejos fogones, solo a ratos. Mi nombre de pila no
tiene importancia, pero te diré mi apellido y mi actividad cuando la naturaleza
era más generosa conmigo: soy el marinero Posada”. Di un respingo y me
incorporé casi sin darme cuenta. El siguió: “Quizá te sorprenda mi presencia
aquí y ahora, pero los viejos no tenemos los mismos patrones que los jóvenes
porque la edad todo lo aplana y hasta los corazones más volcánicos cesan en su
actividad o se aletargan para siempre. Iré ahora al grano. Durante mucho tiempo
hemos sabido de las actividades de tu abuelo y de su estancia en Lima y en
Toledo. No había secreto para nosotros. Tu abuelo creyó que yendo allende los
mares se libraría de nosotros. En verdad que se libró, pero no fue por su
alejamiento. Hubo al principio una coincidencia de intereses: los brishanianos
querían vengarse de la ofensa Margallo contra el Sultán en España y yo quería
justicia por la muerte de 412 marineros, en su gran mayoría camaradas míos. Al
principio no tenía dudas de la culpabilidad de tu abuelo sobre ello, porque al
seguir las instrucciones del ministro de la Guerra se propició una travesía
peligrosa por las condiciones del buque y un retorno forzado por la orden de
estar presente en la botadura del nuevo buque de la armada española, el Carlos
V, orgullo de los astilleros andaluces. Pero con el tiempo muchas dudas fueron
recalando en mi corazón, hasta que ya no pude asegurar que tu abuelo fuera
libre de obrar de otra manera. Y yo mismo fui el que denunció a los
brishanianos por otras actividades para impedir su venganza. A ellos, los 412
marinos les importaban un bledo; a ellos lo único que les movía era el asunto
Margallo, el incidente de la agresión de este militar al Sultán. De ahí la
carta que me ha enseñado tu abuela del Ministerio de Defensa de 1983. Yo soy un
marinero de honor y no un justiciero de sierra y trabuco. Quería que supieras
todo esto y estoy a tu servicio por el bien de esa biografía que tanto deseas.
He hablado con tu abuela y cuento con su beneplácito. Ahora quiero saber tu
opinión”. Al fin podía hablar, porque en toda esta historia nunca aparecía mi
propia opinión, cosa por otra parte saludable, porque la raya que separa al
anónimo amanuense que deber ser el narrador de un personaje impertinente es muy
tenue y quebradiza. Estas fueron mis palabras: “Agradezco su cambio de opinión
y el coraje de su denuncia. Probablemente ello ha salvado la vida a mi abuelo y
su familia. En cambio, yo no puedo templar su conciencia: ésa es suya hasta el
último día. Si tiene alguna deuda es con ellos, no conmigo. Puedo ofrecerle mis
respeto por su ancianidad; por el resto sólo puedo ofrecerle mi silencio. No
puedo reparar sus errores porque usted tampoco puede hacerlo con sus
consecuencias. Eso es todo”. Y ahí acabó la conversación.
Han pasado 2 años y el marinero Posada
ha muerto. Mi abuelo y él fueron amigos en su juventud, pero sus ideales y las
circunstancias les hicieron enemigos. Ahora la tumba les ha igualado, les ha
reconciliado, ¿o no?. Yo tengo mi propia opinión, que probablemente no coincida
con la del lector.
Madrid, 17 de julio de 2008
REFLEXIONES DE MI
ABUELO
Y
UNA LEYENDA
A lo largo de las conversaciones que tuve con mi
abuelo durante más de veinte años me fui percatando de que cada vez que yo le
pedía que me contara una historia, una leyenda, un cuento, un relato, él se
alargaba cada vez más en los prolegómenos, como si la historia en sí no le
interesara, ni le interesara si me interesaba a mí. Ese desapego ya lo había
notado en otras facetas de su vida, y no sólo en mi abuelo, sino en las
personas que sentían que su camino casi se había cumplido. Sin embargo, en el
relato que viene y que podríamos titular “Historia del persa y el beduino”, el
preámbulo, las consideraciones, ocupan más que el propio relato. Yo lo
transcribo por lo que luego se verá, aunque consideraciones y relato poco
tengan que ver. Todo empezó un día que estábamos los dos, como siempre, en la
sala de la biblioteca de su casa: mi abuelo leyendo a Kant y yo un libro de Ortega
y Gasset, “La rebelión de las masas”. El me miraba con la intención de
iniciar una conversación, pero su prudencia le exoneraba siempre de la
impertinencia y casi nunca era él que se lanzaba a esa cosa tan difícil que es
la conversación: él siempre la iniciaba ante alguna pregunta de la otra parte.
Yo le miré y me dije: “¡Qué caramba!, voy
a darle la oportunidad del diálogo” y le pregunté algo tan trivial como que
si Ortega era pariente suyo por aquello de la coincidencia de su tercer
apellido y el del autor del libro que tenía en mis manos. Esto fue lo que me
dijo:
-Sí, es pariente aunque lejano.
Y
contrariamente a lo que yo creía se calló. Yo estaba sorprendido, porque
parecía que había dado poca mecha al fuego de la conversación y le pregunté que
si él consideraba que Ortega era el más grande intelectual que había tenido
España. Meneó la cabeza en forma dubitativa y esta fue su disertación:
-Ortega es un típico español del horno de lo
español, pero poco propicio para las múltiples Españas. Fue un intelectual a
pesar suyo, porque el español típico es un hombre de acción: Cervantes fue un
hombre de acción, que escribió mucho cuando no estaba guerreando, cobrando
impuestos o eludiendo a sus perseguidores; Lope pasó horas 24 escribiendo su
extenso teatro cuando no tenía otra cosa mejor que hacer, como por ejemplo
conquistar mujeres, enamorarse, desenamorarse, desengañarse, tomar los hábitos,
dejarlos; Quevedo, inmenso poeta y escaso prosista aunque tan talentoso como
con el verso, era lo que tanto le gustaba novelar a Baroja: un conspirador;
Góngora se peleaba con unos y con otros y le pudo mucho la envidia; los
románticos, cuando veían que no podían cambiar el mundo se resignaban a tomar
la pluma; los curas en España no se han dedicado a Dios ni a la cuestiones de
la fe cristiana, sino a perseguir a los que no eran de su credo; Calderón es
una excepción; y no quiero alargarme porque no quiero aburrir. El problema del
hombre de acción es que, por grande que sea su talento, cuando se para a
reflexionar necesita un catecismo, del tipo que sea, pero un catecismo: de lo
contrario pierde pie y no sale a flote. Para nadar en la duda –que es lo propio
del intelectual- necesita una tabla de salvación; Ortega rompe la tabla y nos
invita a nadar con él a pelo. El problema es que el pobre Ortega, en su
esfuerzo por acompañarnos en ese ejercicio, se queda sin sistema: lo que el
llama raciovitalismo es sólo una componenda entre extremos. En el libro que
tienes entre manos, Ortega lanza una especulación sobre el supuesto sujeto
indiferenciado e irreflexivo que es lo que él llama “masa” y piensa que va a
sustituir a las elites en la conducción de los pueblos de Europa y América.
Pero, como no era ningún tonto y para no perderse en las dunas de la
especulación, agarra un dato y lo fija a modo de mojón: es el dato del aumento,
sin comparación con otros siglos, de la población. Esta es su tabla a la
especulación. Su concepción elitista de la sociedad puede resultar éticamente
repugnante, pero intelectualmente puede ser aceptable. Si quieres ser un buen
científico tienes que acostumbrarte a que a veces el corazón diga que no y la
cabeza lo contrario. Ese es también el dilema de Unamuno con la fe, sólo que
Don Miguel tenía el defecto de que pensar con el corazón y sentir con la
cabeza. Aquí es muy difícil la reflexión; aquí nunca surgiría un Kant, que fue
feliz sin mujeres y sin salir de su pueblo y se dedicó a la más pura reflexión:
Kant, el provinciano universal que tanto admiro. Volviendo a Ortega, este
pariente mío fue un tipo listo, que tuvo suerte con los boletos de la vida,
pero que compró todos los boletos que pudo en España y, sobre todo, en
Alemania; si quieres triunfar en la vida hay que hacer lo que hizo Ortega: comprar
el máximo número de boletos. Otra cosa es que te preguntes porqué hay que
triunfar, qué necesidad hay de ello. Verás que…
En ese
momento, y a costa de ser descortés, me pareció oportuno cambiar de
conversación. Además, a mi abuelo cada vez le oía con la voz más tenue y cada
vez más recostado en su butaca. Fue entonces que le pregunté algo tan estúpido
como que si había algún síntoma para detectar si uno es feliz o no. No lo hice
para forzar su respuesta, sino para sorprenderle y dejarle hacer lo que a mí me
parecía que quería: echar un sueño. El problema es que mi abuelo tenía
respuesta para todo, porque todo lo había pensado antes, y me contestó: -Sí, lo hay: la sonrisa. El que no es feliz
pasa de la risa a lo adusto y de lo serio a la risotada en un pestañeo; la
persona feliz dibuja en su cara una sonrisa permanente…
Y mi
abuelo se quedó aparentemente dormido. Yo también hice lo propio. Debió pasar
una media hora y me desperté. Vi a mi abuelo esgrimiendo una media sonrisa, con
el libro de la paz perpetua de Kant
-su libro de cabecera- en sus manos y con los brazos estirados. Me acerqué a él
para taparle con su mantita barojiana
y me dio un temblor: mi abuelo había muerto. Se lo dije a mi abuela. Se acercó,
le besó y sólo dijo:
-Gracias compañero por serlo. Pronto te
seguiré: ten paciencia.
Yo me
arrebujé en el sofá, miré los más de 12.000 libros de la librería y me dije: “Mi abuelo vive en estos 12.000 latidos:
tengo una larga tarea para completar su biografía. Aquí hay mucha sabiduría,
tanto la impresa como la debida a su pluma”. Y cuando pensaba en el trabajo
que me esperaba me dijo mi abuela:
-Nieto, dentro del libro hay una carta o
algo parecido para ti.
Lo
tomé, extendí el folio doblado y vi un título: “La leyenda del persa y el
beduino”. La leyenda decía que…
… lejos de Damasco, en pleno desierto, un
persa que iba en un camello que apenas podía andar se encontró con un beduino
que iba a pie y exhausto y que llevaba agua en un pellejo de camello que había
cogido de un pozo. Se acercaron, se saludaron y sin mediar palabra el persa le
quitó el pellejo con el agua y se lo dio a beber a su camello. El beduino le
preguntó al persa porqué lo había hecho y este le contestó: “Por dos motivos:
el primero porque si tu te bebes el poco agua que llevas no podremos llegar a
ninguna parte y moriremos los tres, pero si bebe mi camello podrá llevarnos a
los dos a Damasco; la segunda…”. Y sin esperar más palabras ni atender a más
razones, el beduino sacó fuerzas de flaqueza, empuñó su alfanje, mató al persa,
le quitó el camello y bebió el agua que quedaba en el pellejo y se dijo: “Algo
de razón tenía el persa descarado: ahora podré llegar a Damasco incluso aunque
ya no tenga más líquido, porque el camello tiene mucho más aguante, ha bebido y
sabrá ir sólo a la ciudad”. Y a continuación se preguntó: “¿Cuál sería la
segunda razón de la que hablaba ese persa insolente?”. Y ahí acabaron sus
reflexiones porque, cuando hubo recorrido apenas unas cuantas dunas, el camello
cayó desplomado, muerto. A su vez el beduino notó una fiebre espantosa
acompañada de una tiritera y cuando estaba moribundo se dio cuenta que esta era
la segunda razón: si el agua estaba envenenada moriría el camello, pero ambos
estarían vivos y entre ambos tendrían más posibilidades de llegar a Damasco que
uno sólo. El beduino se encomendó a Alá y murió.
Era sin duda la última lección que me quería dar mi abuelo cuando ya la
dama blanca le había invitado al último paseo: la generosidad es el egoísmo más
inteligente.
Madrid, 20 de julio de 2008
LEYENDA
SUMERIA
Yo siempre había observado que las personas mayores
suelen ser más conservadoras que los jóvenes, y no sólo en lo que atañe a la
política, a la religión o a la moral, sino en otro aspectos más triviales. Por
ejemplo, no suelen ser dados a cambiar de mobiliario, a innovar en el vestir o
a cambiar del trayecto diario: parecería que todo ello les resguarda de la
descarga emocional de la sorpresa. Todo esto viene a cuento porque un día que
entré en la biblioteca de mi abuelo me encontré un viejo mueble-instrumento que
emitía una música nada desagradable. Se trataba de un viejo gramófono y era la
primera vez que, desde que tengo eso que llaman uso de razón, veía una modificación de los muebles en la
biblioteca. Al ver a mi abuelo recostado en el sofá medio extasiado y sin un
libro en la mano le pregunté que cómo era posible que tuviera las manos
desocupadas, huérfanas de lectura y me dijo: “Nieto, yo soy incapaz de leer y
oír a la vez los sones del pentagrama, y menos aún si es Bach quien llena el
aire con sus notas”. Aproveché entonces para intentar ponerle en un brete e
interrogarle por sus gustos musicales y autores favoritos. Yo nunca le había
visto escuchar música y el pequeño demonio que todos llevamos dentro me salió a
relucir. Esta fue su contestación: “Los grandes de la música no tienen
jerarquía estética; todo depende del momento y de cada sensibilidad. Así,
ocurre que Wagner aturde cuando
buscas concentración, Verdi te
rescata de la trivialidad, Beethoven
absorbe cuando pides distracción, Mozart
o Tchaikosqui emocionan cuando
necesitas serenidad. Son sólo algunos ejemplos. Sin embargo, mi favorito es Bach, porque te invita a la compañía
cuando huyes de la soledad; distrae sin absorber, al revés que el gran sordo, y
emociona con moderación, a diferencia del genio vienés”. ¡No había manera con
mi abuelo! Decidí entonces cambiar de tercio, pero sin abandonar mis aviesas
–aunque creo que veniales- intenciones de pillarle en un renuncio, en una duda,
en una contrariedad, y le dije lo siguiente: “Abuelo, siempre me ha llamado la
atención que seáis de conducta tan poco convencional, de moral tan abierta, tan
anárquica, tan poco sujeta a códigos y cánones y, sin embargo, hayáis sido un
servidor del Estado. No os lo reprocho porque me siento orgulloso de ser vuestro
nieto por esto y por tantas cosas, y tampoco os lo reprocharía aunque no se
acomodara a mis ideas por el inmenso respeto que me merecéis”. Pensé entonces
que un exceso de adulación no desentonaba con la verdad que entrañaban mis palabras;
a cambio me podían servir para distraer su entendimiento con el despertar de la
emoción de la vanidad. Mi abuelo pensó unos segundos antes de contestar y dijo:
“Prefiero un código, por dogmático que sea, a la arbitrariedad del poder sin
norma”. Y se calló. Cerró los ojos unos instantes, dio una calada a su pipa,
acarició a Lanas, su perro sempiterno
y me dijo remedando a Rubén Darío:
“Nieto, te voy a contar un cuento. Érase una vez…”. Y así comienza la leyenda:
…en Babilonia, el reino más importante
de Mesopotamia a comienzos del reinado de Hammurabi, 18 siglos antes de la era
cristiana. Un sumerio y un acadio han ido a parar a la cárcel: el primero es
farmacéutico y ha sido acusado de robar un dromedario; el segundo –el acadio-
es un noble acusado de intentar impedir la subida al trono del gran legislador,
el Rey de las Cuatro Regiones, y de blasfemar contra el dios Marduk. Su ofensa
es mucha y merece la muerte, pero como no hay legislación, su pena depende de
los carceleros; lo mismo ocurre con el farmacéutico sumerio. Al día siguiente
de su prisión el farmacéutico se lamentaba en estos términos: “¡Qué adversa ha
sido la diosa fortuna conmigo! Tantos años sirviendo bien al rey con mis
preparados y que de tal manera estaba considerado y que tan bien me pagaron mis
servicios él y los muchos nobles a los que atendí que hasta he podido reunir
dos cofres llenos de perlas, pendientes, collares y brazaletes de oro que tengo
enterrados en una duna cerca de un oasis cerca de Nippur, y sin embargo…”. Y
sin esperar que acabara su soliloquio el sumerio, el noble acadio se levantó
del duro suelo de la prisión y le dijo: “Vez que de nada te sirven aquí tus
tesoros cuando carecemos de el principal de ellos: la libertad. No ha sido la
fortuna adversa, ni podemos culpar a los dioses de nuestro infortunio, porque
entonces deberíamos creer en dioses injustos y, para eso, yo prefiero no creer
en ellos. La culpa es de la falta de unas leyes que eliminen la arbitrariedad
de los gobernantes, de los poderosos, de los propietarios de esclavos. Yo he
sido acusado de atentar contra el rey cuando mi delito es discrepar de sus
decisiones”. Pasaron muchos días y nada parecía cambiar en la cárcel hasta que
un día, cuando llevaban cumplidos dos años de condena sin ver el Sol y dejados
a pan y cerveza, el noble acadio oyó a uno de los carceleros lo siguiente: “No
sólo debemos impedir que escapen, sino que mueran. Respondemos de ello con
nuestras vidas; a partir de ahora debemos mejorar su alimento con legumbres y
frutas”. El noble acadio se lo contó al sumerio que hasta ese momento dormía en
el jergón de paja, se quedó reflexionando por unos segundos y entonces le dijo
al noble acadio: “Ahora ya sé cómo salir de aquí”. El acadio, que era un
escéptico, se sonrió y se quedó como estaba: sentado y apoyado en la pared de
adobe. El sumerio, molesto por la incredulidad del compañero de cárcel -aunque
fuera acadio-, sacó de un forro de su raída túnica una minúscula bolsita de
cuero, le quitó el hilo que la cosía, se tomó su contenido y gritó: “Carcelero,
he tomado un veneno y moriré en cuestión de horas si no tomo el antídoto, y
sólo yo sé dónde está”. El acadio esta vez se levantó como pudo sin saber qué
decir o qué hacer. Uno de los carceleros entró, le miró al sumerio y le dijo:
“Entonces vendrás conmigo a donde está ese antídoto que pregonas, te lo tomarás
y volveremos aquí”. El sumerio asintió con la cabeza y dejó sólo al acadio. Y
cuando habían recorrido la mitad del trayecto en sendos camellos hasta la
ciudad de Kish, el sumerio se detuvo cansado y le dijo al carcelero: “Cerca de
aquí tengo escondido un tesoro que yo te indicaré. Si me dejas libre cuando
lleguemos a él tú podrás quedártelo, seguir el camino hasta Nippur y más allá y
dejar ese infame oficio; yo, mientras tanto, llegaré a la ciudad de Kish,
tomaré el antídoto y volveré sobre mis pasos de nuevo a la cárcel”. El
carcelero soltó una carcajada y dijo: “Qué garantías tengo yo de que vuelvas al
mísero lugar de donde vienes, insolente sumerio. Soy un guerrero, pero no un
estúpido”. El sumerio contestó: “Cierto, no tienes ninguna garantía, pero
tampoco tienes nada que perder. Tú, cuando alcances Nippur estarás fuera de la
jurisdicción de Babilonia y serás rico, ¿qué te importa mi suerte? Por otro
lado, si tienes la tentación de matarme no se habrá cumplido la segunda
condición de tu misión como carcelero y te buscarán para matarte; en cambio, si
yo tomo el antídoto y cumplo mi palabra, tanto mi persona como el acadio ahora
en prisión estaremos allí y vivos y sólo te echaran de menos tus compañeros,
incluso insultarán a tu familia por tu desprecio, pero tu ofensa no será tanta
como para buscarte y matarte. Con el tiempo lo olvidarán, porque su misión
estará cumplida”. El carcelero se quedó estupefacto, le miró a los ojos al
sumerio y dijo: “Sea, tu ganas y yo… también. Vayamos al tesoro y serás libre”.
Y así hicieron: el carcelero encontró el tesoro y lo cargó en la mula hasta
Nippur; el sumerio se dirigió a la cárcel directamente a donde estaba el acadio
y esto lo hizo por dos motivos: porque lo que había tomado no era letal y
porque quería proponerle el mismo juego al acadio en vista de que había
funcionado una vez. Pero cuando ya estuvo en la cárcel y cuando le propuso al
acadio huir juntos con la misma treta que él había usado éste respondió: “Yo no
quiero arriesgar mi vida porque la valoro en mucho. Un golpe de suerte puede
darnos la libertad en tiempos tan agitados como estos, donde hasta los
carceleros tienen enemigos. No escaparé. Yo soy noble, mi oficio es serlo donde
está el poder y no tengo donde huir. Mi paciencia es grande, aquí se come bien
y nos han cambiado de estancia a mejor, como has podido comprobar. Repite la
jugada y te deseo toda la suerte que el dios Marduk te pueda otorgar”. Y así
repitió el sumerio, confiado en que un segundo tesoro que tenía escondido no
muy lejos del otro serviría de reclamo para el nuevo carcelero. Éste sintió la
misma tentación que el anterior y ambos, el nuevo carcelero y el sumerio, se
dirigieron a Kish para desempolvar el segundo tesoro que allí debería estar, en
una duna cerca de un pequeño oasis. Pero cuando llegaron al lugar donde el
sumerio suponía que estaba el preciado cofre se encontró que no había nada: el
anterior carcelero, llevado por su codicia, había levantado varias dunas
alrededor de la que estaba enterrado el primer tesoro, había encontrado el
segundo y se lo había llevado. El nuevo carcelero montó en cólera, desenvainó
su espada y mató al pobre sumerio. ¿Y que pasó con el segundo preso, el acadio?
Dice la leyenda que estuvo 40 años en la cárcel, que salió cuando una revuelta
dejó sin carcelero la cárcel y se vio libre; libre sí, pero ciego de 40 años
sin ver el Sol, viejo, sin dientes, sin fuerza y sin tener con que sustentarse.
Dicen que volvió a la cárcel, buscó los restos de la farmacopea del compañero
sumerio -del que creía que había conseguido la libertad- se tomó todas las
bolsas de cuero con preparados de su amigo y murió. En efecto, entre ellas
había algunas que eran letales: el noble acadio prefirió el suicidio a una muerte
lenta. Y dice la leyenda que cuando el gran Hammurabi supo de estos hechos,
ocupó el resto de su vida en crear un código que eliminara la arbitrariedad de
los gobernantes hacia los gobernados. También se supo que las acusaciones
contra el sumerio y el noble acadio, ambas, eran falsas, sin fundamento: ambos
eran inocentes. Y por último, dice la leyenda que el carcelero avaro, por
cargar el camello con los dos cofres, le reventó y el pobre murió en pleno
desierto y, tras el inocente animal, le tocó el turno al mismo carcelero,
porque el desierto no perdona la codicia y es tumba de los ambiciosos.
El abuelo, tras tomar un respiro
preguntó al nieto: “¿Cuál fue la decisión más acertada? El sumerio tomó tres
decisiones arriesgadas: engañar al primer carcelero, volver a la cárcel a por
su compañero e intentar engañar al segundo carcelero; el acadio esperó un golpe
de suerte que sólo se produjo cuando ya la naturaleza daba fin a su ciclo. La
pregunta que te he hecho no tiene respuesta; la única pregunta válida es la de
¿tú y los demás tús semejantes al tuyo qué harían?. De haberlas, sólo son
válidas soluciones kantianas”. Me
quedé reflexionando un rato y le dije que no tenía respuesta y mi abuelo
añadió: “No la tienes porque aun cuando pareciera que ambos podían elegir, era
tal el riesgo de su elección, que la libertad de elegir se deshacía como un
azucarillo en un café. Esa es muchas veces la libertad a la que estamos
abocados en el mundo en el que vivimos. Los dos presos vivían en un país sin
códigos; de saber cada uno su condena quizá hubieran obrado de otra manera,
porque sus condenas al menos no estarían sujetas a la arbitrariedad. Más vale
un mal código que la arbitrariedad del poder, del poderoso, del adinerado, del
carcelero, del religioso, del militar, del creyente, del pariente, incluso del
generoso, porque puede dejar de serlo. De ahí mis servicios al Estado, a pesar
de que tienes razón en cuanto mi antipatía por todo tipo de códigos, normas y
leyes”.
Madrid, 24 de julio de 2008
TESEO Y EL MINOTAURO
(leyenda apócrifa)
Era tan estricto mi abuelo con sus horarios que rara vez dormía fuera
de lo acostumbrado: al menos eso era lo que me comentaba mi abuela, otorgando a
tal conducta su beneplácito. Fue por ello que un día que le pillé transpuesto
en su sillón de la biblioteca no pude resistir la tentación de curiosear el
libro que tenía en sus manos. Ya se sabe que la curiosidad es la madre de la
ciencia, pero es también madrastra del infortunio y hechicera de la maldad. Vi
que estaba escrito un título en una hoja en blanco del libro del Fausto que forzosamente me llamó la
atención: “Tratado de la mentira”, y un subtítulo que decía: “Notas sueltas”.
Entonces recordé que mi abuelo me dijo una vez algo así como que “si alguna vez
escribo algo serio para su edición será sobre la mentira”, y añadió muy serio y
moviendo el dedo índice:
-La mentira es la madre de la civilización,
consuelo de la desigualdad, sosiego del
moribundo, bálsamo de la injusticia. La mentira permite al general mandar a la
muerte a sus soldados a sabiendas que su sacrificio será inútil; es sustento
del matrimonio; exonera a los curas del pecado por vender la vida eterna futura
a los pobres a cambio de que acepten la terrenal sin protestas; permite a unos
hacer las guerras por su patria para que otros mueran por ella; da pie al
proverbio de que ganarás el pan con el sudor de tu frente aunque sea de otro la
panadería; ser jefe al peor dotado y medrar al incapaz; llevar al asilo al
abuelo con la promesa de que estará mejor que en su casa; pagar al médico por
el consuelo;…
Y así
un largo etcétera que omito para no cansar al lector, al que también hay que
darle descanso, incluso para la verdad, sobre todo para la verdad. Entonces
decidí no importunarle y tomé un libro de Castilla
del Pino sobre la depresión, que era de los últimos que había incorporado
mi abuelo a su biblioteca. Se despertó y aún con la modorra del despertar me
abroncó diciendo:
-No leas lo que es aún un borrador, porque
cada uno tiene que ser el extintor de sus ilusiones y no los demás, y nunca
antes de tiempo. Ya sabes que a veces he mentido a tu abuela, pero nunca por
capricho, sino por salvaguardar un bien superior. No es honesto, pero ni lo
soy, ni lo busco: somos un mar de imperfecciones con islotes de virtud. Para
que veas que la mentira es necesaria, te contaré una leyenda sobre Teseo y el
Minotauro que no encontrarás en los libros de mitología, porque estos están
adulterados por las creencias, gustos y manías de los historiadores. Cuenta la
leyenda…
…que en la antigua Creta había un
monstruo con cuerpo de hombre pero con cabeza de toro, que custodiaba un
laberinto construido por otro ser mitológico, Dédalo, y que la derrota de
Atenas ante el rey Minos obligaba a los atenienses al sacrificio de 7 doncellas
todos los años a manos del monstruo. Dice la leyenda que la princesa Ariadna,
que era hermana del Minotauro, se enamoró de Teseo y le pidió en prueba de su
recíproco amor que le matara. Teseo, que no se arredraba ante nada, aceptó.
Hasta ahí una de las versiones ortodoxas, pero nada se dice sobre cómo entró
Teseo en el laberinto. Habla la mitología oficial del ovillo de hilo que dio
Ariadna a su amado, pero se omite que el laberinto tenía 2 entradas, una de
ellas cerrada y la otra abierta, custodiada por un beocio, que como se sabe
eran guerreros sin escrúpulos que unas
veces mentían y otras decían la verdad. Pero además el beocio era guardián
y prisionero a la vez, porque estaba vigilado desde 2 torres por sendos
arqueros lacedemonios que no permitían su huida y obligaban al guardián del
monstruo a abrir la puerta a cualquier aspirante a héroe que quisiera matarlo
con tal de que adivinara cuál era la puerta que llevaba al Minotauro; de no
adivinarla, los arqueros lacedemonios matarían al aspirante. Una sola cosa se le
concedía a este: un deseo que no contradijera estas normas. ¿Qué harías tú, mi
más querido nieto, para sortear al guardián y a los arqueros lacedemonios,
entrar en el laberinto y matar al Minotauro sin
riesgo alguno?”. ¡Cómo disfrutaba mi abuelo con ponerme en un brete, sobre
todo desde que yo tenía el título de ingeniero! El sabía de mi afición por los
juegos de ingenio, pero nunca me puso en uno tan difícil, porque lo que tiene
de apócrifa -me dijo mi abuelo- es precisamente que todo lo hizo Teseo sin correr
riesgo por su vida, en contra de lo que cuenta la mitología oficial, que tiende
a la heroicidad como la abeja a la miel.
Y mi abuelo continuó: “Teseo, que era
tan ingenioso como Ulises y tan fuerte como Aquiles, llegó al laberinto, alzó
la vista a los arqueros lacedemonios a la vez que agarraba por un hombre al
guardián beocio y dijo estas palabras:
-He
venido aquí a entrar en el laberinto y matar al Minotauro, y lo haré a pesar de
vuestro disgusto por respetar vuestras propias normas, y a pesar de que tanto
lacedemonios como beocios sois cobardes y mentirosos. Sé que tengo derecho a un deseo y este es que pongáis en la puerta del
laberinto que no tiene custodia otro guardián beocio. La única condición que pongo es la de que uno de los beocios guardianes
diga siempre la verdad y el otro siempre la mentira. No os podéis quejar porque deberá parecer a vuestro ingenio que añado
dificultad a la empresa. Ponerlo y a continuación decidiré la pregunta y a
quién se la hago.
Se miraron los arqueros lacedemonios y
dieron el consentimiento al guardián beocio y este llamó a otro guardián para
ejercer su oficio en la puerta cerrada que hasta entonces estaba sin custodia.
Y cuando esto quedó hecho, habló de nuevo Teseo:
-Sé
que una de las 2 puertas conduce al Minotauro y que si no acierto con ella
sucumbiré a las flechas de vosotros, guerreros lacedemonios, cobardes y
mentirosos como beocios, pero dotados de extrema puntería; la pregunta que hago
es al guardián primero en estos términos: tú, guardián primero, cobarde y posible
mentiroso, pregunta a tu compañero beocio y guardián, y también cobarde y posible
mentiroso, si la puerta que custodia es la que lleva al Minotauro.
Se miraron ambos guardianes asombrados
por la pregunta; el segundo guardián se acercó al primero y le cuchicheó al
oído y luego volvió sobre sus pasos a su puerta. Entonces el primer guardián le
dijo a Teseo:
-Dice
mi compañero que es la suya la puerta que lleva al Minotauro.
Y Teseo habló de tal manera que dejó de
nuevo asombrados a beocios y lacedemonios:
-Como
uno de los dos siempre decis la verdad y el otro siempre la mentira, yo sólo
tengo que hacer lo contrario de los que tú me dices porque sólo uno ha mentido.
Abre la puerta, guardián primero, y déjame paso a pesar de tu ira por mis
insultos, sopena los arqueros lacedemonios cumplan con su obligación.
Y eso hizo el guardián primero. Y si la
respuesta primera hubiera sido la contraria, contraria habría sido la puerta
también, con lo cual el ingenioso Teseo se aseguraba entrar en el laberinto sin
temor a las flechas de los arqueros. Y si Teseo se hubiera dirigido al segundo
guardián, la solución hubiera sido simétrica, porque simétrica es la situación.
Ves, querido nieto, como el uso de la mentira llevó a Teseo a la verdadera
puerta sin riesgo alguno.
Yo hice todos los esfuerzos por no
parecer sorprendido y le cuestioné el resto:
-De
acuerdo abuelo, pero matar al monstruo, a pesar del ingenio y la fuerza de
Teseo, sí tenía riesgo.
Y mi abuelo se sonrió y añadió:
-Las
provocaciones de Teseo a los beocios lo eran para obligarles a la respuesta y
aprender su voz. El sabía que el guardián primero y único hasta que pidió al
segundo guardián era el que le entregaba las doncellas al monstruo y el que le
daba de comer tiernos corderos; y suponía que el monstruo no le atacaría porque
podría en él más el contemplar al proveedor de su disfrute que la furia por su
presencia. Entonces, cuando se hizo de noche, se aproximó Teseo al Minotauro y
le dijo: “Bello monstruo, traigo tu comida. Es como siempre un cordero, pero esta
vez descuartizado y asado, y tendrás que agacharte para recoger los sabrosos
pedazos que te esperan con su salsa de aceite, vino y especias, y su pan de
trigo, porque hoy quiere el Hades que te sacies hasta la entrega de la primera
doncella”. Y se acercó el Minotauro a
la bandeja de carnes tan olorosas que no distinguió a quién la traía, y poco
que le importaba, porque ante la comida y las doncellas era más fuerte en él el
instinto que la razón, era más toro que hombre; y cuando se agachó, Teseo alzó
su hermosa espada conquistada a un noble espartano y de un tajo le cortó la
cabeza antes de que el Minotauro probara bocado alguno.
Y mi abuelo guardó silencio, esperando
mis palabras, refugiándose en el sillón y con una sonrisa que yo no acertaba a
explicar. Pensé y le dije:
-Bien
abuelo, también esta vez la mentira sirvió para engañar al Minotauro, pero te
has olvidado de Ariadna y su hilo, ¿cómo salió Teseo del laberinto, porque si lo
era, también lo era para él?
Y mi abuelo, irguiéndose, me dijo:
-Te
estaba esperando. Veo que sabes algo de mitología: ¡lástima que sea la oficial!
Ariadna y su hilo no pintan nada en todo esto; eso se ha añadido a la historia
para no dejarla huérfana de personajes femeninos. No tiene sentido lo del hilo
porque Teseo correría el riesgo de que los guardianes beocios lo cortaran o lo
confundieran y lo negaran luego, porque eran cobardes y mentirosos. Teseo
volvió a la mentira y comenzó a andar a través del laberinto, y cuando tenía
que elegir entre la izquierda y la derecha preguntaba chillando a cualquiera de
los beocios que le preguntara al otro guardián qué dirección era la buena para
salir del laberinto; Teseo, a cada respuesta de cualquiera de los dos
guardianes beocios hacía lo contrario, porque uno de los guardianes no podía
evitar mentir. Ves como de nuevo tuvo que recurrir a lo contrario de cada
respuesta: esta vez la mentira era por obra y no por palabra.
Y de nuevo mi abuelo esperó la mía. Yo
le dije:
-Bien,
si acaba aquí la historia yo debo irme a mi casa porque bastante molestias os
he ocasionado por hoy.
Y mi abuelo me replicó contrariado:
-Aún
no ha acabado, porque cuando los arqueros lacedemonios vieron salir a Teseo con
la cabeza del Minotauro a sus espaldas dispararon sendas flechas a los beocios
y acabaron con ellos.
A lo cual yo le repliqué que no lo
entendía, porque los guardianes beocios cumplieron con su deber, y mi abuelo a
su vez me dijo repanchingándose en la butaca:
-Porque
los lacedemonios, como ya había advertido Teseo, eran tan mentirosos como los
beocios y no cumplieron su promesa de respetar la vida de estos, aunque estos,
los beocios, respetaran las normas. Teseo cumplió su deseo en un mar de
mentiras. Su causa era buena, porque desde entonces ya no hubo más tributos y
sí más felicidad en las casas de muchos atenienses.
Y acabó la reunión en la biblioteca
cuando le contesté:
-Me
quedo a cenar, abuelo. La abuela me ha invitado, pero te he mentido en lo de
irme a casa porque nos está esperando con los platos puestos y no sabía qué
hacer para abreviar tu historia, magnífica y ejemplar por otra parte.
Y mi abuelo esta vez se rió de verdad.
Madrid, 11 de agosto de 2008
HUIRACOCHA EN LOS
ANDES
(leyenda apócrifa)
Tengo
que hacer una puntualización al lector antes de comenzar: todos los relatos,
cuentos y leyendas que me relataba mi abuelo o que yo he reconstruido a trozos
-porque a trozos aparecen en páginas en blanco de los libros de su biblioteca-,
son siempre versiones muy libres, a veces puramente inventadas o sólo
inspiradas en mitos y leyendas de los cinco continentes. Este es también el
caso de esta leyenda. Una vez me señaló mi abuelo que Cervantes decía que las
dos únicas cosas por las que merece arriesgar la vida son el honor y la libertad;
sustituya el lector el honor por la verdad y se harán una idea –quizá vaga- del
pensamiento de mi abuelo. En esta leyenda quiso ejemplificar él algo más,
porque sostenía que, aunque hay que perseguir la libertad como el lobo persigue
a su presa, es decir, con constancia y astucia, la mayor parte de las veces esa
libertad, esas supuestas posibilidades de elección, son una falacia, son mera
propaganda reaccionaria. Y sin embargo y a pesar de todo –decía él- “hay que ser siempre libre como el cóndor
para cazar los bienes que merecen nuestra labrada libertad”. Aunque a mí,
como a mi abuelo, nos repugna la caza, la analogía es pertinente: quién no está
al acecho nunca cazará nada. Esta leyenda es un ejemplo. Sé que es sólo una
leyenda, pero sostenía mi abuelo que “mitos
y leyendas, si son arte, deben ser forzosamente la exacerbación de pasiones y
sentimientos de la condición humana: exageradas hasta lo infinito si se quiere,
pero siempre verosímiles, acomodados a ese género capaz de lo atroz miserable y
de la creación grandiosa que es el humano”. Por supuesto que todos estos
pensamientos los apuntaba casi a hurtadillas, porque tuve siempre la intuición
de que acabaría escribiendo una biografía de mi abuelo, aunque sólo fuera para
mi solaz satisfacción. Y ya, sin más preámbulo, cuenta…
…la
leyenda que Cuniraya Huiracocha, que
era un semidios de los andes peruanos, se convirtió en un mendigo, se vistió
como tal y anduvo entre los hombres. Tenía un fin: dejar embarazada a la más
hermosa de las mujeres de la región, Cahuillaca,
para perpetuarse en la inmortalidad. Para ello se convirtió en un pájaro y voló
hasta el árbol conocido por el Lúcumo
e introdujo en la lúcuma, que es su
fruto, su semen; a continuación hizo que cayera maduro al lado de la bella
andina; y tal es el olor del fruto que le resultó irresistible y se lo comió.
Dice la leyenda que así se quedó embarazada la bella Cahuillaca. Y cuando llevaba ocho meses de embarazo convocó a los
habitantes del poblado, los huicas, para determinar quién quería reconocerse
como padre de la futura criatura. Sin embargo, nadie quiso asumir la paternidad
por temor a que apareciera el verdadero padre, puesto que nadie sabía cómo y de
quién se había quedado embarazada la bella andina. Bueno, nadie no, porque
entonces apareció el semidios Huiracocha
convertido en mendigo y dijo ser él el padre. Nadie le creyó, y Cahuillaca se sintió tan humillada por
ambas cosas: por no encontrar padre entre los huicas y por las pretensiones del
supuesto mendigo y, como quiera que las tradiciones se imponen como el
principio de inercia a los individuos, a la bella andina sólo le quedó elegir
entre dos males: o la aceptación del mendigo como padre de su hija o… el
suicidio. Y Cahuillaca no dudó: se
lanzó desde los acantilados de Pachacamac
al mar y… desapareció.
Huiracocha anduvo errante, desesperado
por no saber a ciencia cierta la suerte de su amada y la del fruto de sus
amores. Y cuando mayor era su desesperación se le posó un halcón en su hombro y
le susurró al oído: -Huiracocha, Señor de la tierra firme, yo puedo llevarte donde están
tus seres queridos, pero tú tendrás que descubrir qué ha sido de ellos.
El
semidios aceptó, disminuyó de tamaño para la travesía y el halcón le llevó
volando hasta los dos islotes contiguos y gemelos que sombreaban las costas de Pachacamac. El halcón, que gustaba del
acertijo y de la metáfora, soltó a Huiracocha
en uno de los dos islotes y le dijo que si quería encontrar lo que más deseaba
debía guiarse a partir de ahora por lo que sigue:
“Has de
pensar más que caminar,
aún más
has de sentir que pensar,
y todavía
más has de creer que sentir”
Pero Huiracocha, que era un semidios
rencoroso, le dijo al halcón: -Eres de las aves de presa la más rápida, la
mejor cazadora, pero nada me has dicho que no supiera o que sea útil para mis
fines, y me has dejado aquí, en estos dos islotes solo y sin provisiones, a
sabiendas que ahora sólo dispongo de mi condición humana para sobrevivir. Sin
embargo, no he perdido mi condición de profeta, de chamán, soy un Tiresias de
los Andes, y te digo y profetizo que a partir de ahora tú y los de tu especie
perderéis la condición de animal sagrado y venerado, estaréis sujeto a las
leyes de la caza, tanto las del cazador como las de la presa, y tendréis en los
humanos a vuestro peor enemigo.
Y en
efecto, a partir de ese momento muchos halcones, en su peregrinar por los
aires, cayeron abatidos por las flechas de los hombres en esta parte del mundo
y en otras muchas, porque Huiracocha
hubo inventado el arco, la ballesta y las flechas, y se los entregó a
guerreros, nobles y cazadores como Prometeo hizo con el fuego.
De nuevo errante estaba el otrora
semidios por las escarpadas laderas de los dos islotes cuando se encontró con un
zorro que le venía siguiendo desde hace días, y el semidios le esperó, le cercó
nada menos que al rey de la astucia y le preguntó si él sabía donde estaban sus
seres queridos. El astuto animal contestó:
-Apenas
hablo tu idioma porque el don de lenguas no me ha sido otorgado, pero te
aconsejo que no salgas de estas tierras porque tarde o temprano caminarás sobre
ellos.
Huiracocha entendió que en esos islotes estaban muertos y
enterrados Cahuillaca y su hija, y el
semidios, al que le podía más el rencor que la mejor de sus virtudes, le
profetizó lo siguiente:
-Astuto
animal, hasta ahora no tienes igual en el rastreo y en el ocultamiento, y eso
te hace casi inmune como presa, pero yo te maldigo por las malas noticias que
me traes y te digo que a partir de ahora tendréis los de tus especie un
terrible enemigo: el propio hombre, porque seréis también cazados por jaurías
de perros y por hombres a caballo -que son la peor de las jaurías-, os
disecarán y seréis exhibidos en casas nobiliarias por hombres sin escrúpulos
que pasan por corteses y educados.
Y, en efecto, así ha venido sucediendo
en el mundo desde la profecía de Huiracocha.
Errante de nuevo y a punto de volverse
loco porque si no encontraba a su amada y no reconocía a su hija lo perdía
todo: a su amada, a su hija, su
condición de semidios y su perpetuación en la inmortalidad. Fue entonces, en
ese punto, que se encontró con la más majestuosa de las aves andinas y la que
más alto vuela: el cóndor. Huiracocha
se dirigió a la orgullosa ave y le dijo:
-Majestuosa
y altiva ave, dime si están vivos los seres que más quiero, llévame con ellos y
te recompensaré dotando de todo tipo de pequeños roedores y otras presas las
nevadas montañas donde proyectas tu sombra. Sácame de estos dos islotes que
tantas horas y días los he recorrido sin encontrar ni sombra de mi amada y de
nuestro común vástago.
El cóndor accedió sin rechistar y le
llevó por los aires de nuevo al continente, y cuando le hubo depositado en
tierra firme le dijo:
-No
te he llevado la contraria porque es famoso tu rencor de entre todos los
andinos dioses y porque estás dotado del don de la profecía -que en tu caso es
de maldición- y lo que tú anuncias se cumple como la noche sucede al día y como
el hielo de las montañas precede al agua de los ríos; creo, sin embargo, que
has cometido un error abandonando los dos islotes, porque nunca has estado más
cerca de tus seres queridos. Piensa en las palabras del halcón al que tanto has
maltratado.
Y Huiracocha
le contestó:
-No
esperaba de tu noble volar esas palabras, porque sé ahora que tu me has traído
hasta aquí a sabiendas de que era un error. No puedo maldecirte porque los
dioses te protegen, pero no esperes nada de mí cuando te falten presas a las
que cazar y cobijos donde guarecerse cuando azuce el frío en el invierno.
El cóndor, levantando el vuelo con dificultad,
le contestó a su vez: -Máximo ha sido mi esfuerzo al traerte aquí
y no puedo repetir semejante hazaña. Yo soy mortal, como tú lo serás por
rencoroso y desconfiado.
Y el cóndor se alejó majestuoso
confundiéndose con los picos de las escarpadas montañas.
Por último se encontró Huiracocha con una tortuga gigante que
en otras latitudes llaman galápago y le dijo:
-Seguro,
majestuoso y lento animal de tierra y mar, llévame, te suplico, a los islotes
que sombrean Pachacamac y te buscaré frutas sabrosas en los árboles donde tu
boca no llega y te espantaré a toda suerte de aves de presa que buscan hundir
sus afilados picos en tus partes carnosas.
La tortuga accedió, pero cuando estaban
en medio de la mar, entre las costas de Pachacamac y los islotes, les vieron el
halcón y el cóndor vituperados por el semidios y se lanzaron contra tan
singular navío y tan inexperto navegante. Entonces la tortuga tuvo la tentación
de sumergirse para eludir el peligro, como era habitual, pero en ese intento Huiracocha hubiera perecido porque no
sabía nadar y tenía suspendido la condición de semidios. Huiracocha casi le suplicó de esta manera a la sabia tortuga:
-Si
no te sumerges y me llevas sano y salvo a los islotes, yo te protegeré con mi
arco y mi carcaj repleto de flechas, y cuando estés en la isla también lo haré,
porque eres a la vez guía en la tierra por tu sabiduría y navío en el mar por
tu seguridad.
La tortuga contestó sacando la cabeza
del grandioso caparazón:
-Ves
como es más fructífera la generosidad que el egoísmo; te creas enemigos porque
tus innobles pasiones nieblan tu juicio y oradan tu conciencia.
Y así hicieron durante muchas jornadas
en los islotes, comiendo la tortuga frutas y hojas que nunca pudo imaginar
protegido por el rencoroso semidios, y éste limpiando las impurezas de su alma
hasta resurgir un nuevo ser mitológico noble y generoso, aunque mortal por el
momento.
Pero aún así, el nuevo semidios no
encontraba a sus amores. Y un día en el
que había anidado en su alma la resignación dio con un puma que le miraba
fijamente. Huiracocha se le acercó
porque a nada temía y le miró a su vez con la misma fijeza. Pasó al menos un
amanecer hasta que el puma rompió el silencio:
-Sí,
eso que estás pensando, por más increíble que parezca, es la realidad. La sabia
tortuga no ha querido decirte nada porque teme perder tu protección, incluso
que el rencor vuelva a ti, pero yo, que no te tengo miedo ni a ti ni a tus
profecías, te digo que tus seres queridos no están en esos islotes, son esos
islotes. El halcón, el zorro, el cóndor y la tortuga han deseado decírtelo,
pero han temido tu rencor cuando la nobleza no te acompañaba. Sé que deseas
además la perpetuación en tu inmortalidad, pero para eso has de escuchar a
Ciguapa, la tortuga, compendio de sabiduría, templanza y generosidad.
Y cuando el puma se retiraba a lo
frondoso de la selva apareció Ciguapa
y le dijo al resignado Huiracocha:
-Si
quieres la perpetuación de tu especie en la inmortalidad debes inseminar la
tierra de cada islote, porque no sabes ni sabemos cuál es el de tu amada
Cahuillaca y cuál el de tu hija.
A lo cual Huiracocha respondió
horrorizado:
-Eso
jamás lo haré sin saber cuál es cuál, porque supondría el más terrible de los
pecados; antes me arrancaría los ojos y me tiraría de lo alto de estas
escarpadas montañas hasta sus laderas para ser devorado, incluso vivo, por las
aves de rapiña.
Y la tortuga, reflexiva y casi temerosa,
le contestó:
-Sólo
lo sabía el zorro por su condición de animal terrestre y rastreador, pero ha
sido cazado por bárbaros extranjeros venidos del Norte, cumpliéndose tu
maldición. Y si no inseminas esta tierra no tendrás descendencia y perderás tu
condición de inmortal. Es tuya la decisión: si tienes suerte, vivirás en las
nevadas montañas de los dioses con tu mujer y tu hija; de no tenerla, o serás
inmortal, pero arrastrarás el pecado para siempre por la violación de tu hija,
o perderás la inmortalidad y envejecerás y enfermarás cual mortal, que es tu
condición actual.
Y dice la leyenda que todos los
inviernos un grito aterrador surgen de los islotes que sombrean Pachacamac, se
eleva hasta las cumbres nevadas del Perú y se extiende por todos los Andes
hasta aturdir a todos los seres vivos que lo habitan; pero no pregunten a
ningún andino porque ellos, celosos de sus leyendas, no reconocerán que oyen
ese grito no vaya a ser que el hombre racional invada sus creencias mediante el
nefasto sentido común que tantas desgracias, tantos retrasos y tantas
injusticias ha ocasionado.
Madrid, 25 de agosto de 2008
LAS LÁGRIMAS DE MI ABUELO
Mi
abuelo era alto, muy alto, recio, barbudo y siempre iba muy bien trajeado,
porque decía que el buen traje evita las posturas banales del cuerpo y del
alma. Yo eso nunca lo entendí del todo, y de lo que creo entender, no lo
comparto. Presumía además de no haber llorado nunca, ni siquiera cuando se
murió su madre. Cuando me lo contó le dije que no me lo creía y el me contestó:
-Llorar es un acto de egoísmo y de
arrepentimiento. Lloras no por la persona que ha muerto, sino por el estado en
el que queda tu espíritu cuando algo así acontece; es señal de arrepentimiento,
porque piensas que nunca más podrás buscar en esa persona su beneplácito cuando
creas que no obraste bien con élla en vida y el egoísmo pudo más que tu
generosidad.
Era difícil
seguir a mi abuelo cuando soltaba peroratas como esta, pero nunca se le podía
acusar de ocurrente o improvisador, porque a todo contestaba como si lo tuviera
ya pensado. Un día que se lo hice notar me dijo:
-Para tener algunas respuestas has de multiplicar
las preguntas “ad infinitum”.
No había manera con él. Vuelvo al caso de su
afirmación de que nunca había llorado, porque encontré un escrito en una página
en blanco de un libro del físico alemán Werner
Heisenberg titulado “La imagen de la
naturaleza en la física actual”, que demostraba lo contrario. Tengo que
hacer notar que mi abuelo era un gran amante de los animales y estaba en contra
de cualquier zoo, de cualquier domesticación, de cualquier aprovechamiento por
el género humano del mundo animal. Era, consecuentemente, vegetariano. Quizá
era radical, pero siempre consecuente. Veamos su testimonio:
Un
día recogí un perro abandonado. Era pequeño, peludo, negro y muy inteligente,
con su nariz negra como el betún, sus ojos vivarachos y su cabeza inclinada. La
gente del barrio, las vecinas siempre me decían lo mismo: “ya veras cuando te
falte, le vas a echar de menos y le llorarás”. Yo, por aquel entonces, estaba
asustado por ese futuro que me vaticinaban estas pitonisas de ocasión. Un día
me sobrina le hizo un retrato al óleo, lo enmarqué y lo colgué en mi habitación
a espaldas de mi mesa de trabajo. Así lo tuve muchos años. Y en efecto llegó el
día en el que Peludo –así le puse de nombre- se puso malito y se murió. Todo lo
vivo muere. Yo siempre le traté lo mejor posible: le sacaba 3 veces al día, le
tenía siempre la comida echada, pero siempre le daba de comer de lo mío porque
le gustaba más. Vivió como un rey… canino. Y el día que murió empecé a sentirme
culpable y no sabía porqué. Me decía: “si le traté lo mejor que pude en vida”.
Empecé a darle vueltas del porqué de mi estado de ánimo y aunque no podía
pensar con claridad porque no tenía claro dónde acaba la razón y empezaba el
sentimiento, llegué a una conclusión: me sentía culpable porque no le lloré ni
en el día de su muerte ni en los muchos que siguieron. Las vecinas se habían
equivocado. ¿Seguro? Un día entraron los ladrones y se llevaron el cuadro de
Peludo creyendo que era de un valor fuera de lo común: al menos eso supongo que
debieron pensar porque no se llevaron otra cosa. Y desde entonces no pasa el
día que no se me salten las lágrimas cuando miro el hueco de la pared donde
estaba colgado. ¡Por favor, que alguien me lo explique!
Yo no entiendo bien el comportamiento de
mi abuelo, pero no pongo en duda la veracidad de su testimonio. Un psicólogo al
que hice llegar el escrito me dijo que era posible tal cosa sin caer en ninguna
patología, aunque yo no recuerdo su explicación. ¿Qué opina el lector?
Madrid, 3 de junio de 2008
FIN
q asco
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